viernes, 12 de octubre de 2012

"Entrevista con un fantasma". Un homenaje in memoriam al periodista Antonio Rivera


He contado, aproximadamente, el proceso de nacimiento del libro de relatos Fantasmas y monstruos de Chiclana, que incluye uno de mis relatos: "Entrevista con un fantasma". Me gustaría –además de incluir aquí el comienzo del mismo, gracias a Navarro Editorial– contaros de modo breve cómo nació esta narración porque, ante todo, y quizás sea su motivación más precisa, es un homenaje a un gran periodista del que aprendí mucho cuando aún era estudiante de periodismo y que ahora, cuando se cumplen diez años de su muerte, está más que nunca presente en la memoria de quienes le conocimos y apreciamos: Antonio Rivera (Chiclana, 1961-Valparaiso, Chile, 2002). 

Entre el 11 y 30 de abril de 1983, Diario de Cádiz publicó, al menos, una decena de artículos acerca del “Fantasma” de Chiclana, un ensabanado –es decir: sabana blanca al vuelo– que se había hecho famoso en un tiempo de crisis y de transformación en el que la sociedad (y el periodismo) estaba de algún modo ingresando en la modernidad. Hoy, una noticia así –o una secuencia de informaciones– me gustaría pensar que no iría más allá de un breve... ni causaría el revuelo que aquellas "apariciones" levantaron.

El último, un amplio reportaje titulado “Nadie quiere desvelar la identidad del fantasma”, es el único que tiene firma: Antonio Rivera. Entonces era un recién llegado al Diario de Cádiz. Veinte años después, cuando fallece en un viaje turístico por Chile, era subdirector y referencia personal y profesional para muchos compañeros. Como advierto en la "nota final" de mi relato, todas las citas usadas en el mismo –un homenaje con un añadido de ficción– son entresacadas de esos artículos, especialmente del firmado por Rivera. Desde la admiración. 



En el anuario "La transición en Andalucía", Juan José Téllez Rubio –otro periodista que compartía aquella redacción, junto a Jorge Bezares– titula el artículo sobre el año 1983 con una frase nada sicalíptica: "Ya están aquí los fantasmas". En la entradilla, lo explicaba así: "En Chiclana, en plena primavera del año 83, una fantasma recorre las calles. Pero la población sospecha que se trata de un amante adúltero cuya identidad se desconoce y provoca recelos entre la población. El suceso dará pie a una de las principales leyendas urbanas que servirá de frontera entre la Transición y la postmodernidad en Cádiz".

Eso es, y no sé si lo he conseguido, lo que he intentado narrar, así como ser fiel lo más posible, digamos, a la ambientación del relato: es decir, a la descripciones de los personajes y su barrio, de la ciudad y de sus circunstancias. Así, por supuesto, a las reflexiones que Antonio Rivera hace en su reportaje y, sin duda, a lo que me imagino que habría pensado en ese instante... 

Sí, el protagonista de mi relato no es el "mentecato" ensabanado. Es Antonio Rivera; acudiendo desde la redacción de Cádiz a Chiclana para culminar aquella serie de noticias anónimas publicadas en torno al fantasma, ejerciendo de reportero sobre el terreno, sin duda, hastiado por el tema, pero dispuesto a contarlo todo...

No contó la identidad de aquel fantasma de vuelo corto. No importaba. La noticia –y cualquiera se daría cuenta al leer ese reportaje firmado por Antonio– estaba en el escenario, los rostros, el barrio, el ser colectivo, la ciudad... A eso es a lo que he querido ser fiel. 




Del mismo modo, no he querido ser preciso en la ubicación exacta del "fantasma", entre las barriadas de San Sebastián, el Arenal o Solagitas. Porque hubo implicados más allá de las fronteras del barrio... De algún modo, ese espacio impreciso quiere ser todos ellos, aunque se le de el nombre de Solagitas... Licencia literaria.

Ya lo digo: no encontrarán, casi treinta años después, la identidad del fantasma descrita en el relato ni de quienes estuvieron involucrados en ello. No he tratado de reescribir el reportaje de Antonio, por tanto me he permitido otorgar nombres y cargos ficticios a algunos personajes (como al guardia civil, el sargento Romero) y respetar tan solo con nombre y apellidos a quienes sí aparecen con ellos en algunos de los textos periodísticos.

Un texto literario, un relato, en cualquier caso debe tener validez de por sí, sin codas ni notas. Así que, en cualquier caso, olvídense de lo dicho. Aquí os dejo los primeros párrafos del relato. Ya saben que Fantasmas y monstruos de Chiclana está a la venta en la librería Navarro y próximamente en su web. Que disfruten:

Entrevista con un fantasma 



A Antonio Rivera, in memoriam 



«Era una sábana enorme que lo tapaba por completo, de los pies a la cabeza, como consumando su desaparición». 
Luis Mateo Díez, El paraíso de los mortales. 


«Y sacó del bolsillo otra carta de Chiclana, provincia de Cádiz, en la cual se leía también la palabra sibilítica, el misterioso conjuro: ¡Mentecato!» 
Luis Coloma, Pequeñeces 



Nada pródiga en hechos extraordinarios ni otras taumaturgias, la aparición de un fantasma de los de siempre —con un espíritu invisible bajo el sudario de pinta en blanco, huecos por ojos y una movilidad diríase que espontánea o, más bien, sideral— le había dado a Chiclana un tema de conversación generoso, rico en chácharas de ida y vuelta que no se sabían muy bien cómo iban a desenvolverse. El gran Rivera, alto y altivo, novel periodista de los del Diario, no había podido evitar tomarse los desvelos de la vencindad a chacona. Y le había contado al redactor-jefe que «para las personas mayores está claro que se trata de un chiflado o de una simple tomadura de pelo, aunque para los pequeños es motivo de verdadero terror». Y el Diario, siempre tan veleidoso con la verdad, le dio cuerpo de plomo a la confesión, composición en la linotipia y al Pájaro a venderlo. Lo cierto era, y Rivera fue haciéndose a la idea un poco más tarde, que chanza había la justa y, una vez que habían pasado varios días desde que se viera al fantasma correr o volar —hiciera lo que fuera—, se aparecían en Chiclana legiones de curiosos que más que a besar a San Sebastián, subían La Banda como si fuera la Feria, única ocasión en la que en el pueblo parece que no son fantasmas quienes habitan las casas y la gente apabulla las calles. Esas primeras noches, a esa riada de novelería se le escucha el murmullo cruzando el río, calle Ancha arriba. Aunque, debido a que el Fantasma había tenido a bien quedarse en casa dado el curso de los acontecimientos y no rondar, de momento, por las cuatro calles de Solagitas, ese público curioso fue transformándose —algunas noches después— en una mesnada dispuesta a darle caza con palos y perros a cualquier atisbo de sábana andante, más por verse privado del espectáculo que por miedo alguno. O es lo que parecía.

Al gran Rivera no le había quedado claro si al Fantasma se lo llevó la levantera después de ser visto atravesar casapuertas tres o cuatro noches, porque desde que cruzó la calle Calvario por primera vez —iba tras un fantasma al fin y al cabo— a él se le aparecían en las esquinas vecinos en confesión que más que el perdón del padre Almandoz buscaban una foto de Paco Muriel y reírse posando para el Diario. Al fin y al cabo, nadie podía saber, o eso pensaba, desde cuando la sábana con espíritu o sin él salía a la calle dada las diez, según unos; con la carta de ajuste, según los otros. Ahí se detenían las coincidencias: en torno a la medianoche estaba visto que era el horario preferido del Fantasma para abandonar las sombras y atravesar callejones sin luces ni almas. Por eso Rivera había preferido, antes de tomar ninguna otra decisión, ignorar desde cuándo venían dándose las apariciones porque los testimonios eran caprichosos y variables. Ni había manera, por lo pronto, de comprobarlo.

Como tampoco contaba con averiguar la calle o calles que el Fantasma andaba, o volaba —aunque aún no había renunciado del todo a ello—, así como en qué casapuertas desaparecía. No había modo, o es lo que parecía, de dar con el itinerario de esas idas y vueltas, porque si pintaba una cruz en cada casa en la que se decía haber visto salir o entrar al Fantasma, y así lo había hecho en el callejero que había tenido que ir a comprar a la Imprenta Navarro, le salía un cementerio o una mancomunidad de espectros que iban hasta el Arenal, y hasta alguno parecía fugarse en la orilla o ahogarse en el río Iro. Los así elocuentes, en cambio, se volvían mudos y hasta ciegos cuando, con rodeos o no, preguntaba si en los andares, las botas, las manos o los ojos del Fantasma —si es que los tenía— se presentía una identidad, un nombre. Tan sólo había dado por supuesto, porque había unanimidad, que el Fantasma era él y no ella. Con andares de hombre e identidad, por tanto, desconocida. No logró un testimonio ni tan siquiera cuando se le ponía esa cara de joputa que decía «si está vivo o muerto me da igual, ¿a quién se parecía?, ¿te sonaba a alguien?». Había dado con la conclusión de que los que hablaban de más confundían puertas y calles a propósito. Y los que hablaban de menos, igualmente a voluntad, volvían la cara con un «yo no se nada, yo no he visto nada, yo no conozco a nadie». Sabía –y no era poco– que ahí, en la frontera de las barriadas de Solagitas con el Arenal, más bien tierra de nadie, todo el mundo sabía a dónde y a quién el Fantasma se le sobrevenía. Y, por supuesto, quién era este mentecato de sábana andabile. Y que había un dicho y hecho sobre ocultar al villano, esconder lo que hubiera cometido y, sobre todo, para seguir dándole carrete al asunto aquel de las apariciones que, por una vez, hacía que el barrio estuviera en boca de todos. Hasta del Diario, que nunca había reparado —más en ocasiones de esta misma futilidad— en aquellas calles, aquel enfangado, aquel despropósito. Y con el Diario habían llegado la Guardia Civil, los Municipales y la cofradía de curiosos de La Banda y el El Lugar…
Fantasmas y monstruos de Chiclana (Navarro Editorial), está a la venta en la propia Librería Navarro (c/ Vega, 24) al precio de 13,00 euros y próximamente en su página web www.navarrolibreria.com