lunes, 12 de diciembre de 2016

LA LUZ DE LA NAVIDAD | Laurel y rosas (75)

Una imagen típica de la Navidad en Nueva York


JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | DIARIO DE CÁDIZ

Ya está el belén apuntalado en el salón. Y el árbol, el abeto, verde, rojo y oro. Con sus “fieles guirnaldas fugitivas”, según el poeta Pablo García Baena. Ya están las calles de blanca luz. De pureza, de paz, de esperanza y de consuelo. La Navidad es una fiesta iluminada. La noche comienza su retroceso con el solsticio de invierno y la luz vence poco a poco. Anuncia su triunfo. Como al amanecer. Y esa luz tiene su símbolo: el Niño-Dios que nace en Belén. En nuestras sociedades espectaculares, la Navidad sigue siendo todavía hoy el tiempo de lo que Claude Lévi-Strauss llamaba “la eficacia simbólica”. Todo tiene sentido. La corona de adviento, la luz, el belén, el árbol, las bolas de colores, el pesebre, la estrella, los ángeles, las campanas, los reyes magos, las flores de Pascua, las velas, los lazos rojos y hasta el muérdago que colgamos en las puertas. Y la nieve. Todo tiene un significado. Es posible que no seamos capaces de captar ese lenguaje de símbolos que durante siglos ha manifestado mucho más de lo que parece. Pero está ahí. Nos habla.

Dice Pablo d’Ors: “Navidad es una invitación a que Jesús nazca no solo en la cuna de Belén, sino en la de nuestro corazón”. Y esto significa, según el novelista y sacedorte: “Una invitación a entrar en nuestro portal, en nuestra noche oscura. A no agarrarnos a nuestras seguridades, sino a apostar por lo que quiere ir abriéndose camino. A entender a todo lo pequeño que despunta en nosotros, por insignificante que pueda parecer”. Ese es el simbolismo de la luz, más allá de estrategias comerciales y juegos de banalidades. “¿Cuánta luz hay en mi vida? ¿Cuánta luz voy a permitir que haya”, se pregunta Pablo d’Ors en un extraordinario texto titulado “Poner el belén”. 

En el entorno del siglo IV, cuando ya el Imperio Romano era decadente y yacía finiquitado, el cristianismo decidió abrir las puertas a la conversión y acabó por adoptar todas las festividades de un calendario que era, eminentemente, agrícola, apegado a la naturaleza y a la vida. Ese Natalis Solis Invicti en el que los romanos celebraban en el solsticio de invierno, y en el que conmemoraban el nacimiento de Apolo, dios del Sol, fue la fecha en la que se situó la natividad del Niño-Dios. “Una invitación también a tener la actitud contemplativa, de estupor ante la maravilla, de María y José. A reconocer las muchas estrellas que lucen en nuestra sociedad: personas que nos iluminan y hacen que el mundo sea mejor”. Estamos tan acostumbrados a la familia –a la luminosidad de este sur nuestro– que nunca sabemos realmente la riqueza de lo que tenemos. Los mejores recuerdos de la Navidad siempre son familiares, las peores navidades son aquellas en las que echamos en falta a quienes amamos. Pero la luz llega de nuevo, el campo vuelve a florecer. 

El Nacimiento del Metropolitan Museum de Nueva York

La Navidad era para Gerardo Diego su tiempo preferido. Vinculado a los recuerdos infantiles, a vivencias familiares, su recuerdo de la Navidad es intenso, feliz, alegre. Pero él describió como nadie que este es, también, un tiempo de angustia, de temor. El de esa Virgen Madre que se pregunta: “Cuando venga, ay, yo no sé/ con qué le envolveré yo,/ con qué”. Dice D’Ors: “La Navidad también es una invitación a no combatir contra nuestra impureza o imperfección, sino a encender la luz”. La esperanza. Como los pastores. Si lo tenemos todo solucionado difícilmente podremos entender de qué va todo esto: la contemplación, la meditación, la familia, la solidaridad, la paz.

Es este tiempo vienen a la memoria todas las Navidades que uno ha vivido, porque la Navidad es entrañable de por sí. Llevamos en el corazón las navidades de siempre. Rodeado de la familia, amplia y generosa; sin duda, un tiempo feliz de abuelos, tíos y primos, hermanos, padres. Fiesta del Niño-Dios, infantil, inocente y todopoderoso. Quiero yo, también, ser como un niño. Todos somos un poco niños en Navidad, benditos niños, caminito de Belén. La Navidad ablanda el corazón y endulza el alma. Es cierto. La Navidad es también, y no cabe duda alguna, los pestiños de mi madre. Las tardes en que la fiesta más dichosa eran esas horas ablandando la masa, friéndola, miel en las manos y anís en el corazón. La navidad será también turrón y mazapán, pero aquí y en esta memoria son esos pestiños, esas tortas que mi madre hacía para asombro de los ángeles. Vuelve un año más la Navidad con su dulce sabor a ternura de Dios. Y a moscatel. Qué sería de la Navidad sin ese otro néctar sagrado que es el moscatel que nunca falta para invitar en casas y comercios a entrar en calor y beberse la Navidad a sorbos. “Una invitación, en fin, a acoger al forastero, al distinto, al que piensa diferente, al que es de otro partido, de otra clase social, de otra religión”, que también proclama Pablo d’Ors. 

