miércoles, 8 de febrero de 2017

PEDRO SALADO, MISIONERO Y EJEMPLO | Laurel y rosas (78)

Momento de la inauguración del monumento en la Plaza de Jesús Nazareno. Foto: Sonia Ramos/Diario de Cádiz

JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | DIARIO DE CÁDIZ

La mayor desgracia para un misionero es que se hable de él. Porque solo nos acordamos de ellos -de todos los que entregan su vida al próximo allá donde se les necesite- cuando mueren. Porque cuando muere un misionero lo hace envuelto en tragedia. Tragedia que suele ser heroica, porque su vida, su entrega a los demás, su testimonio, también lo es. Es lo que nos sucede con Pedro Manuel Salado de Alba, el hermano Pedro. Pedro, sencillamente, para Pilar, esa madre que tanto lo echa en falta, para la calle Francisco Ignacio en la que nació, en el Barrio Nuevo donde creció siempre con su guitarra y su timidez. Pedro, únicamente, en el colegio del Castillo y en aquel movimiento catecumenal que se llamó Jena -siglas que mostraban abiertamente a Jesús de Nazaret- y que el hermano Diego Apresa creó en el colegio La Salle con las puertas abiertas para quien quisiera entrar.

Pedro, también, en el coro de la Iglesia Mayor, en el que se mostraba transparente y humilde. Pedro, por supuesto, en el instituto Poeta García Gutiérrez, en el que siempre estaba dispuesto a ayudar y a convencer con sus pocas palabras y sus muchos ejemplos. Pedro, sobre todo, en el Hogar de Nazaret, a donde acudía a cantar, a jugar, a hacer feliz a los niños más necesitados. "Era un niño muy humilde, con poco se conformaba y cuando veía que algún otro niño necesitaba algo que él tenía se lo daba". Es como lo recuerda su madre, Pilar, que desde hace cinco años, desde que Pedro murió en la playa de Atacames, en Ecuador, lleva la cruz de madera con la que se dejó la vida salvado a siete niños de las aguas furiosas del Pacífico.

"Me gustaría que se le recordara como una persona, una persona que lo que ha hecho por los demás muy poca gente está dispuesta a hacerlo en su vida", dice Pilar. "Era humilde, sencillo, caritativo, de espiritualidad profunda, alegre, siempre atendiendo a los niños", lo recuerda el padre Cristóbal, que estuvo a su lado el Hogar de Nazaret de Quinindé, la ciudad donde Pedro llevaba destinado desde 1999. Desde hace cinco años, desde aquel 5 de febrero de 2012 en el que murió ahogado y exhausto sobre la playa después de rescatar a Ashly, a Zairo, a Alejandro, a Selena, a Alberto, a Jairo, a Elkin, a los niños que le llamaban "Papi Pedro", el recuerdo de Pedro Salado lo ocupa su muerte. "Murió como vivió, dando su vida por los demás", añade Pilar a la puerta de San Telmo, donde acude cada día al recuerdo de Pedro y en cuyo tablón se ve una estampa de Pedro y sus niños, de ese Pedro mártir que desde el Hogar de Nazaret se va a promover para su beatificación.

Pedro Salado en Ecuador. Foto: Obispado de Córdoba

Pero el ejemplo de Pedro, del Pedro hijo -el tercero de seis hermanos-, del Pedro chiclanero, del Pedro católico, incluso del Pedro que profesaba en la Familia Eclesial del Hogar de Nazaret, del Pedro que recuerdan todos quienes le conocieron, estaba en su vida. En su sencillez, en su bondad, en su desapego a todo lo material y su entrega absoluta al próximo. Era así desde niño y así fue su entrega a la fe desde que con 19 años dejó Chiclana para ingresar en el noviciado del Hogar de Nazaret en Córdoba. En esa humildad que profesaba con una sencilla confesión: "Yo solo sé tocar la guitarra". Todo el que le conoció le recuerda exactamente como lo hace su madre: "Y qué bien tocaba la guitarra -señala Pilar-. Pero lo tenía claro desde muy pronto, su vida era la entrega a los niños, a los demás, a Dios. No fui nunca a Ecuador, pero allí lo quería mucho". A Pedro todos los querían mucho. En todas partes. 

"Apocado, sin muchas palabras, honesto, sencillo, apenas se dejaba notar. Pero lo dejaba todo para ayudar a quien lo necesitara". Ese es el testimonio que da todo aquel a quien se le pregunta. Unánime y sencillo. En Chiclana, en Córdoba y en Quinindé. Desde hoy -desde esta tarde a las seis- a Pedro, con dos niños a su lado, sencillo y en vaqueros, con su cruz al pecho, nos lo encontraremos en bronce en la Plaza de Jesús Nazareno, en una talla del escultor José Antonio Barberá: "No lo conocí, pero para mí es un héroe. Es indudablemente un orgullo tener la oportunidad de modelar y expresar mediante la escultura a un héroe". Cuando pasemos por su lado, podremos fijarnos en esa cara alegre que siempre tenía Pedro, feliz de estar con sus niños y darle una mejor vida, pero a la vez, si nos fijamos, veremos ese recelo que todo padre siente a estar con sus hijos, el recelo que mana de querer protegerlos, de la angustia de qué será de ellos. El recelo que aprendió de Pilar, su madre. Amor, sencillamente.

Es el mejor testimonio del hombre que le dio su vida a los niños. Quizás es más necesario que nos quedemos con esa vida: con su humildad, con su entrega, con su oración, con su silencio. Con el ejemplo del hombre nos basta. A los santos los vemos como inalcanzables, pero el verdadero ejemplo lo dan quienes nunca sintieron que hacían nada extraordinario. Pedro era así: vivió como sentía que debía hacerlo, para él era lo natural, lo normal, lo necesario. No le habrían gustado ni monumentos, ni medallas, ni beatificaciones, ni artículos. Pero está de nuevo entre las calles de Chiclana, cerca del Nazareno, para que no miremos hacia otro lado.

Leer en Diario de Cádiz:

jueves, 2 de febrero de 2017

En la muerte de Zygmunt Bauman: “Dios nos libre de perder la esperanza”


El sociólogo de la modernidad líquida murió siendo un referente moral e intelectual frente al individualismo y a favor de la paz


JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | VIDA NUEVA

Vivimos en un Interregnum, la expresión de Gramsci y de Tito Livio, que a Zygmunt Bauman (Poznan, Polonia, 1925) le gustaba usar: “Un estado de confusión total”, según la definía. Y no hay –“no se vislumbra por el momento”– otro mundo posible. Pero el sociólogo de la “modernidad líquida” –que murió el 9 de enero en Leeds (Inglaterra), a los 91 años– no perdió la esperanza: “Tengo esperanza en la razón y la conciencia humana, en la decencia –decía–. La única verdadera preocupación es cuántas víctimas caerán antes de lograrlo. No hay razones sólidas para ser optimista. Esta es nuestra plegaria. No soy un profeta. Si perdemos la esperanza será el fin, pero Dios nos libre de perder la esperanza”.

Bauman se fue convertido en un referente moral e intelectual, que supo decirnos con claridad por qué esta posmodernidad que vivimos nos conduce al caos –desarraigo, precariedad, pobreza, desigualdad, refugiados– y la urgencia con la que necesitamos huir del individualismo feroz y del consumismo al que nos hemos condenado creyendo que compramos felicidad. La única solución, sostenía Bauman, es vivir –y creer– con el otro y para el otro: “Con responsabilidad, con libertad, asumiendo las diferencias y la pluralidad, creando vínculos a través del diálogo y la universalización de los derechos fundamentales políticos, sociales y culturales”. Humanismo, comunidad y solidaridad.

Su ingente obra –fue autor de 57 libros y más de 100 ensayos– quedó, aun así, desplazada por la metáfora con la que alumbró su fama: el adjetivo “líquido” como expresión de que en el mundo posmoderno rige la “falta de consistencia”, lo efímero, la inseguridad, el egoísmo, la indiferencia. “La sociedad de consumidores es quizás la única en la historia humana que promete felicidad en la vida terrenal, felicidad aquí y ahora y en todos los ‘ahoras’ siguientes, es decir, felicidad instantánea y perpetua”. Felicidad inútil porque conlleva una constante insatisfacción que, además, nos obliga a ver al próximo, al diferente, al otro, como un enemigo. “El progreso ha dejado de ser un discurso que habla de mejorar la vida de todos para convertirse en un discurso de supervivencia personal”, sostenía.


Bauman consideraba que hasta el amor es líquido. Como el arte, la educación, los valores. Y que, por ejemplo, la inmediatez de las redes sociales inciden en este estado “omnívoro” y “escapista”. “La reflexión supone un arma indispensable –decía– para recuperar nuestra capacidad de ser personas, en el enorme ruido mediático, informativo, virtual, al que estamos sometidos”. Ese era el camino que marcaba: “La condición preliminar de paz, solidaridad y cooperación benevolente entre los seres humanos –manifiesta en Of God and man– es el consentimiento a la multiplicidad de formas de ser humano”. Esa es, realmente, la clave, el germen de la sociología –una filosofía, al fin y al cabo, sin un corpus sistemático– de Bauman: “Un verdadero compromiso con el otro no puede tener lugar sin el cuestionamiento del yo”. O, como también, afirmaba: “Múltiples culturas, una sola humanidad”.
Una visión posmoderna de la fe

La religión también necesita rehacerse, según Bauman. “La ‘religión’ pertenece a una familia de curiosos y a menudo problemáticos conceptos que uno comprende perfectamente hasta que intenta definirlos”, escribió en La posmodernidad y sus descontentos (2001). Ese es quizás el libro donde más a fondo expone su visión posmoderna de la fe. Y lo hace para responder a la pregunta de si existe realmente “una forma de religión específicamente posmoderna”. Y responde que sí: el fundamentalismo. Al fin y al cabo, el integrismo persigue el mismo fin que el hombre posmoderno: su propia y ávida satisfacción frente a los demás, el yo ante todo.

Ese discurso no era, sin embargo, antirreligioso. La concepción que de la religión hace Bauman está vinculada a un papel de víctima de la posmodernidad. “La modernidad líquida no demanda –señaló– predicadores que les hablen de la debilidad del hombre y de la insuficiencia de los recursos humanos”, sino que, añadía, exige recursos que le reafirmen en su “propia autosuficiencia”.



Si el hombre posmoderno se cree autosuficiente y se niega a ser consciente de su misma debilidad, no ve necesaria la religión. Es el ateísmo, que Bauman rechaza como dogma. En El malestar en la posmodernidad señala: “La idea de la autosuficiencia humana minó el dominio de la religión institucionalizada, no prometiendo un camino alternativo para la vida eterna, sino llamando a la atención humana lejos de ese punto; concentrándose, en vez de eso, en tareas que el ser humano puede ejecutar y cuyas consecuencias pueden experimentar mientras todavía son ‘seres que experimentan’; es decir, aquí en esta vida”.

Pero el hombre posmoderno está equivocado. Y a hacérnoslo ver dedicó Bauman toda su obra. Y es aquí donde entra su definición de religión: “Después de todo, la religión no es más que la intuición de los límites que los humanos, siendo humanos, pueden establecer y abarcar”, apuntó en La posmodernidad y sus descontentos.


El futuro de la religión

Aún queda por leerse –y publicarse– en España Of God and man (De Dios y los hombres), quizás el libro más abiertamente religioso de Bauman, al menos, en el que más claramente aborda la cuestión, entre otras muchas. Un diálogo con el exsacerdote jesuita, también polaco, Stanislaw Obirek. El agnosticismo es su punto de partida. “No es la antítesis de la religión o incluso de la Iglesia. Es la antítesis del monoteísmo y una iglesia cerrada”, llega a definirlo Bauman. Pero también es, como explica, la antítesis de un ateísmo cerrado. Él mismo, judío que fue expulsado de Polonia debido a las purgas antisemitas de 1968 y que abandonó Israel por sus críticas al sionismo, admite que ha llegado a ese agnosticismo “desde la arrogancia ciega del poseedor de una sola verdad hasta la contención de un testigo de múltiples verdades humanas”.

Por ello, entre sus escasas referencias a la religión en apariciones públicas y escritos, por ejemplo, destaca la denuncia del “Dios a la carta” o, lo que es lo mismo, contra un Dios privado y privativo al que también ha conducido la modernidad líquida: “Siguiendo la lógica de los desarrollos sociales actuales –añade–, se cree en Dios pero no para pretender que vaya a observar las leyes de la naturaleza, porque exista regularidad o un orden en el mundo. Todo lo contrario. Yo lo necesito para que haga milagros. Para que rompa las leyes, para que rompa la regularidad de la naturaleza. Para salvarme a mí mismo”.

Vivir, creer, es algo muy distinto: un diálogo con Dios y con la comunidad. “Dios existirá mientras siga existiendo la incertidumbre existencial humana y eso significa que existirá siempre”.

El futuro de la religión –la relación entre Dios y el hombre, según la definía– lo veía cada vez más cercano a un resurgimiento desde la responsabilidad, la libertad, la moral, la solidaridad, la comunidad, el próximo y lo que llamaba “el largo plazo”, es decir, la necesidad urgente de pensar no en el “ahora”, sino en qué mundo queremos. “Yo soy un sociólogo, no un teólogo, no estoy preocupado por la prueba de la existencia o la inexistencia de Dios. Por lo que sí estoy preocupado es por la importancia de la religión y del creer en Dios en la totalidad de la humanidad. Y es en verdad una parte muy importante”.

Leer en Vida Nueva, publicado en el número 3.021:

domingo, 22 de enero de 2017

TRICENTENARIO TAMBIÉN EN CHICLANA | Laurel y rosas (77)

El profesor Manuel Bustos, impulsor del Tricentenario. Foto: Diario de Cádiz

JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | DIARIO DE CÁDIZ

La historia de Chiclana, como la de Cádiz –y toda la Bahía– cambió en 1717. Tan abrupta, tan radical, tan extraordinariamente que todavía somos hijos de aquel año. Tres siglos se cumplen ahora de aquel episodio: el establecimiento en Cádiz de la Casa de Contratación, que regulaba el tráfico de barcos y pasajeros a Indias, y del Consulado de Comerciantes de Indias, hasta entonces en Sevilla. Ello significó no solo el monopolio del comercio con América –que prácticamente ya lo era, desde 1679, como puerto cabeza de flota– sino que, ante todo, otorga a Cádiz y su Bahía esplendor, opulencia, cultura y futuro. Gran parte –por no decir, todo– de lo que Cádiz es hoy viene de ahí. “Hay un antes y un después. Suelo decir que Cádiz es, básicamente, una ciudad del XVIII, que se retoca en el XIX y se deteriora, en parte, en los siglos XX y XXI”, según Manuel Bustos, catedrático de Historia Moderna de la Universidad de Cádiz y el principal impulsor del Tricentenario. Y también en Chiclana hay un antes y un después. Y no nos enteramos.

Tanto que esta ciudad por la que paseamos –la arquitectura, el trazado barroco y burgués de su centro urbano, sus monumentos– se constituye a partir de entonces. Ni uno solo de los edificios que son “casas inolvidables”, ni una sola de las iglesias tal como la conocemos hoy, por ejemplo, son anteriores a ese 1717. Hasta al punto que, incluso, el primer puente de piedra –de cantería, como se decía entonces, aunque tuvo vida breve– sobre el río Iro se construye al albur de aquel flujo de dinero, de comercio, de nuevos pobladores, de más y más habitantes. A través de ese río, ya se sabe, es por dónde fluye esa burguesía y se fija a su borde, básicamente esa calle de “La Fuente” donde vivían, entre otros, Jerónimo Rabaschiero y Fiesco, regidor Perpetuo Decano de Cádiz. Y sobre la que aún hay mucho por escribir.

Domingo Bohórquez rescató de un legajo una carta de los franciscanos en las que solicitaban fundar un casa conventual –y que no llegó a construirse–, pero que incluye una descripción afortunada sobre la villa y su crecimiento: “Que de veinte años a esta parte ha aumentado mucho la población, como lo testifican las muchas casas que nuevamente se han formado, originando por su buena situación y temperatura, como también lo la cercanía de la ciudad de Cádiz, en donde tanto florece el comercio que ya no puede contener en su recinto la multitud de gente que quiere avecindares”.

Logotipo de la Diputación de Cádiz.

Y esa vecindad, gran parte de ella, viene a Chiclana. “El año que marca el punto de inflexión y partida de recuperación de la villa en todos los órdenes será el de 1717”, escribió Bohórquez. El censo de Campoflorido –precisamente, fechado en ese mismo año de 1717– daba a la villa una población de 1.670 personas. El del Marqués de la Ensenada, ya en 1766, la fija en 7.443 habitantes. La segunda ciudad en población del Ducado de Medina Sidonia, al que aún pertenecía. “El crecimiento de la villa del Iro estuvo vinculado durante la Edad Moderna al de la ciudad de Cádiz –describió hace ya dos décadas Bohórquez–, de la que se convirtió en abastecedora de productos básicos; lugar de recreo, descanso y segundo lugar de residencia y en zona de inversión de la burguesía comercial gaditana. Todo ello explica su desarrollo demográfico y económico”. 

Más recientemente, Jesús D. Romero Montalbán ha señalado, por ejemplo: “Entre estas obras hay que destacar, la construcción de la nueva Iglesia Mayor de San Juan Bautista, la ampliación de la capilla de la Vera-Cruz, la nueva iglesia de San Telmo, etc. Pero quizás sea la nueva capilla de la Señora Santa Ana, por su peculiaridad, una de las construcciones más populares de ese siglo de oro que, por circunstancias de la época, está totalmente ligada a señores principales de la Real Casa de Contratación de Indias”. Romero Montalbán se refiere a José Manjón y su hermano Francisco, que llegó incluso a presidir dicha Casa de Contratación.

“Es el pórtico del gran desarrollo que tiene Cádiz en todos los órdenes”, afirma Manuel Bustos. Y cuando dice Cádiz, Bustos habla de toda la Bahía. Ha escrito –y ha reiterado– lo que benefició a la viña, a la huerta, al desarrollo urbano de Chiclana. Pero Bustos va más allá. No distingue: considera –y cree– en la Bahía como un único territorio que fue “emporio del orbe”, que emergió –llega a decir– como una especie de Manhattan del siglo XVIII y que decayó definitivamente con la independencia de las colonias americanas.

Chiclana forma parte de aquel escenario. Y no solo: creció, formó la ciudad que hoy es –para bien, y para mal– sin discusión. Domingo Bohórquez fijó claramente los cimientos de la verdadera –y honda– significación de aquel siglo XVIII en el trazado urbano y, también, en el espacio monumental, como lo hizo además, si es posible decirlo así, en el espíritu de una ciudad que es parte y testigo de Cádiz. Aún hoy, por supuesto. Y que floreció mucho más de lo que nos imaginamos. Y ha perdido –y no lo sabemos– también más de lo que pensamos. Hay tanto que investigar, tanto que escribir.

Leer en Diario de Cádiz:


domingo, 8 de enero de 2017

CASAS INOLVIDABLES | Laurel y rosas (76)


Los autores del libro "Casas inolvidables" el día de la presentación en la Biblioteca Municipal. Foto: Paco Montiel

JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | DIARIO DE CÁDIZ

Hoy ustedes no me van a leer a mi, sino que van a leer a veinte escritores y el libro que han –hemos– escrito al amparo de la editorial Navarro. Veinte autores digo, los diecinueve que firmamos los textos sobre esas “Casas inolvidables de Chiclana” y el vigésimo, Domingo Galán, que firma el prólogo y es, además, quien tuvo la idea de que, por fin, pudiéramos al unísono prestar nuestra humilde escritura a esas casas donde vive la historia de Chiclana. “Las piedras hablan y hay veces que hasta gritan. Están deseando que las escuchemos”, proclama Domingo Galán en su exquisito prólogo. Y así es: “Nos cuentan para qué sirvieron, a quién acogieron e incluso el devenir no solo de sus creadores, sino de las generaciones que sucesivamente fueron los mantenedores que en ocasiones las embellecieron y ensalzaron y en ocasiones las degeneraron y envilecieron. A veces llegaron incluso a destruirlas, derribándolas”.

Diecinueve escritores, diecinueve casas, diecinueve historias que responden cada una a múltiples impulsos: autobiográficos algunos, sentimentales otros, historiográficos los más, literarios unos pocos. “Las piedras hablan y también el amor de sus autores a nuestra querida Chiclana –proclama el prólogo de Galán–. Ellos nos muestran historias interesantísimas, apasionantes y diría hasta curiosas sobre nuestros edificios”. Me gustaría presentarles, al menos, sus relatos, que es como hablarles de diecinueve casas que han convocado el interés de los autores por su arquitectura, por quienes la ocuparon, por qué sucedió entre sus muros, o porque ellos mismos la habitaron en su infancia. Unas son palaciegas incluso, otras humildes, aún habitadas, desaparecidas alguna que otra, pero en muchas pasamos ante sus portones sin imaginar, si quiera, qué misterios, qué sueños, qué negocios, qué amores encierran. Aquí están.

La casa que fue un día el hospital de San Martín, y aún es el colegio del Niño Jesús, por ejemplo, en la que Jesús Antonio Serrano Plazuelo nos habla de su vinculación con la Virgen de los Remedios, con el padre Francisco Fernández Caro, con sus orígenes en el siglo XVI. No es menos fascinante el relato de la casa-palacio del conde de las Cinco Torres en la calle García Gutiérrez –más aún con la narración de Eufrasio Jiménez– y el esplendor de la Chiclana del s. XVIII y el comercio americano. Manolo Meléndez engalana el libro describiendo aquel Casino de la calle de la Vega que hoy es “su” Biblioteca Municipal, con los rostros misteriosos de los arcos del patio y el padre Salado… Lo mismo que Paco Montiel con la narración sobre el actual Ayuntamiento, que fue casa de recreo de Alejandro Risso y antiguo hospicio de San Alejandro, en la que revela la correspondencia –privada y romántica– del alcalde Sebastián Martínez de Pinillos a su esposa y cómo este compró la finca y ordenó la construcción de la casa consistorial.


La casa de Manuel Muñoz Martínez y Agustín Herrero Muñoz en la Corredera Baja –de la que abre las puertas en par en par Concha Herrera– y la casa de la Marquesa de Bertemati que tan bien conoce José Luis Aragón Panés. O esas otras tres familiares, entrañables: las que habitaron Luis Chozas –la de su abuela, conocida como la de los Rivera– en la calle Jesús Nazareno, Carlos Cañizares en la calle de la Plaza –donde hoy se encuentra oficina de Turismo, Recaudación, la Delegación de Fomento o Emsisa– y Antonio Belizón Reina en la calle de La Laja. Los tres hablan en primera persona de sus recuerdos, sus infancias, sus nostalgias.

Y esas casas también fantasmagóricas: la de los duendes en la calle Jardines, junto a la iglesia de San Sebastián, en la que entra Enrique Rojas Guzmán. O también en la que Miguel Ángel Bolaños penetra entre obsolescencia y exorcismos: la casa del Obispo que estuvo en la plaza Mayor. Derribada como la de Paquiro, y en la que Rocío Oliva hace una faena romántica viajando al pasado y hablando con fantasmas. Fantasmas también aparecen en el relato que Jesús Romero hace de la casa Briones, que hoy es el Museo de Chiclana, y en el de Paco López de la fonda del Carmen, hoy autoservicio Los Rosales.

Casas olvidadas y con mucha memoria como la del pintor Eduardo Vasallo, número 14 de la Corredera Alta, que rescata Raquel Sánchez, muy cerca de aquella otra en la que nació García Gutiérrez, y que uno rememora en octosílabos. O esa de las Palomas en la plaza del Retortillo, en la que Pedro A. Quiñones Grimaldi persigue el rastro de propietarios –José Moreno de Mora, la familia Carranza– desde que vivieron en ella Frasquita Larrea y Nicolás Böhl de Faber. Y pone a la casa a hablar con sus convencinas: la que ocupó el obispo Rancés y el almirante Biondi, último capitán general de la Armada. Claro que las piedras hablan. Como las de la Casa Brake a la que sube José Verdugo calle Hormaza arriba o aquella otra de doña Carmen Picazo en la calle Virgen del Carmen, en la que nació y vivió Tomás Gutier. Casas que hace tiempo que merecían un libro y que, si no se lo han regalado en Reyes, tienen que comprar, leer y saborear.



lunes, 12 de diciembre de 2016

LA LUZ DE LA NAVIDAD | Laurel y rosas (75)

Una imagen típica de la Navidad en Nueva York


JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | DIARIO DE CÁDIZ

Ya está el belén apuntalado en el salón. Y el árbol, el abeto, verde, rojo y oro. Con sus “fieles guirnaldas fugitivas”, según el poeta Pablo García Baena. Ya están las calles de blanca luz. De pureza, de paz, de esperanza y de consuelo. La Navidad es una fiesta iluminada. La noche comienza su retroceso con el solsticio de invierno y la luz vence poco a poco. Anuncia su triunfo. Como al amanecer. Y esa luz tiene su símbolo: el Niño-Dios que nace en Belén. En nuestras sociedades espectaculares, la Navidad sigue siendo todavía hoy el tiempo de lo que Claude Lévi-Strauss llamaba “la eficacia simbólica”. Todo tiene sentido. La corona de adviento, la luz, el belén, el árbol, las bolas de colores, el pesebre, la estrella, los ángeles, las campanas, los reyes magos, las flores de Pascua, las velas, los lazos rojos y hasta el muérdago que colgamos en las puertas. Y la nieve. Todo tiene un significado. Es posible que no seamos capaces de captar ese lenguaje de símbolos que durante siglos ha manifestado mucho más de lo que parece. Pero está ahí. Nos habla.

