jueves, 28 de diciembre de 2017

AQUELLA FELIZ NAVIDAD DE LA INFANCIA | Laurel y rosas (101)

Imagen del Nacimiento de la Asociación de Belenistas "María Auxiliadora" en la calle de La Vega. Foto: Diario de Cádiz

JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | DIARIO DE CÁDIZ

Una Navidad más, una nueva oportunidad para reencontrarnos con el niño que fuimos. La infancia recobrada e inocente. Aquel niño que correteaba cuesta abajo –lo veo ahora mismo– por el Cabezo y cruzaba la Plaza Mayor hasta Obispo Rancés, la calle del Matadero que aún decía –y dice– mi padre. Ahí vivían mis abuelos, Juan Rodríguez y Rafaela Sigüenza. Y allí tenían, nada más cruzar el soportal, el corral con las gallinas y aquella mula blanca que mi abuelo persistía en montar para ir y volver de la viña. Era ya el único. No recuerdo a ningún otro, sino solamente aquellas Mobylettes que con su cerón en el portante eran parte ineludible del paisaje rural y vitivinícola que aún era aquella Chiclana. En aquel corral, imaginaba por entonces que iba a nacer el Niño-Dios y me preocupaba porque faltaba el buey. Y esperaba esas mañanas, recuerdo, a Juan el Lechero, cuando subía con sus jarras con la leche fresca, para pedirle una vaca porque iba a nacer el Niño-Dios.

En mi casa no se ponía Belén, bastaba con un adusto árbol de Navidad y un Jesús Infante que mi madre colocaba en su cuna después de la Misa del Gallo. El Belén lo imaginaba en el corralón de mi abuela Rafaela, donde había un pesebre y sobraba la paja, y también esa fuente, con su abrevadero, que los hermanitos de La Salle decían que no podía faltar en ningún Nacimiento. Y por supuesto el pozo. Las estrellas no hacía falta buscarlas, porque aquel corral, que rememoro inmensamente grande, tenía solo algunas partes techadas para las bestias y el resto era cielo, era luna y era estrellas.

Esas Navidades todavía las recuerdo como un niño que vivía en la eternidad. En la infancia no existe las horas, ni los relojes. Es un tiempo infinito, en el que se suceden los días sin comprender muy bien por qué. Lo que sabía –lo poco que sabía entonces– es que con las vacaciones de Navidad vendría la fiesta, la alegre reunión de primos y tías, que concelebrábamos con mis abuelos, esta vez maternos: Paquita Ragel y Sebastián Rodríguez. En aquella casa de la calle La Gavia, que ya se debía llamar Churruca pero que la memoria sigue asociándola a aquel tiempo de luz, de familia y de villancico. No recuerdo ni qué se comía ni siquiera qué se bebía –el aroma dulce del anís, sí que lo huelo– , pero escucho los villancicos que mis tías cantaban una y otra vez, celebrando que la Virgen se está peinando entre cortina y cortina o que la Nochebuena se viene, la Nochebuena se va, y nosotros nos iremos y no volveremos más. Lúgubre sin duda para esa noche en la que nace la Luz. Y que el niño que fuimos no entendía, pero que hoy explica perfectamente esta conmemoración en la que los contrarios (Luz-Oscuridad, Cielo-Tierra, Divinidad-Humanidad, Nacimiento-Muerte) se unen y complementan como mensaje de Amor.

Un "San José" de la colección Basanta-Martín.

O aquellos peces en el río que bebían, sin saberlo entonces, del río de la vida, del Niño-Dios que nace y que parecía –y así lo pensaba entonces– incomprensible. Explica uno de los villancicos más absurdos, aparentemente, de nuestro folclore. “En ese río de la vida vive el crismón, el pez por excelencia que es Jesús. Al cual nos aproximamos los demás peces, los cristianos. Ya comenzamos a entender: Pero mira como beben los peces en el río. Y beben y beben. Y vuelven a beber. Jesús nos invita permanentemente a beber del agua de la vida. Es maravilloso”, explica el coleccionista y belenista Antonio Basanta. Tampoco comprendía aún esa herencia que en los villancicos aún llevan el rastro preconciliar –tres siglos imbricados en la tradición previa al Concilio de Trento– y que elige a San José como mofa y escarnio para contraponerlo al misterio de la Encarnación. Porque hay costumbres, incluso profanas, que son eternas como la infancia. Aquella, por ejemplo, que ya describió Fernán Caballero en “La Gaviota” (1849): “No sucede nada malo en una casa si se sahúma con romero la noche de Navidad”. 

Esta noche que aún sabe a tortas y moscatel, resuena con panderetas y con el fuego –el amor– de la familia y el Niño Dios, recrea la nostalgia y la felicidad. “Diciembre es un niño/ que nace y tiembla”, escribió Gloria Fuertes. Sin duda, el espíritu navideño es como lo define el poeta arcense Pedro Sevilla: “Puede ser una oportunidad tan estupenda como otra cualquiera de desembarazarnos, al menos por unos días, de todas las máscaras que la vida puso en nuestros rostros de niños, de volver a ser y volver a creer en lo maravilloso e imposible”. En aquello que otro poeta, el Rodolfo de “La Bohème” canta también el día de Navidad: “En sueños, en quimeras/ y castillos en el aire/ mi alma es millonaria”. Y así se renueva año a año la Esperanza –la ilusión, sin duda– que simboliza el Niño-Dios que todas las navidades renace. Y nosotros con él. Feliz Navidad y un 2018, como afirma el poeta Antonio Colinas, “lleno de lo mejor, de esos símbolos que a veces tendemos a ver como tópicos, pero sin los cuales (creo) los seres humanos no podrían vivir: la salud, el amor, la amistad, lo sagrado, el trabajo, la poesía...”.

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lunes, 11 de diciembre de 2017

DIECISÉIS HISTORIAS DE AMOR A LA BARROSA | Laurel y rosas (100)

La "Primera Pista" de la playa de La Barrosa, con la Torre Bermeja al fondo. Foto: Colección Juan Foncubierta.

JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | DIARIO DE CÁDIZ

A veces un libro es mucho más de lo que parece. Puede ser, como afirma la escritora norteamericana Rebecca Solnit, “un corazón que palpita en el pecho del otro”. Un libro así, lo es porque está compuesto con un paisaje, un olor, un recuerdo, una historia que nos ha acompañado desde siempre o que desde que lo descubrimos ya nunca se nos ha borrado de la memoria y del corazón. Todo esto lo digo por culpa, claro, de un libro que palpita porque está escrito desde el corazón, es decir: desde la infancia, desde la identidad, desde el descubrimiento, desde la luz, desde la memoria, desde los sueños. Es un libro colectivo y nuestro: “De Torre a Torre, historias de la playa de La Barrosa” (Navarro Editorial). El Círculo de Autores, al amparo de la Librería Navarro, vuelve –volvemos– a publicar un libro, el quinto, de “relatos literarios de raíz histórica”. Pero esta vez con La Barrosa como paisaje, como escenario en el que concurren dieciséis autores y que se presentará el próximo jueves (19,00 horas) en el Centro de Interpretación del Vino y la Sal. Era un libro que, como dice Miguel García, el editor, “había que escribir”.

