domingo, 17 de septiembre de 2017

EL CHICLANERO PUENTE ZURRAQUE (I) | Laurel y rosas (94)

Puente de barcas sobre el caño Zurraque, paso obligado para dirigirse a San Fernando. Foto: Colección Quijano / ABC 

JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | DIARIO DE CÁDIZ

La Sala Cuarta del Tribunal Supremo dictó una sentencia a finales de 1872 por la cual el puente de barcas sobre el río Zurraque, denominado “Duque de la Victoria”, dejaba, definitivamente, de pertenecer al Ayuntamiento de Chiclana y pasaba a manos del Estado. Respondía así a la demanda entablada por el municipio, representado por el licenciado don Diego Suarez, contra las reales ordenes de 4 y 24 de Marzo de 1871, por las que el Estado incautaba a la villa la propiedad de ambas infraestructuras. La lectura de aquel pleito es más que interesante, y no por el pomposo lenguaje administrativo decimonónico, sino porque relata hasta detalles hoy insospechados las desventuras del puente Zurraque y del llamado “camino de Chiclana”, también objeto de incautación por el Estado. 

El magistrado Juan Giménez Cuenca –uno de los seis que componían la sala cuarta– fue el responsable de redactar, leer y publicar la sentencia. Él mismo explica el origen del puente sobre el caño Zurraque, construido por el Ayuntamiento de Chiclana: “Resultando que por Real cédula del Rey D. Carlos IV de 31 de Agosto de 1800 se autorizó al Consejo municipal de Chiclana para construir un camino arrecifado que partiendo desde el pueblo fuese a comunicarse más breve y directamente con la isla de León, hoy ciudad de San Fernando, y la de Cádiz, y asimismo una barca de maroma sobre el rio Zurraque, otorgándole la concesión de establecer derecho de pasaje a favor de los Propios de la villa, y facultándole también para imponer ciertos tributos sobre varios artículos en compensación de los sacrificios y gastos y dispendios que habían de originar las obras”.

El aterramiento del río Iro imposibilitaba que siguiera siendo la vía de comunicación hacia la Bahía, mientras que el caño de Bartivás era angosto, más allá de que el viaje hasta Cádiz fuera largo y penoso entre la marisma. La huerta, el aceite y, sobre todo, el pujante vino de Chiclana necesitaba un “camino carretero” que lo uniera, además, a Jerez. El caño Zurraque hasta entonces lo había impedido. Justamente cuando fueron a comenzar las obras la peste arrasó la villa y hasta 1802 no se abre aquel puente que no era más que una barca tirada por maromas entre orillas junto al anunciado portazgo y que comunicaba con el “camino nuevo”, como se le denominó. “Resultando que construido dicho camino y barca, pasados algunos años se concibió por el Gobierno político y Diputación provincial de Cádiz el proyecto de sustituirlo con un puente de barcas que facilitase con seguridad aquella comunicación con dicha ciudad; y que instruido el oportuno expediente con audiencia de todas las corporaciones, así civiles como militares; enterado el Regente del Reino, por orden de 28 de Junio de 1.841 concedió el permiso para construir el referido puente”, sigue relatando la sentencia. 

Ilustración medieval que explica
cómo debe construirse un puente de barcas.

Hasta 1843 no se formalizó la subasta de las obras, que el Ayuntamiento de Chiclana concedió finalmente a Julio Zacarías González, único licitante. A cambio de construir el nuevo puente de barcas y su mantenimiento, recibiría el derecho de peaje sobre personas, caballerías y carruajes durante 27 años, en los que entregaría anualmente al Ayuntamiento la cantidad de 12.000 reales. Era levadizo y tenía cabecera de piedra. “Un puente de siete barcas, llamado de la Victoria, y tendido sobre el caño salado, llamado el Zurraque –lo describe el Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones de Ultramar (1846) de Pascual Madoz–. El camino está muy bien construido y reparado, con una longitud de una legua desde el portazgo y en la dirección casi de N. a S.; no tiene más que un ventorrillo en su medianía, salinas y esteros a sus costados: pasa por la inmediación del pinar y atraviesa la Alameda, que está a la entrada del barrio de la Banda de Chiclana”. El nombre oficial era “puente del Duque de la Victoria”, en honor a Baldomero Espartero, regente del Reino entre 1840 y 1843. La concesión finalizaba el 31 de diciembre de 1869, según el Ayuntamiento, que volvió, con la aprobación de la Diputación, a sacarlo a subasta por cuatro años y medio, adjudicando el arrendamiento a José Güelfo y Brasco. 

La Dirección de Obras Públicas, sin embargo, no estuvo de acuerdo. Ni en el plazo de la finalización de la concesión inicial –que entendían acababa el 30 de junio de 1870– ni en la nueva subasta, dado que afirmaba que, según una orden de 1861, debía revertir su propiedad al Estado a 1 de julio de 1870 para formar parte de la carretera de segundo orden de Cádiz a Málaga. Comenzaba así un proceloso enfrentamiento administrativo y judicial porque el Ayuntamiento no quería renunciar a los ingresos del portazgo. El Ministerio de Fomento obligó por la real orden de 4 de marzo de 1971 a la entrega del puente de barcas y camino del arrecife al Ayuntamiento. Lo hizo pero elevó recurso al Tribunal Supremo, que también declaró nula aquella subasta.

El puente, entre tanto, siguió siendo de barcas hasta 1909 –ya en un estado lamentable– y el “camino nuevo”, de tierra, inundándose constantemente por las mareas.


lunes, 4 de septiembre de 2017

DE AQUEL ESPLENDOR DEL VINO DE CHICANA | Laurel y rosas (93)

Fotografía de J. Laurent & Cía de Chiclana en 1879 tomada desde la ermita de Santa Ana. Foto: Archivo Histórico Nacional


JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | DIARIO DE CÁDIZ

En el otoño de 1875 llegó a Chiclana el editor y escritor británico Henry Vizetelly, un gran experto en vinos que había publicado un atrevido y adelantado manual titulado “Los vinos del mundo, caracterizados y clasificados”. Vizetelly no se conformaba, ni mucho menos, con “entender” de vinos, sino que recorrió los grandes territorios viticultores de Europa. De su paso por el Marco de Jerez dejó, por ejemplo, un interesante –y prácticamente desconocido– libro escrito a modo de cuaderno de viajes: “Facts about Sherry”. Es ahí, donde cuenta, su estancia en Chiclana: “El distrito productor de vino de Chiclana queda al otro lado de Cádiz y se llega desde Jerez por ferrocarril hacia San Fernando y desde ahí a través de varias millas atravesando las salinas que lo rodean”. El viaje desde San Fernando lo hizo en una “carretela” tirada por cuatro caballos en poco más de media hora. “La ruta primero pasa por un antiguo puente de piedra fortificado en las afueras, sobre un puente de barcas y, finalmente, entre dos largos canales que se comunican con las vecinas salinas, que se extienden alrededor por una distancia considerable. Un pinar tenebroso, que se estira millas tierra adentro, rodea el camino por la izquierda justo antes de llegar a Chiclana que, cruzando el pequeño río Lirio, queda en la ladera de una empinada cuesta”.

Vizetelly sabía de qué hablaba: “Chiclana es conocida igualmente por sus toreros como por sus vinos”, añade antes de enumerar a Francisco Montes “Paquiro” y a José Redondo “El Chiclanero”, con “cuyas hazañas toda España resonaba durante los primeros años del reino de la vieja reina Isabel”. Pero a Vizetelly le gustan poco los toros –“espantosos espectáculos” los llama– y mucho el vino de Chiclana. “Al otro lado de la colina, coronada por una pequeña capilla que ocupa el sitio de una antigua ermita, están las viñas de Chiclana, que producen en los años favorables unas 4.000 botas de un buen vino que encuentra su mercado principal en Jerez, donde se mezcla con las crianzas corrientes. Las pocas muestras que catamos eran todas muy frescas en sabor y poseían cuerpo considerable y aunque invariablemente jóvenes parecían que iban a desarrollar una cierto carácter”. En 1879, cuando el fotógrafo Manuel Morillas, corresponsal de la empresa J. Laurent & Cía, la primera agencia fotográfica de España, tiene que elegir una imagen de la ya ciudad para la “Nouveau Guide du Touriste en Espagne et Portugal. Itinerarie artístique” opta precisamente por una vista general desde la ermita de Santa Ana con esos viñedos en primer plano y al fondo el sanatorio de Brake y la iglesia mayor de San Juan Bautista.

Solo tres años antes, en 1876, recibía Chiclana ese título de “ciudad” y dejaba de ser villa, precisamente por “el desarrollo de su industria y su comercio”, eminentemente vitivinícola. Ese mismo año se registran 2.151 aranzadas (1.015 hectáreas) de viñas. En la “Gaceta agrícola de Ministerio de Fomento”, publicada en diciembre de 1877, se enumeraban las uvas plantadas en Chiclana, Sanlúcar y Chipiona: “Las variedades más usuales son la loca, rey, mogar, perruna, corazón de cabrito, moscatel, beba y tintilla de Rota; y en menor escala la mantúo de Pila, muñeca, melonera, ferra, caño-casa, quebranta-tinajas y perruna de arios”. A continuación, aclara: “Variedades todas blancas, menos la tintilla, la melonera y la ferra, que son negras, y el corazón de cabrito entre negra y morada”. Cita, además, la manzanilla como especialidad de Sanlúcar, que es la misma variedad de la palomina, uva entonces predominante tan solo en Jerez. 

Portada del libro de Vizetelly.

La explosión económica constata el aumento de la superficie del viñedo hasta 3.410 hectáreas en 1883, con una plantación media de 5.000 vides y 55,9 hectolitros por hectárea. Existía entonces un total de 52 bodegas, 109 cosecheros de vinos y mostos, 14 almacenistas de vinos y 6 fabricantes de aguardientes, cifras que resaltan el gran peso social y económico de los “agricultores de viñas”. El viñedo y su industria, aunque con fuerte presencia de mosteros y mayetos, constituían más que nunca la base de la economía chiclanera. Ese es el contexto en el que Manuel José Bertemati crea en 1884 la Colonia Agrícola de Campano. En el periódico “El siglo futuro” se afirma entonces de la vendimia de 1890: “En Chiclana se han fabricado 96. 000 hectolitros de vino, pagándose el mosto de 1,50 a 1,75 pesetas arroba”. La ciudad vivía su mayor producción vitícola con 3.725 hectáreas de viñedo en 1892 –15.300 hectáreas en toda la provincia–, lo que supuso la práctica desaparición de las tierras de olivar. Nunca volvió a ser igual. La filoxera puso fin a un modo de vida.

Aquel viñedo a la falda de Santa Ana persistió hasta prácticamente 1960. Como en general también resistió la viticultura como el principal –y único– sustento de Chiclana hasta aquellos años sesenta y setenta. En cincuenta años nada tiene ya que ver, pero en las escasas viñas aún estos días hay vendimia y en las bodegas –la Cooperativa, Collantes, Sanatorio– las prensas “pisan” la uva que será fino de Chiclana, testimonio e historia de esta ciudad. Aún.

Ver en Diario de Cádiz:

viernes, 1 de septiembre de 2017

Memoria silenciosa del saber y de la cultura universal


San Millán de la Cogolla –y su monumental e histórica biblioteca– cumple veinte años como patrimonio de la Humanidad.



JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | VIDA NUEVA

“Es memoria silenciosa del saber y cultura universal”. Nadie mejor que el agustino Pedro Merino (Villar de Torre, La Rioja, 1938), prior del Monasterio de Yuso, para describir la monumental e histórica biblioteca del conjunto monasterial de San Millán de la Cogolla. “Es testigo cualificado del afán cultural benedictino. A los monjes benedictinos, como creadores de este espacio casi sagrado, y a los agustinos recoletos, restauradores y cuidadores desde 1878 –añade–, debe la cultura agradecer tanto esfuerzo gratamente compensado por el interés que suscita y el servicio que sigue prestando a los investigadores del pasado”. La Biblioteca Emilianense, junto a su Archivo, es uno de los mejores testimonios de la riqueza cultural de los monasterios españoles. “No es el número de libros, sino su valor histórico: códices, incunables, ediciones raras y ejemplares casi únicos. Más de la mitad de sus libros están escritos en latín, el lenguaje culto de la época, del que nacerá el romance que al final apellidamos castellano. Por sus libros podemos comprender y valorar la apertura a la cultura y al dialogo con que los benedictinos respondieron a los retos de su tiempo”, explica Merino, prior desde 2011 de Yuso, donde se encuentra la biblioteca tal y como quedó definitivamente amueblada a finales del siglo XVIII: sin luz eléctrica ni calefacción. 

Aunque fue fundado en el s. XI, el monasterio de Yuso –del latín deorsum, que significa “abajo”, para diferenciarlo de Suso, de sursum, “arriba”, la morada del anacoreta San Millán en el siglo VI– fue sometido a notables reconstrucciones y ampliaciones entre el siglo XVI y XVIII; de ahí, esa estampa arquitectónica en la que predomina el estilo renacentista y el barroco. La biblioteca es heredera del famoso scriptorium de Suso, pero también de la historia de ambos cenobios: “Está claro que para adquirir y conservar ese tesoro que encierra la biblioteca, los monjes tuvieron que privarse de otras muchas cosas –relata el prior recoleto–. Para responder como testigos de la luz ante un mundo cambiante y a veces ciego, y también para el mayor esplendor del culto, entendieron que la mejor inversión estaba en rodearse de libros, y así se fue creado su biblioteca monacal. Pobres para sí y en casi todo, menos en cultura: una riqueza que ha pasado como legado de la historia”.

Ambos monasterios –conocidos unitariamente por San Millán de la Cogolla– fueron declarados por la Unesco, en 1997, Patrimonio de la Humanidad. Gracias, sobre todo, al impulso agustino, orden que se hizo cargo en 1878 de Yuso, abandonado en 1835 y presa de saqueos y despojos. Lo cuenta Pedro Merino: “Los agustinos recoletos en 1878 recibieron como legado lo que la prensa del momento calificó como ‘una ruina’, con el compromiso de convertirlo en un ‘monasterio más’. Su tenacidad y resolución hicieron posible lo que en principio se presentaba como una empresa inalcanzable. Mentes privilegiadas como el primer prior Íñigo Narro y el obispo agustino recoleto Toribio Minguella tuvieron claro que entre tantas preocupaciones de primer orden había que dar la primacía a la recuperación del fondo bibliográfico de la biblioteca monacal, cuyos libros cautelosamente habían sido colocados en hogares cercanos al monasterio”.

Facsímil del "Códice 60" o Emilianensis.

Y el empeño dio su fruto casi de inmediato, gracias a la custodia de vecinos y amigos del monasterio, que le devolvieron su tesoro. “Podemos decir que la casi totalidad de los libros catalogados con anterioridad a la exclaustración –confirma el agustino– reposan de nuevo en las viejas estanterías de la biblioteca monacal. Salvo, claro está, los códices que, para mejor cuidado, se llevaron a Madrid, donde siguen esperando el turno de regreso”. Merino se refiere, entre otros, al Códice 60, donde se encuentran las “glosas emilianenses”, las anotaciones manuscritas en romance –el primer testimonio escrito del español– realizadas por un monje del scriptorium de Suso. “Las ‘glosas emilianenses’ son un reclamo ciertamente justificado del monasterio, a pesar de que el códice original no ha sido posible recuperarlo. Bien guardado está en la Biblioteca de la Real Academia de la Historia. ¿Volverá a su primer hogar emilianense? Al menos nos consuela el saber que la memoria universal lo sigue colo-cando en su lugar de origen”.

En cambio, sí que se conserva en Yuso el Becerro Galicano (s. XII-XIII), una de sus joyas, junto a otro cartulario o tumbo, como también se denomina: el Bulario (s. XIII). Eran libros de pergamino en los que se copiaba a la letra los privilegios y pertenencias de los monasterios de San Millán. Es en el Galicano, donde aparece citado, entre los monjes emilianenses el nombre de Gundisalvus Michaelis de Berceo. Es decir: “Gonzalo de Berceo, primer poeta castellano, sencillo y chispeante para narrar la vida de los santos del entorno emilianense y cantar los milagros de Nuestra Señora, ocupa un lugar privilegiado en este remanso de la historia. La biblioteca, con todo, va más allá. En el scriptorium de Suso se copiaban y confeccionaban códices; además de la producción propia los intercambiaban con otros monasterios y se adquirían los que interesaban a los monjes”. Tres de los treinta y tantos Beatos que se conservan en el mundo pertenecieron con seguridad al monasterio.

Hoy la Bilbioteca Emilianense custodia aproximadamente 11.000 libros anteriores a 1800, de ellos 20 incunables –previos a 1500– y otros 150 ejemplares raros y únicos. “Por suerte no todos los códices salieron del monasterio. Quedan, entre otros, como testigos de primer orden, el Becerro galicano, el Bulario y un Ceremonial del siglo XIV –enumera Merino–. No se contentaban los monjes con obras de contenido religioso: sagrada escritura, teología, moral, santos Padres, liturgia, historia de la iglesia o colecciones de santos. Aparte de los fondos de carácter religioso hay una presencia apreciable de ciencias profanas. De matemáticas y ciencias naturales, de historia universal, especialmente de Europa, de geografía, donde destaca una Geographia de Tolomeo, la Esfera de Sacro Bosco, el Theatrum orbis terrarum de Ortelius y la Cosmosgraphia blaviana. Lugar aparte merece la medicina teórica y práctica con 116 títulos. No hay que olvidarse de los clásicos griegos y latinos”.


Cantorales en San Millán de la Cogolla.

La riqueza y relevancia de sus fondos bibliográficos es evidente: “Otra rareza de la biblioteca es la Biblia Natalis, ‘Adnotaciones et meditationes in evangeliza quae in sacrosanta Misael sacrificio toto anno leguntur’, obra encargada por san Ignacio de Loyola a su compañero Jerónimo Nadal, que fue uno de los mejores maestros en los Ejercicios espirituales. Pensó que los dibujos debían predominar sobre el texto impreso en blanco y negro. Contó con un excelente pintor, Bernardino Passeri, a lo que se unió la pericia de grabadores excelentes, los hermanos Vierx, que culminaron la obra, que consta de 153 láminas. El texto de las anotaciones y meditaciones de Nadal se imprimió aparte en la tipografía Martin Nutius en Amberes. Contamos con la segunda edición de 1595, en la que las láminas se hallan intercaladas con el texto”.

San Millán continúa en el empeño de recuperar su fondo documental y de digitalizar sus tesoros. “Hay mucha documentación que por desgracia no está en el monasterio, sino en la Biblioteca Nacional, que guarda parte de la historia de este monasterio. No perdemos la esperanza de poder disponer un día de esos fondos”, reitera el prior, también patrono y secretario de la Fundación San Millán de la Cogolla. De los existentes en la Biblioteca, no se conforman con restaurarlos, sino también digitalizarlos y ofrecerlos a los investigadores. “Estamos intentando avanzar en la digitalización iniciada, pero reconocemos que es un proceso largo y costoso, para el que es imprescindible ayuda pública o privada. Desde aquí agradecemos todo el apoyo que hasta ahora hemos recibido. Actualmente, gracias a aportaciones de la empresa privada, estamos restaurando obras de valor singular. Poco a poco, pero sin cesar”. Casi doscientas pueden consultarse en la web de la fundación San Millán de la Cogolla. Entre ellas, por ejemplo, el impreso más antiguo, anterior a 1475, el Summa de casibus conscientiae, de Bartolomé Pisano, ejemplar rarísimo y único en España del que solo se conservan cinco ejemplares en el mundo. Un ejemplo de la biblioteca como testimonio del pasado, revitalización del presente y herramienta del futuro.

Ver en VIDA NUEVA. Nº 3.047. Especial de agosto. "Más libros" / Bibliotecas.

lunes, 21 de agosto de 2017

EN BUSCA DE FALLA EN SANCTI PETRI | Laurel y rosas (92)


Falla y Pemán sobre el castillo de Sancti Petri. Foto: Fundación Manuel de Falla.

JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | DIARIO DE CÁDIZ

A finales de 1930, el “ilustre gaditano y eminente compositor” Manuel de Falla se encontraba en Cádiz, donde había dado el 5 de diciembre un concierto benéfico para los más necesitados de la ciudad organizado por el alcalde Ramón de Carranza. Por entonces, ya había comenzado a trabajar sobre la que sería su gran obra póstuma: “La Atlántida”. Y la estancia en su ciudad natal, antes de volver a Granada, la dedicó a “dar paseos por la playa y oír de cerca el rumor de las olas para llevarlo al pentagrama”, según describe un testigo de aquella visita, su amigo Juan J. Viniegra. Sobre todo, pretendía captar el “lenguaje más expresivo del mar” por la playa de La Caleta y el castillo de San Sebastián. Sin embargo, el propio Falla propuso a sus amigos José María Pemán, Álvaro Picardo y Miguel Aramburu que lo acompañaran el día 12 de diciembre a la playa de La Barrosa y a Sancti Petri, en una excursión “en busca del templo de Hércules”, que así tituló después Pemán el artículo en el que contó aquella expedición que culminó sobre el islote de Sancti Petri. “¿Ves ese mar que abarca la tierra de polo a polo? Un tiempo fue el jardín de las Hespérides…”, leyó Falla en el poema épico “La Atlántida”, que en 1876 —el mismo año en el que nació el músico— había publicado mosén Jacinto Verdaguer inspirado precisamente por una visita a Cádiz.

Según el relato de Pemán, Falla pretendía “saturarse del rumor del Océano” porque quería trasladarlo a la partitura. “Prefiero el rumor de las olas mansas de la playa, no el de las rompientes de las escolleras y murallas. Esto último es el diálogo del mar con las piedras. El primero, en cambio, es el monólogo del mar solitario, que empezó con el mundo y terminará con él”. Esto es lo que el propio Falla dijo sobre la playa de La Barrosa, “la perfecta concha azul rodeada de pinos”, según Pemán. La Barrosa fue la primera parada de aquella excursión a al templo de Melqart. Y donde el grupo de amigos celebró “un almuerzo” que tuvo en el menú, por ejemplo, frituras de gambas que comieron en silencio porque el compositor quedó prendado de aquella “música de Dios” que interpretaban las olas en aquel paraíso entonces deshabitado y agreste. Luego fueron al muelle del Consorcio Nacional Almadrabero en Sancti Petri, suponemos que en coche, como habían venido desde Cádiz, aunque las crónicas —las de Pemán y las de Viniegra, entre otras— prescinden de ese dato. Suben todos a un vaporcito “de proa alta y picuda, con un espolón pintado de rojo”, en el que Falla embarcó con las dos evocaciones —un ejemplar de Platón, otro de Verdaguer— sobre el origen mítico de la Atlántida, sobre el Tartessos que Shulten había buscado en Doñana y Falla situaba ahí mismo: en el templo de Hércules.

El castillo en una imagen de 1912.

“Falla quería pisar el sitio donde estuvo el famoso templo dedicado al héroe de su futuro poema”, afirma Pemán. Este viaje tuvo lugar el 12 de diciembre, como recoge “El Noticiero Gaditano”, en la edición del día siguiente. “Del vaporcito saltamos a un bote. Cruzamos las famosas piedras de ‘Rompetimones’ —“¿sillares del templo?”, se pregunta el escritor— en las que, hace dos años un buzo pescó una estatua de bronce”. Y llegaron al islote. El testimonio de Pemán una evidente vocación literaria: “Contra el crepúsculo, sus peñas tiene un temeroso perfil de ballena muerta. Hay en él un castillo dormido y un faro”, describe. Narra también un episodio que Pemán reescribió en varias ocasiones. Tiene como protagonista, además de Falla, al marinero que los ha llevado en el bote, de quien no da el nombre pero que los deja impresionados: “El Islote no tiene muelle. Hay que encallar el bote en la playa. El botero, con los pies metidos en agua, nos toma del bote con sus brazos, fortalecidos por la magnífica gimnasia del remo, y nos traslada por el aire, como muñequitos, a la arena. Es aquello una escena primitiva y mitológica”, escribió. A continuación cuenta como “el cuerpecillo breve y tembloroso de Falla duda sobre la proa del bote antes de entregarse al jayán”. Entonces, el compositor pregunta ingenuamente: “¿Podrá conmigo?”. Y, relató Pemán, “el botero contesta con este inesperado madrigal: —Maestro, podría con Wagner; no sé si podré con usted”.

Falla al desembarcar en Sancti Petri en 1930.
Foto: Fundación Manuel de Falla
Hay una foto, al menos, que da testimonio de aquel desembarco. Otra en la que Pemán y Falla observan desde la muralla del “viejo fuerte, medio derruido por las embestidas y mordeduras del mar”. Pemán admite no haber visto nunca a Falla con el entusiasmo, el éxtasis de aquel día en la que el compositor cuenta a sus amigos cómo será “La Atlántida” incendiado por las piedras —y la historia— que pisa. Pero también Pemán quiere ser testimonio de lo que considera un viaje de Falla al origen de la creación, a la búsqueda de Dios. No en vano, “La Atlántida”, pese a su contexto mitológico, es el legado religioso y católico de Falla. El “maestro andaluz de las extrañas armonías” se llevó de Sancti Petri —y La Barrosa— la inspiración atlante y la voz de Dios, la música de las olas y la arena que pisó Hércules. Arena fina, dorada y trimilenaria, que cogió del islote y que quiso que depositaran en su tumba de la catedral de Cádiz.

Ver en Diario de Cádiz:


domingo, 20 de agosto de 2017

Antonio Colinas: “¡Son tantos los libros especiales y queridos!”



JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | VIDA NUEVA

Una biblioteca es la memoria del lector. La huella que va dejando un poeta antes de encontrarse con sus versos. El rastro de una vida: “Para mí literatura y vida van unidas siempre. En este sentido, bien puedo decir que mi biblioteca y mi vida también se hallan fundidas. En ella están los libros de mi juventud, de los días de crecimiento interior y los de la madurez plena. No es una biblioteca ‘de aluvión’ sino que mis libros responden siempre a esa experiencia de ser, de mantenerme en conciencia y en consciencia, en los limites: la literatura como iniciación”. Lo dice un poeta extraordinario, quizás el mayor poeta –o uno de los más deslumbrantes– que hoy luce la literatura española, Antonio Colinas (La Bañeza, León, 1946), premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana 2016. La biblioteca de Colinas habita los pasillos, el salón, la casa de Salamanca donde vive, escribe y lee: que son distintas caras de un mismo modo de ser.

A esa biblioteca mira Colinas, y afirma: “Está bastante ordenada. Unas veces por temas; otras, por autores. En ocasiones, por géneros literarios. En ella predominan la poesía y lo que yo reconozco como ‘el pensamiento inspirado’: la filosofía, el ensayo, pero que tienden siempre a la iniciación, al afán de trascendencia”. Esa biblioteca, esa casa, crece –caprichosa casualidad, o quizás no– sobre lo que un día fue el convento del Sanctis Spiritus, donde profesó Isabel de Osorio, la monja que pidió a Fray Luis de León que tradujera El cantar de los cantares. Y ahí es donde el poeta ha reunido manantiales de inspiración: “Destacaría en mi biblioteca el apartado y los autores que remiten a la poesía esencial; clásicos, pero también contemporáneos. Poesía con esos poemas que remiten no sólo a un sentir, sino también a un pensar: de Virgilio a Seferis, de Dante a Hölderlin y a Rilke, de Juan Ramón Jiménez a Vicente Aleixandre. También la sección de místicos de Oriente y de Occidente”.

Colinas también tiene, sobre los estantes, en los huecos junto a las puertas que dejan los libros, un reflejo de los escritores que le han marcado. Están colgados los retratos, por supuesto, de Ezra Pound, de Herman Hesse, Pablo Neruda, Miguel Ángel Asturias, Azorín, Antonio Machado, Pablo García Baena. Y hasta Mircea Eliade y Carl Gustav Jung, “dos pensadores que admiro”, aparecen en esa galería que revela –junto a los libros– la anchura, la amplitud, del poeta que canta: “Ser como olivo o estanque./ Que alguien me tenga en su mano como a un puñado de sal./ O de luz”. 

Aunque, en absoluto, se define como bibliófilo, ni nada que se le parezca: “Valoro un libro más por el autor que por la edición”, sostiene. Sin embargo, no faltan libros que irradian su propia luz: “Tengo una primera edición de Campos de Castilla de Antonio Machado. Doblemente importante para mí por dos razones: porque me la regalaron y porque he sido muy fiel a la poesía de este poeta. Aprecio también mucho una segunda edición del Cartujano, aquel libro que Teresa de Ávila recomendaba a sus monjas que siempre estuviera en sus monasterios. También aprecio mucho las Obras completas de Jung y los libros de Mircea Eliade. La Obra completa del Maestro Eckharth, que compré en Italia, los maestros taoístas y confucianos... ¡Son tantos los libros especiales y queridos!”.

Novelas hay pocas, pero imprescindibles: “De novela soy más relector que lector. Me refiero a que en mi biblioteca se encuentran esas novelas de siempre, a las que vuelvo, las que poseen ideas y un fondo humanista. Releo a Cervantes, a Dostoievski, a Stendhal, a Lampedusa...”. Si Lumbres (Universidad de Salamanca y Patrimonio Nacional) es el título de la magnífica antología editada con motivo del Premio Reina Sofía, su biblioteca, más que una casa, es el fuego del hogar, el origen, la infancia, lo sagrado: “Nunca olvidéis esa llamada honda/ del corazón que es manantial,/ la que hoy y ayer os hizo verdaderos” (Del poema La plegaria del que regresa).

Ver en VIDA NUEVA. Nº 3.047. Especial de agosto. "Más libros" / Bibliotecas.

José Jiménez Lozano: “Nunca he llamado biblioteca a mi depósito de libros”


JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | VIDA NUEVA

José Jiménez Lozano (Langa, Ávila, 1930) es uno de los grandes autores de la literatura española. Premio Cervantes (2002), no tiene en su casa de Alcazarén (Valladolid), propiamente, una “biblioteca”, al menos se niega a llamarla así. “Nunca he llamado con este nombre, a mi depósito de libros que, todos juntos, no tienen nada que ver con algo que pudiera llamarse biblioteca, de manera que poca descripción tengo que hacer”, afirma. El autor vallisoletano, galardonado en la última Feria del Libro con el premio “Libros con valores” de la Fundación Troa por su novela Se llamaba Carolina, no sabe ni cuántos ni, a veces, dónde tiene esos libros que guarda: “No tengo ningún orden. Cualquier libro puede estar en cualquier lugar, o no encontrarlo en ninguno, y ocurre con alguna frecuencia, pero no pasa nada”. 

Su “depósito de libros” es heterogéneo: “Ya le digo que no tengo nada que puede llamarse biblioteca, sino que se trata de un lugar donde están unos libros, y donde se va a buscarlos”, insiste. En una “biblioteca ideal”, según la define, deben estar los “libros fundamentales” a los que es necesario volver siempre: “Y no solamente del pensamiento y la literatura clásicos, sino libros de geografía e historia, o ciencia, diccionarios…”. Luego, una “segunda sección” que alguna vez ha definido como de “lectura diversa” o de “intereses variados” y, en tercer lugar, “los libros con los que tenemos una relación de complicidad y que nos acompañan”. Los leídos y releídos, según ha confesado en alguna ocasión: Eurípides, Erasmo, Spinoza, Shakespeare, Santa Teresa, Cervantes –“un humanista más”, lo definió–, Pascal, Dostoievski, Tolstoi, Pirandello y Giovanni Verga, Azorín

“Los libros que tenemos se instalan en los estantes por mil razones que no son personales, sino casuales e imprevistas y utilitarias –manifiesta–; y mucho menos pueden revelar una complicidad intelectual, moral o sentimental entre libro y propietario”. El autor de Los cementerios civiles y la heterodoxia española (1978) sabe muy bien de qué habla. “En asuntos históricos se han sacado gratuitas conclusiones sobre la posesión de un libro, pongamos por caso de Erasmo o de D´Alembert en algunas bibliotecas. El juicio sobre este hecho es casi siempre hablar por hablar”. Y, aún advierte, quizás pensando en Pablo de Olavide y el proceso inquisitorial al que dedicó una de sus primeras novelas: El sambenito (1972): “Pero hubo aventuras de lectores que terminaron mucho peor a cuenta de apresuradas identificaciones de un pensamiento personal a partir de los libros de su librería”. 

Por ello, sostiene: “Las bibliotecas no demuestran mucho. Ni siquiera que se ha leído lo que hay en ellas, y no nos dicen lo que su dueño ha leído y no está en ellas, y puede haber sido lo más importante para él. Esto importante, y aun decisivo, puede haber sido incluso un asunto que pertenece a una conversación”. Y, en consecuencia, no otra puede ser su respuesta ante la cuestión de cuáles son los “tesoros” de lo que él denomina su “depósito de libros” en Alcazarén: “Los tesoros son los libros que uno ama, aunque no los tenga. Y no tengo, desde luego, tesoros bibliográficos, libros valiosos, raros; ni tampoco soy cazador de ellos, aunque fueran baratísimos. Me resultan indiferentes las bibliofilias, aunque materialmente me gustan más los libros de fines del XIX y de principios del XX, de los que no tengo ninguno, y tampoco he hecho nada por tenerlos”. 

Al fin y al cabo, como él mismo ha dicho alguna vez: “La lectura que no es estudio o búsqueda de conocimiento histórico o de otra clase no tiene más finalidad que el placer, en cualquier tiempo, sobre todo si es una lectura literaria”. Y en esa definición encierra el misterio de una biblioteca o de un “depósito de libros” más bien: libros para el estudio, para la búsqueda de conocimiento y para el placer de leer.


Ver en VIDA NUEVA. Nº 3.047. Especial de agosto. "Más libros" / Bibliotecas.

lunes, 7 de agosto de 2017

GRAN HOTEL LA BARROSA | Laurel y rosas (91)

Imagen del Gran Hotel La Barrosa que aparece en su "folleto publicitario" de 1927.
Fotografía procedente del archivo de Pedro Leal Aragón.

JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | DIARIO DE CÁDIZ

“El Correo de Cádiz”, edición del 28 de junio de 1920, señalaba que “nos honran con su estancia en Chiclana numerosas familias forasteras que vienen a pasar temporada en casas de campo, o a gozar de los beneficios del balneario de Fuente Amarga”. Entonces, ya Chiclana era algo más que el “quitapesares” de las familias ricas de Cádiz, que dijera años atrás, entre otros, Antonio Ponz. Y no solo por los ya famosos balnearios de Fuente Amarga y Brake. “Las fondas vénse repletas de forasteros que organizan pintorescas excursiones a la playa de La Barrosa, ermita de Santa Ana y otros lugares típicos de Chiclana”, añadía el periódico gaditano. Tanto que un adinerado cosechero de vinos y reconocido farmacéutico, Rafael Fossi Marissal, comenzó a erigir ese mismo año de 1920 el que sería el primer establecimiento hotelero de La Barrosa: “Se está construyendo en terrenos cercanos a la playa un hermoso hotel, con todos los adelantos modernos, y destinado especialmente a los bañistas que usen de aquellas aguas. Desde el lugar en que se levanta el hotel, se contempla un panorama bellísimo, que hace ameno como el que más aquel trozo de terreno, propiedad del acaudalado Sr. D. Rafael Fossi. Para la próxima temporada de 1921 estará terminado este elegante hotel”. Meses después, en agosto de 1920, afirmaba un anónimo corresponsal en el “Diario de Cádiz”: “Camino de la playa de La Barrosa hicimos una parada en el molino de Hormaza, hoy propiedad de Rafael Fossi, que está construyendo un hotel monumental”. Con este hotel –bautizado como “Gran Hotel La Barrosa” y situado frente a la marisma en “el camino de Sancti Petri, frente al Pinar y Coto de San José”– se inicia el desarrollo turístico de La Barrosa. Ya era escenario de “baños medicinales”, pero hasta entonces todo viaje hacia la playa era de ida y vuelta. 

En 1924, Rafael Fossi ya había vendido su popular farmacia de la calle Corredera a Domingo Galán Hidalgo y el hotel al isleño José Acosta, que lo reabrió inmediatamente como “Gran Hotel y Balneario La Barrosa”. Un impagable folleto publicitario ilustrado fotográficamente con dieciséis páginas y fechado en ese 1924 lo describe: “Se encuentra el edificio completamente aislado, dando su fachada principal frente al pinar, pasando por la puerta de entrada la carretera de Chiclana que conduce a la playa de La Barrosa”. Tenía jardín, terraza y dos miradores: “Al fondo la marisma, la espléndida ribera con sus esteros, con sus blancos caseríos y con sus bellas pirámides de sal”. También huerta, estancia para cuarenta vacas y hasta abrevadero de piedra. 

Publicidad insertada en la prensa gaditana en 1925.

Pero la estrella, junto al comedor –“jamás pudo soñarse comedor más higiénico, más bañado de sol, ni más saturado de aromas de piñas y marisco”–, era el molino de marea, llamado entonces de Hormaza, y que hasta principios del siglo XIX lo era de Almansa: “Es una verdadera maravilla en su clase y posee un hermoso torreón, desde el cual se admira un panorama fantástico, sirviéndole de alfombra el mar, de techumbre el cielo, de fondo el campo, cuadro que alumbra el incomparable sol andaluz”. La florida prosa alcanza su cumbre a la hora de exaltar la inmediata playa: “A diez minutos del Gran Hotel y Balneario creó Dios la incomparable y arenosa playa de La Barrosa, de muchos kilómetros de extensión, cuyo piso está formado de dura y finísimas arena, que permite a los que por ella pasean llegar a orillas del mar como si posaran los pies sobre una alfombra”.

El periodista Ignacio Chilla, director de “El noticiero gaditano”, firma en agosto de ese mismo año de 1924 una engalanada crónica –inevitable no reproducirla, aunque solo sea uno de sus párrafos– de su estancia en el hotel y en La Barrosa: “La visión es única; lo bastante para proclamarla la mejor playa de España. Extensa, firme, y con un mar plácido como el de la mejor ensenada, tiene el complemento que la proclama singular, de extenderse al pie de un bosque, que permite vivir la contradicción de sostener con una sola mano la red o la caña y con otra la escopeta o el hurón”. Desde el coto de San José, la playa era un inmenso pinar –llamado de Galindo– que venía a morir donde hoy justamente está el parque público de La Barrosa, mínimo testimonio de aquel espléndido bosque. Y allí, casi en la misma orilla, cazaban tórtolas y conejos los clientes de aquel hotel. “Los conejos de estos pinares saben a ostras, porque se nutren de almejas”, afirma Ignacio Chilla que le dijo “un maitre de frac” en el “restaurant”, que abría día, noche y madrugada. Ni el espíritu visionario de Rafael Fossi ni de José Acosta –“hombre nacido para amo de esto, de aquello y de lo que se le antoje”, escribió Chilla– logró que aquel Gran Hotel y Balneario se convirtiera en negocio. “El sitio de excursiones y de esparcimiento por excelencia. Playa y bosque. Pesca y caza”, decía su publicidad. Acosta lo quiso vender al Estado ya en 1926 para sanatorio de tuberculosos; finalmente, acabó siendo años después cuartel de la Guardia Civil. A finales de los ochenta estaba en ruinas y la piqueta lo acabó derribando. Pero aquel “Gran Hotel La Barrosa” vislumbró el futuro.

Ver en Diario de Cádiz: