lunes, 5 de febrero de 2018

"LA CHICLANERA", LA ZARZUELA PERDIDA | Laurel y rosas (104)



JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | DIARIO DE CÁDIZ

Meses atrás dije aquí mismo que “no sabemos” por qué en “La verbena de La Paloma” (1894), tan castiza, tan madrileña, incluyen Ricardo de la Vega y Ruperto Chapí ese homenaje a Chiclana en forma de soleá, entonada en el café de Melilla: “¡Ay! En Chiclana me crié,/ que me busquen en Chiclana/ si me llegara a perder”. Hoy puedo dar una respuesta, y creo que definitiva: es un homenaje a otra “zarzuela chica” de notable éxito entonces, titulada “La Chiclanera”, y que, además, transcurre íntegramente en Chiclana. Aquella cantaora sobre el escenario del café de Melilla, a la que jalean por todo lo alto, no tiene nombre en el libreto. Pero el público madrileño sabía que era Soledad la Chiclanera, protagonista de ese “juguete cómico lírico” tan desconocido hoy, pero tan aclamado a finales del siglo XIX. Y lo sabían porque todo el mundo había visto “La Chiclanera”, ya que permaneció más de cuatro años de manera consecutiva en la cartelera tras su estreno en el Teatro Variedades la noche del 22 de diciembre de 1887. 

El libreto de “La Chiclanera” lo firmó el “aplaudido” dramaturgo, actor y empresario gaditano Eduardo Jackson Cortés y la música la compuso el “reputado” maestro Manuel Fernández Caballero, hoy reconocido apenas por “El dúo de la Africana” (1893). Al público de “La verbena de la Paloma” le debía resultar tan evidente el homenaje a “La Chiclanera” que lo rodea de guiños, por si aún “el Chiclana me crié,/ que me busquen en Chiclana/ si me llegara a perder” no era lo suficientemente claro. Y además estaba el reparto: la actriz que encarnó a Soledad la Chiclanera en su estreno –y durante aquellos años– fue la gran Leocadia Alba, que en “La verbena de la Paloma” hacía de Señá Rita, tabernera y sensata madrina del joven Julián. Papel que a su vez interpretaba Emilio Mesejo, el mismo actor y cantante que llevaba años haciendo de Angelito, el protagonista de “La Chiclanera”, junto al Don Casto que interpretaba su propio padre, José Mesejo. 



Los guiños, decía. Primero: el hecho de que se cante una soleá. Segundo: que entre los piropos que le lanzan a la cantaora el más elocuente es “morena barbiana”, o sea, desenvuelta y gallarda. Lo sé porque una “soleá” es lo que interpreta La Chiclanera al inicio de su zarzuela: “Yo soy la torera, la chiclanera, la moza rumbosa, barbiana y juncal, yo quiero jaleo, yo quiero trasteo…”. Y ser capaz de cantar por soleá –además de bailar y de poner una banderilla si llega el caso– es lo que le pide a su pretendiente. Lo sé, claro, una vez que he tenido la posibilidad de leer –y disfrutar– “La Chiclanera”, partitura con la que di casualmente en la Biblioteca Nacional.

Ya entramos en el argumento de esta zarzuela en un acto. Lo transcribo de la crítica del periódico “La Iberia” al día siguiente del estreno: “Sí, señor. La Chiclanera es una barbiana, hija de un torero que murió a resultas de una cogida”, comienza. “¿De un toro? No, señor; de una vaca escapada de un corral –y prosigue–. ¡Lo que es la fatalidad! Estaba predestinado a morir de una cornada y, ya que no de un toro, la recibió de una vaca”. Soledad, es su hija y se queda huérfana. “Quedó sola en Chiclana –dice el crítico–; y para no entristecerla, ninguno de los que la conocían la llamó desde entonces por su nombre: llamábanla Chiclanera”.


“En una casita que su padre le había dejado vivía Soledad –continúa–, rodeada de flores, sin más compañía que la de sus propios recuerdos, cuando un día se le presentan dos sacristanes, joven uno y viejo el otro, a darle la noticia de que acababa de morir en Madrid un tío suyo, dejándola en herencia 10.000 duros”. Y ahí está estalla la comedia. Los dos, Angelito y don Casto, sacristanes de Lavapiés, se enamoran de Soledad.

“Pero la Chiclanera, que es buena, porque sí, y porque lo heredó de su marecita, y que sabe también cuan triste es vivir solo, no quiere que don Casto se aburra y le obliga a vivir en su compañía y en la del que fue su pupilo”, revela “La Iberia”, que calificó de “gran éxito” el estreno. “El público que había hecho repetir el dúo de los sacristanes y que aplaudió los chistes de que está salpicado, no quiso retirarse del teatro sin saludar a los autores, y éstos se vieron obligados a presentarse por tres veces en escena, acompañados do la señorita Alba y de los señores Mesejo, padre e hijo, que interpretaron a maravilla sus papeles”.

Aunque tuvo, también, críticas negativas. “La Época” dice que es “una obra más de tantas como se estrenan y caen justamente en la fosa común a los pocos días de ser representadas, sin que nadie se acuerde de resucitarlas”. Pero la crítica no es ciencia, sino gusto. En “La República” la apreciaron más: “Chistes abundantes y apropiados al texto, música bonita y agradable. ‘La Chiclanera’ gustó mucho y durará bastante tiempo en los carteles”. Así será, cuatro años después el “juguete flamenco” seguía en la cartelera madrileña. Aunque irá alternando escenarios: del Teatro Martín al Príncipe Alfonso, del Felipe al Apolo, siempre de la mano de la gran Leocadia Alba. Pero ahora sí que habrá que resucitarla.

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lunes, 22 de enero de 2018

UN "TUTO" DE 50 AÑOS... | Laurel y rosas (103)

Una de las aulas del Bachillerato de Artes, incorporado en los último años. Foto: Puente Chico


JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | DIARIO DE CÁDIZ

Hace cincuenta años, en el mayo del 68, cuando en París los estudiantes descubrían que debajo de los adoquines era donde estaba el futuro, Chiclana veía nacer su primer instituto de secundaria. De alguna manera, encontramos nuestro propio “mayo francés”, la revolución de la educación, con aquel advenimiento del primer centro de secundaria. Claro que entonces no era aún un Instituto de Bachillerato, porque hasta 1974 no obtendría ese rango y el nombre afortunado de “Poeta García Gutiérrez”. Nació como sección agregada del gaditano Instituto Columela y, según Quino García –tantos años director y memoria viva del “Tuto”, como pronto se le llamaría–, con únicamente 50.000 pesetas de presupuesto, oficialmente, para “gastos de calefacción” en un edificio recién construido en una finca municipal a la sombra mismo de la ermita de Santa Ana, donde todavía está. Y echó a andar milagrosamente, sin bancos, sin pizarras y sin profesores. Eso, sí, 160 alumnos fundadores –previo viaje a Cádiz para matricularse– de ese privilegio, o llamémosle orgullo, que ha sido, es, ser alumno del “Poeta”, requiebro nominativo más moderno y de grata popularidad.

Al frente –y a contracorriente– ya estaba el pertinaz José Antonio Rubio: “En los primeros años yo hacía las veces de director, jefe de estudios, secretario… y de milagro no hice de limpiadora”. Rubio recurrió a los pocos universitarios de aquella Chiclana, los médicos, para esbozar un mínimo profesorado. En aquel curso inaugural que se inició el 14 de octubre de hace ya medio siglo estuvieron Blas Meléndez o Eugenio García, por ejemplo. O sacerdotes, como Emilio López. El “espíritu nacional” obligaba a dividir esas primeras clases los cursos por sexos –incluso a diferentes asignaturas– mientras se aprobaba el primer presupuesto para mobiliario, llegaban interinos y comenzaba a sembrarse, rápidamente, la “voluntad de saber”. Tan rápidamente que al curso siguiente, el 69-70 nace también el turno de noche con 58 alumnos, ese prestigioso “nocturno” que ha sido una de las grandes aportaciones –ciertamente valerosas– a una ciudad en la que, mayoritariamente, un adolescente era ya un trabajador, hoy diríamos “emprendedor”. Pasa entonces a depender del Instituto de Bachillerato Isla de León, para, cuatro años después, alcanzar la “independencia”, consolidado ya con cuatrocientos alumnos. Uniformados, por cierto, de camisa blanca, jersey azul y gris el pantalón –ellos– y la falda, obligatoria, para ellas.

Fachada del "Poeta" en la actualidad: Foto: Diario de Cádiz 

Hasta hace cincuenta años, hasta que el “Tuto” vino a abrir caminos y conciencias, Chiclana, era una ciudad en la que estudiar fuera –aunque fuera el bachillerato, no digamos ya una carrera universitaria– era inasumible por la mayoría de las familias y, dentro, ni se planteaba. Habría, acaso, cinco o seis “bachilleres”. Pero la instauración de aquel primer curso de Bachillerato en 1968 tuvo un rápido eco: supuso una ventana a la cultura, a la modernidad, que rápidamente arraigó porque, además, el país también se transformaba. Así que en 1974, puesto a buscar un nombre, no había hijo predilecto más ilustre que Antonio García Gutiérrez. Ese mismo año el consistorio chiclanero con Carlos Bertón como alcalde –y la voluntad inquebrantable de Félix Arbolí– había conseguido el traslado de los restos mortales del autor de “El Trovador” desde el anonimato de la sacramental de San Lorenzo, donde fue enterrado a su muerte en Madrid en 1884, al “Panteón de Hombres Ilustres” del cementerio de San Justo. Y, por supuesto, el director no podía ser otro que José Antonio Rubio. Le siguieron Guillermo Alonso del Real, Dolores Granja, José María Ruiz y José Antonio Aguilar, que con Quino García como jefe de Estudios, pilotaban ya en 1984 –cuando yo llegué como pipiolo, todavía inocente– aquel gran buque que seguía siendo entonces el único instituto de bachillerato. El Pablo Ruiz Picasso, inaugurado esos años, solo impartía Formación Profesional. El “Tuto” sumaba más de mil cien alumnos y contenía once primeros de Bachillerato. Los hijos del “baby boom” llegamos al asalto…

A veces recuerdo aquellos años como si fuera otro yo el que cruzaba aquel cerro calizo y entraba en un mundo nuevo, efervescente, festivo y apasionado. Era la adolescencia, sí, pero también aquellos tumultuosos pasillos, la campana de Andrés, el bocadillo de tortilla del bar de Antonio, Ángela Nicolás impartiendo Lengua y orden, la vocación de Esperanza Añino, el “día de la Barrosa”, las clases de arte de José Antonio Aguilar –alias “Mijita”–, Juanita en la pecera de Administración, el teatro y las “gymkanas”, aquella pista de baloncesto para intrépidos. Ahí llegamos como estudiantes y nos fuimos con amigos –hermanos, incluso– inquebrantables, a los que la distancia y la universidad separó en su mayoría. Pero no nos olvidamos unos de otros, ni de aquellos años entrañables. Ya habrá tiempo –de nombrarlos y rehabilitarlos–, solo pretendía apuntar que queda todo un año para que los hijos del “Poeta” alcemos la voz, recordemos y agradezcamos, que todo comenzó hace medio siglo. Incluso habrá que reencontrarse para hacerlo juntos y hasta celebrarlo.

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viernes, 12 de enero de 2018

Hace sesenta años... Martín Gaite irrumpe "Entre visillos"



JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | VIDA NUEVA

En 1958 fue, sin duda, el año de la definitiva irrupción de Carmen Martín Gaite (Salamanca, 1925-Madrid, 2000) en la agreste literatura española. Con la inolvidable Entre visillos –su primera novela–, Carmiña obtenía el Premio Nadal y reafirmaba su decisión “de seguir escribiendo siempre”. Aunque ya había ganado el premio Café Gijón en 1954 con el libro de relatos El balneario (Editorial Clavileño, 1955), el eco de Entre visillos da a Martín Gaite un pródigo reconocimiento. Ya habitaba en ella esa voz que, a la postre, se convertiría en una de las grandes narradoras del siglo XX, con novelas fundamentales como El cuarto de atrás (Premio Nacional de Narrativa, 1978), Caperucita en Manhattan (1990), Nubosidad variable (1992), La reina de las nieves (1994) o Irse de casa (1998). Ya contenía Entre visillos –publicada a principios de 1958 por la editorial Destino– esa magia verbal con la que, más que contar, dialoga con el lector. Ese lenguaje siempre grácil, vivísimo, natural, que despliega toda su narrativa. Y en esa novela habita, por supuesto, algunos de los fabulosos personajes –la adolescente Natalia, el profesor Pablo Klein– en los que Martín Gaite descarga lo que podríamos denominar “una intimidad de ecos colectivos”; que, en cierto modo, define toda su carrera literaria, del cuento al ensayo, de la poesía al teatro, de sus cartas a las novelas. Una intimidad de mujer que rompe prejuicios y abate convenciones en una España todavía obcecada. 

Cuando culmina Entre visillos, Martín Gaite tenía treinta y dos años. Aún estaba casada con Rafael Sánchez Ferlosio. Era entonces un tiempo, en lo personal, de angustias. Había fallecido su primer hijo, Manuel, con solo seis meses. Nació Marta. Comenzó a escribir la novela a principios de 1955, a partir de un amplio relato, La charca, que es realmente su primer borrador. Y la acabó en septiembre de 1957, apenas días antes de presentarla al Nadal, por entonces aún un galardón para descubrir talentos y lanzar carreras literarias. Le había sucedido a Carmen Laforet (1944), a Miguel Delibes (1947) o al propio Sánchez Ferlosio (1955), su marido, que lo ganó con El jarama. Ni a él –se separaron en 1970, cuando él se marchó de la casa de Doctor Ezquerdo– le dijo siquiera que iba a concurrir al prestigioso premio. Siempre proyectaron en soledad sus deslumbrantes trayectorias. Ambos se consignan bajo ese calificativo confuso de “los niños de la guerra”, ambos pertenecen a la denominada Generación del 50 –junto a Ignacio Aldecoa, Jesús Fernández Santos, Ana María Matute y Josefina Aldecoa, entre otros–, ambos conquistaron el territorio de la novela realista, pero son –y sus obras lo demuestran– antagónicos.

En este 1958 en el que Entre visillos abre las puertas del éxito a Martín Gaite la epopeya personal de la autora –y el matrimonio–, se entremezcla con la ansiedad por la España que habita y con el malestar por el papel constreñido al que se reduce a la mujer. Carmiña vive en Madrid, y ahí en la capital escribe, sufre, sueña. El escenario “provinciano” en el que se desarrolla Entre visillos –no la nombra, pero es la ciudad de Salamanca– es una fotografía de las angosturas que cohíben a las mujeres, a los jóvenes, para configurar sin ataduras su propia vida, su inminente futuro. Pero a la vez es también una metáfora de una España que explora los límites de la libertad. Es, sí, una novela realista, como se ha persistido en describir; pero esa definición, así dicha, la deforma. A través de los visillos, la mirada es siempre irreal, porque se otea desde dentro, desde la intimidad, desde los sueños. Esperando el porvenir.

Ver en VIDA NUEVA. Nº 3.065. 6-12/01/2018. Cultura.

lunes, 8 de enero de 2018

EL CHICLANERO, HÉROE TRÁGICO | Laurel y rosas (102)



JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | DIARIO DE CÁDIZ

Hubo un tiempo, a mediados del siglo XIX, en el que Chiclana no era más que torería y romanticismo. La grandeza de Paquiro y el arrojo del Chiclanero resonaban tarde tras tarde en el coso y en Palacio, en la prensa y en las tabernas. En las de Madrid, y también de Bilbao a Sevilla. José Redondo, discípulo de Francisco Montes y rival de Cúchares, lució ese apodo de Chiclanero porque la fama de la Villa ya era grande y daba cartel. Luego ya se fue encargando con bravura, con desatado garbo, con ese volapié que las crónicas juzgan de inigualable, de asombrar a los aficionados. “Oiga usted, señor Paquiro/ dígale usted al Chiclanero/ que para matar un toro/ no sea tan pinturero”, compuso –y escribió– el maestro Sebastián Iradier en la “Jota del Chiclanero”, que fue célebre como el torero, a juzgar por lo que afirmó muchos años después Pío Baroja. En los salones y los teatros la cantaban Concha Méndez, Rosita Serrano, Madame Bossio y Didier Ronconi, que popularizaron las canciones de Iradier, como también hicieron con “La Paloma” y esa habanera, “El arreglito”, que Bizet hizo suya en la ópera “Carmen” al son del “toreador”. Y mira si era torero El Chiclanero: “Curro Cuchares divertía, Chiclanero causaba admiración”, escribió Nestor Luján.

El Chiclanero toreaba –y vivía– con trazas de héroe trágico. A porfía por tarde ganó renombre, desde que comenzó a acompañar a Paquiro, a partir de una tarde en la que este le vio gañán y atrevido en una novillada, aquí mismo, seguramente en la plaza Mayor en 1838. Paquiro ya estaba en la cúspide del escalafón, y con él se llevó en la cuadrilla a aquel jovenzuelo “galán, afable y satisfecho de un público que no le escasea jamás sus justas cuanto entusiastas aclamaciones”, que es como le describían los periódicos. Ambos se llevaban trece años, pero Redondo era todo orgullo, valentía exacerbada, y apenas pudo soportar dos años a la sombra de Francisco Montes, aunque esta fuera de prestigio y renombre. Ahí sigue, no obstante: el Chiclanero está aún hoy, a punto de cumplirse el bicentenario de su nacimiento el 13 de marzo de 1818 –tres días antes de su bautismo en la parroquia de San Juan Bautista–, tapado por la fama infinita de Montes. Es ahora el momento de dejar que salga del burladero, se planté en medio del ruedo, y descubramos a ese chiclanero cabal, brioso, romántico, al que Solana, el pintor, y Azorín, el escritor, veneraban sin haberlo podido ver nunca torear. 

José Redondo, según Fernando Miranda. Fuente: BNE.es

Perseguían la memoria, el nombre del Chiclanero, clavado en la espada y en la leyenda. Redondo murió joven y tísico, apenas dos años después de Paquiro, su maestro y protector. Y lo hizo siendo la gran figura de esa temporada de 1853, año en el que falleció en una cama de su casa de Madrid, en la calle del León, número 24, junto a la que fue de Cervantes –y en donde encontró la muerte también el escritor–, frente al convento de las Trinitarias. Esa misma tarde debía estar toreando en la Puerta del Alcalá, que es donde estaba el coso madrileño. Y dice la crónica que bajo su ventana vio pasar a la cuadrilla de Julián Casas, el torero que le hubo de sustituir ante el delirio y la fiebre con la que había llegado a Madrid. No soportó ese dolor. Solo tenía 33 años.

“Ayer a las cinco menos cinco minutos, falleció el célebre y tantas veces aplaudido lidiador José Redondo, el Chiclanero, cuyo acontecimiento, aunque esperado por lo grave del mal que tantos días ha estado sufriendo, ha llenado de sentimiento a cuantos le conocían y a los aficionados al toreo, que han visto desaparecer en la flor de su edad al mejor y más simpático de los lidiadores de estos tiempos. ¡Háyale Dios otorgado a su alma todo el bien que nosotros deseamos!”, publicó el 29 de marzo “El Enano”, único periódico taurino que entonces se publicaba en Madrid. Fue enterrado en el cementerio de San Luis el día siguiente, el 30, “ante una extraordinario concurrencia perteneciente a todas las clases sociales”, según describe el cronista Luis Carmena y Millán. Hubo aplausos y versos que recitó Antonio Guzmán Palughi: “Venid conmigo sus amigos fieles,/ seguidme todos los del pueblo ibero,/ a colgar en su túmulo laureles,/ a llorar en su tumba al Chiclanero”.

Tanto permaneció vivo su mito, que el periodista y académico José Ortega Munilla –el padre de José Ortega y Gasset– y su amigo Miguel Moya al elegir cabecera para el periódico taurino que crearon en 1875 en Madrid decidieron el que les parecía más torero: “El Chiclanero”. Apenas una década en los ruedos, dos siglos en la leyenda, un año para que aprendamos la profundidad de su huella, el tamaño de su leyenda, el excelso romanticismo que encarnó hasta en su muerte. Tanto que pervive, entre las brumas del olvido, como si fuera, en vez de un torero de leyenda, el personaje de un oscuro drama histórico de Antonio García Gutiérrez. “El Enano” lo retrata así en un poema “A la memoria de José Redondo, El Chiclanero”, publicado días después de aquel fatal 28 de marzo: “Tú, en gracia y garbo y sal, de tu maestro/ discípulo feliz: tú, el más querido./ Y en la sangrienta lid más aplaudido./ Y entre todos los diestros el más diestro”.

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jueves, 28 de diciembre de 2017

AQUELLA FELIZ NAVIDAD DE LA INFANCIA | Laurel y rosas (101)

Imagen del Nacimiento de la Asociación de Belenistas "María Auxiliadora" en la calle de La Vega. Foto: Diario de Cádiz

JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | DIARIO DE CÁDIZ

Una Navidad más, una nueva oportunidad para reencontrarnos con el niño que fuimos. La infancia recobrada e inocente. Aquel niño que correteaba cuesta abajo –lo veo ahora mismo– por el Cabezo y cruzaba la Plaza Mayor hasta Obispo Rancés, la calle del Matadero que aún decía –y dice– mi padre. Ahí vivían mis abuelos, Juan Rodríguez y Rafaela Sigüenza. Y allí tenían, nada más cruzar el soportal, el corral con las gallinas y aquella mula blanca que mi abuelo persistía en montar para ir y volver de la viña. Era ya el único. No recuerdo a ningún otro, sino solamente aquellas Mobylettes que con su cerón en el portante eran parte ineludible del paisaje rural y vitivinícola que aún era aquella Chiclana. En aquel corral, imaginaba por entonces que iba a nacer el Niño-Dios y me preocupaba porque faltaba el buey. Y esperaba esas mañanas, recuerdo, a Juan el Lechero, cuando subía con sus jarras con la leche fresca, para pedirle una vaca porque iba a nacer el Niño-Dios.

En mi casa no se ponía Belén, bastaba con un adusto árbol de Navidad y un Jesús Infante que mi madre colocaba en su cuna después de la Misa del Gallo. El Belén lo imaginaba en el corralón de mi abuela Rafaela, donde había un pesebre y sobraba la paja, y también esa fuente, con su abrevadero, que los hermanitos de La Salle decían que no podía faltar en ningún Nacimiento. Y por supuesto el pozo. Las estrellas no hacía falta buscarlas, porque aquel corral, que rememoro inmensamente grande, tenía solo algunas partes techadas para las bestias y el resto era cielo, era luna y era estrellas.

Esas Navidades todavía las recuerdo como un niño que vivía en la eternidad. En la infancia no existe las horas, ni los relojes. Es un tiempo infinito, en el que se suceden los días sin comprender muy bien por qué. Lo que sabía –lo poco que sabía entonces– es que con las vacaciones de Navidad vendría la fiesta, la alegre reunión de primos y tías, que concelebrábamos con mis abuelos, esta vez maternos: Paquita Ragel y Sebastián Rodríguez. En aquella casa de la calle La Gavia, que ya se debía llamar Churruca pero que la memoria sigue asociándola a aquel tiempo de luz, de familia y de villancico. No recuerdo ni qué se comía ni siquiera qué se bebía –el aroma dulce del anís, sí que lo huelo– , pero escucho los villancicos que mis tías cantaban una y otra vez, celebrando que la Virgen se está peinando entre cortina y cortina o que la Nochebuena se viene, la Nochebuena se va, y nosotros nos iremos y no volveremos más. Lúgubre sin duda para esa noche en la que nace la Luz. Y que el niño que fuimos no entendía, pero que hoy explica perfectamente esta conmemoración en la que los contrarios (Luz-Oscuridad, Cielo-Tierra, Divinidad-Humanidad, Nacimiento-Muerte) se unen y complementan como mensaje de Amor.

Un "San José" de la colección Basanta-Martín.

O aquellos peces en el río que bebían, sin saberlo entonces, del río de la vida, del Niño-Dios que nace y que parecía –y así lo pensaba entonces– incomprensible. Explica uno de los villancicos más absurdos, aparentemente, de nuestro folclore. “En ese río de la vida vive el crismón, el pez por excelencia que es Jesús. Al cual nos aproximamos los demás peces, los cristianos. Ya comenzamos a entender: Pero mira como beben los peces en el río. Y beben y beben. Y vuelven a beber. Jesús nos invita permanentemente a beber del agua de la vida. Es maravilloso”, explica el coleccionista y belenista Antonio Basanta. Tampoco comprendía aún esa herencia que en los villancicos aún llevan el rastro preconciliar –tres siglos imbricados en la tradición previa al Concilio de Trento– y que elige a San José como mofa y escarnio para contraponerlo al misterio de la Encarnación. Porque hay costumbres, incluso profanas, que son eternas como la infancia. Aquella, por ejemplo, que ya describió Fernán Caballero en “La Gaviota” (1849): “No sucede nada malo en una casa si se sahúma con romero la noche de Navidad”. 

Esta noche que aún sabe a tortas y moscatel, resuena con panderetas y con el fuego –el amor– de la familia y el Niño Dios, recrea la nostalgia y la felicidad. “Diciembre es un niño/ que nace y tiembla”, escribió Gloria Fuertes. Sin duda, el espíritu navideño es como lo define el poeta arcense Pedro Sevilla: “Puede ser una oportunidad tan estupenda como otra cualquiera de desembarazarnos, al menos por unos días, de todas las máscaras que la vida puso en nuestros rostros de niños, de volver a ser y volver a creer en lo maravilloso e imposible”. En aquello que otro poeta, el Rodolfo de “La Bohème” canta también el día de Navidad: “En sueños, en quimeras/ y castillos en el aire/ mi alma es millonaria”. Y así se renueva año a año la Esperanza –la ilusión, sin duda– que simboliza el Niño-Dios que todas las navidades renace. Y nosotros con él. Feliz Navidad y un 2018, como afirma el poeta Antonio Colinas, “lleno de lo mejor, de esos símbolos que a veces tendemos a ver como tópicos, pero sin los cuales (creo) los seres humanos no podrían vivir: la salud, el amor, la amistad, lo sagrado, el trabajo, la poesía...”.

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lunes, 11 de diciembre de 2017

DIECISÉIS HISTORIAS DE AMOR A LA BARROSA | Laurel y rosas (100)

La "Primera Pista" de la playa de La Barrosa, con la Torre Bermeja al fondo. Foto: Colección Juan Foncubierta.

JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | DIARIO DE CÁDIZ

A veces un libro es mucho más de lo que parece. Puede ser, como afirma la escritora norteamericana Rebecca Solnit, “un corazón que palpita en el pecho del otro”. Un libro así, lo es porque está compuesto con un paisaje, un olor, un recuerdo, una historia que nos ha acompañado desde siempre o que desde que lo descubrimos ya nunca se nos ha borrado de la memoria y del corazón. Todo esto lo digo por culpa, claro, de un libro que palpita porque está escrito desde el corazón, es decir: desde la infancia, desde la identidad, desde el descubrimiento, desde la luz, desde la memoria, desde los sueños. Es un libro colectivo y nuestro: “De Torre a Torre, historias de la playa de La Barrosa” (Navarro Editorial). El Círculo de Autores, al amparo de la Librería Navarro, vuelve –volvemos– a publicar un libro, el quinto, de “relatos literarios de raíz histórica”. Pero esta vez con La Barrosa como paisaje, como escenario en el que concurren dieciséis autores y que se presentará el próximo jueves (19,00 horas) en el Centro de Interpretación del Vino y la Sal. Era un libro que, como dice Miguel García, el editor, “había que escribir”.

Entre la Torre del Puerco y la Torre Bermeja transcurren estos dieciséis relatos que atraviesan más de dos mil años de perplejidad –y, también, de olvido– ante un verdadero paraíso. Es lo que siente Hércules, “el héroe griego que tuvo que desplazarse a Hispania, en las islas Gadeiras, en la Costa de Gades, para recuperar la esfinge del toro de Creta robada por las Medudas”, según la recreación mitológica que hace Antonio Belizón en el relato que inaugura estas “historias de la Playa de La Barrosa”. Entre sus dunas, Eufrasio Jiménez se transforma en un niño que otea el pasado y descubre el Templo de Herakles-Melkart, el significado de lo sagrado y de la amistad, rodeados de soldados romanos, con César, Balbo y Gades como paisaje de fondo. En esa misma orilla, siglos después, en julio de 1697, las olas arrojan una leyenda que Jesús Antonio Serrano rescribe con herramientas de la novela picaresca pero también con la gubia del escultor Tomás Badillo, con “la soledad, el dolor y la resignación” de su Cristo de la Humildad y Paciencia.

El siglo XIX es quien arroja las extraordinarias pinceladas con las que José Antonio Ureba rehace la vida y la muerte de Jean Philippe Lasserre, oficial del 9º Regimiento de Infantería de la “Grande Armée”, que cayó el cinco de marzo de 1811 en La Barrosa. Lasserre recibe una descarga de metralla en el combate de la Cabeza del Puerco y Ureba, con su prosa “minuciosa y detenida, narrativa y precisa, concisa y elegante”, como describe la pintura de Louis François Lejeune, lo coloca en el famoso cuadro con el que el “pintor de Batallas” recreó la batalla de Chiclana. Poco más de un siglo más tarde, un matrimonio de británicos, doña Violeta Buck y William Hutton Riddell, pintor y ornitólogo, compran una finca de veinte hectáreas en el pinar de Galindo –gran parte de lo que conocemos hoy como la Primera Pista– y construyen una casa de recreo que llaman “Villa Violeta”. La historia de ambos y de “Villa Violeta”, a donde venían desde el castillo de Arcos, su residencia habitual, es realmente desconocida. He intentado reconstruirla con infinitas aportaciones, deudas y agradecimientos. 


Con ellos comienzan el siglo XX, que es el gran siglo de La Barrosa como objeto de devoción turística. Y en el que José Luis Aragón Panés se encierra en un búnker a pie de playa acabada la Guerra Civil y vigila –como su personaje– la propia historia de la playa y, de paso, da la alarma contra todas las guerras. La cronología recorre, desde el verano de 1945, cinco relatos en los que confluyen el inmenso poder evocador, nostálgico, sentimental de lo que podríamos llamar el “descubrimiento” de la playa durante la infancia. Y que nos traslada a una Chiclana –y una Barrosa– de perenne recuerdo y que ya no existe, porque está construida de retazos del niño que fuimos, de voces familiares y de olas de la memoria. Para Abel R. Misa, es nada menos que “la playa de mis sueños”. Tomás Gutier recuerda “el silencio” infinito en un paisaje crepuscular. Carlos Cañizares reconstruye la vívida herencia del coto San José. Paco Montiel se adentra en “las rocas de Torre Bermeja” entre pasajes con ecos infantiles y memoria colectiva. Pepe Verdugo rehace su “inolvidable paseo” en el que, por primera vez, se adentró en el mar. 

Vivencias que huelen a arena y salitre, en unos casos biográficas, en otras recreadas desde la ficción, en la que se convoca –y no deja de ser curioso– una unánime conciencia de pérdida. Más tardía, ya en los años 90, sitúa Paco López un texto que cabalga entre la ciencia ficción, la crónica periodística y esa idea de “paraíso perdido”. Ese guiño al género fantástico pone un colofón sorprendente también en los cuatro últimos relatos –los más contemporáneos– que firman Hermindo Miguel Piñeiro, Raquel Sánchez, Ángela Francisca B. de Fhabër y José Luis Ramos con un innegable amor –incluso celoso– a la playa de La Barrosa, como transpira todo este libro escrito al latido del corazón. Solo falta ahora que palpite en el lector.

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lunes, 4 de diciembre de 2017

CHICLANA, DE LA ZARZUELA A LA COPLA | Laurel y rosas (99)

Una escena de un montaje contemporáneo de "La verbena de La Paloma". Foto: España es cultura

JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | DIARIO DE CÁDIZ

Es suficientemente conocido que en la más popular de las obras del llamado “género chico” –la zarzuela de un único acto–, es decir, “La verbena de La Paloma”, suena una nostálgica soleá: “¡Ay! En Chiclana me crié,/ que me busquen en Chiclana/ si me llegara a perder”. Es la primera estrofa que entona en el café de Melilla, en pleno corazón del Madrid castizo –el barrio de La Latina–, una cantaora anónima mientras que las hermanas Casta y Susana tratan de convencer a su barbiana tía Antonia, con la que viven, de que no vaya a la verbena. Mientras, la soleá continúa: “Los arroyos y las fuentes/ no quieren mezclar sus aguas/ con mis lágrimas ardientes”. A la cantaora se le oye de fondo, entre acometidas de unas –las sobrinas, que quieren a solas irse con Don Hilarión, el boticario–, y repliegues de otra –la tía Antonia–, que no renuncia a una noche “de broma y jarana”. La cantaora sigue interpretando, “jaleada y palmoteada”, como la describe José Blas Vega, acompañada por un piano minimalista: “Si porque no tengo madre/ vienes a buscarme a casa/ anda y búscame en la calle”. La soleá emerge ahora claramente como un quejío de dolor, reproche y desamor: “Que me dijo mi madre que no me fiara/ no de tus ojos que miran traidores/ ni de tus palabras”. 

Ay, ya está la chiclanera penando mal de amores, como años después cantaría Angelillo en ese supremo pasodoble que compusieron en el Madrid republicano entre Rafael Oropesa –poco antes de que se convirtiera en el director de la banda del Quinto Regimiento, el del General Lister– y Antonio Carmona Reverte para la película “¡Centinela alerta!” (1937), dirigida por el francés Jean Grémillon y producida, nada más y nada menos, por Luis Buñuel, a quien unánimemente los críticos tienen por su verdadero director. Esa comedia melodramática, acabada de filmar poco antes del 18 de julio, tenía un argumento, por cierto, creado por un “sainetero” ilustre como Carlos Arniches, y el guión lo iba a firmar un prestigioso Eduardo Ugarte, fundador con Federico García Lorca en plena guerra civil de “La Barraca”. Es ahí donde nace “Chiclanera”, esa traición convertida en copla y en verdadero himno, que Angelillo interpreta por vez primera en el rodaje y que tiene letra de un olvidado Luis Vega Pernas, que se inspiró, indudablemente, en la soleá, en ese jaleo, que Tomás Bretón insertara en el segundo cuadro de “La verbena de La Paloma o El boticario y las chulapas o Celos mal reprimidos”, los tres títulos con los que se estrenó con éxito arrollador en Madrid, en el Teatro Apolo, el 17 de febrero de 1894. Las cuatro estrofas de “En Chiclana me crié” la escribió –como todo el librero de la zarzuela– un injustamente postergado Ricardo de la Vega, “el famoso sainetero, que tantos y tan justos aplausos ha logrado dando honra y prez a la escena española”, que decía la necrológica en el “Abc” de 1910.

Cartel original. Foto: BNE
Si fama alcanzó “La verbena de La Paloma”, el sainete sentimental que Ricardo de la Vega ofreció a Ruperto Chapí –que entonces era la máxima figura de la zarzuela– antes que a un Bretón obsesionado con triunfar en la ópera, igualmente entusiasmó esa soleá de “En Chiclana me crié”. La soleá aún no era el palo flamenco que hoy se interpreta, sino más bien una copla con aires de bulerías, pero esa inserción aflamencada en el eje de la zarzuela que incluye Bretón se convertirá en una moda que, a partir de entonces, se populariza y se imita en el género chico y también en el grande. Ricardo de la Vega que vio el impacto de esa soleá, incluyó en la propia zarzuela su propio jaleo, haciéndole a tía Antonia dirigirse a la cantaora: “¡Olé, olé, olé,/ que te aplaudo yo!,/ ¡porque sí señó!,/ ¡porque me gustó!/ ¡Y no habrá ninguno/ que diga que no!/ ¡Bendita sea la madre/ que te parió!/ ¡Y lo digo yo,/ ¡y san se acabó!”. No solo se imita el estilo, también el tema. “La Tempranica”, cantante de “aires regionales”, graba en 1919, por ejemplo, un curiosa tonadilla, “Soy de Chiclana”, composición de Joaquín Peñalba y J. Vivas.

Ricardo de la Vega

La pregunta, sin embargo, es: ¿Por qué en “La verbena de La Paloma”, tan castiza, tan madrileña, incluye Ricardo de la Vega este homenaje a Chiclana? No lo sabemos. Pero sí es posible intuirlo, o al menos exponer una hipótesis que va más allá de la fama que, al fin del siglo XIX, tenía aquella Chiclana y sus balnearios, Braque y Fuente Amarga, que se extendía por todo el país como Biarritz o San Sebastián. Ricardo de la Vega (Madrid, 1839-1910) era hijo de aquel Ventura de la Vega que la noche del espléndido estreno de “El trovador”, el 1 de marzo de 1836, le presta su levita negra al joven Antonio García Gutiérrez cuando el público entusiasmado pidió: “¡El autor, el autor! ¡Qué salga el autor!”. Esa noche en la que García Gutiérrez hizo historia, Ventura de la Vega –a quien conoció en el café del Príncipe junto a Espronceda y Larra– le acompañó y ya nunca se separaron. Fue su amigo y su maestro. Pero también un hermano mayor. Así que Ricardo, el hijo, si homenajeó a Chiclana estaba pensando en García Gutiérrez. No hay otra. “¡Ay! En Chiclana me crié,/ que me busquen en Chiclana/ si me llegara a perder”.

Leer en Diario de Cádiz:
http://www.diariodecadiz.es/opinion/analisis/Chiclana-zarzuela-copla_0_1194480566.html