domingo, 28 de mayo de 2017

AQUELLA FERIA, ESTE NIÑO... | Laurel y rosas (87)

La Feria de San Antonio en la barriada del Carmen.

JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | DIARIO DE CÁDIZ

Antes es una palabra que siempre suele evocar la felicidad. Aquella felicidad de cuando éramos niños. Aquella en la que la Feria era un río de gente que cruzaba el Puente Chico y en la calle Paciano del Barco encontraba la dicha en un tiovivo y todo lo que entonces podíamos querer: acaso coche-choques, una tómbola y algún puesto de escopetas donde toda puntería era vana y romper de un disparo un palillo de dientes acaso un milagro. Entonces el mundo acababa en la calle Cervantes. Porque ese era el final de la Feria y del continente, porque más allá solo había marisma. La nada. A los ojos, y el corazón, de un niño no hay recuerdo que pueda superar a aquel tiempo en el que fue feliz. Y aquella Feria en la barriada del Carmen suponía todo lo que uno entonces podía imaginar. Claro que entonces aún soñábamos en blanco y negro, como la televisión. Los que la tenían. El mundo, esta ciudad, esta feria, aún en los años setenta, hasta principios de los ochenta, es inimaginable para quienes nacieron después. Y fue ayer mismo. Era ayer mismo cuando íbamos Paciano del Barco abajo para hacernos una foto toda la familia en un estudio portátil, con una guitarra desafinada y un caballo de cartón, para recordar durante todo el año –y toda la vida– esa feria, sus colores, las luces, las sevillanas y la caseta municipal. Y aquellas otras casetas que encontraban acomodo donde podían: en algún local en obras, un garaje o un almacén, que se transformaba en vino y alegría.

Y el río. Para quienes vivíamos en el Lugar, cruzar el río era la puerta abierta a la Feria, esa feria que un día fue de ganados y compraventas, de negocios que se cerraban con vaso de vino. Desde ese 1836 en el que Chiclana recibió el privilegio de Feria –aunque ya en 1788 ya solicitaron permiso para celebrar una feria anual de Ganado– la celebración ha ido alrededor del día de San Antonio creciendo como la ciudad. Pero esa era otra feria y otra historia en la que habría que hablar de diezmos y un Portalejo que no sabe donde estuvo con exactitud, más allá del entorno de la cuesta del Matadero, que era donde se celebraba. A final de siglo XIX la Feria se inserta en el corazón mismo de la ciudad y se transforma en fiesta popular en la Alameda recién nacida junto al Iro. Y ya nunca se ha despegado del río, ya sea en La Longuera o en Urbisur, en la orilla de La Banda o en la del Lugar. Es cierto que la Feria ha ido con los años desplazándose al contorno de la ciudad, ganando terreno literalmente a la marisma, pero en aquella feria de mi infancia, la del Campo de Fútbol, cercana, entrañable y familiar, el río marcaba, como ahora, la frontera de la felicidad. Un espacio mágico, que por más años que pasen, por más ferias que vengan con su grandilocuencia y su masificación, ya no volverá. 


Aún hoy, camino a la Feria, cruzo el mismo Puente Chico, paseo por Paciano del Barco y atravieso aquella feria de mis pocos años, recreándola hasta llegar al ferial, hoy río abajo. Y así la Feria vuelve a ser un espacio simbólico. Siempre lo fue. A diferencia de otras, esta Feria de Chiclana marcaba como pocas en calendario. Fin de curso. Inicio del verano. La playa de La Barrosa reaparecía siempre después de cada feria, antes se diría que desaparecía oculta en la humedad y en el frío. Aunque hubiera –como lo hace hoy– una primavera extraordinaria, a nadie se le ocurría ir a la playa antes de la Feria. Era una de esas delimitaciones sagradas que conviven entre la ciudadanía. Lo mismo que la playa, dicha así, finalizaba con la Virgen de los Remedios y la vendimia. No había un más allá. Ni era necesario. La playa conforma con la Feria esa otra ventana donde miramos al niño que fuimos. De nuevo feliz. Y se acumulan los recuerdos. Primero, el Seat 850, con la baca repleta como si se acabara el mundo. Luego, aquella Barrosa con las casetas de madera, en donde vivíamos julio, agosto, sin volver a pisar Chiclana hasta septiembre, que había que vendimiar y llegaba el colegio. Y esa playa regresa ahora también a la memoria. Nunca supimos realmente lo afortunados que éramos de convivir con aquel paraíso, de tener tan cerca la playa. Y más aún esa playa blanca, interminable. Hasta que aprendimos que sí, que parecía mentira, pero había pueblos, ciudades, provincias sin playa, que era como decir sin verano. 

Reiner María Rilke –el poeta que quedó deslumbrado por Ronda– dijo aquello de que “la verdadera patria del hombre está en la infancia”. Quizás sea cierto. O puede que solo sea nostalgia, simple añoranza. Màrius Carol, más recientemente, cree que “es el estrés del porvenir el que hace que veamos la infancia como el baúl de nuestros sueños”. Podría ser. Pero no hay ninguna infancia igual a otra. Cada uno, como el verano, lo vive a su manera. Pero mi patria, pienso, es la inocencia y la felicidad. Mis padres, mis hermanos. La familia. Primos, tíos. Abuelos. La calle donde jugaba. Una playa. Aquella feria. Esta misma feria en la que vuelvo a ser niño otra vez. Pero nunca tan feliz. 

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LA SAL "MÁGICA" DE PEPE MIER | Laurel y rosas (86)

José de Mier tras la presentación de la novela en el Centro de Interpretación del Vino y la Sal

JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | DIARIO DE CÁDIZ

Según el historiador francés François Dosse, la historia es, ante todo, “una máquina para capturar escenas”. Una definición que recordé mientras leía “La sal mágica del caño de Sancti Petri” (KBA Ediciones), la primera novela de Pepe Mier. La frase de Dosse surge de modo inevitable porque este libro es, esencialmente, un canto y una reivindicación de Chiclana. Su historia y su pasado son, de modo indudable, el gran protagonista de esta novela que transpira devoción y orgullo. Pepe captura escenas fundamentales de nuestra historia, las rescata y reescribe, para dárselas al lector, como él mismo apunta, de una manera “más atractiva y accesible”. Y a través de esas escenas piensa y escribe sobre la ciudad y cómo hoy debemos verla: el templo de Melqart y la visita de Anibal Barca, la dominación romana y la excelencia del famoso “garum”, el Duque de Medina Sidonia entre almadrabas y salinas en el siglo XVI, la ocupación francesa... 

Pero todo relato necesita un río que la atraviese, que sirva para darle cohesión y sentido literario. En la novela de Pepe Mier es la sal marina: su producción, su cultivo, sus usos, en la infinita marisma que nos rodea a través de los siglos. Pero esto mismo podríamos decirlo de otros muchos modos, porque Pepe trasluce a lo largo de las casi trescientas páginas la necesidad de reivindicar a los salineros, de corresponderles con un homenaje, con un acto de justicia aunque sea literario. Y, además, desprende una innegable voluntad de descubrirle, de abrirles los ojos al neófito sobre el valor cultural, social y etnográfico de las salinas en nuestro pasado más lejano, pero, también, más cercano e inmediato. “La sal y sobre todo su extracción del agua de mar en las salinas siempre me deslumbró, desde muy pequeño me llamaban la atención los salineros que pasaban, con su capacha, por el Retortillo hacia la marisma”, confiesa en el prólogo. Y eso mismo es lo que exhibe esta novela: la historia de un deslumbramiento y, también, de la ilusión que le produce, a su vez, contagiar al lector de esa misma devoción salinera.



Esa fascinación habita en el narrador, en ese “yo testimonial” que va contando en primera persona al lector y en el que encaja el propio Pepe Mier. Pero el peso de esa narración –y de gran parte del relato– recae sobre Juanito. Es el homenajeado. El salinero que situado en la Chiclana de mediado de siglo XX cuenta, explica, muestra, revive qué, cómo, cuándo, dónde, por qué existen las salinas en Chiclana. Eso sí, siempre a pie por la salina “La imperial”, por “La Pastorista” a veces, o acodado con una copita de fino Reguera en “El Rincón” o “El 22”, en La Banda, en la misma orilla del río Iro y frente a la marisma. Esa lección de vida que va dando Juanito es biográfica en el sentido que ocupa toda su vida, desde que, con ocho años, ya fuera un “hormiguilla” yendo y viniendo del tajo al salero con una recua de bestias. “Desde entonces y hasta su final siempre le llamaron Juanito, pues los años no lograron hacerlo mucho más alto. Siempre fue pequeño como un charrancito…”. 

En ese mismo Juanito, en ese personaje construido de testimonios reales, en el manejo y análisis de los datos etnográficos e históricos que aporta, en esa manera de descubrir lo importante en lo menudo, en restituir los marcos históricos y sociales, en abordar una antropología entendida como un modo de ver y de estar en el mundo, recae la atracción del relato construido por Pepe Mier. Y a partir de él podemos afirmar que “La sal mágica del caño de Sancti Petri” es un extraordinario –por lo poco frecuente y lo rápido que hemos olvidado– homenaje a los últimos salineros, los que nacieron y murieron sobre la marisma durante el siglo XX. Una raza, si podemos llamarla así, de sal, sol, brisa y viento, como Juanito y su abuelo Antonio, ya desaparecida. Y, sin la vida, no podríamos leer ni fantasear historias, como dijo Vargas Llosa.

Pepe Mier ha creído conveniente para narrar esta historia de la sal de Chiclana usar ciertas herramientas de la ficción. La historia se convierte así en una estructura sobre la que se escribe una ficción y para ello se sirve de lo anecdótico. La novela traza un relato –al fin y al cabo, nuestra historia– que alienta a través de esa “sal mágica”, ese filtro de amor, esas lágrimas de Adriana –la amante ibera de Aníbal que inventa el autor– que caen sobre la sal en el Coto de la Isleta y que a lo largo de los siglos algunos de los personajes ficticios –y reales– van recolectando sobre el mismo caño de Sancti Petri. Ya había ofrecido algún breve adelanto en libros de Navarro Editorial, como “Fantasmas y Monstruos de Chiclana” o “19 huellas”. Es esa “sal mágica” la que provoca amores fieles –ciertamente imposibles sin su ayuda– y sirve para darle a la novela páginas ciertamente sentimentales, pero sobre todo para sazonar un mito a través del cual se cuenta la Historia, con mayúsculas. Y, como colofón, sirve para mostrar un tesoro gastronómico, como es la Sal Marina Virgen y, en concreto, la ahora tan valorada –y recomendable– “flor de sal” que no debería faltar en ninguna casa. Como el libro.

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http://www.diariodecadiz.es/opinion/analisis/sal-magica-Pepe-Mier_0_1139886421.html


domingo, 14 de mayo de 2017

A LA BARROSA... POR ATUNES | Laurel y rosas (85)

Vista de Cádiz, con representación en primer término de una almadraba, en la Obra "Civitates Orbis Terrarum" (1564-1578).

JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | DIARIO DE CÁDIZ

Hace justamente un siglo en “El Correo de Cádiz”, con fecha 22 de agosto de 1917, apareció la siguiente información: “Ha ordenado el alcalde de Chiclana se convoque al Ayuntamiento y a los mayores contribuyentes de la población para estudiar la forma de terminar cuanto antes el camino vecinal que conduce a la playa La Barrosa, obra que es de gran interés para este vecindario”. El “camino vecinal a La Barrosa”, que así se llamó, sumaba ya seis años prácticamente baldíos: desde 1911, cuando el Ayuntamiento solicitó al gobernador civil la declaración de “utilidad pública”. Por aquel entonces la ciudad comenzaba a extenderse hacia lo que había sido “El Mayorazgo” fundado por el Conde del Pinar en 1732. Tanto que en 1912, el periodista Pedro Tejera escribió en el periódico “La información” que ya existían, al menos, “veinte posiciones de recreo”. Si recorremos aquella suscripción popular del camino de La Barrosa y su trazado desde aquel Mayorazgo, vemos también que el encanto de la playa y su “pintoresco pinar” ya era extraordinario hace cien años. “Reciban, pues, nuestras felicitaciones más entusiastas el Sr. Fernández Caro –decía “El Correo de Cádiz”, en referencia al alcalde Juan Fernández Caro y su “suscripción voluntaria”– y cuantos con él han colaborado para la realización del proyecto, y muy efusiva también para el pueblo de Chiclana, que con la construcción del camino a la playa de La Barrosa, verá aumentarse considerablemente el contingente de bañistas, pues muchas familias vendrán a disfrutar de las aguas del salutífero manantial de Fuente Amarga, como a la magnífica y deliciosa playa de La Barrosa, la playa más limpia, más tranquila, más hermosa y mejor que hay en el mundo”.

El alcalde Juan Fernández Caro convocó en la sala capitular del Excmo. Ayuntamiento –y que apenas unos meses antes se había trasladado ya a su actual ubicación– a esos “mayores contribuyentes”, la mayoría reconocidos bodegueros, contando con “el más noble y desinteresado patriotismo”, dice la crónica de “El Correo de Cádiz”. Los señores Cañizares y Gómez de Humarán habían anunciado la cesión de los terrenos que continuaban el camino de la Barca, que era como entonces se llamaba al que acababa en Sancti Petri. Consta lo que aportaron unos y otros: José Vélez Sánchez dio 500 pesetas, Joaquín de Mier y del Río dijo 300 pesetas, Manuel Romero Pérez que 100 pesetas… Había que reunir casi cuarenta mil, que era el presupuesto hasta la playa: “La más limpia, la más tranquila y mejor situada que se conoce; la que a juicio de todo el mundo, es superior a las de San Sebastián y Biarritz”, dijo aquella tarde el alcalde Fernández Caro.

La Barrosa, años 50. 
La fascinación por La Barrosa, pues, era hace un siglo ya mucho mayor de lo que creíamos. Antes de que aquel matrimonio británico, el pintor y naturalista William Ridell y su esposa, Violetta Buck, construyera a finales de la década de 1920 la que fue la primera residencia de verano en pleno pinar, que llamaron “Villa Violeta”, y en 1940 vendieran a otro británico y bodeguero, Don Guido Dingwall-Williams. Antes todavía de aquellos paisajes idílicos que pintó Felipe Arbazuza –“Playa de la Barrosa” (1925) o “Pinos y tierras rojas” (1928)–, que se exponen en el Museo de Cádiz. Y antes aún que aquella playa viera extinguirse la última de las dos almadrabas que había mantenido frente a su orilla, al menos desde el siglo XVI y, seguramente, desde época romana. José Ruiz Rodríguez pierde la demanda contra la Administración General del Estado contra la rescisión del contrato de arrendamiento de la almadraba de Torre del Puerco en 1916. La Compañía Almadrabera Española la seguiría calando aún en 1923. En 1928, año de la creación del Consorcio Nacional Almadrabero, ya había desaparecido. 

En numerosas publicaciones del siglo XIX se describen las dos almadrabas de La Barrosa –además de la citada como “Punta de la Isla”, que luego sería Sancti Petri–, incluso en el “Reglamento” de 1866 que ordena el empleo de la técnica llamada de “tiro” frente a la de “buche”. Una Real Orden de 1843 enumeran las almadrabas de la costa de Cádiz y cita la denominada oficialmente como “Torre del Puerco”, creada en 1816, a cuyo pie, no obstante, hay un yacimiento con industria alfarera romana del siglo I-II d. C. –aunque la datación del yacimiento es muy anterior– destinada a la actividad pesquera y de salazones, junto a restos cerámicos almohades destinado al trasiego comercial. La otra, llamada “La Barrosa”, y fechada en 1813, estaba a la altura de la 2ª Pista: “Cerca de dos millas al Norte de la torre del Puerco se encuentra la Casa de la Barrosa, que es un gran caserón blanco asentado en la orilla de la playa destinada a la salazón del atún y a guardar los aparejos y demás utensilios de la almadraba que anualmente se calan allí”, dice el “Derrotero de las costas de España y Portugal” (1867), escrito por el capitán de fragata Pedro Riudavets. Frente al caserón había un fondeadero: “Las embarcaciones de pesca y también las de cabotaje –afirma Riudavets– encuentran un excelente abrigo para levante por enfrente de la Barrosa”.

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http://www.diariodecadiz.es/opinion/analisis/Camino-Barrosa-atunes_0_1135686688.html

domingo, 30 de abril de 2017

MASONES EN LA CHICLANA DEL SIGLO XIX | Laurel y rosas (84)


El ex director del IES Poeta García Gutiérrez, al recoger el premio a la Investigación Histórica de la Fundación Viprén. Foto: Revista Puente Chico.
JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | DIARIO DE CÁDIZ

Entre las tareas fundamentales de un historiador, quizás la más sobresaliente sea arrojar luz entre la oscuridad y la confusión: hacernos abrir los ojos ante lo que el tiempo y el poder nos ha ocultado de nuestro pasado. El profesor Joaquín García Contreras, felizmente jubilado de las aulas del I. E. S. Poeta García Gutiérrez, nos alumbra por fin con un libro largamente concebido: “La masonería en Chiclana de la Frontera (1888-1893)”. La masonería, sí, un tema que le ha interesado desde hace décadas, desde sus años universitarios y que, afincado ya en Chiclana, se ha ocupado de investigar apasionadamente. Con el hallazgo en el Archivo Histórico Nacional, en la sección Guerra Civil y Masonería –con sede en Salamanca–, de una logia afincada en Chiclana durante, al menos, seis años –entre ese 1888 y el 1893 en el que desaparece la documentación–, García Contreras ha escrito un libro imprescindible para comprender nuestra ciudad a finales del siglo XIX. 

“La logia de Chiclana sobre la que hay documentación en Salamanca es la que se denomina Hijos del Trabajo. Todas tenían un título y un número de adscripción, que en este caso era el 37. Pertenecía al Gran Oriente Nacional de España, que era la que se tenía por regular”, afirma. “En Chiclana hubo otra logia en esa época –aclara a continuación–, y que estaba supeditada a otra obediencia más orientalizante y era, por tanto, más esotérica. Pero de ellas no tenemos datos. Solo que hubo un intento de fusión entre las dos y las actas de los Hijos del Trabajo hablan de que fue imposible dada las diferencias que tenían”.

A veces, los nombres dicen mucho: “Hijos del Trabajo”, el que denominaba a aquellos masones de Chiclana, da muchas pistas de la logia. Quino García traza un relato muy documentado, muy riguroso, sorprendente también, en el que revela el nombre, profesiones y contribución, entre otros datos, de 54 miembros: “Si yo fuera descendiente de un masón de Chiclana en esa época estaría orgulloso”, manifiesta. “He intentado poner en evidencia –apunta además–, acabar con esa negra máscara que tuvo la masonería, al menos en aquella época y en Chiclana. Era gente que lo que buscaba era la filantropía, el altruismo, y que defendían la libertad, la igualdad, la educación”. Desagravio con nombres y apellidos en el que el contexto es importante –y Quino se detiene en el mismo conveniente y muy didácticamente–, fundamental para comprender esa masonería finisecular, utópica y progresista, que arraigó no solo en Chiclana, sino particularmente en Andalucía y también alcanzó a todo el país. Leandro Álvarez Rey, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Sevilla, ha dado, según cita el propio García Contreras, una “perfecta definición” de lo que era esta masonería a finales del siglo XIX: “Él decía que la logia no eran sectas al servicio de unos poderes secretos y ocultos que nadie conocía, sino que eran centros de progreso, que eran escuela de ciudadanos. Porque en esa época lo que proponían era una cosa muy sencilla: llegar a la perfección moral”.


En ello insiste Quino y reincide a lo largo de todo su libro, en que también desvela sus sedes: “Se basaban en una serie de principios que hoy entendemos básicos en una sociedad moderna: el respeto a uno mismo, al próximo, la igualdad y, sobre todo, la libertad de pensamiento. Eran ilustrados, librepensadores. Y ese era el caso de los de Chiclana”. Una Chiclana marcada –como toda aquella España de la Restauración y el “turnismo” de liberales y conservadores– por el caciquismo y el clientelismo. Una Chiclana en la que el poder económico, los grandes bodegueros, coparon a su vez el poder político. “Desde mi 1880 a 1900 todos los alcaldes de Chiclana fueron bodegueros y almacenistas, fabricantes de aguardientes. Por algo sería”. 

El caciquismo era una vía abierta hacia una realidad social que Quino describe con detalle y que también contenía otros problemas: “Chiclana tenía entonces una soprepoblación por la alta natalidad y la nula emigración. En 1889 llegó a tener el censo de población más alto, 12.660 habitantes. ¿Eso que consecuencia tuvo? La falta de trabajo, la desnutrición, una pobreza enorme y que provocó que se acrecentara más las diferencias entre el señorito y la clase trabajadora. Es una de las razones que explica la presencia en Chiclana de la masonería”. Aquella Chiclana –y esa logia de “Hijos del Trabajo”, legal desde 1888– se lee, se entiende y se explica en poco más de 170 páginas de un libro que se presenta el próximo jueves, 4 de mayo, a las 20,00 horas en la Casa de la Cultura: “La logia de Chiclana era más doctrinal e ideológica que política, y su actividad era cien por cien filantrópica”, insiste García Contreras. Sus 54 miembros gozaron de reconocimiento social: “Yo lo pienso así, por su comportamiento eran ejemplares. Algunos fueron gratificados por su trabajo en el Ayuntamiento, aún siendo masones. Fueron un modelo para la sociedad, para la ciudad, donde había tanta injusticia y desigualdad, y donde había tantos que vivían bien a costa de los demás”.

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http://www.diariodecadiz.es/opinion/analisis/Masones-Chiclana_0_1131487222.html

lunes, 17 de abril de 2017

EN LA FRONTERA DE LA "BANDA MORISCA" | Laurel y rosas (83)

Imagen de la Torre de Guzmán, en Conil de la Frontera, a la que debía parecerse el torreón del Cerro del Castillo reconstruido por Guzmán el Bueno en el siglo XIV.

JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | DIARIO DE CÁDIZ

La Frontera es más que un apellido para una villa, para una ciudad. Es también memoria e identidad. Es más que sabido que esa alusión etimológica a la Frontera que acompaña a Chiclana –a la Caeciliana romana– desde el siglo XIV, probablemente desde 1380; que es la fecha en la que “de la Frontera” pasa oficialmente a denominar a otras poblaciones de esa misma frontera nazarí, de la denominada “banda morisca”, como Jerez y Arcos. Una frontera con el aún existente Reino de Granada, que es amplía y compleja, que alcanza desde Cartagena a Tarifa, que venía a ser lo que se conocía como “Terra Nullius”, la “Tierra de nadie”. Más concretamente, ese apelativo fronterizo sigue dando nombre a las poblaciones que se asentaban entre Morón de la Frontera y Tarifa, con Jerez y Arcos como principales asentamientos. “Una dislocación geográfica plagada de sinuosidades que dio cobijo a numerosos castillos y aldeas que aunque distantes políticamente, debían aceptar las imposiciones de una necesaria vecindad”, como la ha descrito el profesor José Rodríguez Molina. Una tierra donde “la paz y la guerra –según añade Rodríguez Molina– no era asunto de Estado, sino de cada señorío fronterizo”.

Y ahí estaba Chiclana. Una tierra de nadie, de conflicto, de ataques, de saqueos. En 1410, por ejemplo, cuando el rey de Castilla, Juan II, dicta una orden a los concejos de Jerez, Vejer, Alcalá de los Gazules y Tarifa –y también a Chiclana– para que retiren todos los ganados de la frontera. Una tierra de continuas refriegas con almogáraves, almocadenes y alfaqueques, que al catedrático Rafael Sánchez Saus –uno de los que mejor ha estudiado esos siglos entre musulmanes y cristianos– le ha dado en comparar con el “far west” del mundo islámico. Una tierra donde no era fácil vivir a partir de la reconquista de Sevilla (1248) y de Cádiz (1249), aunque la entonces Qadis fue pasando de mano en mano, conquistada y nuevamente recoquistada una y otra vez, entre 1235 y 1264. Lo propio en la frontera. Aunque Yazirat Qadis, entonces una especie de recinto militar amurallado, no era ni mucho menos la principal ciudad de la Cora de Sïduna (Sidonia), la provincia andalusí: lo había sido la desconocida Qalsena, luego Sïduna, Medina, hasta el siglo X –aunque la identificación de la actual Medina con Sïduna está en duda– y lo era Saris, la capital. Jerez.

El cronista Pedro de Medina (1493-1597) –un verdadero renacentista, que fue matemático, geógrafo, astrónomo y autor de un pionero “Arte de navegar”, publicado en 1545– ya afirma que cuando Fernando IV entrega Chiclana a Alonso Pérez de Guzmán en 1303 era una “tierra despoblada que solía ser aldea”, “que estaba yerma” y “que era término de la Puente de Cádiz”. Dice, además, que el rey la da a merced a Guzmán el Bueno para que “la poblase y hiciese allí un castillo”. En el documento de donación, en concreto, Fernando IV precisa “para que faga y puebla e fortaleza qual él quisiere”. Es decir, si era “tierra despoblada que solía ser aldea” y “estaba yerma” –y necesitaba de un torreón defensivo–, lo era porque, precisamente, ese carácter de frontera motivó una guerra continua, total, en primera línea de batalla. Por ejemplo, entre 1275 y 1285 vivió, tras el desembarco de los meriníes desde el norte de África, un saqueo constante, con enfrentamientos y andanadas sucesivas, que se extendieron a todas las áreas de Jerez, Medina y Vejer. 

Si se lee con detalle a Pedro de Medina se observa un matiz interesante acerca de ese castillo que dice debió construir Guzmán el Bueno. Dice concretamente el cronista que lo “comenzó a hacer en derredor de la fortaleza, una barbacana con sus cubos, y sácola de los cimientos, la cual dejó como hoy parece”. Es decir, ya existía una fortaleza, seguramente ruinosa, que reconstruyó y amplió con un torreón. Ese “castillo” es, sin duda, el que existió en el cerro del Castillo, en el mismo lugar donde los fenicios siglos antes habían erigido un recinto amurallado. Inevitable volver sobre esa cita, ya en el siglo XIX, de Fernán Caballero en “No transige la conciencia” y que decía: “Dominaban el pueblo de Chiclana sobre dos alturas, una torre morisca ruinosa, como imagen de lo pasado la una; y una lindísima capilla, como imagen de lo presente, en la otra”. De aquella frontera, esta Chiclana.

De aquel documento de enajenación señorial por el cual Fernando IV le concede Chiclana a Guzmán el Bueno, hemos pasado muy de puntilla sobre la afirmación –como insiste Pedro de Medina– de que Chiclana pertenecía el “término de la Puente de Cádiz”. Ese término, que solo se mantuvo durante los siglos XIII y XIV, comprendía “el territorio insular de San Fernando y las áreas continentales de Chiclana y parte de Puerto Real con sus alquerías correspondientes”, según los historiadores Antonio Sáez Espligares y Antonio M. Sáez Romero. El llamado islote de Sant Batar (Sancti Petri), con su iglesia dedicada a San Pedro y el caño, pertenecía aún al alfoz de Cádiz. Pero seguía siendo un núcleo de comunicación imprescindible para la aldea de Chiclana a través del río Besilo. 

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domingo, 2 de abril de 2017

DEL NOMBRE ROMANO DE CHICLANA | Laurel y rosas (82)

Horno romano del Fontanar, junto a la autovía A-48. Foto: Era Cultura

JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | DIARIO DE CÁDIZ

Ninguno de los historiadores –ni filólogos– que se han interesado por el origen del nombre de Chiclana ha gozado de unanimidad. La fundación de Chiclana, lo demuestran las excavaciones del Cerro del Castillo, es fenicia. Nació como un recinto amurallado a orillas del río Iro vinculado como satélite –o asentamiento civil– al Templo de Melqart. Su nombre no ha llegado hasta hoy, seguramente porque formaba parte de la propia colonia de Gadir. ¿De dónde viene entonces el nombre de Chiclana, que aparece documentado por primera vez en 1232? Algunas derivaciones ya fueron descartadas por el propio Domingo Bohórquez, quien rechazó, por ejemplo, la extendida de José Guillermo Autrán a finales del siglo XIX que la vinculaba a “Sicania”. Lo mismo la que la asociaba a “Ituci”, como sugirió el Marqués Santa Cruz de Iguanzo. Nada tiene que ver tampoco con el árabe, a partir del diágrafo “Ch” –falla o acantilado– o de la sílaba “Chiq” –pequeña–, como apareció en 1897 en una “Guía de la provincia de Cádiz”. El historiador jerezano Agustín Muñoz Gómez fue el primero que introdujo la hipótesis –muy común en España– de que Chiclana deriva de un antropónimo latino al que se le añade el sufijo -ana o -ena que significan simplemente “relativo a” o “perteneciente a”. El nombre que Muñoz Gómez cita, luego recogido también por Ceán Bermúdez, es Cippianus, del que derivaría Cippiana y, de ahí, Chiclana. 

Muñoz Gómez partía de una lápida romana que fray Gerónimo de la Concepción describía en el siglo XVII en una casa de la plaza Mayor de la que se hablaba de un tal “Victor Cippianus”. Autrán ya desoyó esta explicación al no hallar referencia bibliográfica alguna al tal Cippianus. Pero en los últimos años han surgido dos interesantes hipótesis que vinculan la etimología de Chiclana con un origen romano. En su “Breve diccionario de topónimos españoles” (1997), el profesor Emilio Nieto Ballester es tajante. Incluye entre sus 7.000 topónimos la entrada “Chiclana de la Frontera” y dice de ella: “Nombre de una antigua hacienda romana, con sufijación en -ana (Villa Siculana) a partir del nombre personal Sicculus”. Es decir, simplemente, una evolución desde “Siculana”, que sería el nombre de una villa que perteneció al tal Sicculus. “La evolución de la silbante ha de ser atribuida a la pronunciación árabe o mozárabe y a la adaptación castellana del fonema resultante”, es lo único que añade el Nieto Ballester, profesor titular de Filología Clásica de la Universidad Autónoma de Madrid acerca de la evolución de la /s/ romana en /č/ o <ch> castellana. 

Estela funeraria hallada en la calle Huertas.
Actualmente, en el Museo de Cádiz. Foto: Museo de Cádiz

Pero no podía ser tan fácil. El catedrático de Filología Latina de la Universidad de Cádiz, Joaquín Pascual-Barea, mostró su desacuerdo en una crítica publicada en la revista “Excerpta Philologic” (7-8, 1998) en la que reprocha a Nieto Ballester un error que impide aceptar su teoría: “Aunque no se conserva referencia alguna a Chiclana hasta que la antigua aldea musulmana volvió a ser poblada en el siglo XIV; el nombre tiene en efecto el aspecto de uno de los muchos topónimos derivados mediante el sufijo -ana o -ena de un antropónimo latino. Pero si fuera así, éste nombre no sería un extraño Siculus, pues el resultado del inexistente Sicculana habría sido Jiclana o Jijana”. Pero el profesor Pascual-Barea no se limita a rechazar la hipótesis de Sicculana, sino que añade una interesante aportación, que bien podríamos tomar como definitiva. Según las investigaciones del catedrático de la UCA, Chiclana derivaría de Caeciliana, es decir, de otro antropónimo latino: Caecilius, “nombre de una rica e importante familia de la Bética ligada al comercio marítimo y documentada entre otros lugares en varias inscripciones gaditanas”. Pero añade, concluyente: “Chiclana sí es el resultado esperado de la forma muy común de Caeciliana, documentada ya en la Antigüedad como topónimo en Extremadura y como nombre de una hortaliza, lo que también hay que tener en cuenta”. Pascual-Barea defiende, además, su teoría desde el punto de vista etimológico, dado que, entiende, es más razonable la evolución de la /c/ inicial latina a /č/ o <ch> castellana. Y, además, como dice: “El grupo consonántico /cl/ pudo conservarse en posición interior por ser sílaba tónica, lo que exige una pronunciación más intensa que en posición interior átona, al igual que en inicio de palabra donde también se conserva”.

La hipótesis de Joaquín Pascual-Barea por el que el nombre de Chiclana viene de Caeciliana, y esta a su vez del antropónimo Caecilius –equivaldría, hoy, al nombre de Cecilio–, es más que interesante por esa adscripción a la familia que es la de Quinto Caecilius Metellus Pius, procónsul romano en Hispania en el 80, quien provenía de una de las familias principales de la República Romana, los gens Cecilia. Es el Metelo que combatió a Sertorio y que dejó tras sus victorias ciudades bautizadas como Caeciliana, cerca de Setubal, o Castra Caeciliana y Vicus Caecilius, ya en tierras cacereñas. Y, a su vez, un comerciante relacionado con los Cornelii Balbi, los Balbo, “oligarquía gaditana cuyo núcleo tradicional estaba sin duda alguna ligada por viejos linajes fenicios”. La incógnita siempre será por qué se reproduce, ya en el siglo XIII, en Chiclana de Segura. Porque del denominativo de la Frontera… 

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domingo, 19 de marzo de 2017

FÉLIX ARBOLÍ Y LA MEMORIA DE GARCÍA GUTIÉRREZ | Laurel y rosas (81)

Félix Arbolí en una de sus citas anuales con García Gutiérrez en el cementerio de San Justo. Foto: Revista Puente Chico.

JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | DIARIO DE CÁDIZ

Félix Arbolí publicó en 1970 un libro que era –que aún es– todo un testimonio de “infatigable amor” por Chiclana, como lo describió Fernando Quiñones. Aquel libro, de cubierta amarilla y estampa de la Plaza Mayor en portada, tenía un título proverbial: “Chiclana, entre el mito y la verdad”. Y encerraba una hermosa historia de amor de un hombre con su tierra, con “su paraíso frente al mar”, como describía esta ciudad Félix desde esa nostalgia madrileña en la que vivió y en la que escribió. “Eres, Félix, el chiclanero más enamorado de su tierra que he visto”, proclama otro poeta, Carlos Martel, en su prólogo. Un libro que aún hoy conservo, ajado, anotado, con hojas sueltas y que se publicó por la insistencia de otros chiclaneros, entre ellos, Pepe Marín. Y este libro, una verdadera guía de viaje a la manera de los románticos del siglo XIX, un recorrido por su historia, su memoria, unas calles y unas vidas –García Gutiérrez y Paquiro, Curro Jaramago, Rumbumbum, el Cojo Farina, la Mónica y el Magistral Cabrera, entre otros muchos– que anticipaba, por ejemplo, como La Barrosa, entonces un “mar entre pinares”, está llamada “a transformarse en el mejor y más sensacional lugar de veraneo del sur de España en todas las estaciones del año”.

En ese libro –hoy además un evidente testimonio antropológico sobre una ciudad, la del 1970, quizás ya inexistente–, Félix escribió un breve esbozo biográfico del poeta Antonio García Gutiérrez, en el que reivindicaba el traslado al centro del monumento al autor de “El trovador” –entonces en la barriada de El Carmen– y, sobre todo, señalaba como colofón: “El hijo más preclaro que ha tenido la ciudad, bien merece que sea honrado y recordado por todos sus paisanos con la dignidad y el fervor que se merece. Muchos pueblos con figuras menos preeminentes se han volcado el doble. Chiclana le debe un homenaje a tan preclara figura de las letras españolas que Dios quiso naciese en su término”. Entonces no sabía el propio Félix Arbolí que él mismo iba a tener un papel extraordinario, imprescindible, en la memoria, la reivindicación y en la justicia histórica con García Gutiérrez. Me lo contó un día en el café Gijón, luego, con más detalle, en su casa de la calle General Ricardos, y luego tuvo la oportunidad de recordarlo en el Bicentenario en una conferencia del Ateneo de Chiclana. Gracias –y aún debemos de seguir dándole las gracias una y otra vez más– a Félix Arbolí los restos mortales de García Gutiérrez pasaron en Madrid de una tumba olvidada en el cementerio de San Lorenzo al Panteón de Hombres Ilustres del cementerio de San Justo, en el lugar exacto que debe ocupar en la historia del Romanticismo y de la literatura española: junto a José de Espronceda, al lado de Mariano José de Larra.

Tras la conferencia en 2013 en el Ateneo.
Foto: Revista Puente Chico.

La historia más o menos, con su intriga y su investigación en la Hemeroteca Nacional incluida, vino a ser así. “Me invitaron a dar una conferencia en el desaparecido Club Pepe Gallardo, en la calle Vega esquina a la Alameda, precisamente sobre García Gutiérrez por lo que yo había escrito”. Era 1974, y entre otros datos, Félix Arbolí había reseñado en su libro que el autor de “Simón Bocanegra” había sido enterrado “en la Sacramental de San Lorenzo, en un nicho vecino al del eminente dramaturgo don Eulogio Florentino Sanz”. Él recordaba cómo “alguien me preguntó si sabía en qué nicho y por qué no se traía a Chiclana”. Félix contestó que no lo sabía, pero que iba a investigar. A la vuelta a Madrid, se refugió en la Hemeroteca Nacional, entonces en la calle Magdalena, y comenzó a consultar periódicos y periódicos de la época. Hasta que en “La Ilustración Ibérica” encontró una crónica firmada por Fernanflor, heterónimo del periodista Isidoro Fernández Flórez, en la que culmina su necrológica de García Gutiérrez con la pista definitiva: “Ayer se le dio sepultura en el cementerio de San Lorenzo, patio de San José, fosa núm. 97. Allí está su cuerpo; su alma, en sus obras”. 

Y ahí se fue. “Pero en el cementerio nadie sabía donde estaba esa tumba. Así que le di 500 pesetas al guarda y le prometí otras 500 si encontraba el enterramiento”. A los pocos días, volvió y aquel guarda le llevó frente a García Gutiérrez. Ahí comenzó una frenética carrera, reuniones, súplicas, compromisos, por sacar de ese anonimato aquellos restos y llevarlos, no a Chiclana, sino a donde debió ser trasladado cuando en 1902 se inauguró el Panteón de Hombres Ilustres de la Asociación de Escritores y Artistas Españoles. Con la colaboración del Marqués de Lozoya, que entonces presidía dicha asociación, y del entonces Ayuntamiento de Chiclana, con el alcalde Carlos Bertón al frente, consiguió que García Gutiérrez compartiera tumba con Espronceda. A ahí está desde entonces. Exactamente donde debe de estar.

Félix Arbolí es, fue, será mucho más. No solo por su vinculación a García Gutiérrez –realizó también una intensa búsqueda de libros sobre García Gutiérrez para la Biblioteca Municipal, entre otras tareas–, sino por todo lo que fue: periodista, escritor, padre, honesto, chiclanero ante todo. Otros pueden hablar más y mejor sobre su legado. Ha muerto con 84 años y el mismo inquebrantable amor por su ciudad que siempre profesó. Su memoria merece una calle, al menos, y que nunca dejemos de darle las gracias.


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OTRA VISIÓN INGLESA DE LA BATALLA DE LA BARROSA | Laurel y rosas (80)

El escritor Alexander Dallas según la litografía de Richard James Lane. Foto: Fernando Durán


JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | DIARIO DE CÁDIZ

Hace unos pocos meses, el profesor Fernando Durán López –sin duda, el que mejor ha estudiado la batalla y su contexto– publicó un documento de lectura obligatoria: “Guerra y pecados de un inglés en Cádiz (1810-1813). Fragmentos de la autobiografía de Alexander Dallas”. Nos interesa el escritor e hispanista Alexander Dallas por varias cuestiones, más allá de que fuera el verdadero autor de la novela “Vargas” (1822), que hasta ahora era atribuida a José María Blanco White. Más allá de que se ordenara sacerdote anglicano, y de que esa “imagen de activista religioso extinguió cualquier rastro de su pasado «español» y sus veleidades literarias”, como explica Durán. Nos interesa Dallas porque “estuvo destacado con el ejército británico en Cádiz, como oficial de intendencia, entre agosto de 1810 y agosto de 1812” y porque escribió “una autobiografía espiritual”, casi cincuenta años después de “su experiencia como soldado en España, que es entendida como una época de extravío y mundanidad”, como la califica Durán. Nos interesa Dallas porque acompañó a la expedición de sir Thomas Graham, como escribe él mismo, a “la batalla de la Barrosa, en la cual se exhibió de forma gloriosísima el valor de los soldados británicos”.

La batalla de la Barrosa, ya lo saben, es la denominación que los británicos otorgan a la Batalla del 5 de marzo de 1811. La historiografía militar española, en cambio, la describe como “batalla de Chiclana” o “batalla de los campos de Chiclana”. E incluso, como también hacen los franceses, recibe la denominación de “batalla del cerro del Puerco o de la Cabeza del Cerro del Puerco”. Tantos nombres como versiones hay aún de la batalla en la que los británicos vencieron en minoría a las tropas del general Victor sobre la misma playa de La Barrosa, pero que no logró el objetivo de “levantar el asedio de Cádiz mediante un ataque por tierra sobre los franceses”, como recuerda el propio Dallas. El escritor transcribe en su autobiografía una carta “que escribí a mi hermana inmediatamente después de esta batalla en 1811” para proporcionar, cita, “pormenores tanto en lo que respecta a mí como a los sucesos históricos”. Esa carta también ha sido traducida por el profesor Durán: “El resultado ha sido muy glorioso para el renombre de los británicos y muy ignominioso para el de los españoles; y aunque las ventajas obtenidas han sido relativamente insignificantes o nulas, es muy probable que te vayas a alarmar cuando lo leas con los clarines de los periodistas proclamando la victoria de Sancti Petri, o la victoria de la Barrosa, según tengo entendido que van a llamarla”.

Mapa británico que describe la batalla.

Dallas prosigue narrando el derrotero de la expedición —zarpó de Cádiz el 21 de febrero y desembarco en Algeciras el 23 y en marcha hacia Tarifa, Casas Viejas, Vejer, Conil– hasta llegar “a un cerro a dos millas de Sancti Petri”, que podemos identificar como la actual Loma del Puerco, en donde disfruta “con las vistas de Cádiz y la Isla que se desplegaban ante nosotros, con Chiclana a nuestra derecha, o más bien el Pinar de Chiclana, que es un bosque muy tupido que la rodea por completo, y a la izquierda la Vigía de la Barrosa, una torrecilla que se alza junto al mar”. Es decir, la torre del Puerco, que en abundantes mapas de la época aparece nominada como torre de La Barrosa, de ahí que los británicos le dieran ese nombre a la batalla, más que por la playa. Dallas debe volver a Conil a procurarse “carne salada de los buques fondeados en la bahía y llevársela al ejército lo antes posible”. En ese ir y venir sucede aquel cruel enfrentamiento en el que los británicos perdieron 1.138 hombres entre “muertos, heridos y extraviados” y los españoles, 300. Los franceses, “de 3.500 hombres para arriba, entre muertos, heridos y prisioneros”, recuenta Dallas. “Los despachos te darán un relato más particular de las menudencias de la batalla –le dice a su hermana Georgiana—; a mí me basta con decir que algunos viejos oficiales que habían estado en las más famosas acciones me han aseverado que nunca vieron otra tan cruda, u otra en que el valor de los soldados británicos fuese más sobresaliente”.

Las tropas francesas huyeron hacia Chiclana y se fortificaron aún más en torno al cerro de Santa Ana, mientras que Lapeña y Graham –que no se tragaban el uno al otro y se acusaban mutuamente de traición– desde la Casa del Coto preparaban el ataque hacia la villa. Nunca se produjo. Esa misma noche, la Regencia ordenaba a los españoles poner rumbo a Cádiz a través del puente construido en Sancti Petri. Pero Dallas sí que pisó Chiclana poco después de que los franceses la abandonaran el 25 de agosto de 1812. Su testimonio es, más que interesante, sobrecogedor: “También fui a Chiclana, su cuartel general, y muy cerca del escenario de la gloriosa batalla de la Barrosa. Está terriblemente destruida; las casas de las personas que se habían ido a Cádiz ya no tenían forma de casas; las de quienes se quedaron las habían tratado bien y algunas ni las tocaron. Fuimos allí con un grupo grande de señoras y caballeros y mientras descansábamos, me entretuve hablando con un chiquillo que nos había traído agua. Me dijo que los franceses habían ahorcado a su padre por no entregarles algo de trigo que tenía y poco después su madre había muerto de hambre. ¡Qué situación más horrible! ¡Qué atrocidades han cometido esos hombres!”. La guerra, todas las guerras.

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domingo, 5 de marzo de 2017

SABER AMAR EL CASTILLO DE SANCTI PETRI | Laurel y rosas (79)

Imagen del Castillo de Sancti Petri desde la playa de La Barrosa. Foto: Ayuntamiento de Chiclana-Oficina de Turismo

JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | DIARIO DE CÁDIZ

Olas que abatían con tanta rabia que cubría, incluso, la batería de la Avanzada, lluvia inmisericorde, truenos que amenazaban con despertar al mismísimo Hércules, conmoción, hasta terror debió sentir la guarnición del castillo de Sancti Petri hace justamente 150 años. Un temporal furibundo atacó y azotó el islote y la ensenada. Los daños en el castillo, que había sido la llave que protegía la Bahía y ya había venido a menos asentada la paz europea, fueron notables. Pocos días después, el 28 de febrero de 1867, el último capitán de la guarnición, Juan Manuel Lumbrera, “pide a sus superiores la cantidad de 4.070 escudos para poder acometer obras de urgencia en el castillo”, según narra el ingeniero José Martín-Caro. Nunca recibió el dinero, aunque sí la orden de abandonar el castillo. Comenzó la reciente historia del abandono –también– de un edificio que desde mediados del siglo XVI fue construyéndose primero como torreón, después como fuerte, más tarde ampliado a castillo, para la defensa de la ciudad de Cádiz y que había heredado la leyenda del templo de Melqart, del Hércules Gaditano, de Gadir, de Gades y ese “non plus ultra” tanta veces citado. Y aún se esconde bajo la piedra ostiones del islote y el arrecife.

Aposentado en la batería alta, la inmensidad del mar abierto impresiona como debió de hacerlo a los soldados –históricamente, hasta el siglo XVII, la guarnición del castillo era financiada por el Concejo de Chiclana– que desde la garita vigilaban los barcos que navegaban rumbo a Cádiz por si venían piratas o ingleses. Aún hoy se siente esa solitud, ese desamparo, si uno mira al frente y se deja mecer por el ritmo de las olas rompiendo en el arrecife. Ese mismo arrecife por el que los romanos abrieron la calzada que conducía a Gades, y de la que desde aún puede verse, clara, nítida, tan cerca, la ciudad de Cádiz. Una de las visiones más impresionantes –y aún más de noche, con el mar y el corazón en calma– es cuando uno se aposenta en la batería alta, y ve la banda luminosa de una ciudad atracada en medio del océano. Lo mismo, al revés, que desde el castillo de San Sebastián –en la playa de la Caleta– los días claros es perfectamente visible en línea recta el fulgor del castillo de Sancti Petri. 

Imagen aérea del castillo tras su restauración. Foto: Mapama.

Pero el paisaje es también notable, hermoso, si desde la batería circular que da a la punta del Boquerón –seguramente, la más antigua– aquellos soldados aposentados en la garita observaban la marisma y el misterio, el culebreo del caño Sancti Petri, los esteros, el aleteo de las albinas brillando al sol, las avocetas levantando el vuelo, el flamenco pintando de rosa el horizonte. “Su importancia va más allá de los restos monumentales ya que está integrado en un espacio natural de indudable valor”, apunta, y acertadamente, el ingeniero José Martín-Caro, que fue uno de los responsables de la rehabilitación del Ministerio de Medio Ambiente en 2011. El islote –con su castillo y su historia– forma parte del Parque Natural de la Bahía de Cádiz, y da igual si en Chiclana o en San Fernando, su perfil, su estampa, su memoria, forma parte de la identidad de un espacio singular, de un paisaje único, sea contemplado desde Camposoto o la punta del Boquerón, desde Sancti Petri o La Barrosa. Debe ser el icono de Chiclana –y de San Fernando, de Cádiz mismo– porque entre sus muros se respira la historia, la identidad, la cultura, el espíritu, de cuanto somos. De cuanto seguimos siendo.

Ya durante la denominación árabe –según Dikr– en es islote subsistía un castillo, literalmente lo dice, llamado Sancti Petri. “Junto a él había una iglesia muy venerada por los cristianos, comunidad que desaparece por completo en estos años de tierras gaditanas ante la persecursión almohade, pasando el último obispo asidonense a Toledo”, según el relato del catedrático Rafael Sánchez Saus. Aquella abandonada iglesia dedicada a San Pedro era el vestigio religioso y social que en ese siglo XI quedaba de la fascinante historia del templo fenicio de Melqart que los romanos adoptaron como Hércules Gaditano. Pero leyenda o no –que no lo es–, el castillo por sí mismo, con su historia indudable desde que a mediados del siglo XVI el almirante genovés Benedetto Zacaría construyera el actual torreón, es un patrimonio histórico de primer orden, multiplicado por el patrimonio medioambiental y paisajístico. 

Todo esto lo digo, o lo recuerdo, porque la memoria sentimental de muchos chiclaneros está atada al castillo y al verano, a La Barrosa con el castillo abrazando el horizonte, a ese orgullo con el que navegas hacia sus piedras para mostrarlo, para narrar la historia inolvidable de un espacio que acumula la serenidad y la sabiduría de los siglos. Y ahora que la Junta de Andalucía tiene sobre su mesa la concesión de la explotación turística del castillo y el islote tenga en cuenta –al igual que las empresas que aspiran a gestionarlo– qué tiene en sus manos. Y que todos aquellos que aún no lo conocen, vayan, disfruten, lo enseñen porque “saber mirar, es saber amar”, que decían en “Canción de cuna”, la película de José Luis Garci. Y lo que uno ve desde el castillo es nuestra esencia. De ahí venimos.

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miércoles, 8 de febrero de 2017

PEDRO SALADO, MISIONERO Y EJEMPLO | Laurel y rosas (78)

Momento de la inauguración del monumento en la Plaza de Jesús Nazareno. Foto: Sonia Ramos/Diario de Cádiz

JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | DIARIO DE CÁDIZ

La mayor desgracia para un misionero es que se hable de él. Porque solo nos acordamos de ellos -de todos los que entregan su vida al próximo allá donde se les necesite- cuando mueren. Porque cuando muere un misionero lo hace envuelto en tragedia. Tragedia que suele ser heroica, porque su vida, su entrega a los demás, su testimonio, también lo es. Es lo que nos sucede con Pedro Manuel Salado de Alba, el hermano Pedro. Pedro, sencillamente, para Pilar, esa madre que tanto lo echa en falta, para la calle Francisco Ignacio en la que nació, en el Barrio Nuevo donde creció siempre con su guitarra y su timidez. Pedro, únicamente, en el colegio del Castillo y en aquel movimiento catecumenal que se llamó Jena -siglas que mostraban abiertamente a Jesús de Nazaret- y que el hermano Diego Apresa creó en el colegio La Salle con las puertas abiertas para quien quisiera entrar.

Pedro, también, en el coro de la Iglesia Mayor, en el que se mostraba transparente y humilde. Pedro, por supuesto, en el instituto Poeta García Gutiérrez, en el que siempre estaba dispuesto a ayudar y a convencer con sus pocas palabras y sus muchos ejemplos. Pedro, sobre todo, en el Hogar de Nazaret, a donde acudía a cantar, a jugar, a hacer feliz a los niños más necesitados. "Era un niño muy humilde, con poco se conformaba y cuando veía que algún otro niño necesitaba algo que él tenía se lo daba". Es como lo recuerda su madre, Pilar, que desde hace cinco años, desde que Pedro murió en la playa de Atacames, en Ecuador, lleva la cruz de madera con la que se dejó la vida salvado a siete niños de las aguas furiosas del Pacífico.

"Me gustaría que se le recordara como una persona, una persona que lo que ha hecho por los demás muy poca gente está dispuesta a hacerlo en su vida", dice Pilar. "Era humilde, sencillo, caritativo, de espiritualidad profunda, alegre, siempre atendiendo a los niños", lo recuerda el padre Cristóbal, que estuvo a su lado el Hogar de Nazaret de Quinindé, la ciudad donde Pedro llevaba destinado desde 1999. Desde hace cinco años, desde aquel 5 de febrero de 2012 en el que murió ahogado y exhausto sobre la playa después de rescatar a Ashly, a Zairo, a Alejandro, a Selena, a Alberto, a Jairo, a Elkin, a los niños que le llamaban "Papi Pedro", el recuerdo de Pedro Salado lo ocupa su muerte. "Murió como vivió, dando su vida por los demás", añade Pilar a la puerta de San Telmo, donde acude cada día al recuerdo de Pedro y en cuyo tablón se ve una estampa de Pedro y sus niños, de ese Pedro mártir que desde el Hogar de Nazaret se va a promover para su beatificación.

Pedro Salado en Ecuador. Foto: Obispado de Córdoba

Pero el ejemplo de Pedro, del Pedro hijo -el tercero de seis hermanos-, del Pedro chiclanero, del Pedro católico, incluso del Pedro que profesaba en la Familia Eclesial del Hogar de Nazaret, del Pedro que recuerdan todos quienes le conocieron, estaba en su vida. En su sencillez, en su bondad, en su desapego a todo lo material y su entrega absoluta al próximo. Era así desde niño y así fue su entrega a la fe desde que con 19 años dejó Chiclana para ingresar en el noviciado del Hogar de Nazaret en Córdoba. En esa humildad que profesaba con una sencilla confesión: "Yo solo sé tocar la guitarra". Todo el que le conoció le recuerda exactamente como lo hace su madre: "Y qué bien tocaba la guitarra -señala Pilar-. Pero lo tenía claro desde muy pronto, su vida era la entrega a los niños, a los demás, a Dios. No fui nunca a Ecuador, pero allí lo quería mucho". A Pedro todos los querían mucho. En todas partes. 

"Apocado, sin muchas palabras, honesto, sencillo, apenas se dejaba notar. Pero lo dejaba todo para ayudar a quien lo necesitara". Ese es el testimonio que da todo aquel a quien se le pregunta. Unánime y sencillo. En Chiclana, en Córdoba y en Quinindé. Desde hoy -desde esta tarde a las seis- a Pedro, con dos niños a su lado, sencillo y en vaqueros, con su cruz al pecho, nos lo encontraremos en bronce en la Plaza de Jesús Nazareno, en una talla del escultor José Antonio Barberá: "No lo conocí, pero para mí es un héroe. Es indudablemente un orgullo tener la oportunidad de modelar y expresar mediante la escultura a un héroe". Cuando pasemos por su lado, podremos fijarnos en esa cara alegre que siempre tenía Pedro, feliz de estar con sus niños y darle una mejor vida, pero a la vez, si nos fijamos, veremos ese recelo que todo padre siente a estar con sus hijos, el recelo que mana de querer protegerlos, de la angustia de qué será de ellos. El recelo que aprendió de Pilar, su madre. Amor, sencillamente.

Es el mejor testimonio del hombre que le dio su vida a los niños. Quizás es más necesario que nos quedemos con esa vida: con su humildad, con su entrega, con su oración, con su silencio. Con el ejemplo del hombre nos basta. A los santos los vemos como inalcanzables, pero el verdadero ejemplo lo dan quienes nunca sintieron que hacían nada extraordinario. Pedro era así: vivió como sentía que debía hacerlo, para él era lo natural, lo normal, lo necesario. No le habrían gustado ni monumentos, ni medallas, ni beatificaciones, ni artículos. Pero está de nuevo entre las calles de Chiclana, cerca del Nazareno, para que no miremos hacia otro lado.

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