viernes, 27 de julio de 2012

La novela de la semana | Milena Agus: Alice


JUAN CARLOS RODRÍGUEZ
He manifestado alguna vez mi predilección por la obra novelística de Milena Agus (Génova, 1959). Desde que, de manos de Siruela, vine a dar con Mal de piedras (2006), su segunda novela. Obra a obra, sólo he de ratificarme en la magia, la lírica, la ingenuidad, las obsesiones, la esperanza siempre visible en la escritura de Agus, que tiene el don de conmover y transmitir alegría de vivir.

Vuelve a suceder con esta Alice que da título a su última novela. Porque de nuevo he aquí una casa frente al mar, un vecindario poco recurrente –un anciano violinista o la celosa Natascia, para poner por caso– y un personaje en el que se da cita un juego de imaginación y realidad, de sueños y de obsesiones, de miradas y encuentros, escritos en primera persona.

Y que sabe que en los detalles está nuestra nuestra felicidad. O quizás sea, como se afirma en un momento dado, “que delante del mar todo parece más ligero, los problemas vienen con las olas, y ellas después se los llevan”. Una fábula que hace reír y hace llorar.


Milena Agus: Alice (Alfagura), Madrid, 176 páginas, julio de 2012. Traducción de Celia Filipetto. PVP: En papel (rústica): 16,00 €. Ebook (ePub): 7,99 €

En el nº 2.808 de Vida Nueva

El Códice Calixtino regresa a la catedral de Santiago



La Brigada de Patrimonio de la Policía Nacional recupera el incunable del siglo XII, primera descripción de la ruta jacobea, en un garaje propiedad de un extrabajador del Cabildo.

JUAN CARLOS RODRÍGUEZ
Del robo del Códice Calixtino, hace justo un año, se han escrito cientos de reportajes sobre tramas internacionales de obras de arte, publicado decenas de novelas que querían ser best-seller con la primera guía del Camino de Santiago como protagonista, grabado más de un programa con especulaciones del más allá y difundido teorías de todo tipo sobre mensajes ocultos en las páginas del incunable del siglo XII… pero, seguramente, en lo que más se ha insistido, es en la incapacidad de la Iglesia en la protección de su gran patrimonio. 

La imaginación es libre. Lo único cierto es que la semana pasada la Brigada de Patrimonio de la Policía Nacionaldetenía a José Manuel Fernández Castiñeiras, que fue trabajador de la Catedral de Santiago durante 25 años, y detrás del robo no se esconde más que un episodio de codicia y, a juzgar por el relato policial, de venganza.

El director del Museo de la Catedral de Santiago, Ramón Yzquierdo, siempre había declarado “más factible” que la desaparición del Códice estuviera vinculada a la acción de alguna persona del entorno. Una versión que la Brigada de Patrimonio asumió apenas un mes después del robo y ahí decidió centrar la investigación.

Foto del Códice publicada por el Arzobispado
Según fuentes de la propia catedral, el enfrentamiento causado por el despido de Fernández Castiñeiras por el Cabildo, sumado al patrimonio inmobiliario que este poseía, le convirtió en el principal sospechoso. La intuición de Yzquierdo y de la Policía Nacional se ha confirmado justo cuando se cumple un año de la desaparición del manuscrito del siglo XII.

Pero Fernández Castiñeiras tenía en su poder, en domicilios, garajes y trasteros en Santiago, O Milladoiro, Negreira (A Coruña) y O Grove (Pontevedra), mucho más: bandejas de plata, monedas históricas, un Libro de las Horas de procedencia medieval, diez facsímiles del Códice, correspondencia y documentación personal de miembros del Cabildo, llaves del complejo catedralicio y hasta 1,2 millones de euros y dólares en efectivo en dos de sus domicilios. Según la versión policial, probablemente, proceden del robo en el cepillo de los peregrinos durante años, cantidades que anotaba en una libreta, y, a la vez, de la venta de algún objeto procedente de la Catedral.

También su mujer, María Remedios Nieto Mayo, el hijo y la novia de este, fueron detenidos como cómplices, aunque los dos últimos fueron puestos en libertad sin cargos. “Se ha recuperado fruto de los registros de la Policía, no fruto de la colaboración de los sospechosos”, aseguró el delegado del Gobierno en Galicia, Samuel Juárez.

"Sin daños, ni cambios, ni deterioros"

Desde la sustracción del Códice Calixtino, una de las líneas principales de la investigación fue la del robo con colaboración interior o por personal relacionado con la catedral, con conocimiento de los espacios y de las costumbres del personal. El deán de la Catedral ya dijo entonces que “quien se lo llevó sabía de qué se trataba y cómo llegar a él”.

En ambos casos, la tesis mantenía más como posibilidad el hecho de que el robo fuese realizado respondiendo a rencillas personales o a una venganza contra el deán.

Este, José María Díaz, ha confirmado la pésima relación que mantenía con el detenido, electricista de profesión, sobre todo desde su despido. El deán –que se vio forzado a dimitir como archivero de la Catedral– ha aclarado, en cualquier caso, que el Códice Calixtino no ha sufrido daño alguno, pese a que estaba escondido en un garaje de Milladoiro, empaquetado con papel de periódico, dentro de varias bolsas de basura y rodeado de material de albañilería.

Rajoy quiso entregar personalmente el Códice
“Está muy bien. Incluso con algunas señales que yo tenía puestas en el principio de cada libro y en las letras iniciales. Todo está exactamente igual. No aprecio daños, ni cambios, ni deterioro”, añadió.

La entrega oficial al Arzobispado se realizó el 8 de julio –después de encargar un peritaje por posibles daños–. El arzobispo y el deán, que ya habían confirmado el viernes que era el Códice Calixtino, lo recibieron de manos del presidente del Gobierno, Mariano Rajoy. [...]

En el nº 2.809 de Vida Nueva. El códice calixtino regresa a la catedral de Santiago, texto íntegro solo para suscriptores

Dios entre los campos de Castilla


Una exposición en Soria conmemora los cien años del poemario más universal y confesional de Antonio Machado.


JUAN CARLOS RODRÍGUEZ
La Fundación Antonio Machado y Acción Cultural Española (AC/E) conmemoran el centenario de la publicación de Campos de Castilla, la obra más universal del poeta sevillano, con una exposición en el Palacio de la Audiencia, en Soria, que, básicamente, celebra su originalidad a la hora de abordar el tema de Castilla.

“Estructurada de manera didáctica ­–afirma el comisario de la muestra, Javier Huerta–, se abrirá con una primera parte centrada en el poeta y sus circunstancias, para adentrarse en la llegada de Machado a Soria en 1907 y su pasión por Leonor, y una segunda titulada Descubriendo Castilla, en la que se apuntará la originalidad de Machado. Se exponen todos los antecedentes de autores del 98 y otros modernistas que antes de Machado trataron el tema de Castilla; con lo que se quiere matizar la originalidad de Machado".