Entre la Torre del Puerco y la Torre Bermeja transcurren estos dieciséis relatos que atraviesan más de dos mil años de perplejidad –y, también, de olvido– ante un verdadero paraíso. Es lo que siente Hércules, “el héroe griego que tuvo que desplazarse a Hispania, en las islas Gadeiras, en la Costa de Gades, para recuperar la esfinge del toro de Creta robada por las Medudas”, según la recreación mitológica que hace Antonio Belizón en el relato que inaugura estas “historias de la Playa de La Barrosa”. Entre sus dunas, Eufrasio Jiménez se transforma en un niño que otea el pasado y descubre el Templo de Herakles-Melkart, el significado de lo sagrado y de la amistad, rodeados de soldados romanos, con César, Balbo y Gades como paisaje de fondo. En esa misma orilla, siglos después, en julio de 1697, las olas arrojan una leyenda que Jesús Antonio Serrano rescribe con herramientas de la novela picaresca pero también con la gubia del escultor Tomás Badillo, con “la soledad, el dolor y la resignación” de su Cristo de la Humildad y Paciencia.

El siglo XIX es quien arroja las extraordinarias pinceladas con las que José Antonio Ureba rehace la vida y la muerte de Jean Philippe Lasserre, oficial del 9º Regimiento de Infantería de la “Grande Armée”, que cayó el cinco de marzo de 1811 en La Barrosa. Lasserre recibe una descarga de metralla en el combate de la Cabeza del Puerco y Ureba, con su prosa “minuciosa y detenida, narrativa y precisa, concisa y elegante”, como describe la pintura de Louis François Lejeune, lo coloca en el famoso cuadro con el que el “pintor de Batallas” recreó la batalla de Chiclana. Poco más de un siglo más tarde, un matrimonio de británicos, doña Violeta Buck y William Hutton Riddell, pintor y ornitólogo, compran una finca de veinte hectáreas en el pinar de Galindo –gran parte de lo que conocemos hoy como la Primera Pista– y construyen una casa de recreo que llaman “Villa Violeta”. La historia de ambos y de “Villa Violeta”, a donde venían desde el castillo de Arcos, su residencia habitual, es realmente desconocida. He intentado reconstruirla con infinitas aportaciones, deudas y agradecimientos. 


Con ellos comienzan el siglo XX, que es el gran siglo de La Barrosa como objeto de devoción turística. Y en el que José Luis Aragón Panés se encierra en un búnker a pie de playa acabada la Guerra Civil y vigila –como su personaje– la propia historia de la playa y, de paso, da la alarma contra todas las guerras. La cronología recorre, desde el verano de 1945, cinco relatos en los que confluyen el inmenso poder evocador, nostálgico, sentimental de lo que podríamos llamar el “descubrimiento” de la playa durante la infancia. Y que nos traslada a una Chiclana –y una Barrosa– de perenne recuerdo y que ya no existe, porque está construida de retazos del niño que fuimos, de voces familiares y de olas de la memoria. Para Abel R. Misa, es nada menos que “la playa de mis sueños”. Tomás Gutier recuerda “el silencio” infinito en un paisaje crepuscular. Carlos Cañizares reconstruye la vívida herencia del coto San José. Paco Montiel se adentra en “las rocas de Torre Bermeja” entre pasajes con ecos infantiles y memoria colectiva. Pepe Verdugo rehace su “inolvidable paseo” en el que, por primera vez, se adentró en el mar. 

Vivencias que huelen a arena y salitre, en unos casos biográficas, en otras recreadas desde la ficción, en la que se convoca –y no deja de ser curioso– una unánime conciencia de pérdida. Más tardía, ya en los años 90, sitúa Paco López un texto que cabalga entre la ciencia ficción, la crónica periodística y esa idea de “paraíso perdido”. Ese guiño al género fantástico pone un colofón sorprendente también en los cuatro últimos relatos –los más contemporáneos– que firman Hermindo Miguel Piñeiro, Raquel Sánchez, Ángela Francisca B. de Fhabër y José Luis Ramos con un innegable amor –incluso celoso– a la playa de La Barrosa, como transpira todo este libro escrito al latido del corazón. Solo falta ahora que palpite en el lector.

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lunes, 4 de diciembre de 2017

CHICLANA, DE LA ZARZUELA A LA COPLA | Laurel y rosas (99)

Una escena de un montaje contemporáneo de "La verbena de La Paloma". Foto: España es cultura

JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | DIARIO DE CÁDIZ

Es suficientemente conocido que en la más popular de las obras del llamado “género chico” –la zarzuela de un único acto–, es decir, “La verbena de La Paloma”, suena una nostálgica soleá: “¡Ay! En Chiclana me crié,/ que me busquen en Chiclana/ si me llegara a perder”. Es la primera estrofa que entona en el café de Melilla, en pleno corazón del Madrid castizo –el barrio de La Latina–, una cantaora anónima mientras que las hermanas Casta y Susana tratan de convencer a su barbiana tía Antonia, con la que viven, de que no vaya a la verbena. Mientras, la soleá continúa: “Los arroyos y las fuentes/ no quieren mezclar sus aguas/ con mis lágrimas ardientes”. A la cantaora se le oye de fondo, entre acometidas de unas –las sobrinas, que quieren a solas irse con Don Hilarión, el boticario–, y repliegues de otra –la tía Antonia–, que no renuncia a una noche “de broma y jarana”. La cantaora sigue interpretando, “jaleada y palmoteada”, como la describe José Blas Vega, acompañada por un piano minimalista: “Si porque no tengo madre/ vienes a buscarme a casa/ anda y búscame en la calle”. La soleá emerge ahora claramente como un quejío de dolor, reproche y desamor: “Que me dijo mi madre que no me fiara/ no de tus ojos que miran traidores/ ni de tus palabras”. 

Ay, ya está la chiclanera penando mal de amores, como años después cantaría Angelillo en ese supremo pasodoble que compusieron en el Madrid republicano entre Rafael Oropesa –poco antes de que se convirtiera en el director de la banda del Quinto Regimiento, el del General Lister– y Antonio Carmona Reverte para la película “¡Centinela alerta!” (1937), dirigida por el francés Jean Grémillon y producida, nada más y nada menos, por Luis Buñuel, a quien unánimemente los críticos tienen por su verdadero director. Esa comedia melodramática, acabada de filmar poco antes del 18 de julio, tenía un argumento, por cierto, creado por un “sainetero” ilustre como Carlos Arniches, y el guión lo iba a firmar un prestigioso Eduardo Ugarte, fundador con Federico García Lorca en plena guerra civil de “La Barraca”. Es ahí donde nace “Chiclanera”, esa traición convertida en copla y en verdadero himno, que Angelillo interpreta por vez primera en el rodaje y que tiene letra de un olvidado Luis Vega Pernas, que se inspiró, indudablemente, en la soleá, en ese jaleo, que Tomás Bretón insertara en el segundo cuadro de “La verbena de La Paloma o El boticario y las chulapas o Celos mal reprimidos”, los tres títulos con los que se estrenó con éxito arrollador en Madrid, en el Teatro Apolo, el 17 de febrero de 1894. Las cuatro estrofas de “En Chiclana me crié” la escribió –como todo el librero de la zarzuela– un injustamente postergado Ricardo de la Vega, “el famoso sainetero, que tantos y tan justos aplausos ha logrado dando honra y prez a la escena española”, que decía la necrológica en el “Abc” de 1910.