Dice Pablo d’Ors: “Navidad es una invitación a que Jesús nazca no solo en la cuna de Belén, sino en la de nuestro corazón”. Y esto significa, según el novelista y sacedorte: “Una invitación a entrar en nuestro portal, en nuestra noche oscura. A no agarrarnos a nuestras seguridades, sino a apostar por lo que quiere ir abriéndose camino. A entender a todo lo pequeño que despunta en nosotros, por insignificante que pueda parecer”. Ese es el simbolismo de la luz, más allá de estrategias comerciales y juegos de banalidades. “¿Cuánta luz hay en mi vida? ¿Cuánta luz voy a permitir que haya”, se pregunta Pablo d’Ors en un extraordinario texto titulado “Poner el belén”. 

En el entorno del siglo IV, cuando ya el Imperio Romano era decadente y yacía finiquitado, el cristianismo decidió abrir las puertas a la conversión y acabó por adoptar todas las festividades de un calendario que era, eminentemente, agrícola, apegado a la naturaleza y a la vida. Ese Natalis Solis Invicti en el que los romanos celebraban en el solsticio de invierno, y en el que conmemoraban el nacimiento de Apolo, dios del Sol, fue la fecha en la que se situó la natividad del Niño-Dios. “Una invitación también a tener la actitud contemplativa, de estupor ante la maravilla, de María y José. A reconocer las muchas estrellas que lucen en nuestra sociedad: personas que nos iluminan y hacen que el mundo sea mejor”. Estamos tan acostumbrados a la familia –a la luminosidad de este sur nuestro– que nunca sabemos realmente la riqueza de lo que tenemos. Los mejores recuerdos de la Navidad siempre son familiares, las peores navidades son aquellas en las que echamos en falta a quienes amamos. Pero la luz llega de nuevo, el campo vuelve a florecer. 

El Nacimiento del Metropolitan Museum de Nueva York

La Navidad era para Gerardo Diego su tiempo preferido. Vinculado a los recuerdos infantiles, a vivencias familiares, su recuerdo de la Navidad es intenso, feliz, alegre. Pero él describió como nadie que este es, también, un tiempo de angustia, de temor. El de esa Virgen Madre que se pregunta: “Cuando venga, ay, yo no sé/ con qué le envolveré yo,/ con qué”. Dice D’Ors: “La Navidad también es una invitación a no combatir contra nuestra impureza o imperfección, sino a encender la luz”. La esperanza. Como los pastores. Si lo tenemos todo solucionado difícilmente podremos entender de qué va todo esto: la contemplación, la meditación, la familia, la solidaridad, la paz.

Es este tiempo vienen a la memoria todas las Navidades que uno ha vivido, porque la Navidad es entrañable de por sí. Llevamos en el corazón las navidades de siempre. Rodeado de la familia, amplia y generosa; sin duda, un tiempo feliz de abuelos, tíos y primos, hermanos, padres. Fiesta del Niño-Dios, infantil, inocente y todopoderoso. Quiero yo, también, ser como un niño. Todos somos un poco niños en Navidad, benditos niños, caminito de Belén. La Navidad ablanda el corazón y endulza el alma. Es cierto. La Navidad es también, y no cabe duda alguna, los pestiños de mi madre. Las tardes en que la fiesta más dichosa eran esas horas ablandando la masa, friéndola, miel en las manos y anís en el corazón. La navidad será también turrón y mazapán, pero aquí y en esta memoria son esos pestiños, esas tortas que mi madre hacía para asombro de los ángeles. Vuelve un año más la Navidad con su dulce sabor a ternura de Dios. Y a moscatel. Qué sería de la Navidad sin ese otro néctar sagrado que es el moscatel que nunca falta para invitar en casas y comercios a entrar en calor y beberse la Navidad a sorbos. “Una invitación, en fin, a acoger al forastero, al distinto, al que piensa diferente, al que es de otro partido, de otra clase social, de otra religión”, que también proclama Pablo d’Ors. 

Felicitemos la Navidad, al fin y al cabo. Que es otra tradición que estamos perdiendo. Pero es otro símbolo: el deseo, el anuncio, la proclamación de compartir felicidad y prosperidad. La tengamos o no. Porque vendrá la luz.



lunes, 28 de noviembre de 2016

LOS REYES MAGOS Y LA SOLIDARIDAD | Laurel y rosas (74)

Un momento del III Curso de Corte de Jamón, celebrado en las bodegas Miguel Guerra. Foto: Agacuj

JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | DIARIO DE CÁDIZ
Los Reyes Magos ya están asomando por la esquina. Realmente, ya están llegando. Olé, olé, Holanda, que ya se ve. Ahora que en las Bodegas Miguel Guerra ha tenido lugar la cena a beneficio de la campaña Ningún niño sin juguetes. Y los tres Reyes Magos de este año -el empresario Juan Manuel Sánchez será el rey Melchor; el escritor y autor del libro Crea tu Marca de Éxito, Daniel Sánchez, el rey Gaspar, y el cantaor Antonio Reyes, el rey Baltasar- comienzan a darse cuenta de lo que les queda por delante. Un mes lleno de acción, de ilusión y de solidaridad. Pero, realmente, en Chiclana, los Reyes Magos nunca se van, nunca se detienen, nunca paran. Durante todo el año se reúnen, organizan, programan, para sacar adelante esa campaña que llevan años denominado, acertadamente, Ningún niño sin Juguete. El año pasado, sin ir más lejos, lograron alegrarle ese mágico día de Reyes a un total de 1.205 niños de 760 familias, en colaboración con Cáritas de las parroquias de Nuestra Señora del Carmen, San Antonio, Nuestra Señora de Europa, San Juan Bautista, San Telmo o San Sebastián. Han hecho de la Navidad, de los Reyes Magos, un verdadero sinónimo de solidaridad, de testimonio y de trabajo por la comunidad.

El empresario Juan Jesús Sánchez es el presidente de esta asociación -con Carlos García Viejo siempre a su lado-, que recaudó el año pasado un total de 63.810 euros, y para ello han buscado la implicación y la colaboración durante todo el año de muchas empresas, entidades, clubes, asociaciones, colectivos, y también de ciudadanos, muchos de ellos anónimos y solidarios también. Es la cara visible de un grupo de chiclaneros incansables y activos, que hacen una labor que debería conseguir también el reconocimiento y la complicidad de todos los chiclaneros. Durante todo el año trabajan para que, sobre todo en noviembre y diciembre, se realicen más de una treintena de actos que hagan posible esa gran tarea solidaria. Y, sobra decirlo, en estos últimos años han tenido un eco formidable frente a la crisis. Participemos, ayudemos, aportemos. La asociación -de la que forman parte quienes han sido, precisamente, reyes magos en estos últimos veinticinco, treinta, años- necesita de todos nosotros.

Un ejemplo de esta misma semana ha sido el III Curso de corte de jamón, que organizó la Asociación de Reyes Magos y la Asociación Global de Amigos del Cuchillo Jamonero (Agacuj). Un evento que, en solo tres ediciones, ha logrado convertirse en un referente nacional, en una cita imprescindible a la que acuden profesionales -hasta de Amsterdam se han desplazado este año- y, también, aficionados que no solo quieren aprender de los mejores cortadores del país, entre ellos, el chiclanero Clemente Gómez Alcántara, que además lo ha dirigido, sino también colaborar con el pago de la cuota de inscripción, que íntegramente va para la campaña Ni un niño sin juguetes. Ese fin social y benéfico le ha dado al curso una dimensión única en la que han participado este año 85 alumnos, 26 monitores de Agacuj y una docena de voluntarios de la Asociación de Reyes Magos que han hecho posible toda la intendencia. Un privilegio para esta ciudad y que hace, como afirma Clemente Gómez, que la marca Chiclana crezca en prestigio y en valores humanos.

Clemente Gómez. Foto: Jamón Lovers

Agacuj -hoy una "asociación global" por su ámbito nacional y por que está abierta a todos- nació siendo únicamente gaditana. Gestada entre Chiclana y San Fernando, entre sus fines tiene el de "ser solidarios y comprometidos con nuestro tiempo fomentando la acción social". Y se nota. Como la propia Asociación de Reyes Magos, todas sus actividades suelen estar además vinculadas a actividades benéficas. Evidentemente, también pretende fomentar el conocimiento y la divulgación de la cultura del jamón, que es mucho más que un determinado producto: es tradición y vinculación a un territorio. Afirma Clemente Gómez que en torno al mundo del jamón -y del cerdo ibérico- hay mucho desconocimiento y mucho información que, además, se oculta o se confunde deliberadamente por el sector. Incluso entre los propios profesionales. 

Unos y otros, la Asociación de Reyes Magos y Agacuj, son un ejemplo. Dos entre muchos. Pero dos en concreto en los que Chiclana da muestra de su cara más solidaria. No todo es, afortunadamente, obsesión con el beneficio, individualismo y egoísmo. También hay implicación social, equipo y complicidad con quien más lo necesita. El verdadero sentido de los Reyes Magos, de la Navidad, de esta fiesta que ya está a la vuelta de la esquina, que ilumina la calle y los corazones, que toma cuerpo en los belenes y el árbol, que es religión y es tradición, que es solidaridad y es civismo, que somos nosotros mismos. En ella cabemos todos, los que creen y los que no, solo tenemos que ser solidarios y hacer que la marca Chiclana sea, como ha sucedido con este curso, un sinónimo prestigioso de acción social y de cosas bien hechas. Con corazón. Como tantos reyes magos, como esos socios de Agacuj. Y olé, olé, Holanda, que ya se ve.

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lunes, 4 de mayo de 2015

La memoria de García Gutiérrez | Laurel y rosas (34)

Presentación del catálogo-memoria del bicentenario de García Gutiérrez. Foto: Puente Chico, la revista de Chiclana.

JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | DIARIO DE CÁDIZ
El catálogo-memoria “García Gutiérrez, el triunfo del Romanticismo. 1813-2013” no es, ni ha pretendido serlo, un memorándum de aquel bicentenario del que vamos a cumplir dos años. Aunque ve la luz ahora, se concibió y diseñó a principios de 2014, aunque por entonces no fue posible publicarlo en papel. En origen fue una idea de Andrés Peláez, director del Museo Nacional del Teatro, que nos urgió a que recuperáramos las principales investigaciones sobre García Gutiérrez que se leyeron en el curso de verano que le dedicó la Universidad de Cádiz. También nos animó a que no perdiéramos la posibilidad de dejar por escrito la investigación previa que desembocó en la exposición “García Gutiérrez, el triunfo del Romanticismo. 1813-2013”, de la que tuve el honor de ser comisario. Así como sugirió que rememorásemos aquella muestra, con sus textos y con las imágenes de las piezas que se expusieron, casi doscientas en total. Todo ello, junto a una cronología fundamental y una bibliografía esencial de la obra de García Gutiérrez, compone este catálogo-memoria publicado ahora por el Ayuntamiento de Chiclana. En el anexo se incluyen, además, las obras de teatro sobre García Gutiérrez que se estrenaron en aquel 2013 dentro del ciclo “Chiclana con su poeta”. 

Portada del catálogo-memoria de García Gutiérrez publicado por el Ayuntamiento de Chiclana.

     Es sobresaliente la participación en este catálogo-memoria que en trescientas páginas vislumbra da una imagen global de todas las caras de García Gutiérrez, algunas muy conocidas, otras no tanto. Gracias al profesor Pedro González Tuero –con su breve ensayo, “De la época de un romántico”– nos adentramos en el contexto histórico en el que convivió García Gutiérrez desde la explosión del Romanticismo en Cádiz hasta en panorama literario, social y político de aquel Madrid que le recibió en 1833. El historiador Joaquín García Contreras nos regala “A propósito del viaje a Madrid”, donde da nuevas claves de por qué García Gutiérrez dejó Cádiz, y como poco o nada tuvo que ver con ello el cierre de las universidad por Fernando VII. El profesor Javier Huerta Calvo, director del Instituto del Teatro de Madrid, nos narra con un detalle nunca leído hasta ahora “Cómo fue el estreno de El Trovador” aquel 1 de marzo de 1836 y nos explica, además, que en “El Trovador” nada es casual. Ni el título, ni ese subtítulo de “drama caballeresco en cinco jornadas en prosa y verso”, ni esa estructura de la obra que constituye “el paradigma ideal del drama romántico en España”.

      Pero García Gutiérrez es mucho más que “El Trovador”. Nos lo demuestra el catedrático de Literatura Española de la Universidad de Alicante, Enrique Rubio Cremades, en su ponencia sobre “Los otros dramas y comedias”. La disección de las obras teatrales de García Gutiérrez –casi setenta y muchas de ellas escritas en verso– entre no originales y originales permite una primera división, ya desde “El Vampiro” (1834). Dentro de las originales, primero recorre las de contenido histórico, tan de moda, y, en segundo lugar, las realistas, “que preconizan y materializan nuevas formas y contenidos teatrales”, como las comedias “El caballero de Industria” –la única que sitúa en Chiclana– o “Un grano de arena” (1880), su última obra. Son precisamente estos “Modelos cómicos” los que examina el profesor Alberto Romero Ferrer, profesor titular de Literatura Española de la Universidad de Cádiz, que dirigió con extraordinario acierto aquel curso de verano. “Registros, formas y matices que nos dibujan un García Gutiérrez mucho más complejo y plural”, escribe. El dramaturgo también tiene su hueco “En el canon de la poesía romántica”, que es el texto que firma el catedrático de Literatura Española de la Universidad de Extremadura, Gregorio Torres Nebrera, fallecido a principios del pasado año. Finalmente, el catedrático de Literatura Española de la Universidad de Sevilla, Alberto González Troyano, nos recuerda que si García Gutiérrez está vivo, fuera y dentro de nuestras fronteras, es gracias a Verdi. Con “Il Trovatore” y “Simon Boccanegra”, está en el conjunto de su obra operística a la altura Shakespeare, de Victor Hugo, de Schiller.
Paco López en el papel de García Gutiérrez. Foto: Estela Sánchez

      Pero si singulares aportaciones al conocimiento de García Gutiérrez son estas investigaciones, no lo son menos las cinco obras de teatro incluidas en el catálogo-memoria. Sin entrar a fondo en sus logros dramáticos, poseen un extraordinario poder divulgativo. Cuatro de ellas son biográficas: fijan la tensión dramática en un García Gutiérrez muy particular. Distinto siempre, riguroso en todos los casos. El que concibió Tomás Gutiérrez e interpretó Paco López ha sido de una gran intensidad y profundidad. El que Pepe Raya resucitó con Manolo Warletta haciendo de él mismo –es decir, de García Gutiérrez– es entrañable y elocuente. Aquel que Miguel Ángel Bolaños erigió e interpretó para Taetro y su itinerante noche romántica es irónico, lúcido y crítico. Aquel otro que Jesús Romero creó para que Gari León lo escenificara en sus últimos días de vida aportó un singular punto de vista sobre el éxito y sus contradicciones. Angelines Domínguez asumió desde Teatrín que debíamos intentar hacer llegar “El trovador” a los colegios e institutos con una versión adaptada y contemporánea. Ese “Trovador fantasma” de Miguel Ángel García Argüez fue un acercamiento inteligente y cotidiano.

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