En Campos de Castilla está también ese Machado angustiando ante la muerte de Leonor y la estela de Dios. “La actitud de Machado ante Dios es similar a la de Unamuno, una constante lucha consigo mismo, lucha entre la imposibilidad de creer y el deseo, la necesidad, de creer para dotar de sentido a la vida”, según el crítico y académico Carlos Bousoño.


Pero esa visión de Dios, la que López Aranguren llamó “un fluctuar entre escepticismo e inconcreta creencia, entre desesperanza y esperanza”, es mucho más profunda de lo que se ha postulado desde cierta crítica, que ha resuelto la duda machadiana dando por hecho el triunfo del ateísmo y que contagia la visión machadiana contemporánea, incluso en la exposición, en la que no se matiza, como debiera, el credo machadiano.

Machado era, como decía Bergamín, “en su vida y en su obra, entera y verdaderamente, un hombre de fe”. Cierto, como confesó también su hermano José, que Machado vivió una religión personalista, no practicante, pero sí creía en un Dios esperanza, en un Dios comunión, en un Dios humano. 

Una "iluminación mística"

En un texto clásico y no suficientemente reconocido, Antonio Machado y el “sueño de Dios”, el hispanista Armand F. Baker se pregunta si la falta de fe que determinados autores atribuyen al poeta verdaderamente es de él, o si es una proyección de los mismos críticos. Porque también hay quienes creen lo contrario”.

Por ejemplo, su hermano José, Bergamín o el crítico José María González Ruiz, autor de otro ensayo ya perenne, La teología de Antonio Machado, entre otros muchos autores. O el propio Miguel de Unamuno, a quien Machado confesó en una carta: “Cuando reconozco que hay otro yo, que no soy yo mismo ni es obra mía, caigo en la cuenta de que Dios existe y de que debo creer en él como en un padre”.

Foto de César Sanz 
Machado, en Soria, en los campos de Castilla, en la enfermedad y muerte de Leonor, experimenta una “iluminación mística” cuyo exponente es ese poema LIX que simboliza también su encuentro con el Dios soñado: “Anoche cuando dormía / soñé, ¡bendita ilusión!, / que era Dios lo que tenía / dentro de mi corazón”. Ese misticismo no es circunstancial, está, como señala Baker, presente en el amor idealizado, incluso el poeta emplea un bello verso de Campos de Castilla para justificarse: “Dante y yo, perdón señores, / trocamos, perdón Lucia, / el amor en Teología”, que enlaza con Santa Teresa, con San Juan de la Cruz, poetas de cabecera de Machado.

Habita en Machado, por tanto, un “hondo sentido religioso”, que cohabita con períodos de descrédito de la fe, pero nunca deja de buscar a un ansiado Dios. Miriam Hoffmann de Gabor, en otro texto referencial, El Dios de Antonio Machado, lo expone claramente: “Si la primera actitud de Machado fue la de un subjetivismo idealista, le vemos luego aspirando siempre a la fraternidad y a la comunión como medio de encontrar a Dios y de realizar el ideal cristiano, la filosofía cristiana del porvenir. La pasión del hombre es entonces la pasión de Dios”. [...]

En el nº 2.808 de Vida Nueva. Dios en los campos de Castilla, texto íntegro solo para suscriptores

miércoles, 18 de julio de 2012

Los editores de libros de textos, en pie de guerra


La primera valoración de ANELE apunta a pérdidas que, aún tirando a la baja, alcanzan los 75 millones de euros para el sector editorial por los “recortes” del Gobierno a la enseñanza, 15 por la paralización a última hora de las nuevas titulaciones de FP, además de otros 60 por la eliminación de la reforma de 4º de ESO para el próximo curso y los cambios en el temario de la condenada “Educación para la Ciudadanía”. 

JUAN CARLOS RODRÍGUEZ
Que el sistema educativo tiene carencias y necesita mejorarse es una evidencia para todo el sector de la enseñanza, incluido los editores de libros de texto. Tan evidente como que “necesitamos un marco educativo estable y si no se quiere hablar de pacto, al menos tengamos una legislación que de seguridad. Porque cambiar las leyes de educación cada dos por tres es insostenible.

Nadie piensa que podamos estar cada cuatro años, según la alternancia política, cambiando el sistema de educación. Además de ser una locura, no tiene explicación”, afirma José Moyano, el presidente de la Asociación Nacional de Editores de Libros y Material de Enseñanza (ANELE). Moyano responde así a los “recortes” del Gobierno de Mariano Rajoy en la enseñanza, que prácticamente avanzan el nuevo sistema educativo que culminará con una nueva ley orgánica que, en principio, el Ministerio de Educación quiere que entre en vigor para el curso 2013-2014. 

Pero las consecuencias para los editores de las Medidas urgentes de racionalización del Gasto Público en el ámbito educativo son inmediatas. Con dos frentes abiertos que anulan decisiones del Gobierno de Rodríguez Zapatero para el próximo curso: la anulación en la práctica de los nuevos módulos de Formación Profesional y la suspensión del renovado 4º de ESO, a la que se suma, además, un tercero que va complicándose cada día que pasa: la modificación del currículum de la asignatura de “Educación para la Ciudadanía”, que se podría quedar sin manuales este próximo curso. 

Los tres frentes suponen un serio revés para las 42 empresas editoras –entre ellas, Anaya, Santillana, SM o McGraw-Hill– que dan trabajo a 17.000 personas y representa el 98 % del sector. Los nuevos manuales de FP ya estaban listos para ponerse a la venta en septiembre. Moyano admite quince millones de pérdidas sólo con los libros de FP ya impresos y valora en unos 60 millones de euros los que provocará la suspensión de 4º de ESO –curso en el que se habían incorporado tres nuevas asignaturas entre las optativas, aunque no se habían llevado a imprenta–, que aún no se ha hecho de modo oficial, dado que el Consejo de Ministros todavía no ha publicado el decreto-ley de paralización. “No es que haya incertidumbre. Es que no saben cómo van a abordar ese curso. Lo que de momento han dicho que quieren hacer lo puede decir cualquier persona de la calle aunque no tenga ni idea del sistema educativo”, manifiesta Moyano. 

José Moyano, presidente de Anele
Tampoco se sabe qué va a ocurrir con los manuales de “Educación para la Ciudadanía”, asignatura condenada por el nuevo Gobierno pero que, de momento, no puede cambiar de nombre al anunciado de “Educación Cívica y Constitucional” hasta que no reforme la actual Ley Orgánica 2/2006, de 3 de mayo, de Educación (LOE), como muy pronto en 2013. Lo que sí está cambiando es el currículum de la asignatura –actualmente, en fase de borrador–, lo cual significa que para el próximo curso cambiará el temario y los manuales. 

Sin embargo, avanzado el mes de mayo, Moyano había podido ver un borrador, aunque había recibido la promesa de que tendrían el texto curricular, primero el 19 de marzo, y después antes del 8 de mayo [al cierre de esta edición, aún no lo habían recibido]. "Vamos fuera de plazo –insiste Moyano–. Si son cambios puntuales, terminológicos como dicen, y en donde se aborden más temas constitucionales, quizás podríamos llegar. Pero tan sólo si se eliminan capítulos completos y se añaden otros. En gran parte tendría que ser el libro actual. 

El Ministerio había quedado en comunicarnos estos días los currículum definitivos. Además, hay que tener en cuenta que después deben incluirse las modificaciones que legalmente pueden hacer las comunidades autónomas en los contenidos del currículum, de entre un 35 y un 45 por ciento, según tenga o no lengua propia. Si se retrasan más es probable que no haya libros de texto para esta asignatura”. [...]

En el nº 265 (Junio 2012) de Delibros. Texto íntegro sólo en la edición en papel.

La novela de la semana | Atiq Rahimi: Maldito sea Dostoievski


JUAN CARLOS RODRÍGUEZ
Atiq Rahimi (Kabul, 1962) se inspira en Crimen y castigo para regalarnos un retrato único, incomparable, de la Afganistan contemporánea. Dicho esto, habría que señalar, antes de proseguir con el argumento, que la prosa de Rahimi es extraordinaria, con una capacidad soberbia para hacer que el lector se sumerja a fondo en el ser y la cultura afgana.

Te atrapa, te mece, te lleva. Ya lo sabíamos, dado el precedente: la estupenda La piedra de la paciencia, su primera novela escrita en francés y con la que ganó el Premio Goncourt. Porque Rahimi es un exiliado que encontró en Francia un nuevo hogar, pero ni su literatura ni su compromiso con Afganistán ha dejado un país asolado primero por el fundamentalismo y, después, por la guerra de liberación.

Este es el contexto de Maldito sea Dostoievski. Rasul, el protagonista, ha matado a una anciana por venganza. Le viene el remordimiento y decide entregarse. Pero ni su crimen ni su culpa le interesa a nadie. Hasta que hay un juicio, rocambolesco, que sirve de metáfora del destino atroz del país.


Atiq Rahimi: Maldito sea Dostoievski (Siruela), Madrid, junio de 2012, 216 páginas. Colección Nuevos Tiempos, 223. Traducción de Elena García-Aranda. PVP: 16,95 € (Papel-rústica) y 8,99 € Ebook-Epub). 

Enlace con la página dedicada a Rahimi en Editorial Siruela

Entrevista | Jordi Sierra i Fabra: "Todos mis libros tratan de la esperanza"


El escritor barcelonés abruma: 40 años publicando, 400 libros, diez millones de ejemplares en 30 idiomas, cifras singulares de un escritor que se define como “humanista” y que ha transformado la literatura juvenil en España. 

JUAN CARLOS RODRÍGUEZ
Jordi Sierra i Fabra (Barcelona, 1947) cumple 40 años publicando libros –“Hace cuarenta años que publico, porque dedicado a la escritura llevo muchos más. Yo comencé a escribir como con 8 años. Con nueve o diez ya tengo libritos escritos y encuadernados con más de cien páginas que guardo aún en mi casa”– y lo festeja con Quizás mañana la palabra amor (SM). “Quería ser Kipling, Salgari o Julio Verne, pero he sido Jordi Sierra. Y me gusta”, afirma.

Ocasión singular para entablar un diálogo con este escritor total, autor de novelas memorables como Campos de fresa –sigue siendo una novela fundamental acerca del consumo de drogas– o Kafka y la muñeca viajera, por ejemplo, referentes de la “literatura para jóvenes”, como nombra repetidamente. “Escribo los libros que me gustan, como los quiero escribir, sin más –explica–. Nunca he escrito por obligación ni por la tentación de hacer un best-seller… o pensando si se venderá mucho o poco”. 

–Cuarenta años, cuatrocientos títulos…. ¿Cómo lo hace? 

–Publicados, porque escritos muchos más. Siempre he escrito mucho, y muy rápido. Por eso escribí el Método Sierra i Fabra, en el que cuento mis técnicas y mis secretos. Pero no tengo ni secretaria, todo lo hago yo. Es más: no dejo que nadie toque ni una coma… Lo que escribo es lo que yo hago. ¿Cómo? Es que estoy todo el tiempo escribiendo y sacando ideas. Mientras leo la prensa, en los aviones, en cualquier momento. Me encierro dos semanas y ya tengo un libro. Antes lo he trabajado mucho: me documento a fondo, hago un guión, resumo cada capítulo y entonces me siento a escribirlo. Es decir, no escribo nada si no lo tengo muy claro. Eso me permite rapidez… 

–Y eso que dice: “No pongo paja, no me enrollo, entro a tope con la historia”. 

–Claro. Podemos coger cualquiera de mis libros y demostrar página a página por qué uso cada palabra. Nada es gratuito. Te digo con esto que nunca he escrito por escribir ni sentido la necesidad de engordar una historia por simplemente tener al final más páginas. No. Si haces eso la historia se resiente, y hay que ser fiel a la historia que cuentas. Eso es lo esencial. Antes que el ego del escritor, está, según lo veo yo, la fidelidad a la historia. El lector debe quedar enganchado en la primera página y en la 30 ser incapaz de soltar ese libro. Es lo que siempre he buscado, desde que era niño. Frases cortas, muchos diálogos. Y, sobre todo, no perder nunca el tiempo. Ni hacérselo perder al lector. 



–Y, por lo que le escucho, trabajar con la misma ilusión que en el primer día… 

–Por supuesto. Si no, no escribiría más. Hago lo que me gusta. Por eso cuando alguien me reprocha por qué escribo tanto, me enfado. ¡Sí hago lo que quiero! O cuando me dicen: oye, es que ya has ganado treinta premio, deja ya de presentarte… La repuesta está clara: ¿por qué no deja Rafa Nadal de ir a Roland Garros si ya ha ganado siete? También, como él, me gusta competir… Es curioso, voy a cumplir ahora 65 y ya advierto que no me voy a jubilar. ¡A mí descansar y dejar de escribir me horroriza! Cuando más años tengo, siento que me queda menos tiempo y más ganas me entran de escribir… Mi locura, mi forma de ser, mi entusiasmo, mi honestidad creo que contagia a los lectores. 