Cartel original. Foto: BNE
Si fama alcanzó “La verbena de La Paloma”, el sainete sentimental que Ricardo de la Vega ofreció a Ruperto Chapí –que entonces era la máxima figura de la zarzuela– antes que a un Bretón obsesionado con triunfar en la ópera, igualmente entusiasmó esa soleá de “En Chiclana me crié”. La soleá aún no era el palo flamenco que hoy se interpreta, sino más bien una copla con aires de bulerías, pero esa inserción aflamencada en el eje de la zarzuela que incluye Bretón se convertirá en una moda que, a partir de entonces, se populariza y se imita en el género chico y también en el grande. Ricardo de la Vega que vio el impacto de esa soleá, incluyó en la propia zarzuela su propio jaleo, haciéndole a tía Antonia dirigirse a la cantaora: “¡Olé, olé, olé,/ que te aplaudo yo!,/ ¡porque sí señó!,/ ¡porque me gustó!/ ¡Y no habrá ninguno/ que diga que no!/ ¡Bendita sea la madre/ que te parió!/ ¡Y lo digo yo,/ ¡y san se acabó!”. No solo se imita el estilo, también el tema. “La Tempranica”, cantante de “aires regionales”, graba en 1919, por ejemplo, un curiosa tonadilla, “Soy de Chiclana”, composición de Joaquín Peñalba y J. Vivas.

Ricardo de la Vega

La pregunta, sin embargo, es: ¿Por qué en “La verbena de La Paloma”, tan castiza, tan madrileña, incluye Ricardo de la Vega este homenaje a Chiclana? No lo sabemos. Pero sí es posible intuirlo, o al menos exponer una hipótesis que va más allá de la fama que, al fin del siglo XIX, tenía aquella Chiclana y sus balnearios, Braque y Fuente Amarga, que se extendía por todo el país como Biarritz o San Sebastián. Ricardo de la Vega (Madrid, 1839-1910) era hijo de aquel Ventura de la Vega que la noche del espléndido estreno de “El trovador”, el 1 de marzo de 1836, le presta su levita negra al joven Antonio García Gutiérrez cuando el público entusiasmado pidió: “¡El autor, el autor! ¡Qué salga el autor!”. Esa noche en la que García Gutiérrez hizo historia, Ventura de la Vega –a quien conoció en el café del Príncipe junto a Espronceda y Larra– le acompañó y ya nunca se separaron. Fue su amigo y su maestro. Pero también un hermano mayor. Así que Ricardo, el hijo, si homenajeó a Chiclana estaba pensando en García Gutiérrez. No hay otra. “¡Ay! En Chiclana me crié,/ que me busquen en Chiclana/ si me llegara a perder”.

Leer en Diario de Cádiz:
http://www.diariodecadiz.es/opinion/analisis/Chiclana-zarzuela-copla_0_1194480566.html

viernes, 1 de diciembre de 2017

La revolución nace con un libro


Antonio Basanta publica una reivindicación del “compromiso ético” de leer en un mundo cambiante


JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | VIDA NUEVA

A Antonio Basanta (Madrid, 1953) le gusta recordar una cita de Franz Kafka: “Leer es siempre una expedición a la verdad”. Y la ha incluido, por supuesto, en Leer contra la nada (Siruela), el brillante opúsculo con el que se rebela –una vez más– contra la vacuidad que amenaza un mundo en transformación, frente a la futilidad de una “educación que está creando no lectores”. La verdad es, como era la lectura para el autor de La metamorfosis, el único medio para remover que encuentra Basanta, quien durante más de dos décadas ha sido director general de la Fundación Germán Sánchez Ruiperez: “Es que me parece vital confrontar esa falla que tenemos. Queridos partidos, queridos ministros, queridas sociedades, plantéenselo en serio: necesitamos una educación que no tenemos. Y si no la transformamos vamos a tener unas consecuencias que yo creo que vamos a lamentar extraordinariamente”. Lo dice –y lo ha escrito también– en las páginas de este libro en el que despliega, sobre todo, su fervorosa pasión por la lectura, que ha defendido durante su larga trayectoria profesional: “Me declaro lector enamorado de las palabras –afirma–. Tal vez porque amar es la condición que más se asemeja al leer, también es, como el amor, pura emoción. Descubrimiento. Diálogo permanente. Mutua entrega”.

Porque leer, declara, también conlleva un “compromiso ético” que reivindica. “Creo que estamos en un momento de cambio de nuestra sociedad, donde más que nunca es necesaria la vindicación de los valores morales, que tengan que ver siempre con un elemento que la lectura pone en marcha: la aproximación al otro y a ti mismo”, manifiesta a Vida Nueva. Aquella frase del templo de Delfos dedicado al dios Apolo –“Conócete a ti mismo”– sigue siendo fundamental para que la sociedad avance en términos de humanización, y la lectura sigue siendo la mejor de sus herramientas. “Y ese ‘Conócete a ti mismo’ tiene un medio fundamental que es a través del otro –sostiene–. Esto significa que nosotros a lo distinto no podemos convertirlo en lo contrario, sino en lo complementario. Esto es fundamental. Y es el mensaje del Cristianismo, que no es otro que la derivación del mensaje del amor”. 

La lectura –como el Cristianismo– enseña esa convivencia: “La lectura es un ejercicio de aproximación a ti mismo desde el otro. Te permite vivir experiencias, que probablemente tú nunca vas a poder llevar a cabo en tu vida personal, con la intensidad, la emoción y el rastro que ocurriría en el caso de que la vivieras. Difícilmente vas a ser un náufrago como Robinson Crusoe, pero vas a ser profundamente Robinson Crusoe. Y es en este sentido donde yo apelo a la lectura como una forma de aproximación a lo otro y al otro para el reconocimiento de uno mismo”. Leer, sostiene, es detenerse, surcar, asimilar, observar, escuchar. “Por eso me parece estremecedor y revelador el inicio del Evangelio de Juan: Y el verbo se hizo hombre y habitó entre nosotros. Que no solo es la metáfora de Jesús, que lo es, sino de la palabra como elemento nuclear de nuestra vida. Me parece extraordinario, absolutamente revelador. Consecuentemente, la lectura es mucho más que un ejercicio, que una práctica. En el fondo es una manera de ser y de estar en el mundo”.


Leer contra la nada no solo es un himno a la lectura, es también un análisis preciso de los retos que hoy recaen sobre la decisión de cómo leer y la elección –más compleja que nunca– de qué leer. “Lo que creo es que se están abriendo nuevas posibilidades para el ámbito de la lectura. Ni siempre hemos leído igual, ni siempre hemos leído lo mismo. Ahora lo único que se establece es una nueva frontera. Que no va a terminar, yo creo, con lo anterior, sino que va a ampliar el espacio y la panorámica. Ahora, esa frontera hay que conocerla, hay que entrar sin complejos para establecer cuáles son verdaderamente sus reglas y cómo poderla gobernar”. El sector editorial está apostando ––“y así lo debe hacer”, sostiene– por la innovación y la experimentación en el panorama digital. “El reto es cómo podemos nosotros hacer que la información digitalizada y presentada en pantalla provoque en quien la recibe una actitud lectora, que nunca puede ser de pasividad y de puro y simple entretenimiento. Un lector siempre tiene una pregunta abierta, siempre va más allá, siempre hay un plus ultra, por eso los libros no se acaban nunca. Ni las lecturas se acaban nunca”.

La lectura, sostiene Basanta, es la esencia de la educación, de la vida misma “Dicho de otro modo, ¿no nos gustaría una sociedad con ciudadanos atentos, con capacidad de escucha, de observación, con instrumentos de interpretación de esa realidad que les llevara a un ejercicio de comprensión de la misma? Por eso hablo de que de todo lector se saca un elector, no un votante, que son cosas distintas. Los partidos quieren votantes, pero necesitamos electores, gente que tenga criterio personal y analítico que sea capaz de elegir aquella opción que le parezca mejor. Y que además eso transforme la realidad y la convierta en un ejercicio compartido”. De ahí que insista en “que en el sistema educativo no hay que producir una reforma, sino una transformación”. Y que a través de la lectura insista en “los aspectos comunicativos, colaborativos, cooperativos, éticos, creativos” de los alumnos.

El actual vicepresidente de la Fundación Germán Sánchez Ruipérez habla de su propia experiencia: “No encuentro en mi vida nada más decisivo que leer, ni experiencia más grata que pueda compartir”, afirma. Por ello, manifiesta: “Este es un libro de gratitud. Yo le debo mucho a la lectura y al mundo de la lectura. Dos. Es un libro de reivindicación, de vindicar de nuevo el valor extraordinario que la lectura tiene frente a visiones absolutamente falsarias que la tratan de llevar a un elemento puramente secundario, superficial o, incluso, anacrónico. La lectura es sustancial para poder vivir y para poder construir esa sociedad a la que esperanzadamente, digamos, que yo permanentemente me dirijo. Y tres. Además es un libro de oportunidad. En un momento en el que hay que tomar decisiones importantes y volver a reposicionar las prioridades, creo que es un libro que vuelve a aproximarnos a lo que tienen que ser unas decisiones de carácter ejecutivo”.

Su opinión, surgida de años de trabajo entre lectores y bibliotecas, es, al menos, inquietante: “Todos aquellos países que están en los primeros puestos de PISA son sistemas educativos que han enfatizado el valor de la lectura de abajo a arriba. De verdad creemos que podemos ir a alguna parte con el sistema educativo que hay en España. Salvo que haya una perversidad, intencionalidad, de hacer borregos. Yo siempre me lo pregunto. Si es así hay una perversidad extraordinaria. Y si no es así es que hay una negligencia, una dejadez, una torpeza… El tiempo pasa, y el mal se acrecienta. Y esto hay que atacarlo y atajarlo”.


Jugando a leer en la Biblioteca Nacional
“Impulsar la lectura y estimular el gusto por los libros y la literatura” es el objetivo también de la exposición “Pasa página. Una invitación a la lectura”, que el periodista Jesús Marchamalo ha concebido en la Biblioteca Nacional como una festiva reflexión, cómplice y lúdica, sobre el placer de leer. Organizada por Acción Cultural Española (AC/E), entre el 14 de noviembre y el 25 de febrero, la muestra presta especial atención a los más jóvenes con la intervención del escritor Nando López, “con la voluntad de buscar una conexión emocional y evocadora entre su mundo y el hecho lector”. Libros, fotografías y piezas audiovisuales plantean a los visitantes una inmersión didáctica y divulgativa que quiere recrear “un lugar mágico en el que los distintos caminos de su recorrido nos vayan llevando a ese país imaginario al que conduce la lectura”.

Ver en VIDA NUEVA. Nº 3.059. 18-24/11/2017. Cultura.

lunes, 13 de noviembre de 2017

LA EJEMPLARIDAD DE JOSÉ A. GONZÁLEZ | Laurel y rosas (98)

Los hijos de José Antonio González recibiendo el título de "Hijo predilecto" de Chiclana. Foto: Revista Puente Chico


JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | DIARIO DE CÁDIZ

En el extraordinario ensayo titulado “La imagen de tu vida” (Galaxia Gutenberg), el filósofo Javier Gomá (Bilbao, 1965) culmina su brillante reflexión en torno a la ejemplaridad –tema al que ha consagrado toda su obra– escribiendo sobre la muerte y la memoria. “La ejemplaridad de una persona, gestada lentamente mientras vivía –afirma–, se ilumina tras la muerte en la imagen que deja en la conciencia de los demás: allí se hace general, definitiva, paradigmática”. Como la ejemplaridad de José Antonio González Morales: el épico empresario, el hombre valiente, el mecenas generoso y, desde ayer, el hijo predilecto de Chiclana. Pensé en Gomá y su definición de la vida como “la lenta gestación del ejemplo póstumo” al recordar a José Antonio González, fallecido el año pasado a los 85 años, la misma edad que tenía el padre del filósofo cuando murió y su hijo le escribe esa monumental elegía que es la obra de teatro “Inconsolable”, pieza central de “La imagen de tu vida”. Pensé en Gomá y su exaltación al padre desaparecido oyendo a Miguel González –el amigo generoso, el conversador inagotable, el empresario renovado– recordar a su padre: “Mi padre era una persona que encontraba luz cuando todo el mundo veían sombras”.

A Miguel, su padre le sigue acompañando todos los días, no hay ni uno solo en el que no comparezca para inspirarlo a él y sus hermanos. “Fue un gran padre, un amigo, que nos motivó, que nos ilusionó, que en los momentos más difíciles siempre estaba con nosotros”. Es la manera que ha encontrado de afrontar su emoción y, como Gomá, su propia orfandad. “Ante todo nos dejó valores, los más importante: el espíritu de lucha, de trabajo, de libertad, de fraternidad”, sigue proclamando Miguel. Habla de una ejemplaridad dinámica, abierta y en movimiento, porque seguimos descubriéndola cada vez más nítidamente con el tiempo que pasa y la imagen de aquel hombre –de su padre– va deshaciéndose de lo banal hasta quedarse en lo esencial, en lo trascendente, en el ejemplo para todos los chiclaneros. Decía Gomá rememorando a su progenitor: “Solo lo negativo muere. Lo positivo sigue vivo en mí, en todas las cosas que he heredado de él, que me ha transmitido, que he aprendido”. Y es como escuchar a Miguel, ayer, anteayer, tantos días, cuando nos habla de ese padre predilecto y hombre en modales señorial, austero de hábitos, desdeñoso del grosero materialismo, abierto a una religiosidad libre y dotado de una notable elegancia natural. “Él siempre decía que es más importante el ser que el tener”, recuerda Miguel. Y así era. Así es.


José Antonio González. Foto: Revista Puente Chico.

Cervantes hizo escribir al bachiller Sansón Carrasco el epitafio de Don Quijote: “La muerte no triunfó de su vida con su muerte”. La ejemplaridad sobrevive, de ella brota todo lo que hace la vida digna de ser vivida: el amor, la ternura, la compasión, la religión, la solidaridad. “Él quiso devolver a la sociedad lo que le había dado”, dice Miguel a propósito de la fundación que creó su padre ya en los años ochenta bajo el amparo de su empresa, Vipren, y de ese volcarse en el deporte, en el arte, en todos los libros que desprendidamente publicó. Tanto que sin José Antonio González todos estamos más solos y más desangelados, somos más incultos y acaso permanecemos más perdidos. Es como sostiene Miguel: “Era un defensor de la sociedad civil”. Él, que no hizo más que sembrar, no pudo ni siquiera recoger lo que merecía cuando la crisis apareció con sus garras, los bancos con su hambre y la administración con su indiferencia. Predilecto ya sabíamos que era, como lo es –y será– Miguel, el hijo, el empresario, con su locuaz ternura y sus ganas siempre de ayudar. Escribo del padre y pienso en el hijo, en Miguel. Y en las reflexiones que comparte Gomá, tan lúcido y tan primordial. “Cuanto más ricos somos moralmente, más injusta es nuestra aniquilación –afirma–. Vivir consiste en elevarse a esa excelencia moral que haga evidente y hasta escandaloso el hecho injusto de que tengamos que morir. Aquel cuya individualidad es una invitación a una vida digna y bella, no debería morir nunca”.

José Antonio González vivió hasta el último día. Dejó en su inmensidad más de siete mil quinientos folios manuscritos de memorias, anécdotas, verdades, admoniciones, correlato de aquellos que apreciaba y también de quienes veía mezquinos. Ahí están recogidos su carácter y su valentía, sus pensamientos y sus enseñanzas. Miguel no ha hecho más que comenzar a leerlos. Y espero que algún día publique el que será, de todos, el mejor libro de la Fundación Vipren. Ese en el que podamos confirmar lo que Gomá ya nos dice que es la definición de ejemplaridad póstuma, y que en el caso de José Antonio González Morales es innegable: “Vive de tal manera que tu muerte sea escandalosamente injusta”.

Ya era hora de que comenzáramos a devolverle lo que dio por esta ciudad, por todos, por su familia. Era un hombre memorable, en ese sentido al que se refiere Javier Gomá: “Capaz de legar una imagen luminosa, digna de perduración en la memoria de la gente”. En eso debe consistir vivir. Tan simple y tan difícil. La ejemplaridad de José Antonio González.

Ver en Diario de Cádiz:
http://www.diariodecadiz.es/opinion/analisis/ejemplaridad-Jose-Gonzalez_0_1190280994.html



lunes, 30 de octubre de 2017

DE JULIO CÉSAR A LA TORRE DE LOS ARQUILLOS | Laurel y rosas (97)

"Julio César ante la estatua de Alejandro en el Templo de Hércules en Cádiz" (1894), lienzo de José Morillo Ferradas.
Foto: Museo de Cádiz.

JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | DIARIO DE CÁDIZ

Julio César lloró en Sancti Petri. La escena la narra Suetonio en “La vida de los doce césares”. Había llegado Julio César a Gades en el año 68 a. C. como “cuestor” de Hispania Ulterior para administrar justicia y frente al Herculaneum —el famoso templo de Hércules Gaditano—, ante una estatua de Alejandro Magno, derrama esas lágrimas de desesperación al ver que a la edad –los famosos treinta años– en la que el rey de Macedonia había ya conquistado el mundo, él –que ya había cumplido treinta y dos– aún no había hecho nada notable. Esa noche tuvo un mal sueño en el que sometía a su madre y le llenó de espanto. El oráculo de aquel templo que estuvo dedicado al dios Melqart le prometió, sin embargo, que el sueño auguraba “el imperio del mundo, porque aquella madre no era otra que la Tierra, nuestra madre común”, según la cita de Suetonio. “Yo, Arsinoe, sibila de Gades, conocí a Cayo Julio César cuando solo era un oscuro cuestor de Hispania y acudió a mi templo a que le interpretara un sueño que mortificaba su alma. Desde aquella visita no me separé de su estela, hasta el día en el que cayó en la emboscada de la muerte y su cadáver fue incinerado en el Foro de Roma, ante millares de arrebatados romanos”, así comienza Jesús Maeso de la Torre la fascinante novela “Las lágrimas de Julio César” (Ediciones B). Sobre el mismo templo de Hércules Gaditano, en Sancti Petri, Julio César había decidido abandonar su cargo de administrador de justicia y emular la grandeza de Alejandro, parte a Roma para adentrase en la intricada red de poder y dinero que era la política romana… 



El mismo año que comienza la cruenta guerra civil que le enfrentó a Pompeyo, en el 49 a C., Julio César concedió a Gades el estatus de “Municipium Civium Romanorum”, el estatus de ciudadanos romanos de pleno derecho para sus habitantes. Para ello fue fundamental –además de la nostalgia por el templo de Hércules Gaditano– el apoyo que Gades, una de las provincias más ricas de la tardorrepública romana, le había ofrecido por su íntima amistad con Lucio Cornelio Balbo, apodado “Balbo el Mayor”, poderoso comerciante, banquero y militar al frente de la vieja oligarquía gaditana de linaje fenicio. Hay otra estupenda novela, escrita esta vez por León Arsenal (Madrid, 1960), “Balbo, la mano izquierda de César” (La Esfera de los Libros), que también comienza con César frente al templo gaditano y su gran flamero humeante. Balbo también está allí: “Pocos, aún entre sus enemigos, nombraban que Cayo Julio César tuviese tanto talento como ambición, así como un olfato envidiable para los golpes de efecto. Él, a su vez, se preciaba de saber reconocer a los hombres con esas mismas cualidades. Aquel magnate gaditano, Balbo, era uno de tales hombres”. 

Cádiz, indudablemente, se benefició de aquel sueño bajo la influencia del Hércules Gaditano y esta alianza entre Julio César y los Balbo. Lo afirma Lázaro Lagóstena: “Potencia económica, influyente en la capital imperial y sede del conventus Gaditanus, una de las circunscripciones más ricas de la Bética, Gades se dotó de los elementos urbanísticos propios de una gran ciudad romana. Es posible que en este contexto, aunque las fuentes no lo indican expresamente, se fraguara la construcción del acueducto que había de conducir el agua desde la lejana serranía hasta la sede insular de la civitas Gaditana”. Ese acueducto, que se finalizó a mediados del siglo I, fue una obra colosal que mostrará la exposición “Aqva Dvcta” en la Casa de Cultura. El profesor Lagóstena sostiene que ese acueducto que unía el manantial del Tempul con la ciudad de Gades fue, sin duda, un ejemplo paradigmático “de las obras de ingeniería y logros técnicos” de la sociedad romana, al tiempo que “ilustra magistralmente que la Bahía de Cádiz era un territorio mancomunado en época altoimperial”. Y así es.

La llamada "Torre de los Arquillos". Foto: Paco Vera / Blog Ch'usay.

Aquel acueducto de la vieja Gades –el más largo de cuantos se construyeron en España, con ochenta kilómetros– transcurría por los términos municipales de Algar, San José del Valle, Jerez de la Frontera, Paterna de Rivera, Torrecera, Puerto Real, Chiclana, San Fernando y Cádiz. “Es por tanto uno de los escasos recursos patrimoniales cuya recuperación, defensa y puesta en valor –afirma de nuevo Lagóstena– puede interesar directamente a decenas de miles de ciudadanos, habitantes de estas localidades”. Esta vinculación con Chiclana –la entonces villa romana de Caeciliana— es aún evidente en la denominada “Torre de los Arquillos”, el inicio del sifón que cruzaba el entonces arroyo Zurraque por su desembocadura, y que se encuentra en El Marquesado y es uno de los linderos con Puerto Real. “Los restos conservados muestran factura similar a las conocidas en el valle de los Arquillos, y su deterioro actual hace que conserve un frágil equilibrio. De las alquerías sólo queda el recuerdo en la toponimia de la zona”, según la descripción que hace el propio Lagóstena en la “Guía para la ruta cultural del acueducto romano del Tempul a Gades”, proyecto emprendido con el nombre latino de “Aqva Dvcta” por el seminario Agustín de Horozco de Estudios Económicos de la Universidad de Cádiz.

Ver en Diario de Cádiz:
http://www.diariodecadiz.es/opinion/analisis/Julio-Cesar-Torre-Arquillos_0_1186081648.html

lunes, 16 de octubre de 2017

CONDE DEL PINAR Y SEÑOR DE FUENTEAMARGA | Laurel y rosas (96)

Espacio en el actual balneario que recuerda al Conde del Pinar como su fundador en 1803. 


JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | DIARIO DE CÁDIZ

Cuando en el 1823, aún bajo el reinado del ominoso Fernando VII, se casa en el Palacio Real de Madrid Luis Fernando Mon y del Hierro (Palma de Mallorca, 1784), con María Matilde Velasco y Parada –camarera mayor de la melancólica reina María Amalia de Sajonia–, añade al título de Conde del Pinar un sonoro “Señor de la Casa y Pinares del Fierro y Baños de Fuenteamarga”. La alaraca con la que el cuarto conde del Pinar no había dudado en darse lustre con lo más preciado de sus posesiones en Chiclana, entre otras pertenencias, como el cortijo de la Casa de la Guardia, tendría justificación; ya que Luis Fernando Mon y la propia condesa consorte serían quienes dieran prestigio a los baños de Fuente Amarga como “centro de la atracción turística del siglo XIX en España”, como la califica el investigador Juan Manuel López Azcona. “Acudiendo en 1854 entre otros agüistas –añade– las hijas del infante D. Francisco de Paula de Borbón, las hermanas del Rey consorte y las del duque de Montpensier”.

Luis Fernando Mon y del Hierro no fue, sin embargo, el responsable de que se erigiera el establecimiento de Fuente Amarga, que en sus inicios solo tenía “cierto número de chozos con varios hoyos a donde se hacía circular el agua desde el manantial”, según el relato que Carlos Montemar, director de los “establecimientos minero-medicinales sulfurosos” de Chiclana, recoge en su impagable “Guía del bañista” (1870). “A pesar del comercio de los productos de cereales, hortalizas, vinos de esta villa –narra–, no bastaría a sostener las 24.050 almas que se le calcula, a no ser por los cincuenta a sesenta mil duros que dejan los concurrentes de varias provincias en la temporada de baños de 1º de junio a fin de octubre, a usar de las especiales aguas sulfurosas de Braque y Fuente Amarga”. 

Fue, realmente, su padre: José Antonio Mon y Velarde (Mon, Asturias, 1743), conde del Pinar por su matrimonio con Isabel María del Hierro y Alós, hija de Marcos José del Hierro y Ruiz de Rivera, que era, a su vez, nieto del primer conde, Marcos del Hierro y Prado. Y de quien, realmente, se sabe muy poco, más allá de algunos pleitos, sus galeones y las riquezas indianas que le llevaron a asentarse en Chiclana, donde era “el mayor hacendado”, según el catastro de la Ensenada (1750-54), y casó con Juana Blasco de Aragón. Tal es así que en 1735 había recibido el título nobiliario de Felipe V por sus “buenos servicios”, sin que se sepan cuales fueron. Y sus hijos, Juan Bautista –el primogénito, nacido en Chiclana en 1699– y Marcos del Hierro y Blasco de Aragón, tuvieron, además de vida breve, que sortear la condena de “jenízaros”. Es decir, de su ascendencia francesa cuando mediado el siglo XVIII el Consulado de Cádiz prohibió el comercio con las Indias no solo a los extranjeros, sino también “a los hijos de los extranjeros nacidos en España”. Ellos, no obstante, afirmaban ser “españoles originarios”.

Retrato de J. Antonio Mon y Velarde.
Fuente: Enciclopedia del Ecuador.

La historiografía, a veces, nos ha hecho ir pasando de uno en otro conde del Pinar de tal modo que parece que hablamos siempre del mismo. Pero seguirle el rastro a la familia del Hierro entre fortunas indianas y luchas de poder es recorrer tres siglos de la más viva historia de España. Por ejemplo, nos podemos detener en ese José Antonio Mon y Velarde que manda a construir el balneario de Fuenteamarga, aunque fuera uno de sus guardas quien descubriera el manantial hacia 1790 en terrenos de su propiedad y su administrador, llamado Ramón González –quien primero derribó en 1803 una pileta allí construida por el Concejo municipal, que atendía una solicitud del párroco de San Sebastián para que “sus aguas fueran aprovechadas por la humanidad doliente”–, el que proyectó la instalación de tinas de barro y compró los terrenos colindantes. Este José Antonio Mon fue el conservador Conde del Pinar de las Cortes de Cádiz, amigo de Menéndez Valdés y de Jovellanos, con fama de juez cruento e implacable, miembro del Consejo Real y defensor de la Inquisición, el mismo que persiguió hasta la extenuación al “divino” Argüelles y a los afrancesados. Aún venía a Chiclana a “refugiarse” en sus propiedades cuando giraban las tornas de la revolución liberal.

Fernando VII llegó a apadrinar a una de sus nietas, la hija mayor de Luis Fernando Mon y del Hierro, el de la boda en Palacio y embajador en Berlín. Con este acabaría la vinculación de los conde del Pinar con Chiclana. Su segundo hijo, Luis Gonzaga Mon y Velasco, heredará el título como V conde del Pinar, convertido en uno de los líderes del carlismo. También acérrimos carlistas serían los hijos de este, Matilde –dama de Berta de Rhoan, esposa del infante don Carlos– y José María Mon y Chinchilla, que ostentó el título hasta su muerte en 1936, aún en el exilio. Veinte años después lo reivindicó Carlos García Mon. A su muerte en 2002 sin hijos, pasó a otra rama de la familia: a Juan Valdés y de la Colina, hoy VIII Conde del Pinar, descendiente directo de Ángela Mon del Hierro, una de las hermanas de aquel atildado “Señor de la Casa y Pinares del Fierro y Baños de Fuenteamarga”.

http://www.diariodecadiz.es/opinion/analisis/Conde-Pinar-senor-Fuenteamarga_0_1181881815.html

lunes, 2 de octubre de 2017

EL CHICLANERO PUENTE ZURRAQUE (y II) | Laurel y rosas (95)

Comienzo de los trabajos de traslado del puente de barcas sobre el caño Zurraque en 1909. Fuente: Diario de Cádiz

JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | DIARIO DE CÁDIZ

Los chiclaneros solo llevaban un siglo cruzando el caño Zurraque por la llamada “carretera nueva” a San Fernando, primero con una barca tirada por maromas inaugurada en 1802, y, desde 1843, con un puente de madera sostenido sobre siete barcas y con cabecera de piedra, cuando era notorio que había que actuar con urgencia. A principios del siglo XX, el llamado “puente del Duque de la Victoria”, en honor a Baldomero Espartero, ya presentaba un estado ruinoso. Tanto que hasta el Ayuntamiento de Cádiz aprobó en pleno el 23 de julio de 1905 solicitar al Gobierno “la sustitución del actual puente de barcas entre San Fernando y Chiclana por uno fijo” e incluso sugería, según se leía en este mismo Diario de Cádiz: “Para el crédito necesario podría destinarse alguna cantidad de la destinada por el Gobierno para paliar la crisis de Andalucía”.

Lo que se dijo –y escribió– de aquel pleno permite imaginarse una realidad desesperante ante el mal estado del puente: “También recuerda al Gobierno los beneficios que traería a toda la zona el poder contar con un puente fijo y en el que las mercancías y los productos del campo pudieran ser transportados sin las actuales dificultades. El municipio gaditano también aprobó dirigirse a los ayuntamientos de Chiclana, Medina, Alcalá de los Gazules, Trebujena, Conil, Vejer, Tarifa y San Fernando para que soliciten la sustitución del puente de barcas al Gobierno e insistan en los perjuicios que está causando a la zona el lamentable puente de barcas”. En juego estaba, según la Corporación Municipal de Cádiz, “el abastecimiento de los frutos agrícolas”. La huerta, ante la crisis de la maldita filoxera, se había convertido en el único sustento de Chiclana.

El estado del puente se agravaba aún más, incapaz de resistir ante las lluvias. En abril de 1907, el Diario vuelve a publicar: “El gobernador civil ha telegrafiado al ministro de Fomento, informando que el puente de barcas situado en la carretera entre San Fernando y Chiclana, ha sufrido importantes daños en los últimos temporales. De agravarse la situación será imposible la comunicación entre ambos pueblos de la provincia, con el enorme perjuicio que causará a todos”. Ya unos meses antes, en febrero, el ingeniero de Obras Públicas de la provincia, Enrique Martínez, había comenzado a presupuestar los coste de un nuevo puente, solo estaba pendiente el proyecto y la financiación. Ambos se resolvieron al año siguiente, en mayo de 1908: “Una noticia de trascendental importancia para toda la provincia de Cádiz se recibió anoche desde Madrid. El Gobierno ha acordado la sustitución del viejo puente de barcas sobre el caño Zurraque por uno de hierro. El autor del proyecto del nuevo puente es el joven ingeniero Francisco García de Sola y el importe de las obras es de 400.000 pesetas”.

Plano del s. XIX con el puente sobre el caño Zurraque. Fuente: Cartografía Histórica de Andalucía.

Las crónicas permiten seguir con detalle el programa constructivo: “Martínez y García de Sola estiman que las obras puedan dar comienzo en cuanto se adjudiquen. Para ello se correrá el actual puente de barcas aguas arriba, construyendo terraplenes de avenida y estribos de madera. Por aquí se establecerá el paso mientras no se termina el nuevo puente de hierro”. El concurso no solo incluyó la sustitución del puente, sino también el arreglo del camino de acceso al puente: “No solamente se procederá a arreglar el firme, sino que la carretera será levantada para evitar las continuas inundaciones motivadas por la marea”. El contratista que ganó el concurso fue la empresa “La máquina de Levante”, que tenía de encargado a Fernando Palomeque. 

Realmente, el puente de barcas se comenzó a desmontar el 27 de octubre de 1909 con la presencia de “numerosas personas” y la dirección de Enrique Martínez y Francisco García de Sola. Al día siguiente, el Diario afirmaba en una gozosa crónica: “En la pasada noche han tenido lugar las faenas de traslado del viejo puente de barcas que cruza el caño de Zurraque, en la carretera de San Fernando a Chiclana. Este puente va a ser sustituido por uno de hierro diseñado por el ingeniero García de Sola. El viejo puente de barcas fue construido por el Ayuntamiento de Chiclana y ha permanecido en ese lugar 67 años, 5 meses y 12 días. Los últimos en cruzarlo fueron una manola que se dirigía a Chiclana y dos carromatos que conducían cochinos para La Isla. En el extremo norte del puente existe una inscripción con el nombre del mismo: Duque de la Victoria”. Denominación, por cierto, que oficialmente mantendría.

El nueve puente tenía “88 metros de longitud, siete metros de ancho, cinco para autos, carros y caballerías y dos para las aceras”, explicaba el Diario, que resaltó su coste, finalmente, en 500.000 pesetas. Poco más de dos años y medio tardaron en construirse sus siete tramos. La inauguración tuvo lugar el 13 de junio de 1912, “por ser la feria de Chiclana”, decía el cronista. Resistió hasta 1967, año en el que la reforma de la carretera N-340 provocó sus sustitución. Luego vendría el desdoble de 1996, la pasarela del tren tranvía en 2012… y los atascos de los últimos veranos. Y sigue siendo fundamental para Chiclana.




domingo, 17 de septiembre de 2017

EL CHICLANERO PUENTE ZURRAQUE (I) | Laurel y rosas (94)

Puente de barcas sobre el caño Zurraque, paso obligado para dirigirse a San Fernando. Foto: Colección Quijano / ABC 


JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | DIARIO DE CÁDIZ

La Sala Cuarta del Tribunal Supremo dictó una sentencia a finales de 1872 por la cual el puente de barcas sobre el río Zurraque, denominado “Duque de la Victoria”, dejaba, definitivamente, de pertenecer al Ayuntamiento de Chiclana y pasaba a manos del Estado. Respondía así a la demanda entablada por el municipio, representado por el licenciado don Diego Suarez, contra las reales ordenes de 4 y 24 de Marzo de 1871, por las que el Estado incautaba a la villa la propiedad de ambas infraestructuras. La lectura de aquel pleito es más que interesante, y no por el pomposo lenguaje administrativo decimonónico, sino porque relata hasta detalles hoy insospechados las desventuras del puente Zurraque y del llamado “camino de Chiclana”, también objeto de incautación por el Estado. 

El magistrado Juan Giménez Cuenca –uno de los seis que componían la sala cuarta– fue el responsable de redactar, leer y publicar la sentencia. Él mismo explica el origen del puente sobre el caño Zurraque, construido por el Ayuntamiento de Chiclana: “Resultando que por Real cédula del Rey D. Carlos IV de 31 de Agosto de 1800 se autorizó al Consejo municipal de Chiclana para construir un camino arrecifado que partiendo desde el pueblo fuese a comunicarse más breve y directamente con la isla de León, hoy ciudad de San Fernando, y la de Cádiz, y asimismo una barca de maroma sobre el rio Zurraque, otorgándole la concesión de establecer derecho de pasaje a favor de los Propios de la villa, y facultándole también para imponer ciertos tributos sobre varios artículos en compensación de los sacrificios y gastos y dispendios que habían de originar las obras”.

El aterramiento del río Iro imposibilitaba que siguiera siendo la vía de comunicación hacia la Bahía, mientras que el caño de Bartivás era angosto, más allá de que el viaje hasta Cádiz fuera largo y penoso entre la marisma. La huerta, el aceite y, sobre todo, el pujante vino de Chiclana necesitaba un “camino carretero” que lo uniera, además, a Jerez. El caño Zurraque hasta entonces lo había impedido. Justamente cuando fueron a comenzar las obras la peste arrasó la villa y hasta 1802 no se abre aquel puente que no era más que una barca tirada por maromas entre orillas junto al anunciado portazgo y que comunicaba con el “camino nuevo”, como se le denominó. “Resultando que construido dicho camino y barca, pasados algunos años se concibió por el Gobierno político y Diputación provincial de Cádiz el proyecto de sustituirlo con un puente de barcas que facilitase con seguridad aquella comunicación con dicha ciudad; y que instruido el oportuno expediente con audiencia de todas las corporaciones, así civiles como militares; enterado el Regente del Reino, por orden de 28 de Junio de 1.841 concedió el permiso para construir el referido puente”, sigue relatando la sentencia. 

Ilustración medieval que explica
cómo debe construirse un puente de barcas.

