domingo, 28 de mayo de 2017

AQUELLA FERIA, ESTE NIÑO... | Laurel y rosas (87)

La Feria de San Antonio en la barriada del Carmen.

JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | DIARIO DE CÁDIZ

Antes es una palabra que siempre suele evocar la felicidad. Aquella felicidad de cuando éramos niños. Aquella en la que la Feria era un río de gente que cruzaba el Puente Chico y en la calle Paciano del Barco encontraba la dicha en un tiovivo y todo lo que entonces podíamos querer: acaso coche-choques, una tómbola y algún puesto de escopetas donde toda puntería era vana y romper de un disparo un palillo de dientes acaso un milagro. Entonces el mundo acababa en la calle Cervantes. Porque ese era el final de la Feria y del continente, porque más allá solo había marisma. La nada. A los ojos, y el corazón, de un niño no hay recuerdo que pueda superar a aquel tiempo en el que fue feliz. Y aquella Feria en la barriada del Carmen suponía todo lo que uno entonces podía imaginar. Claro que entonces aún soñábamos en blanco y negro, como la televisión. Los que la tenían. El mundo, esta ciudad, esta feria, aún en los años setenta, hasta principios de los ochenta, es inimaginable para quienes nacieron después. Y fue ayer mismo. Era ayer mismo cuando íbamos Paciano del Barco abajo para hacernos una foto toda la familia en un estudio portátil, con una guitarra desafinada y un caballo de cartón, para recordar durante todo el año –y toda la vida– esa feria, sus colores, las luces, las sevillanas y la caseta municipal. Y aquellas otras casetas que encontraban acomodo donde podían: en algún local en obras, un garaje o un almacén, que se transformaba en vino y alegría.

Y el río. Para quienes vivíamos en el Lugar, cruzar el río era la puerta abierta a la Feria, esa feria que un día fue de ganados y compraventas, de negocios que se cerraban con vaso de vino. Desde ese 1836 en el que Chiclana recibió el privilegio de Feria –aunque ya en 1788 ya solicitaron permiso para celebrar una feria anual de Ganado– la celebración ha ido alrededor del día de San Antonio creciendo como la ciudad. Pero esa era otra feria y otra historia en la que habría que hablar de diezmos y un Portalejo que no sabe donde estuvo con exactitud, más allá del entorno de la cuesta del Matadero, que era donde se celebraba. A final de siglo XIX la Feria se inserta en el corazón mismo de la ciudad y se transforma en fiesta popular en la Alameda recién nacida junto al Iro. Y ya nunca se ha despegado del río, ya sea en La Longuera o en Urbisur, en la orilla de La Banda o en la del Lugar. Es cierto que la Feria ha ido con los años desplazándose al contorno de la ciudad, ganando terreno literalmente a la marisma, pero en aquella feria de mi infancia, la del Campo de Fútbol, cercana, entrañable y familiar, el río marcaba, como ahora, la frontera de la felicidad. Un espacio mágico, que por más años que pasen, por más ferias que vengan con su grandilocuencia y su masificación, ya no volverá. 


Aún hoy, camino a la Feria, cruzo el mismo Puente Chico, paseo por Paciano del Barco y atravieso aquella feria de mis pocos años, recreándola hasta llegar al ferial, hoy río abajo. Y así la Feria vuelve a ser un espacio simbólico. Siempre lo fue. A diferencia de otras, esta Feria de Chiclana marcaba como pocas en calendario. Fin de curso. Inicio del verano. La playa de La Barrosa reaparecía siempre después de cada feria, antes se diría que desaparecía oculta en la humedad y en el frío. Aunque hubiera –como lo hace hoy– una primavera extraordinaria, a nadie se le ocurría ir a la playa antes de la Feria. Era una de esas delimitaciones sagradas que conviven entre la ciudadanía. Lo mismo que la playa, dicha así, finalizaba con la Virgen de los Remedios y la vendimia. No había un más allá. Ni era necesario. La playa conforma con la Feria esa otra ventana donde miramos al niño que fuimos. De nuevo feliz. Y se acumulan los recuerdos. Primero, el Seat 850, con la baca repleta como si se acabara el mundo. Luego, aquella Barrosa con las casetas de madera, en donde vivíamos julio, agosto, sin volver a pisar Chiclana hasta septiembre, que había que vendimiar y llegaba el colegio. Y esa playa regresa ahora también a la memoria. Nunca supimos realmente lo afortunados que éramos de convivir con aquel paraíso, de tener tan cerca la playa. Y más aún esa playa blanca, interminable. Hasta que aprendimos que sí, que parecía mentira, pero había pueblos, ciudades, provincias sin playa, que era como decir sin verano. 

Reiner María Rilke –el poeta que quedó deslumbrado por Ronda– dijo aquello de que “la verdadera patria del hombre está en la infancia”. Quizás sea cierto. O puede que solo sea nostalgia, simple añoranza. Màrius Carol, más recientemente, cree que “es el estrés del porvenir el que hace que veamos la infancia como el baúl de nuestros sueños”. Podría ser. Pero no hay ninguna infancia igual a otra. Cada uno, como el verano, lo vive a su manera. Pero mi patria, pienso, es la inocencia y la felicidad. Mis padres, mis hermanos. La familia. Primos, tíos. Abuelos. La calle donde jugaba. Una playa. Aquella feria. Esta misma feria en la que vuelvo a ser niño otra vez. Pero nunca tan feliz. 

Leer en Diario de Cádiz:


LA SAL "MÁGICA" DE PEPE MIER | Laurel y rosas (86)

José de Mier tras la presentación de la novela en el Centro de Interpretación del Vino y la Sal

JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | DIARIO DE CÁDIZ

Según el historiador francés François Dosse, la historia es, ante todo, “una máquina para capturar escenas”. Una definición que recordé mientras leía “La sal mágica del caño de Sancti Petri” (KBA Ediciones), la primera novela de Pepe Mier. La frase de Dosse surge de modo inevitable porque este libro es, esencialmente, un canto y una reivindicación de Chiclana. Su historia y su pasado son, de modo indudable, el gran protagonista de esta novela que transpira devoción y orgullo. Pepe captura escenas fundamentales de nuestra historia, las rescata y reescribe, para dárselas al lector, como él mismo apunta, de una manera “más atractiva y accesible”. Y a través de esas escenas piensa y escribe sobre la ciudad y cómo hoy debemos verla: el templo de Melqart y la visita de Anibal Barca, la dominación romana y la excelencia del famoso “garum”, el Duque de Medina Sidonia entre almadrabas y salinas en el siglo XVI, la ocupación francesa... 

Pero todo relato necesita un río que la atraviese, que sirva para darle cohesión y sentido literario. En la novela de Pepe Mier es la sal marina: su producción, su cultivo, sus usos, en la infinita marisma que nos rodea a través de los siglos. Pero esto mismo podríamos decirlo de otros muchos modos, porque Pepe trasluce a lo largo de las casi trescientas páginas la necesidad de reivindicar a los salineros, de corresponderles con un homenaje, con un acto de justicia aunque sea literario. Y, además, desprende una innegable voluntad de descubrirle, de abrirles los ojos al neófito sobre el valor cultural, social y etnográfico de las salinas en nuestro pasado más lejano, pero, también, más cercano e inmediato. “La sal y sobre todo su extracción del agua de mar en las salinas siempre me deslumbró, desde muy pequeño me llamaban la atención los salineros que pasaban, con su capacha, por el Retortillo hacia la marisma”, confiesa en el prólogo. Y eso mismo es lo que exhibe esta novela: la historia de un deslumbramiento y, también, de la ilusión que le produce, a su vez, contagiar al lector de esa misma devoción salinera.



Esa fascinación habita en el narrador, en ese “yo testimonial” que va contando en primera persona al lector y en el que encaja el propio Pepe Mier. Pero el peso de esa narración –y de gran parte del relato– recae sobre Juanito. Es el homenajeado. El salinero que situado en la Chiclana de mediado de siglo XX cuenta, explica, muestra, revive qué, cómo, cuándo, dónde, por qué existen las salinas en Chiclana. Eso sí, siempre a pie por la salina “La imperial”, por “La Pastorista” a veces, o acodado con una copita de fino Reguera en “El Rincón” o “El 22”, en La Banda, en la misma orilla del río Iro y frente a la marisma. Esa lección de vida que va dando Juanito es biográfica en el sentido que ocupa toda su vida, desde que, con ocho años, ya fuera un “hormiguilla” yendo y viniendo del tajo al salero con una recua de bestias. “Desde entonces y hasta su final siempre le llamaron Juanito, pues los años no lograron hacerlo mucho más alto. Siempre fue pequeño como un charrancito…”. 

En ese mismo Juanito, en ese personaje construido de testimonios reales, en el manejo y análisis de los datos etnográficos e históricos que aporta, en esa manera de descubrir lo importante en lo menudo, en restituir los marcos históricos y sociales, en abordar una antropología entendida como un modo de ver y de estar en el mundo, recae la atracción del relato construido por Pepe Mier. Y a partir de él podemos afirmar que “La sal mágica del caño de Sancti Petri” es un extraordinario –por lo poco frecuente y lo rápido que hemos olvidado– homenaje a los últimos salineros, los que nacieron y murieron sobre la marisma durante el siglo XX. Una raza, si podemos llamarla así, de sal, sol, brisa y viento, como Juanito y su abuelo Antonio, ya desaparecida. Y, sin la vida, no podríamos leer ni fantasear historias, como dijo Vargas Llosa.

Pepe Mier ha creído conveniente para narrar esta historia de la sal de Chiclana usar ciertas herramientas de la ficción. La historia se convierte así en una estructura sobre la que se escribe una ficción y para ello se sirve de lo anecdótico. La novela traza un relato –al fin y al cabo, nuestra historia– que alienta a través de esa “sal mágica”, ese filtro de amor, esas lágrimas de Adriana –la amante ibera de Aníbal que inventa el autor– que caen sobre la sal en el Coto de la Isleta y que a lo largo de los siglos algunos de los personajes ficticios –y reales– van recolectando sobre el mismo caño de Sancti Petri. Ya había ofrecido algún breve adelanto en libros de Navarro Editorial, como “Fantasmas y Monstruos de Chiclana” o “19 huellas”. Es esa “sal mágica” la que provoca amores fieles –ciertamente imposibles sin su ayuda– y sirve para darle a la novela páginas ciertamente sentimentales, pero sobre todo para sazonar un mito a través del cual se cuenta la Historia, con mayúsculas. Y, como colofón, sirve para mostrar un tesoro gastronómico, como es la Sal Marina Virgen y, en concreto, la ahora tan valorada –y recomendable– “flor de sal” que no debería faltar en ninguna casa. Como el libro.

Leer en Diario de Cádiz:
http://www.diariodecadiz.es/opinion/analisis/sal-magica-Pepe-Mier_0_1139886421.html


domingo, 14 de mayo de 2017

A LA BARROSA... POR ATUNES | Laurel y rosas (85)

Vista de Cádiz, con representación en primer término de una almadraba, en la Obra "Civitates Orbis Terrarum" (1564-1578).

JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | DIARIO DE CÁDIZ

Hace justamente un siglo en “El Correo de Cádiz”, con fecha 22 de agosto de 1917, apareció la siguiente información: “Ha ordenado el alcalde de Chiclana se convoque al Ayuntamiento y a los mayores contribuyentes de la población para estudiar la forma de terminar cuanto antes el camino vecinal que conduce a la playa La Barrosa, obra que es de gran interés para este vecindario”. El “camino vecinal a La Barrosa”, que así se llamó, sumaba ya seis años prácticamente baldíos: desde 1911, cuando el Ayuntamiento solicitó al gobernador civil la declaración de “utilidad pública”. Por aquel entonces la ciudad comenzaba a extenderse hacia lo que había sido “El Mayorazgo” fundado por el Conde del Pinar en 1732. Tanto que en 1912, el periodista Pedro Tejera escribió en el periódico “La información” que ya existían, al menos, “veinte posiciones de recreo”. Si recorremos aquella suscripción popular del camino de La Barrosa y su trazado desde aquel Mayorazgo, vemos también que el encanto de la playa y su “pintoresco pinar” ya era extraordinario hace cien años. “Reciban, pues, nuestras felicitaciones más entusiastas el Sr. Fernández Caro –decía “El Correo de Cádiz”, en referencia al alcalde Juan Fernández Caro y su “suscripción voluntaria”– y cuantos con él han colaborado para la realización del proyecto, y muy efusiva también para el pueblo de Chiclana, que con la construcción del camino a la playa de La Barrosa, verá aumentarse considerablemente el contingente de bañistas, pues muchas familias vendrán a disfrutar de las aguas del salutífero manantial de Fuente Amarga, como a la magnífica y deliciosa playa de La Barrosa, la playa más limpia, más tranquila, más hermosa y mejor que hay en el mundo”.

El alcalde Juan Fernández Caro convocó en la sala capitular del Excmo. Ayuntamiento –y que apenas unos meses antes se había trasladado ya a su actual ubicación– a esos “mayores contribuyentes”, la mayoría reconocidos bodegueros, contando con “el más noble y desinteresado patriotismo”, dice la crónica de “El Correo de Cádiz”. Los señores Cañizares y Gómez de Humarán habían anunciado la cesión de los terrenos que continuaban el camino de la Barca, que era como entonces se llamaba al que acababa en Sancti Petri. Consta lo que aportaron unos y otros: José Vélez Sánchez dio 500 pesetas, Joaquín de Mier y del Río dijo 300 pesetas, Manuel Romero Pérez que 100 pesetas… Había que reunir casi cuarenta mil, que era el presupuesto hasta la playa: “La más limpia, la más tranquila y mejor situada que se conoce; la que a juicio de todo el mundo, es superior a las de San Sebastián y Biarritz”, dijo aquella tarde el alcalde Fernández Caro.

La Barrosa, años 50. 
La fascinación por La Barrosa, pues, era hace un siglo ya mucho mayor de lo que creíamos. Antes de que aquel matrimonio británico, el pintor y naturalista William Ridell y su esposa, Violetta Buck, construyera a finales de la década de 1920 la que fue la primera residencia de verano en pleno pinar, que llamaron “Villa Violeta”, y en 1940 vendieran a otro británico y bodeguero, Don Guido Dingwall-Williams. Antes todavía de aquellos paisajes idílicos que pintó Felipe Arbazuza –“Playa de la Barrosa” (1925) o “Pinos y tierras rojas” (1928)–, que se exponen en el Museo de Cádiz. Y antes aún que aquella playa viera extinguirse la última de las dos almadrabas que había mantenido frente a su orilla, al menos desde el siglo XVI y, seguramente, desde época romana. José Ruiz Rodríguez pierde la demanda contra la Administración General del Estado contra la rescisión del contrato de arrendamiento de la almadraba de Torre del Puerco en 1916. La Compañía Almadrabera Española la seguiría calando aún en 1923. En 1928, año de la creación del Consorcio Nacional Almadrabero, ya había desaparecido. 

En numerosas publicaciones del siglo XIX se describen las dos almadrabas de La Barrosa –además de la citada como “Punta de la Isla”, que luego sería Sancti Petri–, incluso en el “Reglamento” de 1866 que ordena el empleo de la técnica llamada de “tiro” frente a la de “buche”. Una Real Orden de 1843 enumeran las almadrabas de la costa de Cádiz y cita la denominada oficialmente como “Torre del Puerco”, creada en 1816, a cuyo pie, no obstante, hay un yacimiento con industria alfarera romana del siglo I-II d. C. –aunque la datación del yacimiento es muy anterior– destinada a la actividad pesquera y de salazones, junto a restos cerámicos almohades destinado al trasiego comercial. La otra, llamada “La Barrosa”, y fechada en 1813, estaba a la altura de la 2ª Pista: “Cerca de dos millas al Norte de la torre del Puerco se encuentra la Casa de la Barrosa, que es un gran caserón blanco asentado en la orilla de la playa destinada a la salazón del atún y a guardar los aparejos y demás utensilios de la almadraba que anualmente se calan allí”, dice el “Derrotero de las costas de España y Portugal” (1867), escrito por el capitán de fragata Pedro Riudavets. Frente al caserón había un fondeadero: “Las embarcaciones de pesca y también las de cabotaje –afirma Riudavets– encuentran un excelente abrigo para levante por enfrente de la Barrosa”.

Leer en Diario de Cádiz:
http://www.diariodecadiz.es/opinion/analisis/Camino-Barrosa-atunes_0_1135686688.html