–Lectores que han comprado ya diez millones de ejemplares de sus libros… 

–No está mal, no. Porque estamos hablando de un país en el que no se lee lo suficiente. Es brutal, nunca me lo hubiera imaginado. Sobre todo, porque la mitad es desde el año 1997. Por supuesto, que muchos de todo esto tengo que agradecérselo a los maestros que siguen recomendando mis libros. Las cifras, los records, están bien, pero yo solo quería ser feliz escribiendo… Y lo he conseguido. Quería ser Kipling, Salgari o Julio Verne, pero he sido Jordi Sierra. Me gusta ponerme tan sólo una medalla: que he hecho mucho, como toda mi generación, todos los autores que estamos en los sesenta, desde Fernando Lalana a Gonzalo Moure, por la lectura en España. Me gusta pensar que muchos niños y jóvenes han sido lectores gracias a nosotros. 

–Hablando de lectores. ¿No cree que se le ha encasillado como escritor juvenil, siendo un autor de mucho más recorrido? 

–Yo soy escritor, es como me siento. A secas. Cuando muy joven escribía de música y entrevistaba a muchos cantantes, vi que tendía a encasillarlos: tú eres metal, tú heavy, tú folky… Y muchos me contestaban: no, soy músico. Yo también me siento igual. Durante un tiempo fui un rockero que escribía de música. Luego, me puse a escribir novelas, y era un rockero intelectual. Más tarde, cuando comienzo a ganar premios, comienzan a decir que soy un escritor rockero. Una vez que comencé a ser un referente de novelas para jóvenes me etiquetan como autor juvenil… Pero soy simplemente escritor, un creador. 

–Usted ha tocado múltiples temas y géneros, pero de algún modo ha impuesto también que la literatura juvenil deje de ser, digamos, ñoña, sino que toquen asuntos trascendentales como el holocausto o la guerra. 

–Tengo obras de ciencia ficción o de humor, muchas, pero la verdad y la realidad me atrapan. Yo viajo mucho, he recorrido todos los continentes, y de esos viajes, de lo que veo en ellos, saco muchos temas. Y en África o en Asia ves, a lo mejor, muchas cosas que no nos gustan aquí. Y creo que tengo que contarlas. Escribo lo que veo, los libros surgen de mi contacto con la realidad. En la misma lectura de la prensa encuentro muchos temas… Cuando comencé a escribir novelas realistas para un público juvenil pensé que no iba a vender nada… pero no ha sido así. A los jóvenes no se les puede ocultar la realidad. Ahora, sin duda, la novela realista es lo que más cultivo. 


–El extraño, premio Barcanova, que acaba de publicar, por ejemplo, trata de un niño que se pregunta por qué existen las dictaduras… 

–El protagonista es un niño que tiene a su padre en la cárcel en una dictadura imaginaria… Y hablo de la libertad y de la imaginación, de cómo un niño es capaz de superarlo todo con su fantasía. Ahora también he acabado de publicar Quizás mañana la palabra amor, que es otro tipo de novela, donde una chica sale del manicomio y se va a vivir con su abuelo, a quien lo está cuidando un chico de Cáritas. Yo diría que responde a la tipología de mis novelas clásicas. Corta, que te engancha enseguida, que la historia es muy tierna, pero dura, y que habla de esa palabra que tanto uso y de la que tratan todos mis libros: esperanza. La esperanza de que el amor pueda con todo y que la paz, el respeto, ayude a superar toda la adversidad. 

–Sí,la esperanza define correctamente el grueso de su obra… 

–Yo nunca estudié y soy consecuente con mis limitaciones. Pero de joven me pregunté ¿cómo quiero triunfar? Y decidí que lo haría en torno a cinco patas, cinco palabras, que han sostenido mi obra y mi vida. Son: paz, amor, respeto, honradez y esperanza. Por duro que sean mis libros, acaban hablando de estas cinco palabras. Pero, sobre todo, de esperanza. Porque tenemos que creer en algo, si no estamos perdidos. 

–En este sentido, ¿cómo es su relación con Dios? 

–Casi nunca hablo en mis libros de religión ni de política. La razón te va a parecer tonta: todavía estoy buscando. Sí sé que hay una energía o un Dios, pero no he logrado descubrir su verdad. Aún me siento un ignorante y, con mis 64 años, espero aún saber mejor quién soy y adónde voy. Otra cosa es que mi literatura sea, como me han dicho más de una vez, espiritual. Incluso hay un crítico que afirma que es ejemplo de religiosidad. Él interpreta mi positivismo como religión. No es el único. Me invitan constantemente, en este sentido, a dar conferencias en foros católicos. Pero, si me tengo que describir, diría que me siento un autor humanista. 

En el nº 2.807 de Vida Nueva. Entrevista con Jordi Sierra i Fabra, íntegra solo para suscriptores

viernes, 6 de julio de 2012

La novela de la semana | Daniel Pennac: Diario de un cuerpo



JUAN CARLOS RODRÍGUEZ
Ajustándose al formato clásico del “diario” en la estructura, pero dándole un notable giro en el contenido, Daniel Pennac (Casablanca, 1944) ha creado una novela renovadora, dura a en muchos casos, en la que el narrador, un intelectual «taciturno, irónico, tieso como una escoba, aureolado por una reputación internacional de viejo sabio», aspira a decirlo todo sobre su propio cuerpo.

 Esta es la gran cualidad de la novela de Pennac: el protagonista es un cuerpo humano como nunca ha sido narrado en la literatura. Porque el narrador crea este “diario físico” a partir de un trauma a los doce años y lo mantiene hasta los 87, es decir, entre 1936 y 2010 –el año de su muerte– por lo que es también el reflejo de un siglo. Aunque todo lo que podemos saber del mundo exterior entorno al narrador o incluso de su pensamiento íntimo se nos ofrece vinculado a reacciones y alteraciones de su propio cuerpo. 

Y todo lo que suscita: porque Pennac no se detiene ante ninguna manifestación de ese cuerpo en transformación con el paso del tiempo: el pudor, la impotencia, la enfermedad, la angustia, la hipocondría, el dolor…

Daniel Pennac: Diario de un cuerpo, Mondadori, Junio de 2012, 336 páginas. PVP: 21,90    € (Tapa dura) y 13,99 € (E-book).

En el nº 2.805 de Vida Nueva.

Murillo y Justino de Neve: el arte de la amistad y la fe

El Prado inaugura una excepcional muestra de una veintena de obras de Murillo encargadas por su mecenas, amigo y confesor, Justino de Neve, canónigo de la Catedral de Sevilla.

JUAN CARLOS RODRÍGUEZ
“Las pinturas generadas por la amistad entre Murillo y Justino de Neve forman un conjunto realmente estelar”. Este es el calificativo, simple, contundente y evocador que elige Gabriele Finaldi, director adjunto de Conservación del Museo Nacional del Prado y comisario de Murillo & Justino de Neve: El arte de la amistad, para describir la veintena de obras que el Museo del Prado reúne en una magnífica exposición que reconstruye la relación de Bartolomé Esteban Murillo (1617-1682) con su gran amigo y mecenas, Justino de Neve (1625-1685), canónigo de la Catedral de Sevilla.

Tres aspectos realzan la exposición del gran pintor barroco sevillano, que después de Madrid se podrá ver también en el Hospital de los Venerables de Sevilla, sede de la Fundación Focus-Abengoa, y en la Dulwich Picture Gallery de Londres. En primer lugar, que la mayoría de la obra expuesta es “pintura de devoción” de un Murillo en su gran madurez y apogeo: todas están fechadas entre 1662 y 1670.

Segundo, que proceden de encargos realizados por Justino de Neve para tres proyectos básicamente: la decoración de la iglesia de Santa María la Blanca (1664-65), diversas obras que le encargó para la catedral (la Sala Capitular y capilla bautismal) y, por último, un conjunto de lienzos para el Hospital de los Venerables Sacerdotes.

Justino de Neve, según Murillo.
Y, en tercer lugar, que se ha intentado reconstruir, al menos en parte, la propia colección que Justino de Neve poseía de obras de Murillo –la más importante de tema religioso–, que sumaba 18 obras, sólo superada en la época por la del comerciante Nicolás de Omazur, con 31.

“Resulta llamativo –añade Gabriele Finaldi– que solamente uno de los cuadros que componen esta exposición se encuentre aún en la ciudad natal del pintor. Al reunir una serie de obras que en su día estaban concentradas en el corazón de la ciudad andaluza, y al poner el acento en uno de los ejemplos más brillantes y productivos de relación entre un artista y su cliente y protector de todo el siglo XVII, esta exposición y el catálogo que la acompaña contribuyen a corregir una injusticia histórica”.

El corpus de una obra de madurez

Excepto ese Bautismo de Cristo que corona el retablo de San Antonio en la capilla del santo en la Catedral de Sevilla, el resto de obras proviene de instituciones como el Museo de Bellas Artes de Budapest, la Dulwich Picture Gallery de Londres, la National Gallery of Scotland, el Museo del Louvre, Museum of Fine Arts de Houston o el propio Museo del Prado, que expondrá por primera vez la llamada Inmaculada de los Venerables –también conocida como la Inmaculada “Soult”– con su marco original procedente de la Catedral de Sevilla.

Primavera (La Florista).
“Forman un corpus de obras de madurez de un Murillo que, en la cumbre de su fama, alcanzaba de manera consistente altas cotas de belleza y expresividad”, puntualiza Gabriele Finaldi. El impulso conjunto entre el Prado, la Fundación Focus-Abengoa y la Dulwich Picture Gallery londinense reúne así algunas de las “obras más destacadas y originales” del pintor sevillano.

“La amistad entre Murillo y Neve generó un notable conjunto de pinturas –encargos públicos y privados, y obsequios– entre las que figuran, por ejemplo, el propio retrato que Murillo pintó de Justino de Neve en 1665. El cuadro lo mantuvo en su poder el canónigo hasta que a su muerte lo legó al Hospital de los Venerables Sacerdotes, institución para presbíteros enfermos y ancianos de la que Justino había sido una pieza clave para su fundación”. Este retrato simboliza para Finaldi “la especial relación que unió al pintor con su modelo, una relación que fue tanto personal como profesional”, posiblemente Neve fuera confesor del propio Murillo, además de “ejecutor” de su testamento. [...]

En el nº 2.806 de Vida Nueva. Murillo en el Prado: el arte de la amistad y la fe, íntegro solo para suscriptores


La novela de la semana | Simonetta Agnello Hornby: La monja y el capitán



Habíamos leído de Simonetta Agnello Hornby (Palermo, 1945) su estupenda trilogía siciliana –La Mennulara, La tía marquesa y Boca sellada– y había bastado para condecorarla como una de las grandes escritoras italianas del momento. Lo es. Indudablemente. 

Aunque se ha pasado gran parte de su vida en Londres –en donde hizo carrera como abogada, llegando a presidir el Tribunal Especial de Menores–, nadie como ella para captar el alma siciliana, acaso el gran Andrea Camilleri. 

Claro que a Agnello Hornby, como le ocurría a Sciascia y aún perdura en el Camilleri no policíaco, esa esencia siciliana está en el pasado, en la mirada histórica. Insiste, por tanto, en La monja y el capitán en la narración de la decadencia de la nobleza siciliana en el siglo XIX, pero centrándola, como le gusta, en mujeres fuertes, rebeldes y luchadoras. 

Es el caso de Ágata, sexta hija de un mariscal arruinado en el corazón del Reino de las Dos Sicilias, obligada a tomar los hábitos en el monasterio de San Giorgio Stilita. Y que, ya sea con la fe religiosa o con el amor, combatirá por imponerse a la autoridad y la convención. 


Simonetta Agnello Hornby: La monja y el capitán, Tusquets Editores, Barcelona, Abril 2012, 400 páginas. PVP: 20,00 € (Rústica) y 10,00 € (E-book)


En el nº 2.804 de Vida Nueva.

Pedro Sorela: “El periodismo se hunde porque está mal hecho”


Escritor antes que periodista, Pedro Sorela (1951), ha vivido lo que narra en primera persona. Descendiente de una familia de tradición diplomática y viajera, publica ahora su séptima novela: El sol como disfraz (Alfaguara), una novela en la que dibuja su visión del periodismo, a la que vez que invita a los lectores a pensar y reflexionar sobre una profesión en transformación. 


No deja de ser curiosa la escasa tradición española en novelas sobre periodismo, más aún que tengan de escenario la redacción de un periódico. En la literatura anglosajona son todo un género. Un escritor, un periodista como Pedro Sorela (1951), que ha vivido lo que narra en primera persona, pero que también tiene las habilidades –la prosa literaria y la capacidad de distanciarse de la profesión– necesarias para atreverse con ello, ha construido un extraordinario testimonio sobre el devenir y el declive de los periódicos, fiel retrato de un mundo de egos y de ideales inalcanzables. Sumándole,  además, un argumento que sostiene lo narrado –con Daniel, redactor cultural; B. V., corresponsal de guerra de vuelta a casa, y Picasso, un director de los que no hay, como protagonistas– y que mantiene el pulso con el lector. El sol como disfraz es, dicho todo ello, como afirma Daniel de sus entrevistas, «un dibujo, una seducción con palabras. No es una foto en ningún caso» del periodismo que se ha hecho –y hace– en España. Una gran novela.

P: ¿Qué vamos a descubrir en El sol como disfraz
R: Los lectores van a descubrir una evocación de la España de los últimos cincuenta años. Sobre todo, los últimos diez, a través de un periódico con una redacción bastante amplia pero con el foco centrado en cuatro, cinco, personajes, que responden a las “edades” del periodista: el joven lleno de ilusión, la chica de 39 años que ha postergado toda su vida por el periodismo, un veterano columnista independiente y un director que se casó con la hija del dueño… que aplica, sobre todo, sentido común al día a día de la profesión. 

P: ¿Cree que el periodismo que se hace hoy necesita esto: más sentido común? 
R: No quiero discutir sobre modelos de producción, quiero discutir sobre periodismo. Me revienta leer nuestros periódicos, lo que no me ocurre con la prensa de otros países. Me pongo enfermo cuando me gasto un euro con veinte para encontrarme sobre el papel lo que ya me han contado en el telediario de la noche anterior o he leído en internet. Es intolerable. Y me digo: “Hombre no, mi tiempo es muy valioso. Esto ya lo leí, ¡quiero más!”. 

P: ¿De ahí ese espíritu crítico entorno al periodismo de hoy en la novela? 
R: Es una novela muy severa con el periodismo pero porque tengo una relación de amor con él. Lo que no tolero es la mediocridad y las razones por las que se hunden los periódicos. El periodismo se está hundiendo porque está mal hecho. Los periódicos bien hechos no se están hundiendo… Como escritor, reivindico mi derecho a hacer lo que me la gana; como periodista, reivindico la idea de que todo se puede contar de otra manera. 

P: Usted ha protagonizado veinte años en las redacciones: ¿Es una novela biográfica? 
R: Sí. Efectivamente. Cualquier escritor que haya invertido veinte años en una profesión sabe que, más tarde o más temprano, lo reflejará en la ficción. Yo quería disparar una sola vez y este es el resultado. Tuve muchísimo miedo al escribir El sol como disfraz porque este libro trata no del periodismo de hoy, sino de una cultura periodística de la que quizás estamos saliendo. 

Sorela une su pasiones literaria y periodística
P: A la vez que ha desembocando en el campo abierto de Internet… 
R: El periodismo no va a acabar, porque la necesidad de informarse no va a acabar, simplemente tenemos que reinventar cómo se hace. Y eso apenas está empezando. El hecho que haya periódicos en digital desde hace tiempo no significa que ese sea el periodismo que vamos a conocer. Las posibilidades son infinitas. El periodismo de internet todavía está empezando y no sabemos qué va a dar de si. Yo quisiera ser optimista, y a diferencia del discurso dominante yo creo que el futuro puede ser extraordinario. 

P: Usted se ha convertido a la nueva religión de las redes sociales, ¿no? 
R: Para mí la gran novedad, y yo que tengo unos cuantos libros ya detrás, es que ahora un libro no se publica sólo en España. Éste, gracias a su edición digital, ya lo han podido leer a la vez mis amigos de Colombia o Argentina. Lo cual, realmente, me parece como el descubrimiento de América. Hace cinco años no pensaba así, pero ahora, con mi blog y con twitter, he descubierto un mundo nuevo de posibilidades infinitas para la literatura. Un mundo de gran libertad. 

P: Lo que tampoco sale bien parada de la novela es la educación en España… 
R: Es lamentable. Necesitamos un gran cambio educativo. Hay que tomarse la educación mucho más en serio y recuperar el tiempo perdido. Además, en la educación, que ha sido dirigida por tecnócratas y burócratas durante mucho tiempo, hemos marginado la cultura, las humanidades, y eso lo vamos a pagar muy caro. Hemos creído que bastaba con ingenieros, y así nos va. 



La obsesión de una lucha contra el tiempo
“He estado en la literatura desde siempre –explica Pedro Sorela–, me acerqué al periodismo con la vieja superstición de que tendría una vida literaria. Grave error. El periodismo no es una literatura de segunda categoría. Yo no renuncio a muchas de las piezas que escribí como periodista, y que las tengo como gran orgullo. Sin embargo, yo lo que me considero es escritor. Muchas veces me preguntan, cómo quieres que te presentemos, ¿periodista, escritor, profesor?. Es todo lo mismo. Un profesor de escritura, ¿qué es lo que hace? Pues yo me considero un escritor con experiencia que le doy a los jóvenes concejos sobre cómo se escribe”. Precisamente, ese práctica como profesor en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense está muy presente en su última novela. Como lo está le lección alrededor del tiempo que imparte: “En el fondo cuenta la guerra metafísica en la que estamos todos inmersos, y los periodistas en primera línea: la lucha contra el tiempo. El periodista no es otra cosa que la construcción del presente. El periodismo no es más que una forma del tiempo, una encarnación, una representación. Y a mi lo que me obsesiona es el tiempo, y esa es la obsesión de fondo del libro. Por eso el título un poco meteorológico, un poco cósmico, es una reflexión sobre el tiempo”.

Pedro Sorela : El sol como disfraz (Alfaguara), Madrid, abril de 2012, 344 páginas. PVP: 18,50 € (Rústica) y 8,99 € (E-Book).

Góngora, estrella inextinguible… y sacra


Una exposición en la Biblioteca Nacional culmina el 450 aniversario de su nacimiento, cada vez más reivindicado también como poeta religioso.

La exposición Góngora: la estrella inextinguible. Magnitud estética y universo contemporáneo, organizada por la Acción Cultural Española (AC/E), recorre en la Biblioteca Nacional más de cuatro siglos de influencia del universo gongorino en la literatura universal a través de dos centenares de piezas entre cuadros, manuscritos, grabados, dibujos, cartas, esculturas, instrumentos musicales, tapices, partituras, carteles, libros, y revistas.

Un cierre único a la conmemoración del 450 aniversario del nacimiento del poeta en 1561 en Córdoba. De ahí, la participación también del Ayuntamiento y la Universidad de Córdoba en la muestra. Su comisario es Joaquín Roses, profesor de Literatura Española e Hispanoamericana de la Universidad de Córdoba. “Góngora es –resume– el poeta de la variedad inagotable, cuyo mensaje trasciende siglos y territorios”. 

En un magnífico retrato de Góngora que Velázquez pintó en 1622, y que se puede ver en esta exposición, se contempla a un don Luis reflejado en tonos sombríos, responsable en parte de esa imagen hosca y malhumorada que aún se sigue dando del poeta.

Retrato de Velázquez
Joaquín Roses no está de acuerdo, y es el primer objetivo de la muestra: desmentir esa imagen circunspecta del poeta como lo desdice su poesía: “Ese hombre tenía mucho del vitalismo renacentista, del puro placer estético y musical del verso. Su opción es mucho más atrevida que la de otros poetas del siglo XVII. Y en pleno siglo XX sus escritos sobresaldrían notablemente, aunque no sé si su poesía sería atendida convenientemente en una sociedad como la actual, más propicia a la banalización y a la facilidad alienante”. 

Una producción religiosa relevante



La exposición, abierta hasta el 19 de agosto, recorre la poesía de Góngora y su innegable influencia, en cuatro bloques: “En orbe de oro luminosa estrella: vida y contextos”, “El triunfo de Góngora en el siglo XVII”, “Motivos cotidianos, poemas estelares, mitos inagotables: sugerencias de la forma, la línea y el color” y “La galaxia de Góngora en el siglo XX”, cuando la admiración por Góngora da lugar a Generación del 27 en el III Centenario de su muerte.

 “Fue un poeta muy imitado en el siglo XVII, sí –explica Roses–. Pero en el XVIII y el XIX cambia el gusto poético, los conceptos sobre lo que es la poesía. Se sigue leyendo al Góngora aparentemente fácil, el de los romances, el de la poesía jocosa y popular, el de las letrillas, pero cae un velo sobre la obra central, nuclear, de su trayectoria lírica, que es las Soledades, poema extenso del que podría decirse que es el más original de toda la poesía europea del siglo XVII. Posteriormente, en el XX, se habla de que la Generación del 27 recupera a Góngora, pero, mucho antes, desde Francia, los estudiosos y los críticos ya trabajaron en la revaloración del poeta.

Un visitante en la exposición de la Biblioteca Nacional

En el año 1900 se presentaron tres manuscritos allí, el Chacón, el Estrada y el Iriarte”. Otro velo de silencio que ha caído sobre la poesía gongorina queda, no obstante, de manifiesto también en esta muestra: su propio testimonio de hombre de fe. Góngora tuvo, y es irremediablemente cierto, una minoritaria producción de poesía religiosa, pero eso no significa que sea irrelevante. Ni mucho menos. Góngora fusiona las tradiciones bíblicas, devotas y populares que ha heredado y las ajusta a su propia visión poética. Como no podía ser menos de un hombre de la Iglesia. 

“No era un sacerdote desde el principio –explica Roses–, era diácono, racionero de la Catedral de Córdoba, tenía órdenes menores. Eso sí, cuando se trasladó a Madrid, en 1617, antes de convertirse en capellán de honor del Rey Felipe III, ya tomó ordenes mayores, accede al presbiterado”. [...]

En el nº 2.805 de Vida Nueva. Góngora, estrella inextinguible… y sacra, íntegro solo para suscriptores

La novela de la semana | Fernando San Basilio: El joven vendedor y el estilo de vida fluido


Aunque son otros los autores jóvenes que, gracias a la revista Granta, han conseguido cierta visibilidad –Alberto Olmos, Javier Montes o Elvira Navarro, entre ellos– y más o menos eco, sin embargo hace ya unos años que persigo con el mayor interés la obra breve y peculiar de Fernando San Basilio (Madrid, 1970). Él ha sido, además, el autor que la selecta editorial Impedimenta ha elegido para estrenarse con una novela española y contemporánea.

Todo un acierto, porque El joven vendedor y el estilo de vida fluido no sólo es la tercera y –definitiva, añadiría– novela del corrosivo y prometedor San Basilio, que ya se había asomado al panorama literario de la mano de la extinta Caballo de Troya: Curso de librería (2006) y Mi gran novela sobre La Vaguada (2010). 

Es al centro comercial de La Vaguada –su microcosmos y metáfora de la sociedad contemporánea–, en Madrid, a donde regresa San Basilio de la mano de Israel, su protagonista, dependiente de una tienda, un corner, de ropa que está decidido a ser mejor persona después de leer un libro de autoayuda. Con él, San Basilio, entre la ironía y una melancólica ingenuidad que ofrece un retrato generacional y de hoy.


Fernando San Basilio: El joven vendedor y el estilo de vida fluido, Impedimenta, Madrid, mayo de 2012, 168 páginas. PVP: 16,95 € (Rústica)


En el nº 2.803 de Vida Nueva


 Vídeo promocional de la Editorial Impedimenta


Pablo d'Ors: “Dios me ha puesto entre los enfermos para dejarme ayudar por ellos”



Pablo d’Ors publica Sendino se muere, un ensayo narrativo sobre la muerte y la fe, el amor y el dolor, con el testimonio de la doctora África Sendino como protagonista.

Pablo d’Ors (Madrid, 1963), novelista y sacerdote, publica Sendino se muere (Fragmenta Editorial), un libro breve, contundente y hermoso. Sendino es la doctora África Sendino, oncóloga y enferma de cáncer, a la que d’Ors conoció en el hospital madrileño en donde ejerce de capellán. “Este documento pretende reflejar –aclara el autor– cómo viví yo sus últimos días, así como la impresión que me produjo su lento apagarse: un apagarse que, misteriosamente, nos fue alumbrando a los que estuvimos más cerca”. Y es que Sendino, la paciente, afrontó su enfermedad desde la fe: “Una lección viviente de evangelio para todo el que entrara en su habitación con el corazón abierto”, escribe d’Ors, quien, de nuevo, da una lección de literatura.

-¿Quién fue la doctora África Sendino y cómo le llegó a marcar su “modo de morir”?

-Es cierto que yo sólo la traté durante las últimas semanas de su vida, pero bastaron para que percibiese de qué madera estaba hecha esta mujer, cuál era su temple y hasta su secreto más íntimo, que ella me confesó precisamente para que lo escribiera y fuera algo así como su legado al mundo. No voy a abundar ahora en su exquisita sensibilidad y en su sobresaliente altura moral. Hablo de ello suficientemente en Sendino se muere. Diré sólo –y seguramente esto es lo más importante de cuanto quiero decir aquí– que nunca he conocido a nadie de su altura ética y espiritual. Todos morimos conforme vivimos. A juzgar por la ejemplaridad de la muerte de Sendino, su vida tuvo que ser, sin lugar a duda, excepcional.

-Esto explica que Sendino se muere esté escrito con pasión, con amor, con fe…

-Nunca había escrito un libro tan breve. Nunca había escrito un libro que no fuera ficción y que no hubiera partido del impulso de la imaginación. En realidad, este libro no nace por voluntad propia, sino casi como un encargo. Conocí a Sendino en la fase terminal de su cáncer, y ella me rogó que le ayudara a escribirlo. Originariamente era un proyecto suyo, ella tenía que ser la autora. Pero la vida no le dio para ello, y lo que comenzó siendo por mi parte una simple tarea de asesoramiento o acompañamiento fue deslizándose en autoría. La casualidad quiso –Sendino hablaría aquí de providencia– que encontrara en mí, en una misma persona, a la figura del sacerdote y a la de escritor. Fue esta confluencia la que motivó que ella me abriera su corazón. Porque son ya seis los años que llevo como capellán en el hospital Ramón y Cajal. Y aquí puedo y debo decir que de las incontables experiencias que me ha brindado mi trabajo, el más intenso y humanitario de cuantos conozco, ninguna tan especial como mi relación con la doctora Sendino.

-“Lo religioso era en Sendino la conciencia misma, pero elevada a su más sencilla y bella expresión –escribe usted–. Era, en fin, lo que yo siempre había intuido que debía ser”. ¿He aquí la razón fundamental de este libro?

-Sí, pero hay algo más. Con frecuencia me han dicho que siendo el hospital la casa del dolor, quienes trabajamos en uno debemos ser personas muy fuertes. Es cierto que el hospital es la casa del dolor, pero no menos cierto es –y esto no pueden verlo quienes sólo están de paso– que también es la casa del amor. En un hospital se ve cómo la gente sufre y muere, eso es verdad; pero también se ve –y esto no es menos verdad– hasta qué punto son amados los seres queridos y, lo que es inmensamente reconfortante, cómo son pocos los que pasan sus internamientos hospitalarios realmente solos. En el hospital se aprende que allí donde hay dolor hay también, por lo general, mucho amor, o, por decirlo más claramente, que amor y dolor son las dos caras de la misma moneda. Y ésta es, en última instancia, la razón de este librito.


-Habla usted de Sendino, pero escribe también de cómo le transformó, le “evangelizó”…

-Por supuesto, pero yo no he estado nunca a la altura del testimonio que me brindó Sendino para que yo lo regalara al mundo, ni de la riqueza de la experiencia hospitalaria, que excede en mucho mi pobre capacidad de acogida y de respuesta. Esto no me lo dicta la humildad, sino la sensatez y la verdad. Yo soy sólo alguien que pasaba por ahí, alguien que ha visto y oído, y que se ha dejado afectar, al menos ocasionalmente; alguien que ha escrito lo que ha llegado a sus ojos, oídos y alma, para que otros puedan leerlo y, en el mejor de los casos, alimentarse por dentro.

-Ella escribe una vez que conoce su cáncer: “No tenía miedo. Sentía que Dios estaba cerca; casi me daba apuro moverme, por si por causa del movimiento perdía aquella gozosa sensación”…

-En efecto, el miedo fue vencido, en su caso, por medio de la confianza. Su oración se transformó desde el momento en que cayó enferma. Era, sencillamente, una oración encarnada. Las palabras del salmista, en sus labios, comenzaron a resonar tan terribles como veraces y reconfortantes.

-También reflexiona sobre el sufrimiento ante la enfermedad. “Con el sufrimiento se puede nada menos que redimir el mundo”. ¿Esa es la principal enseñanza de Sendino?

-Es posible. Ella llegó a decirme que no es cierto que con el sufrimiento no se pueda hacer nada, que puede entregarse. Y fue entregándome su sufrimiento como yo aprendí que en un hospital no se trabaja por simple altruismo. Uno puede a lo mejor empezar con la motivación de ayudar a los demás, pero si trabaja en serio descubrirá algo mucho más profundo y esencial. Mi principal descubrimiento a lo largo de estos años, y ésta es una afirmación que para mí tiene una clara valencia mística, es que el enfermo es para los sanitarios (enfermeros y médicos, celadores y capellanes) un espejo de su propia indigencia. Todo enfermo nos recuerda que también nosotros somos frágiles y que podemos enfermar, que enfermaremos –es lo más probable– y que como él, como ella, pasaremos días y semanas, o incluso meses y años, amarrados a una cama. El enfermo no es entonces simplemente otro, un pobrecillo al que hay que ayudar, sino uno mismo: una prefiguración, muy expresiva por cierto, de la propia limitación y caducidad. Los enfermos, en este sentido, nos hacen un gran servicio.

-Pero…

-Ni qué decir tiene que la tendencia natural, ante este espejo de la identidad, es huir. Y todos huimos. Y a veces nos pasamos la vida huyendo, y ello aún cuando parezca que estamos presentes. Pero si alguna vez nos quedamos, aunque sólo sea un poco, descubriremos precisamente esto: que la autonomía o autosuficiencia con la que soñamos es una quimera, y que en realidad Dios, o la vida, o como queramos decirlo, nos ha hecho dependientes unos de otros. Dicho más sencillamente: no somos sólo individuos, somos fundamentalmente humanidad. 


-Impacta también esa frase: “Quien se deja ayudar se parece a Cristo más que quien ayuda”… 

-Atendiendo a la culpa que se experimenta al constatar la propia huida del dolor, así como la torpeza para ofrecer palabras de consuelo a los enfermos, me sale decir que, más que para ayudarles, Dios me ha puesto entre los enfermos para dejarme ayudar por ellos. Estoy entre ellos para que, ante su vulnerabilidad, sea yo capaz de sacar a relucir la mía, y para que de este compartir ambas “menesterosidades” pueda nacer la verdadera comunión, que sólo es posible a partir de la debilidad. A otro nivel, ésta es la experiencia de África Sendino, quien la dejó escrita de este modo: “He dedicado mi vida a ayudar a los demás, pero no he podido marcharme de este mundo sin dejarme ayudar por ellos. Dejarse ayudar supone un nivel espiritual muy superior al del simple ayudar. Porque si ayudar a los demás es bueno, mejor es ser ocasión para que los demás nos ayuden. Sí, lo más difícil de este mundo es aprender a ser necesitado.”

-Supongo que ha sido un reto literario, pastoral y espiritual para usted como narrador, ¿no?

-Así es. En mi opinión, todo novelista debe afrontar antes o después lo que considero los tres grandes temas de la literatura: el sexo, la locura y la muerte, es decir, la pérdida de sí mismo en la pasión, en la razón y en la resurrección. Yo abordé la pasión amorosa en mi primera novela, Las ideas puras; esa locura que lo cura todo en Lecciones de ilusión, que sigo considerando mi obra más ambiciosa; y, por fin, la muerte en este Sendino se muere, que para mí es algo así como una colección de aforismos o apotegmas que yo, mejor o peor, he querido presentar en forma de ensayo narrativo.

En el nº 2.803 de Vida NuevaEntrevista con Pablo d’Ors