Hasta 1843 no se formalizó la subasta de las obras, que el Ayuntamiento de Chiclana concedió finalmente a Julio Zacarías González, único licitante. A cambio de construir el nuevo puente de barcas y su mantenimiento, recibiría el derecho de peaje sobre personas, caballerías y carruajes durante 27 años, en los que entregaría anualmente al Ayuntamiento la cantidad de 12.000 reales. Era levadizo y tenía cabecera de piedra. “Un puente de siete barcas, llamado de la Victoria, y tendido sobre el caño salado, llamado el Zurraque –lo describe el Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones de Ultramar (1846) de Pascual Madoz–. El camino está muy bien construido y reparado, con una longitud de una legua desde el portazgo y en la dirección casi de N. a S.; no tiene más que un ventorrillo en su medianía, salinas y esteros a sus costados: pasa por la inmediación del pinar y atraviesa la Alameda, que está a la entrada del barrio de la Banda de Chiclana”. El nombre oficial era “puente del Duque de la Victoria”, en honor a Baldomero Espartero, regente del Reino entre 1840 y 1843. La concesión finalizaba el 31 de diciembre de 1869, según el Ayuntamiento, que volvió, con la aprobación de la Diputación, a sacarlo a subasta por cuatro años y medio, adjudicando el arrendamiento a José Güelfo y Brasco. 

La Dirección de Obras Públicas, sin embargo, no estuvo de acuerdo. Ni en el plazo de la finalización de la concesión inicial –que entendían acababa el 30 de junio de 1870– ni en la nueva subasta, dado que afirmaba que, según una orden de 1861, debía revertir su propiedad al Estado a 1 de julio de 1870 para formar parte de la carretera de segundo orden de Cádiz a Málaga. Comenzaba así un proceloso enfrentamiento administrativo y judicial porque el Ayuntamiento no quería renunciar a los ingresos del portazgo. El Ministerio de Fomento obligó por la real orden de 4 de marzo de 1871 a la entrega del puente de barcas y camino del arrecife al Ayuntamiento. Lo hizo pero elevó recurso al Tribunal Supremo, que también declaró nula aquella subasta.

El puente, entre tanto, siguió siendo de barcas hasta 1909 –ya en un estado lamentable– y el “camino nuevo”, de tierra, inundándose constantemente por las mareas.


lunes, 4 de septiembre de 2017

DE AQUEL ESPLENDOR DEL VINO DE CHICANA | Laurel y rosas (93)

Fotografía de J. Laurent & Cía de Chiclana en 1879 tomada desde la ermita de Santa Ana. Foto: Archivo Histórico Nacional


JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | DIARIO DE CÁDIZ

En el otoño de 1875 llegó a Chiclana el editor y escritor británico Henry Vizetelly, un gran experto en vinos que había publicado un atrevido y adelantado manual titulado “Los vinos del mundo, caracterizados y clasificados”. Vizetelly no se conformaba, ni mucho menos, con “entender” de vinos, sino que recorrió los grandes territorios viticultores de Europa. De su paso por el Marco de Jerez dejó, por ejemplo, un interesante –y prácticamente desconocido– libro escrito a modo de cuaderno de viajes: “Facts about Sherry”. Es ahí, donde cuenta, su estancia en Chiclana: “El distrito productor de vino de Chiclana queda al otro lado de Cádiz y se llega desde Jerez por ferrocarril hacia San Fernando y desde ahí a través de varias millas atravesando las salinas que lo rodean”. El viaje desde San Fernando lo hizo en una “carretela” tirada por cuatro caballos en poco más de media hora. “La ruta primero pasa por un antiguo puente de piedra fortificado en las afueras, sobre un puente de barcas y, finalmente, entre dos largos canales que se comunican con las vecinas salinas, que se extienden alrededor por una distancia considerable. Un pinar tenebroso, que se estira millas tierra adentro, rodea el camino por la izquierda justo antes de llegar a Chiclana que, cruzando el pequeño río Lirio, queda en la ladera de una empinada cuesta”.

Vizetelly sabía de qué hablaba: “Chiclana es conocida igualmente por sus toreros como por sus vinos”, añade antes de enumerar a Francisco Montes “Paquiro” y a José Redondo “El Chiclanero”, con “cuyas hazañas toda España resonaba durante los primeros años del reino de la vieja reina Isabel”. Pero a Vizetelly le gustan poco los toros –“espantosos espectáculos” los llama– y mucho el vino de Chiclana. “Al otro lado de la colina, coronada por una pequeña capilla que ocupa el sitio de una antigua ermita, están las viñas de Chiclana, que producen en los años favorables unas 4.000 botas de un buen vino que encuentra su mercado principal en Jerez, donde se mezcla con las crianzas corrientes. Las pocas muestras que catamos eran todas muy frescas en sabor y poseían cuerpo considerable y aunque invariablemente jóvenes parecían que iban a desarrollar una cierto carácter”. En 1879, cuando el fotógrafo Manuel Morillas, corresponsal de la empresa J. Laurent & Cía, la primera agencia fotográfica de España, tiene que elegir una imagen de la ya ciudad para la “Nouveau Guide du Touriste en Espagne et Portugal. Itinerarie artístique” opta precisamente por una vista general desde la ermita de Santa Ana con esos viñedos en primer plano y al fondo el sanatorio de Brake y la iglesia mayor de San Juan Bautista.

Solo tres años antes, en 1876, recibía Chiclana ese título de “ciudad” y dejaba de ser villa, precisamente por “el desarrollo de su industria y su comercio”, eminentemente vitivinícola. Ese mismo año se registran 2.151 aranzadas (1.015 hectáreas) de viñas. En la “Gaceta agrícola de Ministerio de Fomento”, publicada en diciembre de 1877, se enumeraban las uvas plantadas en Chiclana, Sanlúcar y Chipiona: “Las variedades más usuales son la loca, rey, mogar, perruna, corazón de cabrito, moscatel, beba y tintilla de Rota; y en menor escala la mantúo de Pila, muñeca, melonera, ferra, caño-casa, quebranta-tinajas y perruna de arios”. A continuación, aclara: “Variedades todas blancas, menos la tintilla, la melonera y la ferra, que son negras, y el corazón de cabrito entre negra y morada”. Cita, además, la manzanilla como especialidad de Sanlúcar, que es la misma variedad de la palomina, uva entonces predominante tan solo en Jerez. 

Portada del libro de Vizetelly.

La explosión económica constata el aumento de la superficie del viñedo hasta 3.410 hectáreas en 1883, con una plantación media de 5.000 vides y 55,9 hectolitros por hectárea. Existía entonces un total de 52 bodegas, 109 cosecheros de vinos y mostos, 14 almacenistas de vinos y 6 fabricantes de aguardientes, cifras que resaltan el gran peso social y económico de los “agricultores de viñas”. El viñedo y su industria, aunque con fuerte presencia de mosteros y mayetos, constituían más que nunca la base de la economía chiclanera. Ese es el contexto en el que Manuel José Bertemati crea en 1884 la Colonia Agrícola de Campano. En el periódico “El siglo futuro” se afirma entonces de la vendimia de 1890: “En Chiclana se han fabricado 96. 000 hectolitros de vino, pagándose el mosto de 1,50 a 1,75 pesetas arroba”. La ciudad vivía su mayor producción vitícola con 3.725 hectáreas de viñedo en 1892 –15.300 hectáreas en toda la provincia–, lo que supuso la práctica desaparición de las tierras de olivar. Nunca volvió a ser igual. La filoxera puso fin a un modo de vida.

Aquel viñedo a la falda de Santa Ana persistió hasta prácticamente 1960. Como en general también resistió la viticultura como el principal –y único– sustento de Chiclana hasta aquellos años sesenta y setenta. En cincuenta años nada tiene ya que ver, pero en las escasas viñas aún estos días hay vendimia y en las bodegas –la Cooperativa, Collantes, Sanatorio– las prensas “pisan” la uva que será fino de Chiclana, testimonio e historia de esta ciudad. Aún.

Ver en Diario de Cádiz: