lunes, 17 de abril de 2017

EN LA FRONTERA DE LA "BANDA MORISCA" | Laurel y rosas (83)

Imagen de la Torre de Guzmán, en Conil de la Frontera, a la que debía parecerse el torreón del Cerro del Castillo reconstruido por Guzmán el Bueno en el siglo XIV.

JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | DIARIO DE CÁDIZ

La Frontera es más que un apellido para una villa, para una ciudad. Es también memoria e identidad. Es más que sabido que esa alusión etimológica a la Frontera que acompaña a Chiclana –a la Caeciliana romana– desde el siglo XIV, probablemente desde 1380; que es la fecha en la que “de la Frontera” pasa oficialmente a denominar a otras poblaciones de esa misma frontera nazarí, de la denominada “banda morisca”, como Jerez y Arcos. Una frontera con el aún existente Reino de Granada, que es amplía y compleja, que alcanza desde Cartagena a Tarifa, que venía a ser lo que se conocía como “Terra Nullius”, la “Tierra de nadie”. Más concretamente, ese apelativo fronterizo sigue dando nombre a las poblaciones que se asentaban entre Morón de la Frontera y Tarifa, con Jerez y Arcos como principales asentamientos. “Una dislocación geográfica plagada de sinuosidades que dio cobijo a numerosos castillos y aldeas que aunque distantes políticamente, debían aceptar las imposiciones de una necesaria vecindad”, como la ha descrito el profesor José Rodríguez Molina. Una tierra donde “la paz y la guerra –según añade Rodríguez Molina– no era asunto de Estado, sino de cada señorío fronterizo”.

Y ahí estaba Chiclana. Una tierra de nadie, de conflicto, de ataques, de saqueos. En 1410, por ejemplo, cuando el rey de Castilla, Juan II, dicta una orden a los concejos de Jerez, Vejer, Alcalá de los Gazules y Tarifa –y también a Chiclana– para que retiren todos los ganados de la frontera. Una tierra de continuas refriegas con almogáraves, almocadenes y alfaqueques, que al catedrático Rafael Sánchez Saus –uno de los que mejor ha estudiado esos siglos entre musulmanes y cristianos– le ha dado en comparar con el “far west” del mundo islámico. Una tierra donde no era fácil vivir a partir de la reconquista de Sevilla (1248) y de Cádiz (1249), aunque la entonces Qadis fue pasando de mano en mano, conquistada y nuevamente recoquistada una y otra vez, entre 1235 y 1264. Lo propio en la frontera. Aunque Yazirat Qadis, entonces una especie de recinto militar amurallado, no era ni mucho menos la principal ciudad de la Cora de Sïduna (Sidonia), la provincia andalusí: lo había sido la desconocida Qalsena, luego Sïduna, Medina, hasta el siglo X –aunque la identificación de la actual Medina con Sïduna está en duda– y lo era Saris, la capital. Jerez.

El cronista Pedro de Medina (1493-1597) –un verdadero renacentista, que fue matemático, geógrafo, astrónomo y autor de un pionero “Arte de navegar”, publicado en 1545– ya afirma que cuando Fernando IV entrega Chiclana a Alonso Pérez de Guzmán en 1303 era una “tierra despoblada que solía ser aldea”, “que estaba yerma” y “que era término de la Puente de Cádiz”. Dice, además, que el rey la da a merced a Guzmán el Bueno para que “la poblase y hiciese allí un castillo”. En el documento de donación, en concreto, Fernando IV precisa “para que faga y puebla e fortaleza qual él quisiere”. Es decir, si era “tierra despoblada que solía ser aldea” y “estaba yerma” –y necesitaba de un torreón defensivo–, lo era porque, precisamente, ese carácter de frontera motivó una guerra continua, total, en primera línea de batalla. Por ejemplo, entre 1275 y 1285 vivió, tras el desembarco de los meriníes desde el norte de África, un saqueo constante, con enfrentamientos y andanadas sucesivas, que se extendieron a todas las áreas de Jerez, Medina y Vejer. 

Si se lee con detalle a Pedro de Medina se observa un matiz interesante acerca de ese castillo que dice debió construir Guzmán el Bueno. Dice concretamente el cronista que lo “comenzó a hacer en derredor de la fortaleza, una barbacana con sus cubos, y sácola de los cimientos, la cual dejó como hoy parece”. Es decir, ya existía una fortaleza, seguramente ruinosa, que reconstruyó y amplió con un torreón. Ese “castillo” es, sin duda, el que existió en el cerro del Castillo, en el mismo lugar donde los fenicios siglos antes habían erigido un recinto amurallado. Inevitable volver sobre esa cita, ya en el siglo XIX, de Fernán Caballero en “No transige la conciencia” y que decía: “Dominaban el pueblo de Chiclana sobre dos alturas, una torre morisca ruinosa, como imagen de lo pasado la una; y una lindísima capilla, como imagen de lo presente, en la otra”. De aquella frontera, esta Chiclana.

De aquel documento de enajenación señorial por el cual Fernando IV le concede Chiclana a Guzmán el Bueno, hemos pasado muy de puntilla sobre la afirmación –como insiste Pedro de Medina– de que Chiclana pertenecía el “término de la Puente de Cádiz”. Ese término, que solo se mantuvo durante los siglos XIII y XIV, comprendía “el territorio insular de San Fernando y las áreas continentales de Chiclana y parte de Puerto Real con sus alquerías correspondientes”, según los historiadores Antonio Sáez Espligares y Antonio M. Sáez Romero. El llamado islote de Sant Batar (Sancti Petri), con su iglesia dedicada a San Pedro y el caño, pertenecía aún al alfoz de Cádiz. Pero seguía siendo un núcleo de comunicación imprescindible para la aldea de Chiclana a través del río Besilo. 

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domingo, 2 de abril de 2017

DEL NOMBRE ROMANO DE CHICLANA | Laurel y rosas (82)

Horno romano del Fontanar, junto a la autovía A-48. Foto: Era Cultura

JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | DIARIO DE CÁDIZ

Ninguno de los historiadores –ni filólogos– que se han interesado por el origen del nombre de Chiclana ha gozado de unanimidad. La fundación de Chiclana, lo demuestran las excavaciones del Cerro del Castillo, es fenicia. Nació como un recinto amurallado a orillas del río Iro vinculado como satélite –o asentamiento civil– al Templo de Melqart. Su nombre no ha llegado hasta hoy, seguramente porque formaba parte de la propia colonia de Gadir. ¿De dónde viene entonces el nombre de Chiclana, que aparece documentado por primera vez en 1232? Algunas derivaciones ya fueron descartadas por el propio Domingo Bohórquez, quien rechazó, por ejemplo, la extendida de José Guillermo Autrán a finales del siglo XIX que la vinculaba a “Sicania”. Lo mismo la que la asociaba a “Ituci”, como sugirió el Marqués Santa Cruz de Iguanzo. Nada tiene que ver tampoco con el árabe, a partir del diágrafo “Ch” –falla o acantilado– o de la sílaba “Chiq” –pequeña–, como apareció en 1897 en una “Guía de la provincia de Cádiz”. El historiador jerezano Agustín Muñoz Gómez fue el primero que introdujo la hipótesis –muy común en España– de que Chiclana deriva de un antropónimo latino al que se le añade el sufijo -ana o -ena que significan simplemente “relativo a” o “perteneciente a”. El nombre que Muñoz Gómez cita, luego recogido también por Ceán Bermúdez, es Cippianus, del que derivaría Cippiana y, de ahí, Chiclana. 

Muñoz Gómez partía de una lápida romana que fray Gerónimo de la Concepción describía en el siglo XVII en una casa de la plaza Mayor de la que se hablaba de un tal “Victor Cippianus”. Autrán ya desoyó esta explicación al no hallar referencia bibliográfica alguna al tal Cippianus. Pero en los últimos años han surgido dos interesantes hipótesis que vinculan la etimología de Chiclana con un origen romano. En su “Breve diccionario de topónimos españoles” (1997), el profesor Emilio Nieto Ballester es tajante. Incluye entre sus 7.000 topónimos la entrada “Chiclana de la Frontera” y dice de ella: “Nombre de una antigua hacienda romana, con sufijación en -ana (Villa Siculana) a partir del nombre personal Sicculus”. Es decir, simplemente, una evolución desde “Siculana”, que sería el nombre de una villa que perteneció al tal Sicculus. “La evolución de la silbante ha de ser atribuida a la pronunciación árabe o mozárabe y a la adaptación castellana del fonema resultante”, es lo único que añade el Nieto Ballester, profesor titular de Filología Clásica de la Universidad Autónoma de Madrid acerca de la evolución de la /s/ romana en /č/ o <ch> castellana. 

Estela funeraria hallada en la calle Huertas.
Actualmente, en el Museo de Cádiz. Foto: Museo de Cádiz

Pero no podía ser tan fácil. El catedrático de Filología Latina de la Universidad de Cádiz, Joaquín Pascual-Barea, mostró su desacuerdo en una crítica publicada en la revista “Excerpta Philologic” (7-8, 1998) en la que reprocha a Nieto Ballester un error que impide aceptar su teoría: “Aunque no se conserva referencia alguna a Chiclana hasta que la antigua aldea musulmana volvió a ser poblada en el siglo XIV; el nombre tiene en efecto el aspecto de uno de los muchos topónimos derivados mediante el sufijo -ana o -ena de un antropónimo latino. Pero si fuera así, éste nombre no sería un extraño Siculus, pues el resultado del inexistente Sicculana habría sido Jiclana o Jijana”. Pero el profesor Pascual-Barea no se limita a rechazar la hipótesis de Sicculana, sino que añade una interesante aportación, que bien podríamos tomar como definitiva. Según las investigaciones del catedrático de la UCA, Chiclana derivaría de Caeciliana, es decir, de otro antropónimo latino: Caecilius, “nombre de una rica e importante familia de la Bética ligada al comercio marítimo y documentada entre otros lugares en varias inscripciones gaditanas”. Pero añade, concluyente: “Chiclana sí es el resultado esperado de la forma muy común de Caeciliana, documentada ya en la Antigüedad como topónimo en Extremadura y como nombre de una hortaliza, lo que también hay que tener en cuenta”. Pascual-Barea defiende, además, su teoría desde el punto de vista etimológico, dado que, entiende, es más razonable la evolución de la /c/ inicial latina a /č/ o <ch> castellana. Y, además, como dice: “El grupo consonántico /cl/ pudo conservarse en posición interior por ser sílaba tónica, lo que exige una pronunciación más intensa que en posición interior átona, al igual que en inicio de palabra donde también se conserva”.