Felicitemos la Navidad, al fin y al cabo. Que es otra tradición que estamos perdiendo. Pero es otro símbolo: el deseo, el anuncio, la proclamación de compartir felicidad y prosperidad. La tengamos o no. Porque vendrá la luz.



lunes, 28 de noviembre de 2016

LOS REYES MAGOS Y LA SOLIDARIDAD | Laurel y rosas (74)

Un momento del III Curso de Corte de Jamón, celebrado en las bodegas Miguel Guerra. Foto: Agacuj

JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | DIARIO DE CÁDIZ
Los Reyes Magos ya están asomando por la esquina. Realmente, ya están llegando. Olé, olé, Holanda, que ya se ve. Ahora que en las Bodegas Miguel Guerra ha tenido lugar la cena a beneficio de la campaña Ningún niño sin juguetes. Y los tres Reyes Magos de este año -el empresario Juan Manuel Sánchez será el rey Melchor; el escritor y autor del libro Crea tu Marca de Éxito, Daniel Sánchez, el rey Gaspar, y el cantaor Antonio Reyes, el rey Baltasar- comienzan a darse cuenta de lo que les queda por delante. Un mes lleno de acción, de ilusión y de solidaridad. Pero, realmente, en Chiclana, los Reyes Magos nunca se van, nunca se detienen, nunca paran. Durante todo el año se reúnen, organizan, programan, para sacar adelante esa campaña que llevan años denominado, acertadamente, Ningún niño sin Juguete. El año pasado, sin ir más lejos, lograron alegrarle ese mágico día de Reyes a un total de 1.205 niños de 760 familias, en colaboración con Cáritas de las parroquias de Nuestra Señora del Carmen, San Antonio, Nuestra Señora de Europa, San Juan Bautista, San Telmo o San Sebastián. Han hecho de la Navidad, de los Reyes Magos, un verdadero sinónimo de solidaridad, de testimonio y de trabajo por la comunidad.

El empresario Juan Jesús Sánchez es el presidente de esta asociación -con Carlos García Viejo siempre a su lado-, que recaudó el año pasado un total de 63.810 euros, y para ello han buscado la implicación y la colaboración durante todo el año de muchas empresas, entidades, clubes, asociaciones, colectivos, y también de ciudadanos, muchos de ellos anónimos y solidarios también. Es la cara visible de un grupo de chiclaneros incansables y activos, que hacen una labor que debería conseguir también el reconocimiento y la complicidad de todos los chiclaneros. Durante todo el año trabajan para que, sobre todo en noviembre y diciembre, se realicen más de una treintena de actos que hagan posible esa gran tarea solidaria. Y, sobra decirlo, en estos últimos años han tenido un eco formidable frente a la crisis. Participemos, ayudemos, aportemos. La asociación -de la que forman parte quienes han sido, precisamente, reyes magos en estos últimos veinticinco, treinta, años- necesita de todos nosotros.

Un ejemplo de esta misma semana ha sido el III Curso de corte de jamón, que organizó la Asociación de Reyes Magos y la Asociación Global de Amigos del Cuchillo Jamonero (Agacuj). Un evento que, en solo tres ediciones, ha logrado convertirse en un referente nacional, en una cita imprescindible a la que acuden profesionales -hasta de Amsterdam se han desplazado este año- y, también, aficionados que no solo quieren aprender de los mejores cortadores del país, entre ellos, el chiclanero Clemente Gómez Alcántara, que además lo ha dirigido, sino también colaborar con el pago de la cuota de inscripción, que íntegramente va para la campaña Ni un niño sin juguetes. Ese fin social y benéfico le ha dado al curso una dimensión única en la que han participado este año 85 alumnos, 26 monitores de Agacuj y una docena de voluntarios de la Asociación de Reyes Magos que han hecho posible toda la intendencia. Un privilegio para esta ciudad y que hace, como afirma Clemente Gómez, que la marca Chiclana crezca en prestigio y en valores humanos.

Clemente Gómez. Foto: Jamón Lovers

Agacuj -hoy una "asociación global" por su ámbito nacional y por que está abierta a todos- nació siendo únicamente gaditana. Gestada entre Chiclana y San Fernando, entre sus fines tiene el de "ser solidarios y comprometidos con nuestro tiempo fomentando la acción social". Y se nota. Como la propia Asociación de Reyes Magos, todas sus actividades suelen estar además vinculadas a actividades benéficas. Evidentemente, también pretende fomentar el conocimiento y la divulgación de la cultura del jamón, que es mucho más que un determinado producto: es tradición y vinculación a un territorio. Afirma Clemente Gómez que en torno al mundo del jamón -y del cerdo ibérico- hay mucho desconocimiento y mucho información que, además, se oculta o se confunde deliberadamente por el sector. Incluso entre los propios profesionales. 

Unos y otros, la Asociación de Reyes Magos y Agacuj, son un ejemplo. Dos entre muchos. Pero dos en concreto en los que Chiclana da muestra de su cara más solidaria. No todo es, afortunadamente, obsesión con el beneficio, individualismo y egoísmo. También hay implicación social, equipo y complicidad con quien más lo necesita. El verdadero sentido de los Reyes Magos, de la Navidad, de esta fiesta que ya está a la vuelta de la esquina, que ilumina la calle y los corazones, que toma cuerpo en los belenes y el árbol, que es religión y es tradición, que es solidaridad y es civismo, que somos nosotros mismos. En ella cabemos todos, los que creen y los que no, solo tenemos que ser solidarios y hacer que la marca Chiclana sea, como ha sucedido con este curso, un sinónimo prestigioso de acción social y de cosas bien hechas. Con corazón. Como tantos reyes magos, como esos socios de Agacuj. Y olé, olé, Holanda, que ya se ve.

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lunes, 4 de mayo de 2015

La memoria de García Gutiérrez | Laurel y rosas (34)

Presentación del catálogo-memoria del bicentenario de García Gutiérrez. Foto: Puente Chico, la revista de Chiclana.

JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | DIARIO DE CÁDIZ
El catálogo-memoria “García Gutiérrez, el triunfo del Romanticismo. 1813-2013” no es, ni ha pretendido serlo, un memorándum de aquel bicentenario del que vamos a cumplir dos años. Aunque ve la luz ahora, se concibió y diseñó a principios de 2014, aunque por entonces no fue posible publicarlo en papel. En origen fue una idea de Andrés Peláez, director del Museo Nacional del Teatro, que nos urgió a que recuperáramos las principales investigaciones sobre García Gutiérrez que se leyeron en el curso de verano que le dedicó la Universidad de Cádiz. También nos animó a que no perdiéramos la posibilidad de dejar por escrito la investigación previa que desembocó en la exposición “García Gutiérrez, el triunfo del Romanticismo. 1813-2013”, de la que tuve el honor de ser comisario. Así como sugirió que rememorásemos aquella muestra, con sus textos y con las imágenes de las piezas que se expusieron, casi doscientas en total. Todo ello, junto a una cronología fundamental y una bibliografía esencial de la obra de García Gutiérrez, compone este catálogo-memoria publicado ahora por el Ayuntamiento de Chiclana. En el anexo se incluyen, además, las obras de teatro sobre García Gutiérrez que se estrenaron en aquel 2013 dentro del ciclo “Chiclana con su poeta”. 

Portada del catálogo-memoria de García Gutiérrez publicado por el Ayuntamiento de Chiclana.

     Es sobresaliente la participación en este catálogo-memoria que en trescientas páginas vislumbra da una imagen global de todas las caras de García Gutiérrez, algunas muy conocidas, otras no tanto. Gracias al profesor Pedro González Tuero –con su breve ensayo, “De la época de un romántico”– nos adentramos en el contexto histórico en el que convivió García Gutiérrez desde la explosión del Romanticismo en Cádiz hasta en panorama literario, social y político de aquel Madrid que le recibió en 1833. El historiador Joaquín García Contreras nos regala “A propósito del viaje a Madrid”, donde da nuevas claves de por qué García Gutiérrez dejó Cádiz, y como poco o nada tuvo que ver con ello el cierre de las universidad por Fernando VII. El profesor Javier Huerta Calvo, director del Instituto del Teatro de Madrid, nos narra con un detalle nunca leído hasta ahora “Cómo fue el estreno de El Trovador” aquel 1 de marzo de 1836 y nos explica, además, que en “El Trovador” nada es casual. Ni el título, ni ese subtítulo de “drama caballeresco en cinco jornadas en prosa y verso”, ni esa estructura de la obra que constituye “el paradigma ideal del drama romántico en España”.

      Pero García Gutiérrez es mucho más que “El Trovador”. Nos lo demuestra el catedrático de Literatura Española de la Universidad de Alicante, Enrique Rubio Cremades, en su ponencia sobre “Los otros dramas y comedias”. La disección de las obras teatrales de García Gutiérrez –casi setenta y muchas de ellas escritas en verso– entre no originales y originales permite una primera división, ya desde “El Vampiro” (1834). Dentro de las originales, primero recorre las de contenido histórico, tan de moda, y, en segundo lugar, las realistas, “que preconizan y materializan nuevas formas y contenidos teatrales”, como las comedias “El caballero de Industria” –la única que sitúa en Chiclana– o “Un grano de arena” (1880), su última obra. Son precisamente estos “Modelos cómicos” los que examina el profesor Alberto Romero Ferrer, profesor titular de Literatura Española de la Universidad de Cádiz, que dirigió con extraordinario acierto aquel curso de verano. “Registros, formas y matices que nos dibujan un García Gutiérrez mucho más complejo y plural”, escribe. El dramaturgo también tiene su hueco “En el canon de la poesía romántica”, que es el texto que firma el catedrático de Literatura Española de la Universidad de Extremadura, Gregorio Torres Nebrera, fallecido a principios del pasado año. Finalmente, el catedrático de Literatura Española de la Universidad de Sevilla, Alberto González Troyano, nos recuerda que si García Gutiérrez está vivo, fuera y dentro de nuestras fronteras, es gracias a Verdi. Con “Il Trovatore” y “Simon Boccanegra”, está en el conjunto de su obra operística a la altura Shakespeare, de Victor Hugo, de Schiller.
Paco López en el papel de García Gutiérrez. Foto: Estela Sánchez

      Pero si singulares aportaciones al conocimiento de García Gutiérrez son estas investigaciones, no lo son menos las cinco obras de teatro incluidas en el catálogo-memoria. Sin entrar a fondo en sus logros dramáticos, poseen un extraordinario poder divulgativo. Cuatro de ellas son biográficas: fijan la tensión dramática en un García Gutiérrez muy particular. Distinto siempre, riguroso en todos los casos. El que concibió Tomás Gutiérrez e interpretó Paco López ha sido de una gran intensidad y profundidad. El que Pepe Raya resucitó con Manolo Warletta haciendo de él mismo –es decir, de García Gutiérrez– es entrañable y elocuente. Aquel que Miguel Ángel Bolaños erigió e interpretó para Taetro y su itinerante noche romántica es irónico, lúcido y crítico. Aquel otro que Jesús Romero creó para que Gari León lo escenificara en sus últimos días de vida aportó un singular punto de vista sobre el éxito y sus contradicciones. Angelines Domínguez asumió desde Teatrín que debíamos intentar hacer llegar “El trovador” a los colegios e institutos con una versión adaptada y contemporánea. Ese “Trovador fantasma” de Miguel Ángel García Argüez fue un acercamiento inteligente y cotidiano.

Leer en Diario de Cádiz:



jueves, 30 de abril de 2015

Entrevista | Amancio Prada: “Para mí, cantar es una forma de ofrecer el alma”


El cantautor de la mística estrena La voz descalza, un espectáculo en el que versiona ocho nuevos poemas de santa Teresa y regresa a san Juan de la Cruz, “dos llamas de amor ardiendo en un mismo fuego”.

JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | VIDA NUEVA

El gran cantautor de la poesía española participa en este V Centenario de santa Teresa con un acercamiento íntimo y místico, La voz descalza, en el que vuelve a san Juan de la Cruz y se adentra en santa Teresa como nunca antes lo había hecho. “Vivo sin vivir en mí” era hasta ahora el único poema de Teresa de Jesús que había versionado y hace ya casi tres décadas. Lo incluyó en el disco Trovadores, místicos y románticos (1990). En La voz descalza –en el disco y en el concierto con el que recorre todas las ciudades teresianas– estrena ocho poemas de la santa de Ávila. “Le puse música al famoso poema de santa Teresa porque me lo pidió un director de cine francés, Pierre Gauge, que en 1981 vino a España para hacer una película sobre Teresa de Jesús, con motivo del IV centenario de su muerte. Él conocía mi versión del Cántico y por eso pensó que podría cantar también su “Vivo sin vivir en mí” –admite–. Me daba miedo, la verdad, me parecía una temeridad intentarlo. Pero sí, caí en la in-tentación”.

Y salió bien…

Recuerdo que hicimos la grabación en el convento de la Encarnación, en el locutorio donde dicen que san Juan se entrevistaba con santa Teresa y sus palomas. Más tarde descubrí la versión de san Juan también a lo divino del estribillo popular, Que muero porque no muero, y lo canto a veces con la misma música, que le cuadra igualmente. Y ya no me doy cuenta de cuando estoy cantando a san Juan o a santa Teresa. Porque ese poema es el paradigma de las dos llamas de amor ardiendo en un mismo fuego, un mismo amor.

¿Qué es lo que ha descubierto en santa Teresa que antes no había visto?
En santa Teresa percibo un decir más entrañable, de entraña femenina. “Ahora es tiempo que veamos adónde llega el querer, si es verdad que nos amamos, pues ya me vengo a esconder entre este árbol y sus ramos”… Es impresionante su “Soberano Esposo mío”. Sí, santa Teresa es la esposa de la canción, la esposa del Cántico. Y en los escogidos versos suyos que ahora canto se puede comparar con san Juan, poeta máximo. A veces uno mira y no ve. Y otras veces, ve sin mirar. Como diría san Juan, “todo se me dio cuando con amor propio no lo busqué”.

Ha escrito estas ocho nuevas canciones “en una especie de rapto o trance” dedicadas a su madre, Teresa Prada. ¿Cómo ha sido ese proceso de creación, iluminación, réquiem y oratorio?

Algo así. Pero no sé bien lo que me pasó. No sé. Fue un desbordamiento emocional y estético. Por ejemplo, la canción “Soberano Esposo mío” la compuse con el tono de las últimas palabras que pronunció mi madre. Para mí es la canción de una buena muerte. Estaba naciendo la canción y al cantarla sentía una alegría inmensa, pero no dejaba de llorar.




El planteamiento del disco –y de sus conciertos– es un diálogo entre las canciones-poemas de san Juan de la Cruz y santa Teresa. Era en cierto modo inevitable, ¿no?

Sí, la imagen de las velas es perfecta. Ya sabe, en palabras de la santa, como si dos velas de cera se juntasen tan en extremo que toda la luz fuese una… Pues eso. Lo que descubra o sienta ante ello el espectador… Eso es cosa suya, “según su modo y caudal de espíritu”, como advertía san Juan, que los dichos de amor es mejor dejarlos en su anchura.

Aunque se les une a través de la mística y, evidentemente, del Carmelo Descalzo son dos universos en sí mismo…

Sí, claro. Dos universos distintos y que confluyen. Dos descalzos que caminan en la misma dirección, cómplices en la reforma y cada uno por una senda… Amigos fuertes en tiempos recios. Pero yo, sinceramente, no me siento capaz de profundizar en eso que usted señala. Doctores tiene la mística.

A san Juan de la Cruz ha vuelto una y otra vez. ¿Qué ha supuesto para usted desde aquel primer disco de Cántico espiritual en 1977?

El Cántico espiritual es la obra que más alegrías me ha dado. Desde aquella primera versión que estrené en Paris, en el Teatro de la Gaîté-Montparnasse, el 28 de abril de 1973, y la definitiva, el 9 de abril de 1977, en la iglesia de san Juan de los Caballeros, en Segovia, son innumerables los conciertos que he dado con esta obra y además en espacios o escenarios de enorme belleza. Tengo que darle más de mil gracias a san Juan, claro. Procuro dárselas cantando, cantando cada vez mejor.

Usted ha confesado que lo leyó por primera vez en 1970, en París. ¿Qué recuerda de aquella primera lectura “con los ojos y con los oídos”, como ha dicho alguna vez?

El deslumbramiento. Sí, vivía yo entonces en una buhardilla del boulevard des Malesherbes… En la soledad sonora de aquel ”palomarcillo”, que diría la santa, pude oír el rumor humano y el gorjeo de lo divino, la música callada. Gracias al libro aquel que me regaló mi vecino de “chambre de bonne” y en la Sorbonne, Silicio Félix Pardo. Harto de mis canturreos nocturnos, él me lo regaló como diciendo “toma, lee y calla”… Pero fue peor el remedio que la enfermedad: al deslumbramiento le siguió enseguida el canto. Cantar el Cántico. Y así hasta hoy.



A san Juan de la Cruz le ha dedicado varios discos, creo que cinco. Desde entonces, “místico”, “espiritual”, son dos adjetivos que van con usted… ¿siente su peso?

Lo de místico en mi caso es una exageración mayúscula. Místico es san Juan, no yo. Un místico es un enamorado de Dios. Yo lo soy de la poesía y de ese amor. En realidad no sé muy bien lo que soy. Siento que cuando canto es cuando soy. Y sin embargo, al mismo tiempo dejo de ser yo. No lo entiendo muy bien.

Bastaría escuchar “Llama de amor viva”, “La Fuente que mana y corre”, “En una noche oscura” o “Del verbo divino” para comprender la vigencia de san Juan. ¿Qué tiene hoy que enseñarnos Juan de Yepes?

Aunque conozco mejor la biografía de san Juan que la de la santa, la verdad es que no me atrevo a ir más allá del canto. Conservo aquel libro de la BAC que me regalaron como un precioso tesoro, Vida y obra de san Juan de la Cruz. Recuerdo cuánto me costaba dar con las páginas de su poesía, tan pocas, en medio del bosque de comentarios.... ¡Y eso que san Juan se mostraba reacio a las declaraciones! Aquellas pocas páginas son las que sigo buscando, las que alimentan mi canto. La poesía es el germen de todo.

¿Y Teresa de Ahumada?

He leído en esta misma revista el mensaje del papa Francisco con motivo del V Centenario sobre la ejemplaridad de Teresa de Jesús... Un mensaje de profunda y llana elocuencia.

Recorre las ciudades teresianas descalzo, solo con su guitarra. Poema, canto, plegaria, ¿hay en usted y su música también un diálogo con Dios?

Sí, cantar como quien reza. Lo dice bien Antonio Colinas, plegaria de silencio en el silencio… Y Juan Carlos Mestre, autor del guión de La voz descalza: “La música es una oración del alma del mundo”. Los poetas dicen la verdad. Para mí, cantar es una forma de ofrecer el alma.

Por los caminos descalzos…
Conciertos confirmados de Amancio Prado:24 de abril: ALBA DE TORMES, Teatro de La Villa. 21 de mayo: ÚBEDA: Antiguo Hospital de Santiago.30 de mayo: MÁLAGA, Palacio Episcopal ("Ars Málaga").8 de junio: SALAMANCA: Festival FACYL.13 de junio: BURGOS Museo de la Evolución Humana.27 de junio: SEGOVIA, Iglesia de San Juan de los Caballeros.3 de julio: ALCALÁ DE HENARES, Teatro Cervantes.11 de julio: Castillo de LA ADRADA (Ávila).18 de septiembre: ZAMORA, Teatro Principal.19 de septiembre: LEÓN, Auditorio.15 de octubre: SORIA, Palacio de la Audiencia.11 de noviembre: PALENCIA, Teatro Principal. Más información en: http://www.amancioprada.com/
Leer en la revista Vida Nueva (nº 2.938):
http://www.vidanueva.es/2015/04/24/amancio-prada-cantar-es-una-forma-de-ofrecer-el-alma-santa-teresa-jesus-la-voz-descalza/


jueves, 23 de abril de 2015

Van der Weyden y la perfección estética

El Descendimiento, en su nueva ubicación en la exposición del Prado. Foto: Museo del Prado.

El Museo del Prado dedica una histórica exposición al pintor flamenco reuniendo, por vez primera, sus tres grandes obras maestras: el Descendimiento, el Tríptico de Miraflores y el Calvario, recién restaurado.

JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | VIDA NUEVA

Rogier van der Weyden (Tournai, h. 1399-Bruselas, 1464) fue uno de los más grandes pintores de la historia. “Es uno de los artistas más audaces e influyentes de todos los tiempos”, le define Miguel Zugaza, director del Museo del Prado. Sus obras “engalanaron las cortes de todos los reyes”, según el cardenal Jouffroy, obispo de Albi. No firmó ninguna. “Solo tres pueden atribuírsele, en función de evidencias documentales fiables y tempranas, con absoluta seguridad. Las tres forman parte de la presente exposición en el Museo del Prado. Nunca antes se habían visto juntas y ni siquiera las vio así el propio artista”, explica Lorne Campbell, el mayor especialista en el pintor flamenco y comisario de la primera muestra que se le dedica a Van der Weyden en España. “Es un acontecimiento histórico artístico de primer orden”, describe Zugaza.

     No había mejor escenario para esta excepcional exposición que la pinacoteca madrileña, que custodia El Descendimiento, absoluta obra maestra del pintor afincado en Bruselas y una de las más famosas de todo el Prado, creada en el culmen de su carrera –antes de 1443– para la iglesia de Nuestra Señora Extramuros de Lovaina. Felipe II, “el más ferviente de todos los admiradores que Van der Weyden tuvo en la península”, según Campbell, la trajo a España para su capilla-oratorio del Pardo, en donde ya colgaba con la inmensidad de su desconsuelo en 1564. “Para mí –afirma– es la pintura más bella del mundo”.

     El pretexto para la exposición –abierta hasta el 28 de junio– ha sido la exquisita restauración en los talleres de la pinacoteca madrileña de la otra gran joya de Van der Weyden en España, el Calvario, obra propiedad de Patrimonio Nacional, esencial de las colecciones de pintura del monasterio de San Lorenzo de El Escorial desde que en 1574 lo llevara allí el propio Felipe II; quien lo colgó junto al Descendimiento –trasladado en 1566–, aunque este último ingresó en el Prado en 1939. “La presencia de Van der Weyden en la corte española se reforzó gracias a la devoción por el pintor de Felipe II, quien en 1555 logró adquirir el Calvario, la última de sus obras, que había sido donada por el propio artista a la cartuja de Scheut, cerca de Bruselas”, añade Zugaza. 

   
El Calvario en la exposición. Foto: Museo del Prado.

  
     La tabla, pintada entre 1457 y 1464, luce ahora iluminada, pulcra y fascinante, espléndida en cada detalle: “Aunque Cristo está muerto, con la cabeza baja y los ojos cerrados, llora: una lágrima resbala del ojo derecho, y dos del izquierdo –la enseña Campbell–. Es tanto una imagen como un cuerpo humano; es a un tiempo un cadáver y un hombre vivo que llora”. Regresa a España, además, el llamado Tríptico de Miraflores, denominado así por la burgalesa cartuja de Miraflores, cenobio al que Juan II de Castilla lo había regalado en 1445. Es por tanto la primera obra que llegó del artista a España, aún en vida de Van der Weyden. Deslumbrante y con la Virgen María como protagonista, el Tríptico reúne las escenas del Nacimiento de Jesús, el Descendimiento de la Cruz y la Aparición de Cristo a la Virgen. Fue expoliado por el general napoleónico Jean Darmagnac durante la Guerra de Independencia y se expone en el Prado procedente de la Gemäldegalerie de Berlín.

      “Aunque de escalas muy distintas, estas tres obras tienen muchas cosas en común –describe Campbell–. Las tres son de tema religioso y las tres producen una intensa impresión de vida. Van der Weyden pinta con asombrosa fidelidad detalles como las lágrimas, la sangre, los hilos con los que están tejidas las telas y con los que están cosidas las prendas”. La exposición del Prado, difícilmente repetible, reúne también el deslumbrante Tríptico de los Siete Sacramentos que conserva el Koninklijk Museum de Amberes y atribuido al pintor flamenco. “Es una de las más sofisticadas y exquisitas invenciones –afirma Zugaza– entre las diversas versiones del asunto iconográfico del Calvario que pintó el propio Van der Weyden”, y cuyos logros compositivos influyen, entre muchos otros artistas, en la versión realizada por uno de sus discípulos directos, el llamado Maestro de la Redención del Prado, denominado así por su obra cumbre, el Tríptico de la Redención, cuya tabla central, la Crucifixión, puede admirarse en la muestra.

Tríptico de Miraflores. Foto: Museo del Prado.

     Van der Wayden renovó el lenguaje pictórico con una “inconfundible personalidad artística” que tuvo fama en toda Europa como, dice Campbell, “el mejor y más importante pintor de temas religiosos de su tiempo”. El comisario destaca, asimismo, el notable diálogo que hay en su obra con la escultura –esa fabulosa sensación de tridimensionalidad de sus figuras, por ejemplo– y la arquitectura, así como la seguridad y rapidez de su técnica, llena de osadía y modernidad. “A menudo me parece que Van der Weyden tiene más que ver con Matisse y con el Picasso del Guernica que con sus contemporáneos como Van Eyck”, llega a afirmar. “Todas son imágenes de una perfección estética aparentemente inmutable”, prosigue Campbell. Otro de los “más bellos originales” atribuidos a Van der Weyden, según Miguel Zugaza, es la Virgen con el Niño (h. 1435-38), conocida como La Madonna Durán, “que probablemente llegó a España en el siglo XV, aunque su primer propietario conocido fue el infante don Luis, hijo menor de Felipe V”, según añade Campbell. Pertenece al Prado desde que Pedro Fernández Durán (1846-1930) legara su colección a la pinacoteca.

TALLAS, ESCULTURAS Y TAPICES     
Además de las cinco obras de Van der Weyden y la Crucifixión del Maestro de la Redención, la exposición del Prado exhibe dos obras atribuidas al taller del pintor: el Retrato de Isabel de Borgoña (Paul Getty Museum de Los Ángeles) y La Piedad del Museo del Prado, ambos datados entre 1440 y 1450. Expone junto a ellas doce copias y versiones de obras del pintor flamenco, “que fueron también muy apreciadas en la península Ibérica desde fecha muy temprana”, como apunta Zugaza, ya sean pinturas, esculturas, tapices o dibujos. Así, por ejemplo, se exhibe La Crucifixión del Retablo de la Virgen de Belén, de la iglesia de Santa María de la Asunción de Laredo (Santander), obra de escultores de Bruselas hacia 1440 según modelos de Van der Weyden y su taller. O el magnífico tapiz conocido como Episodio de la historia de Jefté conservado en el Museo de los Tapices de la Seo de Zaragoza, que igualmente parte de diseños de Van der Weyden y que pudo pertenecer tanto al condestable Pedro de Portugal como a Juana Enríquez, madre de Fernando el Católico. La espectacular escultura funeraria del obispo Barrientos del Museo de las Ferias de Medina del Campo, también presente, es asimismo “una de las joyas de la estética rogieriana en la Castilla del siglo XV”.


      Lorne Campbell destaca, además, la versión que el llamado Maestro de don Álvaro de Luna hizo de la Madonna Durán y catalogada como La Virgen de la Leche, al igual que La aparición del Cristo a la Virgen, tabla lateral derecha de la copia que Juan de Flandes hizo del Tríptico de Miraflores por encargo de Isabel la Católica, en préstamo por el Metropolitan Museum de Nueva York. También ha incluido La Crucifixión del anónimo pintor conocido como el Maestro de la Leyenda de santa Catalina, de la colección del Prado, que imita la Crucifixión con santos y donantes atribuida a Van der Weyden y conservada en Viena. O el Retrato de un hombre robusto (h. 1435), atribuido a Robert Campin, realizado a partir del José de Arimatea que Van der Weyden pinta en el Descendimiento. “Cada una de las obras expuestas: tallas, esculturas, dibujos, pinturas o tapices, tienen como denominador común la originalidad de la obra del maestro flamenco –resume el director del Prado–, ya sea en el excepcional grupo de obras autógrafas reunidas como en las copias directas, las traducciones de sus diseños o las plasmaciones de sus ideales estéticos”.

Leer en la revista Vida Nueva (nº 2.937):

lunes, 20 de abril de 2015

Leer para ser feliz | Laurel y rosas (33)

La escritora Inma Chacón afirma que "leer para hacerse preguntas, para intentar contestarlas y dejar algunas sin resolver".
JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | DIARIO DE CÁDIZ
Permítanme en el umbral del día del Libro dedicarle hoy un panegírico al lector. A usted. A aquel que lee “para disfrutar, disfrutar, disfrutar”, como afirma el novelista Andrés Barba. A aquellos que, como Pilar Adón, editora, poeta, traductora, confiesa que “lee para disfrutar, aprender y evadirse, lo que no evita la reflexión”. En todo caso, como se reconoce Inma Chacón, también poeta y narradora, a aquellos que leen “para hacerse preguntas, para intentar contestarlas y para dejar algunas sin resolver, para buscarlas en otras lecturas”. Como si fuera un círculo que se cierra, el “postpoeta” Agustín Fernández Mallo suele manifestar que solo hay una manera de acercarse a ese ejercicio singular de encarnarse en personajes literarios, protagonistas de la historia y olvidados del periodismo: “Leer por el placer de leer. No hay más. Lo que se derive de ahí ya tiene que ver exclusivamente con los gustos, carácter, estado de ánimo y cultura de cada lector”. Lo dice también, más o menos aproximadamente, Juan Gómez-Jurado, un autor que domina las redes sociales y el diálogo con los lectores: “Leer para pasarlo bien, ¡siempre! La vida tiene que ser divertida”. O igualmente el reflexivo Use Lahoz: “Leer para... divertirse, pensar, sorprenderse, y habitar mundos mucho más interesantes y fascinantes que el nuestro. Y, además, sale barato”. En definitiva, como dicen Luisgé Martín y José Luis Rodríguez del Corral, “leer para todo”.


      Leer, sin duda, también es una actitud, una disposición ante el mundo: saber que, cuando abres una novela, cualquier libro, te puede ocurrir cualquier cosa. Lo apunta Javier Moro: “Creo que hay que leer para distraerse, para divertirse, para aprender, para retrasar la llegada del Alzheimer y las demencias seniles y, sobre todo, para soñar, para vivir una doble vida, para abstraerse de lo cotidiano y viajar por otros mundos a la sombra de algarrobo o de un toldo en la playa. Y también para reflexionar sobre la prima de riesgo y esas cosas tan arduas y deprimentes, para intentar entender las razones de nuestro desastre nacional y, sobre todo, para relativizar nuestra situación en la Historia”. El gran C. S. Lewis –hoy condenado al ostracismo de Narnia– pensaba que “preguntarse por qué leer es como preguntarse por qué escuchar”. Quizás sea, por tanto, una columna en vano. O igual no.

     Un viajero vocacional, por la geografía europea y por la literatura universal, como José Ovejero ahonda en el equilibro entre la evasión y la reflexión, pero está contra la “dictadura del entretenimiento”: “La literatura, como la filosofía o la economía –afirma–, no tiene por qué ser entretenida, no es esa su máxima aspiración. Otra de sus funciones es precisamente despertarnos, sacudirnos, hacernos reflexionar, poner en tela de juicio nuestros valores y nuestras creencias, obligarnos a revisarlos”. La literatura también es incomodidad. “A mí me gustan los libros que, después de haberlos leídos –admite la narradora Marta Sanz–, me dan la impresión de que veo mejor. Me gustan los libros que de un modo u otro me dejan tocada”. Que es, más o menos, lo mismo que señala el prolífico Antonio Gómez Rufo: “Leer siempre para reflexionar. Y si, de paso, distraen de los dramas cotidianos, mejor”. En cualquier caso, el poeta y novelista Manuel Vilas lo dice rotundamente: “Leer para vivir. Si lees, estás más vivo”.


     ¿Leer qué? Leer, en cierto modo, el mundo. Y el mundo lo escriben novelistas, poetas y filosófos. Historiadores, investigadores, ensayistas. Todos aquellos que, como decía el recién desaparecido Eduardo Galeano, han trascendido, han superado, han mejorado el silencio con sus libros. Esos, todos esos libros, solo esos libros, son los que merecen leerse. En torno a “este tiempo de cataclismos”, como lo define Juan Eslava Galán, hay que leer, entre tanta y tanta oferta, lo que está también más cerca. Leer a José Antonio Ureba, a Jesús Romero Aragón, a Antonio Estrada, a Miguel Ángel García Argüez, a Quino García Contreras, a José Luis Aragón Panés, a Guillermo Alonso del Real, a Tomás Gutiérrez, a Jesús Romero Montalbán, a Domingo Galán, a Paco Montiel, a Francisco Javier Yeste… a Pedro A. Quiñones Grimaldi, que la próxima semana publica su “A orillas del Iro” (Navarro Editorial), un peculiar recorrido cronológico y onomástico sobre personajes y capítulos extraordinarios de la historia de Chiclana. A Anate Rivera y su reciente novela de misterio, humor y erotismo poético que ha titulado “A mí me parece un sueño” (Editorial Círculo Rojo). Y a tantos otros autores chiclaneros que me dejo atrás. Los que fueron y los que serán. Escritores todos que van de lo concreto a lo global, según ese dicho tan instaurado gracias, entre otros tantos, a Jorge Luis Borges: “Para llegar a lo universal, hay que escribir de lo local”. Y leerlos, como sentencia José Carlos Somoza, “para ser más felices”.

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lunes, 6 de abril de 2015

Resurrección y una coda periodística | Laurel y rosas (32)

Resucitado que procesional en Chiclana el domingo de Pascua. Foto: Paco López.

JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | DIARIO DE CÁDIZ
Es Domingo de Resurrección, de Pascua, de Pascua de flores o florida; más propiamente, de Gloria, acepciones sinónimas que nos otorga la tradición para este día en el que, a partir de las once de la mañana, Jesús Resucitado culmina la Semana Santa de Chiclana. Vivimos –lo hemos acabado de ver– el Viernes Santo con más intensidad que el Domingo. No debería ser así. Que el concepto de Resurrección palidezca precisamente frente al de la agonía del Gólgota –cada día, en cierto modo, más popular– es parte de la desolada lógica de la desmitificación de la religión. Esta reflexión la tomo de uno de los grandes pensadores de hoy: el alemán George Steiner. Digámoslo, sin embargo, de otro modo más gráfico, usando la oratoria de un filósofo español, el barcelonés Joan Carles Mélich: “Creo que hay una religión de Viernes Santo y otra de Sábado de Gloria. La mía sería de este Sábado de Gloria. Este aforismo se podría entender como una confesión de que yo soy de este Dios triunfador. De ahí que el día de la Semana Santa que encuentro más fascinante y también inquietante sea el Sábado de Gloria, en donde no hay ni muerte ni resurrección. Es el momento de la duda que, a veces, se resuelve el Domingo de Resurrección”. No tanto en la certeza arcana de una vida eterna, sino por ese Jesús que, hoy de nuevo, renace dentro de quien lo ha elegido como modelo de vida y símbolo de fe.


Toro del Aleluya en Arcos de la Frontera, donde aún no
se ha perdido la tradición secular del Domingo de Pascua. 



     Detengámonos, de momento, en este Sábado de Gloria, que es, realmente, con su vigilia pascual, el día de mayor trascendencia litúrgica para otros muchos católicos. Y, sobre todo, en el calendario histórico. La tradición –también local– primaba esta fiesta religiosa ante cualquier otra. Y el simbolismo de la fiesta por excelencia eran los toros, esos toros embolados que, precisamente, corren por otras ciudades de la provincia aún hoy aunque vencidos por el folklore. En Chiclana fue habitual verlos por las calles hasta bien entrado el siglo XIX estos sábados de Gloria en conmemoración de la Resurrección. En el cabildo de 21 de marzo de 1885, por ejemplo, el alcalde Félix Martínez Domínguez aprobaba “…asistir en Corporación á los Divinos Oficios del Domingo de Ramos, Jueves y Viernes Santos. Igualmente acordó que como es costumbre inmemorial en esta población, el Sábado Santo después del toque de Gloria se corra un toro con cuerda”, según las actas capitulares transcritas por José Luis Aragón Panés. Ese toro enmaronado es verdad que, desde hace siglos, iba y venía, siempre desde el llamado callejón de los Toros (muy posteriormente denominado callejoncillo de la Cárcel, hoy desaparecido tras la ampliación de la Plaza Mayor) también en fiestas como el Corpus Cristi, que era la gran fiesta de Chiclana hasta que la Feria de San Antonio le quita el protagonismo ya a finales del siglo XIX. También en Feria se llegaron a organizar esta sueltas de toros, que, por otra parte, han vivido múltiples itinerarios por la localidad hasta desaparecer.

     No es, jugando con las palabras, necesario –ni falta que hace– la resurrección de estos toros enmaronados, embolados o en cualquiera de sus versiones. Pero, cambiando de tercio, sí que querría concluir con un deseo de resurrección, precisamente al hilo de la necesidad que estimo tiene esta ciudad de una revista de investigación histórica, o cultural, o ciudadana, adjetivos intercambiables, y para la que hay, así lo veo, lectores y demanda. Me refiero a la recuperación en una tercera etapa de la revista “El Trovador”, tarea para la que es necesaria la concentración de la iniciativa empresarial privada y el apoyo publicitario. Sería un modo de rescatar no solo ese “Periódico Independiente, Noticiero e Informativo” que durante 1932 y 1933 tuvo su redacción en la calle De la Fuente. Y que, ya en una segunda etapa en los años 80, fue rescatada como “Revista informativa y cultural de Chiclana”, bajo el patrocinio del Ayuntamiento, primero, con Francisco Javier López Macías y, más tarde, con Domingo Bohórquez Jiménez. A su manera, tuvo una importantísima tarea de recuperación de la historia local, que, dicho sea de paso, necesitaríamos alguna vez disponer de ella digitalizada para su difusión a través de internet. 

Portada del primer número del semanario "El Trovador" (1931)

     Habría que hacer singularmente lo mismo, por ejemplo con aquellos periódicos independientes de principio de siglo XX, como “La Voz de Chiclana” (1917), denominado “Periódico de instrucción y defensa social”, en el que participó activamente el padre Fernando Salado Olmedo. O los que en los primeros años 30 se editaron como “La Semana” (1930-32) o “El Trovador” de la primera etapa, que convivió con la revista “El sablazo”, de José Navarro Forero. Incluso aquel otro periódico independiente bautizado como “El Iro” (1934), inspirado en los seis números de “El Liro” (1849) que Antonio Hay de la Puente editó como “Periódico semanal de intereses locales y de todo cuanto no sea política”, afortunadamente digitalizado por la librería y editorial Navarro. Eso sí que serían verdaderas resurrecciones del patrimonio histórico y periodístico –tan escaso– de Chiclana.

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