La hipótesis de Joaquín Pascual-Barea por el que el nombre de Chiclana viene de Caeciliana, y esta a su vez del antropónimo Caecilius –equivaldría, hoy, al nombre de Cecilio–, es más que interesante por esa adscripción a la familia que es la de Quinto Caecilius Metellus Pius, procónsul romano en Hispania en el 80, quien provenía de una de las familias principales de la República Romana, los gens Cecilia. Es el Metelo que combatió a Sertorio y que dejó tras sus victorias ciudades bautizadas como Caeciliana, cerca de Setubal, o Castra Caeciliana y Vicus Caecilius, ya en tierras cacereñas. Y, a su vez, un comerciante relacionado con los Cornelii Balbi, los Balbo, “oligarquía gaditana cuyo núcleo tradicional estaba sin duda alguna ligada por viejos linajes fenicios”. La incógnita siempre será por qué se reproduce, ya en el siglo XIII, en Chiclana de Segura. Porque del denominativo de la Frontera… 

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domingo, 19 de marzo de 2017

FÉLIX ARBOLÍ Y LA MEMORIA DE GARCÍA GUTIÉRREZ | Laurel y rosas (81)

Félix Arbolí en una de sus citas anuales con García Gutiérrez en el cementerio de San Justo. Foto: Revista Puente Chico.

JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | DIARIO DE CÁDIZ

Félix Arbolí publicó en 1970 un libro que era –que aún es– todo un testimonio de “infatigable amor” por Chiclana, como lo describió Fernando Quiñones. Aquel libro, de cubierta amarilla y estampa de la Plaza Mayor en portada, tenía un título proverbial: “Chiclana, entre el mito y la verdad”. Y encerraba una hermosa historia de amor de un hombre con su tierra, con “su paraíso frente al mar”, como describía esta ciudad Félix desde esa nostalgia madrileña en la que vivió y en la que escribió. “Eres, Félix, el chiclanero más enamorado de su tierra que he visto”, proclama otro poeta, Carlos Martel, en su prólogo. Un libro que aún hoy conservo, ajado, anotado, con hojas sueltas y que se publicó por la insistencia de otros chiclaneros, entre ellos, Pepe Marín. Y este libro, una verdadera guía de viaje a la manera de los románticos del siglo XIX, un recorrido por su historia, su memoria, unas calles y unas vidas –García Gutiérrez y Paquiro, Curro Jaramago, Rumbumbum, el Cojo Farina, la Mónica y el Magistral Cabrera, entre otros muchos– que anticipaba, por ejemplo, como La Barrosa, entonces un “mar entre pinares”, está llamada “a transformarse en el mejor y más sensacional lugar de veraneo del sur de España en todas las estaciones del año”.

En ese libro –hoy además un evidente testimonio antropológico sobre una ciudad, la del 1970, quizás ya inexistente–, Félix escribió un breve esbozo biográfico del poeta Antonio García Gutiérrez, en el que reivindicaba el traslado al centro del monumento al autor de “El trovador” –entonces en la barriada de El Carmen– y, sobre todo, señalaba como colofón: “El hijo más preclaro que ha tenido la ciudad, bien merece que sea honrado y recordado por todos sus paisanos con la dignidad y el fervor que se merece. Muchos pueblos con figuras menos preeminentes se han volcado el doble. Chiclana le debe un homenaje a tan preclara figura de las letras españolas que Dios quiso naciese en su término”. Entonces no sabía el propio Félix Arbolí que él mismo iba a tener un papel extraordinario, imprescindible, en la memoria, la reivindicación y en la justicia histórica con García Gutiérrez. Me lo contó un día en el café Gijón, luego, con más detalle, en su casa de la calle General Ricardos, y luego tuvo la oportunidad de recordarlo en el Bicentenario en una conferencia del Ateneo de Chiclana. Gracias –y aún debemos de seguir dándole las gracias una y otra vez más– a Félix Arbolí los restos mortales de García Gutiérrez pasaron en Madrid de una tumba olvidada en el cementerio de San Lorenzo al Panteón de Hombres Ilustres del cementerio de San Justo, en el lugar exacto que debe ocupar en la historia del Romanticismo y de la literatura española: junto a José de Espronceda, al lado de Mariano José de Larra.

Tras la conferencia en 2013 en el Ateneo.
Foto: Revista Puente Chico.

La historia más o menos, con su intriga y su investigación en la Hemeroteca Nacional incluida, vino a ser así. “Me invitaron a dar una conferencia en el desaparecido Club Pepe Gallardo, en la calle Vega esquina a la Alameda, precisamente sobre García Gutiérrez por lo que yo había escrito”. Era 1974, y entre otros datos, Félix Arbolí había reseñado en su libro que el autor de “Simón Bocanegra” había sido enterrado “en la Sacramental de San Lorenzo, en un nicho vecino al del eminente dramaturgo don Eulogio Florentino Sanz”. Él recordaba cómo “alguien me preguntó si sabía en qué nicho y por qué no se traía a Chiclana”. Félix contestó que no lo sabía, pero que iba a investigar. A la vuelta a Madrid, se refugió en la Hemeroteca Nacional, entonces en la calle Magdalena, y comenzó a consultar periódicos y periódicos de la época. Hasta que en “La Ilustración Ibérica” encontró una crónica firmada por Fernanflor, heterónimo del periodista Isidoro Fernández Flórez, en la que culmina su necrológica de García Gutiérrez con la pista definitiva: “Ayer se le dio sepultura en el cementerio de San Lorenzo, patio de San José, fosa núm. 97. Allí está su cuerpo; su alma, en sus obras”. 

Y ahí se fue. “Pero en el cementerio nadie sabía donde estaba esa tumba. Así que le di 500 pesetas al guarda y le prometí otras 500 si encontraba el enterramiento”. A los pocos días, volvió y aquel guarda le llevó frente a García Gutiérrez. Ahí comenzó una frenética carrera, reuniones, súplicas, compromisos, por sacar de ese anonimato aquellos restos y llevarlos, no a Chiclana, sino a donde debió ser trasladado cuando en 1902 se inauguró el Panteón de Hombres Ilustres de la Asociación de Escritores y Artistas Españoles. Con la colaboración del Marqués de Lozoya, que entonces presidía dicha asociación, y del entonces Ayuntamiento de Chiclana, con el alcalde Carlos Bertón al frente, consiguió que García Gutiérrez compartiera tumba con Espronceda. A ahí está desde entonces. Exactamente donde debe de estar.

Félix Arbolí es, fue, será mucho más. No solo por su vinculación a García Gutiérrez –realizó también una intensa búsqueda de libros sobre García Gutiérrez para la Biblioteca Municipal, entre otras tareas–, sino por todo lo que fue: periodista, escritor, padre, honesto, chiclanero ante todo. Otros pueden hablar más y mejor sobre su legado. Ha muerto con 84 años y el mismo inquebrantable amor por su ciudad que siempre profesó. Su memoria merece una calle, al menos, y que nunca dejemos de darle las gracias.


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OTRA VISIÓN INGLESA DE LA BATALLA DE LA BARROSA | Laurel y rosas (80)

El escritor Alexander Dallas según la litografía de Richard James Lane. Foto: Fernando Durán


JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | DIARIO DE CÁDIZ

Hace unos pocos meses, el profesor Fernando Durán López –sin duda, el que mejor ha estudiado la batalla y su contexto– publicó un documento de lectura obligatoria: “Guerra y pecados de un inglés en Cádiz (1810-1813). Fragmentos de la autobiografía de Alexander Dallas”. Nos interesa el escritor e hispanista Alexander Dallas por varias cuestiones, más allá de que fuera el verdadero autor de la novela “Vargas” (1822), que hasta ahora era atribuida a José María Blanco White. Más allá de que se ordenara sacerdote anglicano, y de que esa “imagen de activista religioso extinguió cualquier rastro de su pasado «español» y sus veleidades literarias”, como explica Durán. Nos interesa Dallas porque “estuvo destacado con el ejército británico en Cádiz, como oficial de intendencia, entre agosto de 1810 y agosto de 1812” y porque escribió “una autobiografía espiritual”, casi cincuenta años después de “su experiencia como soldado en España, que es entendida como una época de extravío y mundanidad”, como la califica Durán. Nos interesa Dallas porque acompañó a la expedición de sir Thomas Graham, como escribe él mismo, a “la batalla de la Barrosa, en la cual se exhibió de forma gloriosísima el valor de los soldados británicos”.

La batalla de la Barrosa, ya lo saben, es la denominación que los británicos otorgan a la Batalla del 5 de marzo de 1811. La historiografía militar española, en cambio, la describe como “batalla de Chiclana” o “batalla de los campos de Chiclana”. E incluso, como también hacen los franceses, recibe la denominación de “batalla del cerro del Puerco o de la Cabeza del Cerro del Puerco”. Tantos nombres como versiones hay aún de la batalla en la que los británicos vencieron en minoría a las tropas del general Victor sobre la misma playa de La Barrosa, pero que no logró el objetivo de “levantar el asedio de Cádiz mediante un ataque por tierra sobre los franceses”, como recuerda el propio Dallas. El escritor transcribe en su autobiografía una carta “que escribí a mi hermana inmediatamente después de esta batalla en 1811” para proporcionar, cita, “pormenores tanto en lo que respecta a mí como a los sucesos históricos”. Esa carta también ha sido traducida por el profesor Durán: “El resultado ha sido muy glorioso para el renombre de los británicos y muy ignominioso para el de los españoles; y aunque las ventajas obtenidas han sido relativamente insignificantes o nulas, es muy probable que te vayas a alarmar cuando lo leas con los clarines de los periodistas proclamando la victoria de Sancti Petri, o la victoria de la Barrosa, según tengo entendido que van a llamarla”.

Mapa británico que describe la batalla.

Dallas prosigue narrando el derrotero de la expedición —zarpó de Cádiz el 21 de febrero y desembarco en Algeciras el 23 y en marcha hacia Tarifa, Casas Viejas, Vejer, Conil– hasta llegar “a un cerro a dos millas de Sancti Petri”, que podemos identificar como la actual Loma del Puerco, en donde disfruta “con las vistas de Cádiz y la Isla que se desplegaban ante nosotros, con Chiclana a nuestra derecha, o más bien el Pinar de Chiclana, que es un bosque muy tupido que la rodea por completo, y a la izquierda la Vigía de la Barrosa, una torrecilla que se alza junto al mar”. Es decir, la torre del Puerco, que en abundantes mapas de la época aparece nominada como torre de La Barrosa, de ahí que los británicos le dieran ese nombre a la batalla, más que por la playa. Dallas debe volver a Conil a procurarse “carne salada de los buques fondeados en la bahía y llevársela al ejército lo antes posible”. En ese ir y venir sucede aquel cruel enfrentamiento en el que los británicos perdieron 1.138 hombres entre “muertos, heridos y extraviados” y los españoles, 300. Los franceses, “de 3.500 hombres para arriba, entre muertos, heridos y prisioneros”, recuenta Dallas. “Los despachos te darán un relato más particular de las menudencias de la batalla –le dice a su hermana Georgiana—; a mí me basta con decir que algunos viejos oficiales que habían estado en las más famosas acciones me han aseverado que nunca vieron otra tan cruda, u otra en que el valor de los soldados británicos fuese más sobresaliente”.

Las tropas francesas huyeron hacia Chiclana y se fortificaron aún más en torno al cerro de Santa Ana, mientras que Lapeña y Graham –que no se tragaban el uno al otro y se acusaban mutuamente de traición– desde la Casa del Coto preparaban el ataque hacia la villa. Nunca se produjo. Esa misma noche, la Regencia ordenaba a los españoles poner rumbo a Cádiz a través del puente construido en Sancti Petri. Pero Dallas sí que pisó Chiclana poco después de que los franceses la abandonaran el 25 de agosto de 1812. Su testimonio es, más que interesante, sobrecogedor: “También fui a Chiclana, su cuartel general, y muy cerca del escenario de la gloriosa batalla de la Barrosa. Está terriblemente destruida; las casas de las personas que se habían ido a Cádiz ya no tenían forma de casas; las de quienes se quedaron las habían tratado bien y algunas ni las tocaron. Fuimos allí con un grupo grande de señoras y caballeros y mientras descansábamos, me entretuve hablando con un chiquillo que nos había traído agua. Me dijo que los franceses habían ahorcado a su padre por no entregarles algo de trigo que tenía y poco después su madre había muerto de hambre. ¡Qué situación más horrible! ¡Qué atrocidades han cometido esos hombres!”. La guerra, todas las guerras.

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domingo, 5 de marzo de 2017

SABER AMAR EL CASTILLO DE SANCTI PETRI | Laurel y rosas (79)

Imagen del Castillo de Sancti Petri desde la playa de La Barrosa. Foto: Ayuntamiento de Chiclana-Oficina de Turismo

JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | DIARIO DE CÁDIZ

Olas que abatían con tanta rabia que cubría, incluso, la batería de la Avanzada, lluvia inmisericorde, truenos que amenazaban con despertar al mismísimo Hércules, conmoción, hasta terror debió sentir la guarnición del castillo de Sancti Petri hace justamente 150 años. Un temporal furibundo atacó y azotó el islote y la ensenada. Los daños en el castillo, que había sido la llave que protegía la Bahía y ya había venido a menos asentada la paz europea, fueron notables. Pocos días después, el 28 de febrero de 1867, el último capitán de la guarnición, Juan Manuel Lumbrera, “pide a sus superiores la cantidad de 4.070 escudos para poder acometer obras de urgencia en el castillo”, según narra el ingeniero José Martín-Caro. Nunca recibió el dinero, aunque sí la orden de abandonar el castillo. Comenzó la reciente historia del abandono –también– de un edificio que desde mediados del siglo XVI fue construyéndose primero como torreón, después como fuerte, más tarde ampliado a castillo, para la defensa de la ciudad de Cádiz y que había heredado la leyenda del templo de Melqart, del Hércules Gaditano, de Gadir, de Gades y ese “non plus ultra” tanta veces citado. Y aún se esconde bajo la piedra ostiones del islote y el arrecife.

Aposentado en la batería alta, la inmensidad del mar abierto impresiona como debió de hacerlo a los soldados –históricamente, hasta el siglo XVII, la guarnición del castillo era financiada por el Concejo de Chiclana– que desde la garita vigilaban los barcos que navegaban rumbo a Cádiz por si venían piratas o ingleses. Aún hoy se siente esa solitud, ese desamparo, si uno mira al frente y se deja mecer por el ritmo de las olas rompiendo en el arrecife. Ese mismo arrecife por el que los romanos abrieron la calzada que conducía a Gades, y de la que desde aún puede verse, clara, nítida, tan cerca, la ciudad de Cádiz. Una de las visiones más impresionantes –y aún más de noche, con el mar y el corazón en calma– es cuando uno se aposenta en la batería alta, y ve la banda luminosa de una ciudad atracada en medio del océano. Lo mismo, al revés, que desde el castillo de San Sebastián –en la playa de la Caleta– los días claros es perfectamente visible en línea recta el fulgor del castillo de Sancti Petri. 

Imagen aérea del castillo tras su restauración. Foto: Mapama.

Pero el paisaje es también notable, hermoso, si desde la batería circular que da a la punta del Boquerón –seguramente, la más antigua– aquellos soldados aposentados en la garita observaban la marisma y el misterio, el culebreo del caño Sancti Petri, los esteros, el aleteo de las albinas brillando al sol, las avocetas levantando el vuelo, el flamenco pintando de rosa el horizonte. “Su importancia va más allá de los restos monumentales ya que está integrado en un espacio natural de indudable valor”, apunta, y acertadamente, el ingeniero José Martín-Caro, que fue uno de los responsables de la rehabilitación del Ministerio de Medio Ambiente en 2011. El islote –con su castillo y su historia– forma parte del Parque Natural de la Bahía de Cádiz, y da igual si en Chiclana o en San Fernando, su perfil, su estampa, su memoria, forma parte de la identidad de un espacio singular, de un paisaje único, sea contemplado desde Camposoto o la punta del Boquerón, desde Sancti Petri o La Barrosa. Debe ser el icono de Chiclana –y de San Fernando, de Cádiz mismo– porque entre sus muros se respira la historia, la identidad, la cultura, el espíritu, de cuanto somos. De cuanto seguimos siendo.

Ya durante la denominación árabe –según Dikr– en es islote subsistía un castillo, literalmente lo dice, llamado Sancti Petri. “Junto a él había una iglesia muy venerada por los cristianos, comunidad que desaparece por completo en estos años de tierras gaditanas ante la persecursión almohade, pasando el último obispo asidonense a Toledo”, según el relato del catedrático Rafael Sánchez Saus. Aquella abandonada iglesia dedicada a San Pedro era el vestigio religioso y social que en ese siglo XI quedaba de la fascinante historia del templo fenicio de Melqart que los romanos adoptaron como Hércules Gaditano. Pero leyenda o no –que no lo es–, el castillo por sí mismo, con su historia indudable desde que a mediados del siglo XVI el almirante genovés Benedetto Zacaría construyera el actual torreón, es un patrimonio histórico de primer orden, multiplicado por el patrimonio medioambiental y paisajístico. 

Todo esto lo digo, o lo recuerdo, porque la memoria sentimental de muchos chiclaneros está atada al castillo y al verano, a La Barrosa con el castillo abrazando el horizonte, a ese orgullo con el que navegas hacia sus piedras para mostrarlo, para narrar la historia inolvidable de un espacio que acumula la serenidad y la sabiduría de los siglos. Y ahora que la Junta de Andalucía tiene sobre su mesa la concesión de la explotación turística del castillo y el islote tenga en cuenta –al igual que las empresas que aspiran a gestionarlo– qué tiene en sus manos. Y que todos aquellos que aún no lo conocen, vayan, disfruten, lo enseñen porque “saber mirar, es saber amar”, que decían en “Canción de cuna”, la película de José Luis Garci. Y lo que uno ve desde el castillo es nuestra esencia. De ahí venimos.

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miércoles, 8 de febrero de 2017

PEDRO SALADO, MISIONERO Y EJEMPLO | Laurel y rosas (78)

Momento de la inauguración del monumento en la Plaza de Jesús Nazareno. Foto: Sonia Ramos/Diario de Cádiz

JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | DIARIO DE CÁDIZ

La mayor desgracia para un misionero es que se hable de él. Porque solo nos acordamos de ellos -de todos los que entregan su vida al próximo allá donde se les necesite- cuando mueren. Porque cuando muere un misionero lo hace envuelto en tragedia. Tragedia que suele ser heroica, porque su vida, su entrega a los demás, su testimonio, también lo es. Es lo que nos sucede con Pedro Manuel Salado de Alba, el hermano Pedro. Pedro, sencillamente, para Pilar, esa madre que tanto lo echa en falta, para la calle Francisco Ignacio en la que nació, en el Barrio Nuevo donde creció siempre con su guitarra y su timidez. Pedro, únicamente, en el colegio del Castillo y en aquel movimiento catecumenal que se llamó Jena -siglas que mostraban abiertamente a Jesús de Nazaret- y que el hermano Diego Apresa creó en el colegio La Salle con las puertas abiertas para quien quisiera entrar.

Pedro, también, en el coro de la Iglesia Mayor, en el que se mostraba transparente y humilde. Pedro, por supuesto, en el instituto Poeta García Gutiérrez, en el que siempre estaba dispuesto a ayudar y a convencer con sus pocas palabras y sus muchos ejemplos. Pedro, sobre todo, en el Hogar de Nazaret, a donde acudía a cantar, a jugar, a hacer feliz a los niños más necesitados. "Era un niño muy humilde, con poco se conformaba y cuando veía que algún otro niño necesitaba algo que él tenía se lo daba". Es como lo recuerda su madre, Pilar, que desde hace cinco años, desde que Pedro murió en la playa de Atacames, en Ecuador, lleva la cruz de madera con la que se dejó la vida salvado a siete niños de las aguas furiosas del Pacífico.

"Me gustaría que se le recordara como una persona, una persona que lo que ha hecho por los demás muy poca gente está dispuesta a hacerlo en su vida", dice Pilar. "Era humilde, sencillo, caritativo, de espiritualidad profunda, alegre, siempre atendiendo a los niños", lo recuerda el padre Cristóbal, que estuvo a su lado el Hogar de Nazaret de Quinindé, la ciudad donde Pedro llevaba destinado desde 1999. Desde hace cinco años, desde aquel 5 de febrero de 2012 en el que murió ahogado y exhausto sobre la playa después de rescatar a Ashly, a Zairo, a Alejandro, a Selena, a Alberto, a Jairo, a Elkin, a los niños que le llamaban "Papi Pedro", el recuerdo de Pedro Salado lo ocupa su muerte. "Murió como vivió, dando su vida por los demás", añade Pilar a la puerta de San Telmo, donde acude cada día al recuerdo de Pedro y en cuyo tablón se ve una estampa de Pedro y sus niños, de ese Pedro mártir que desde el Hogar de Nazaret se va a promover para su beatificación.

Pedro Salado en Ecuador. Foto: Obispado de Córdoba

Pero el ejemplo de Pedro, del Pedro hijo -el tercero de seis hermanos-, del Pedro chiclanero, del Pedro católico, incluso del Pedro que profesaba en la Familia Eclesial del Hogar de Nazaret, del Pedro que recuerdan todos quienes le conocieron, estaba en su vida. En su sencillez, en su bondad, en su desapego a todo lo material y su entrega absoluta al próximo. Era así desde niño y así fue su entrega a la fe desde que con 19 años dejó Chiclana para ingresar en el noviciado del Hogar de Nazaret en Córdoba. En esa humildad que profesaba con una sencilla confesión: "Yo solo sé tocar la guitarra". Todo el que le conoció le recuerda exactamente como lo hace su madre: "Y qué bien tocaba la guitarra -señala Pilar-. Pero lo tenía claro desde muy pronto, su vida era la entrega a los niños, a los demás, a Dios. No fui nunca a Ecuador, pero allí lo quería mucho". A Pedro todos los querían mucho. En todas partes. 

"Apocado, sin muchas palabras, honesto, sencillo, apenas se dejaba notar. Pero lo dejaba todo para ayudar a quien lo necesitara". Ese es el testimonio que da todo aquel a quien se le pregunta. Unánime y sencillo. En Chiclana, en Córdoba y en Quinindé. Desde hoy -desde esta tarde a las seis- a Pedro, con dos niños a su lado, sencillo y en vaqueros, con su cruz al pecho, nos lo encontraremos en bronce en la Plaza de Jesús Nazareno, en una talla del escultor José Antonio Barberá: "No lo conocí, pero para mí es un héroe. Es indudablemente un orgullo tener la oportunidad de modelar y expresar mediante la escultura a un héroe". Cuando pasemos por su lado, podremos fijarnos en esa cara alegre que siempre tenía Pedro, feliz de estar con sus niños y darle una mejor vida, pero a la vez, si nos fijamos, veremos ese recelo que todo padre siente a estar con sus hijos, el recelo que mana de querer protegerlos, de la angustia de qué será de ellos. El recelo que aprendió de Pilar, su madre. Amor, sencillamente.

Es el mejor testimonio del hombre que le dio su vida a los niños. Quizás es más necesario que nos quedemos con esa vida: con su humildad, con su entrega, con su oración, con su silencio. Con el ejemplo del hombre nos basta. A los santos los vemos como inalcanzables, pero el verdadero ejemplo lo dan quienes nunca sintieron que hacían nada extraordinario. Pedro era así: vivió como sentía que debía hacerlo, para él era lo natural, lo normal, lo necesario. No le habrían gustado ni monumentos, ni medallas, ni beatificaciones, ni artículos. Pero está de nuevo entre las calles de Chiclana, cerca del Nazareno, para que no miremos hacia otro lado.

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jueves, 2 de febrero de 2017

En la muerte de Zygmunt Bauman: “Dios nos libre de perder la esperanza”


El sociólogo de la modernidad líquida murió siendo un referente moral e intelectual frente al individualismo y a favor de la paz


JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | VIDA NUEVA

Vivimos en un Interregnum, la expresión de Gramsci y de Tito Livio, que a Zygmunt Bauman (Poznan, Polonia, 1925) le gustaba usar: “Un estado de confusión total”, según la definía. Y no hay –“no se vislumbra por el momento”– otro mundo posible. Pero el sociólogo de la “modernidad líquida” –que murió el 9 de enero en Leeds (Inglaterra), a los 91 años– no perdió la esperanza: “Tengo esperanza en la razón y la conciencia humana, en la decencia –decía–. La única verdadera preocupación es cuántas víctimas caerán antes de lograrlo. No hay razones sólidas para ser optimista. Esta es nuestra plegaria. No soy un profeta. Si perdemos la esperanza será el fin, pero Dios nos libre de perder la esperanza”.

Bauman se fue convertido en un referente moral e intelectual, que supo decirnos con claridad por qué esta posmodernidad que vivimos nos conduce al caos –desarraigo, precariedad, pobreza, desigualdad, refugiados– y la urgencia con la que necesitamos huir del individualismo feroz y del consumismo al que nos hemos condenado creyendo que compramos felicidad. La única solución, sostenía Bauman, es vivir –y creer– con el otro y para el otro: “Con responsabilidad, con libertad, asumiendo las diferencias y la pluralidad, creando vínculos a través del diálogo y la universalización de los derechos fundamentales políticos, sociales y culturales”. Humanismo, comunidad y solidaridad.

Su ingente obra –fue autor de 57 libros y más de 100 ensayos– quedó, aun así, desplazada por la metáfora con la que alumbró su fama: el adjetivo “líquido” como expresión de que en el mundo posmoderno rige la “falta de consistencia”, lo efímero, la inseguridad, el egoísmo, la indiferencia. “La sociedad de consumidores es quizás la única en la historia humana que promete felicidad en la vida terrenal, felicidad aquí y ahora y en todos los ‘ahoras’ siguientes, es decir, felicidad instantánea y perpetua”. Felicidad inútil porque conlleva una constante insatisfacción que, además, nos obliga a ver al próximo, al diferente, al otro, como un enemigo. “El progreso ha dejado de ser un discurso que habla de mejorar la vida de todos para convertirse en un discurso de supervivencia personal”, sostenía.


Bauman consideraba que hasta el amor es líquido. Como el arte, la educación, los valores. Y que, por ejemplo, la inmediatez de las redes sociales inciden en este estado “omnívoro” y “escapista”. “La reflexión supone un arma indispensable –decía– para recuperar nuestra capacidad de ser personas, en el enorme ruido mediático, informativo, virtual, al que estamos sometidos”. Ese era el camino que marcaba: “La condición preliminar de paz, solidaridad y cooperación benevolente entre los seres humanos –manifiesta en Of God and man– es el consentimiento a la multiplicidad de formas de ser humano”. Esa es, realmente, la clave, el germen de la sociología –una filosofía, al fin y al cabo, sin un corpus sistemático– de Bauman: “Un verdadero compromiso con el otro no puede tener lugar sin el cuestionamiento del yo”. O, como también, afirmaba: “Múltiples culturas, una sola humanidad”.
Una visión posmoderna de la fe

La religión también necesita rehacerse, según Bauman. “La ‘religión’ pertenece a una familia de curiosos y a menudo problemáticos conceptos que uno comprende perfectamente hasta que intenta definirlos”, escribió en La posmodernidad y sus descontentos (2001). Ese es quizás el libro donde más a fondo expone su visión posmoderna de la fe. Y lo hace para responder a la pregunta de si existe realmente “una forma de religión específicamente posmoderna”. Y responde que sí: el fundamentalismo. Al fin y al cabo, el integrismo persigue el mismo fin que el hombre posmoderno: su propia y ávida satisfacción frente a los demás, el yo ante todo.

Ese discurso no era, sin embargo, antirreligioso. La concepción que de la religión hace Bauman está vinculada a un papel de víctima de la posmodernidad. “La modernidad líquida no demanda –señaló– predicadores que les hablen de la debilidad del hombre y de la insuficiencia de los recursos humanos”, sino que, añadía, exige recursos que le reafirmen en su “propia autosuficiencia”.



Si el hombre posmoderno se cree autosuficiente y se niega a ser consciente de su misma debilidad, no ve necesaria la religión. Es el ateísmo, que Bauman rechaza como dogma. En El malestar en la posmodernidad señala: “La idea de la autosuficiencia humana minó el dominio de la religión institucionalizada, no prometiendo un camino alternativo para la vida eterna, sino llamando a la atención humana lejos de ese punto; concentrándose, en vez de eso, en tareas que el ser humano puede ejecutar y cuyas consecuencias pueden experimentar mientras todavía son ‘seres que experimentan’; es decir, aquí en esta vida”.

Pero el hombre posmoderno está equivocado. Y a hacérnoslo ver dedicó Bauman toda su obra. Y es aquí donde entra su definición de religión: “Después de todo, la religión no es más que la intuición de los límites que los humanos, siendo humanos, pueden establecer y abarcar”, apuntó en La posmodernidad y sus descontentos.


El futuro de la religión

Aún queda por leerse –y publicarse– en España Of God and man (De Dios y los hombres), quizás el libro más abiertamente religioso de Bauman, al menos, en el que más claramente aborda la cuestión, entre otras muchas. Un diálogo con el exsacerdote jesuita, también polaco, Stanislaw Obirek. El agnosticismo es su punto de partida. “No es la antítesis de la religión o incluso de la Iglesia. Es la antítesis del monoteísmo y una iglesia cerrada”, llega a definirlo Bauman. Pero también es, como explica, la antítesis de un ateísmo cerrado. Él mismo, judío que fue expulsado de Polonia debido a las purgas antisemitas de 1968 y que abandonó Israel por sus críticas al sionismo, admite que ha llegado a ese agnosticismo “desde la arrogancia ciega del poseedor de una sola verdad hasta la contención de un testigo de múltiples verdades humanas”.

Por ello, entre sus escasas referencias a la religión en apariciones públicas y escritos, por ejemplo, destaca la denuncia del “Dios a la carta” o, lo que es lo mismo, contra un Dios privado y privativo al que también ha conducido la modernidad líquida: “Siguiendo la lógica de los desarrollos sociales actuales –añade–, se cree en Dios pero no para pretender que vaya a observar las leyes de la naturaleza, porque exista regularidad o un orden en el mundo. Todo lo contrario. Yo lo necesito para que haga milagros. Para que rompa las leyes, para que rompa la regularidad de la naturaleza. Para salvarme a mí mismo”.

Vivir, creer, es algo muy distinto: un diálogo con Dios y con la comunidad. “Dios existirá mientras siga existiendo la incertidumbre existencial humana y eso significa que existirá siempre”.

El futuro de la religión –la relación entre Dios y el hombre, según la definía– lo veía cada vez más cercano a un resurgimiento desde la responsabilidad, la libertad, la moral, la solidaridad, la comunidad, el próximo y lo que llamaba “el largo plazo”, es decir, la necesidad urgente de pensar no en el “ahora”, sino en qué mundo queremos. “Yo soy un sociólogo, no un teólogo, no estoy preocupado por la prueba de la existencia o la inexistencia de Dios. Por lo que sí estoy preocupado es por la importancia de la religión y del creer en Dios en la totalidad de la humanidad. Y es en verdad una parte muy importante”.

Leer en Vida Nueva, publicado en el número 3.021: