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viernes, 12 de enero de 2018

Hace sesenta años... Martín Gaite irrumpe "Entre visillos"



JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | VIDA NUEVA

En 1958 fue, sin duda, el año de la definitiva irrupción de Carmen Martín Gaite (Salamanca, 1925-Madrid, 2000) en la agreste literatura española. Con la inolvidable Entre visillos –su primera novela–, Carmiña obtenía el Premio Nadal y reafirmaba su decisión “de seguir escribiendo siempre”. Aunque ya había ganado el premio Café Gijón en 1954 con el libro de relatos El balneario (Editorial Clavileño, 1955), el eco de Entre visillos da a Martín Gaite un pródigo reconocimiento. Ya habitaba en ella esa voz que, a la postre, se convertiría en una de las grandes narradoras del siglo XX, con novelas fundamentales como El cuarto de atrás (Premio Nacional de Narrativa, 1978), Caperucita en Manhattan (1990), Nubosidad variable (1992), La reina de las nieves (1994) o Irse de casa (1998). Ya contenía Entre visillos –publicada a principios de 1958 por la editorial Destino– esa magia verbal con la que, más que contar, dialoga con el lector. Ese lenguaje siempre grácil, vivísimo, natural, que despliega toda su narrativa. Y en esa novela habita, por supuesto, algunos de los fabulosos personajes –la adolescente Natalia, el profesor Pablo Klein– en los que Martín Gaite descarga lo que podríamos denominar “una intimidad de ecos colectivos”; que, en cierto modo, define toda su carrera literaria, del cuento al ensayo, de la poesía al teatro, de sus cartas a las novelas. Una intimidad de mujer que rompe prejuicios y abate convenciones en una España todavía obcecada. 

Cuando culmina Entre visillos, Martín Gaite tenía treinta y dos años. Aún estaba casada con Rafael Sánchez Ferlosio. Era entonces un tiempo, en lo personal, de angustias. Había fallecido su primer hijo, Manuel, con solo seis meses. Nació Marta. Comenzó a escribir la novela a principios de 1955, a partir de un amplio relato, La charca, que es realmente su primer borrador. Y la acabó en septiembre de 1957, apenas días antes de presentarla al Nadal, por entonces aún un galardón para descubrir talentos y lanzar carreras literarias. Le había sucedido a Carmen Laforet (1944), a Miguel Delibes (1947) o al propio Sánchez Ferlosio (1955), su marido, que lo ganó con El jarama. Ni a él –se separaron en 1970, cuando él se marchó de la casa de Doctor Ezquerdo– le dijo siquiera que iba a concurrir al prestigioso premio. Siempre proyectaron en soledad sus deslumbrantes trayectorias. Ambos se consignan bajo ese calificativo confuso de “los niños de la guerra”, ambos pertenecen a la denominada Generación del 50 –junto a Ignacio Aldecoa, Jesús Fernández Santos, Ana María Matute y Josefina Aldecoa, entre otros–, ambos conquistaron el territorio de la novela realista, pero son –y sus obras lo demuestran– antagónicos.

En este 1958 en el que Entre visillos abre las puertas del éxito a Martín Gaite la epopeya personal de la autora –y el matrimonio–, se entremezcla con la ansiedad por la España que habita y con el malestar por el papel constreñido al que se reduce a la mujer. Carmiña vive en Madrid, y ahí en la capital escribe, sufre, sueña. El escenario “provinciano” en el que se desarrolla Entre visillos –no la nombra, pero es la ciudad de Salamanca– es una fotografía de las angosturas que cohíben a las mujeres, a los jóvenes, para configurar sin ataduras su propia vida, su inminente futuro. Pero a la vez es también una metáfora de una España que explora los límites de la libertad. Es, sí, una novela realista, como se ha persistido en describir; pero esa definición, así dicha, la deforma. A través de los visillos, la mirada es siempre irreal, porque se otea desde dentro, desde la intimidad, desde los sueños. Esperando el porvenir.

Ver en VIDA NUEVA. Nº 3.065. 6-12/01/2018. Cultura.

viernes, 1 de diciembre de 2017

La revolución nace con un libro


Antonio Basanta publica una reivindicación del “compromiso ético” de leer en un mundo cambiante


JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | VIDA NUEVA

A Antonio Basanta (Madrid, 1953) le gusta recordar una cita de Franz Kafka: “Leer es siempre una expedición a la verdad”. Y la ha incluido, por supuesto, en Leer contra la nada (Siruela), el brillante opúsculo con el que se rebela –una vez más– contra la vacuidad que amenaza un mundo en transformación, frente a la futilidad de una “educación que está creando no lectores”. La verdad es, como era la lectura para el autor de La metamorfosis, el único medio para remover que encuentra Basanta, quien durante más de dos décadas ha sido director general de la Fundación Germán Sánchez Ruiperez: “Es que me parece vital confrontar esa falla que tenemos. Queridos partidos, queridos ministros, queridas sociedades, plantéenselo en serio: necesitamos una educación que no tenemos. Y si no la transformamos vamos a tener unas consecuencias que yo creo que vamos a lamentar extraordinariamente”. Lo dice –y lo ha escrito también– en las páginas de este libro en el que despliega, sobre todo, su fervorosa pasión por la lectura, que ha defendido durante su larga trayectoria profesional: “Me declaro lector enamorado de las palabras –afirma–. Tal vez porque amar es la condición que más se asemeja al leer, también es, como el amor, pura emoción. Descubrimiento. Diálogo permanente. Mutua entrega”.

Porque leer, declara, también conlleva un “compromiso ético” que reivindica. “Creo que estamos en un momento de cambio de nuestra sociedad, donde más que nunca es necesaria la vindicación de los valores morales, que tengan que ver siempre con un elemento que la lectura pone en marcha: la aproximación al otro y a ti mismo”, manifiesta a Vida Nueva. Aquella frase del templo de Delfos dedicado al dios Apolo –“Conócete a ti mismo”– sigue siendo fundamental para que la sociedad avance en términos de humanización, y la lectura sigue siendo la mejor de sus herramientas. “Y ese ‘Conócete a ti mismo’ tiene un medio fundamental que es a través del otro –sostiene–. Esto significa que nosotros a lo distinto no podemos convertirlo en lo contrario, sino en lo complementario. Esto es fundamental. Y es el mensaje del Cristianismo, que no es otro que la derivación del mensaje del amor”. 

La lectura –como el Cristianismo– enseña esa convivencia: “La lectura es un ejercicio de aproximación a ti mismo desde el otro. Te permite vivir experiencias, que probablemente tú nunca vas a poder llevar a cabo en tu vida personal, con la intensidad, la emoción y el rastro que ocurriría en el caso de que la vivieras. Difícilmente vas a ser un náufrago como Robinson Crusoe, pero vas a ser profundamente Robinson Crusoe. Y es en este sentido donde yo apelo a la lectura como una forma de aproximación a lo otro y al otro para el reconocimiento de uno mismo”. Leer, sostiene, es detenerse, surcar, asimilar, observar, escuchar. “Por eso me parece estremecedor y revelador el inicio del Evangelio de Juan: Y el verbo se hizo hombre y habitó entre nosotros. Que no solo es la metáfora de Jesús, que lo es, sino de la palabra como elemento nuclear de nuestra vida. Me parece extraordinario, absolutamente revelador. Consecuentemente, la lectura es mucho más que un ejercicio, que una práctica. En el fondo es una manera de ser y de estar en el mundo”.


Leer contra la nada no solo es un himno a la lectura, es también un análisis preciso de los retos que hoy recaen sobre la decisión de cómo leer y la elección –más compleja que nunca– de qué leer. “Lo que creo es que se están abriendo nuevas posibilidades para el ámbito de la lectura. Ni siempre hemos leído igual, ni siempre hemos leído lo mismo. Ahora lo único que se establece es una nueva frontera. Que no va a terminar, yo creo, con lo anterior, sino que va a ampliar el espacio y la panorámica. Ahora, esa frontera hay que conocerla, hay que entrar sin complejos para establecer cuáles son verdaderamente sus reglas y cómo poderla gobernar”. El sector editorial está apostando ––“y así lo debe hacer”, sostiene– por la innovación y la experimentación en el panorama digital. “El reto es cómo podemos nosotros hacer que la información digitalizada y presentada en pantalla provoque en quien la recibe una actitud lectora, que nunca puede ser de pasividad y de puro y simple entretenimiento. Un lector siempre tiene una pregunta abierta, siempre va más allá, siempre hay un plus ultra, por eso los libros no se acaban nunca. Ni las lecturas se acaban nunca”.

La lectura, sostiene Basanta, es la esencia de la educación, de la vida misma “Dicho de otro modo, ¿no nos gustaría una sociedad con ciudadanos atentos, con capacidad de escucha, de observación, con instrumentos de interpretación de esa realidad que les llevara a un ejercicio de comprensión de la misma? Por eso hablo de que de todo lector se saca un elector, no un votante, que son cosas distintas. Los partidos quieren votantes, pero necesitamos electores, gente que tenga criterio personal y analítico que sea capaz de elegir aquella opción que le parezca mejor. Y que además eso transforme la realidad y la convierta en un ejercicio compartido”. De ahí que insista en “que en el sistema educativo no hay que producir una reforma, sino una transformación”. Y que a través de la lectura insista en “los aspectos comunicativos, colaborativos, cooperativos, éticos, creativos” de los alumnos.

El actual vicepresidente de la Fundación Germán Sánchez Ruipérez habla de su propia experiencia: “No encuentro en mi vida nada más decisivo que leer, ni experiencia más grata que pueda compartir”, afirma. Por ello, manifiesta: “Este es un libro de gratitud. Yo le debo mucho a la lectura y al mundo de la lectura. Dos. Es un libro de reivindicación, de vindicar de nuevo el valor extraordinario que la lectura tiene frente a visiones absolutamente falsarias que la tratan de llevar a un elemento puramente secundario, superficial o, incluso, anacrónico. La lectura es sustancial para poder vivir y para poder construir esa sociedad a la que esperanzadamente, digamos, que yo permanentemente me dirijo. Y tres. Además es un libro de oportunidad. En un momento en el que hay que tomar decisiones importantes y volver a reposicionar las prioridades, creo que es un libro que vuelve a aproximarnos a lo que tienen que ser unas decisiones de carácter ejecutivo”.

Su opinión, surgida de años de trabajo entre lectores y bibliotecas, es, al menos, inquietante: “Todos aquellos países que están en los primeros puestos de PISA son sistemas educativos que han enfatizado el valor de la lectura de abajo a arriba. De verdad creemos que podemos ir a alguna parte con el sistema educativo que hay en España. Salvo que haya una perversidad, intencionalidad, de hacer borregos. Yo siempre me lo pregunto. Si es así hay una perversidad extraordinaria. Y si no es así es que hay una negligencia, una dejadez, una torpeza… El tiempo pasa, y el mal se acrecienta. Y esto hay que atacarlo y atajarlo”.


Jugando a leer en la Biblioteca Nacional
“Impulsar la lectura y estimular el gusto por los libros y la literatura” es el objetivo también de la exposición “Pasa página. Una invitación a la lectura”, que el periodista Jesús Marchamalo ha concebido en la Biblioteca Nacional como una festiva reflexión, cómplice y lúdica, sobre el placer de leer. Organizada por Acción Cultural Española (AC/E), entre el 14 de noviembre y el 25 de febrero, la muestra presta especial atención a los más jóvenes con la intervención del escritor Nando López, “con la voluntad de buscar una conexión emocional y evocadora entre su mundo y el hecho lector”. Libros, fotografías y piezas audiovisuales plantean a los visitantes una inmersión didáctica y divulgativa que quiere recrear “un lugar mágico en el que los distintos caminos de su recorrido nos vayan llevando a ese país imaginario al que conduce la lectura”.

Ver en VIDA NUEVA. Nº 3.059. 18-24/11/2017. Cultura.

viernes, 1 de septiembre de 2017

Memoria silenciosa del saber y de la cultura universal


San Millán de la Cogolla –y su monumental e histórica biblioteca– cumple veinte años como patrimonio de la Humanidad.



JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | VIDA NUEVA

“Es memoria silenciosa del saber y cultura universal”. Nadie mejor que el agustino Pedro Merino (Villar de Torre, La Rioja, 1938), prior del Monasterio de Yuso, para describir la monumental e histórica biblioteca del conjunto monasterial de San Millán de la Cogolla. “Es testigo cualificado del afán cultural benedictino. A los monjes benedictinos, como creadores de este espacio casi sagrado, y a los agustinos recoletos, restauradores y cuidadores desde 1878 –añade–, debe la cultura agradecer tanto esfuerzo gratamente compensado por el interés que suscita y el servicio que sigue prestando a los investigadores del pasado”. La Biblioteca Emilianense, junto a su Archivo, es uno de los mejores testimonios de la riqueza cultural de los monasterios españoles. “No es el número de libros, sino su valor histórico: códices, incunables, ediciones raras y ejemplares casi únicos. Más de la mitad de sus libros están escritos en latín, el lenguaje culto de la época, del que nacerá el romance que al final apellidamos castellano. Por sus libros podemos comprender y valorar la apertura a la cultura y al dialogo con que los benedictinos respondieron a los retos de su tiempo”, explica Merino, prior desde 2011 de Yuso, donde se encuentra la biblioteca tal y como quedó definitivamente amueblada a finales del siglo XVIII: sin luz eléctrica ni calefacción. 

Aunque fue fundado en el s. XI, el monasterio de Yuso –del latín deorsum, que significa “abajo”, para diferenciarlo de Suso, de sursum, “arriba”, la morada del anacoreta San Millán en el siglo VI– fue sometido a notables reconstrucciones y ampliaciones entre el siglo XVI y XVIII; de ahí, esa estampa arquitectónica en la que predomina el estilo renacentista y el barroco. La biblioteca es heredera del famoso scriptorium de Suso, pero también de la historia de ambos cenobios: “Está claro que para adquirir y conservar ese tesoro que encierra la biblioteca, los monjes tuvieron que privarse de otras muchas cosas –relata el prior recoleto–. Para responder como testigos de la luz ante un mundo cambiante y a veces ciego, y también para el mayor esplendor del culto, entendieron que la mejor inversión estaba en rodearse de libros, y así se fue creado su biblioteca monacal. Pobres para sí y en casi todo, menos en cultura: una riqueza que ha pasado como legado de la historia”.

Ambos monasterios –conocidos unitariamente por San Millán de la Cogolla– fueron declarados por la Unesco, en 1997, Patrimonio de la Humanidad. Gracias, sobre todo, al impulso agustino, orden que se hizo cargo en 1878 de Yuso, abandonado en 1835 y presa de saqueos y despojos. Lo cuenta Pedro Merino: “Los agustinos recoletos en 1878 recibieron como legado lo que la prensa del momento calificó como ‘una ruina’, con el compromiso de convertirlo en un ‘monasterio más’. Su tenacidad y resolución hicieron posible lo que en principio se presentaba como una empresa inalcanzable. Mentes privilegiadas como el primer prior Íñigo Narro y el obispo agustino recoleto Toribio Minguella tuvieron claro que entre tantas preocupaciones de primer orden había que dar la primacía a la recuperación del fondo bibliográfico de la biblioteca monacal, cuyos libros cautelosamente habían sido colocados en hogares cercanos al monasterio”.

Facsímil del "Códice 60" o Emilianensis.

Y el empeño dio su fruto casi de inmediato, gracias a la custodia de vecinos y amigos del monasterio, que le devolvieron su tesoro. “Podemos decir que la casi totalidad de los libros catalogados con anterioridad a la exclaustración –confirma el agustino– reposan de nuevo en las viejas estanterías de la biblioteca monacal. Salvo, claro está, los códices que, para mejor cuidado, se llevaron a Madrid, donde siguen esperando el turno de regreso”. Merino se refiere, entre otros, al Códice 60, donde se encuentran las “glosas emilianenses”, las anotaciones manuscritas en romance –el primer testimonio escrito del español– realizadas por un monje del scriptorium de Suso. “Las ‘glosas emilianenses’ son un reclamo ciertamente justificado del monasterio, a pesar de que el códice original no ha sido posible recuperarlo. Bien guardado está en la Biblioteca de la Real Academia de la Historia. ¿Volverá a su primer hogar emilianense? Al menos nos consuela el saber que la memoria universal lo sigue colo-cando en su lugar de origen”.

En cambio, sí que se conserva en Yuso el Becerro Galicano (s. XII-XIII), una de sus joyas, junto a otro cartulario o tumbo, como también se denomina: el Bulario (s. XIII). Eran libros de pergamino en los que se copiaba a la letra los privilegios y pertenencias de los monasterios de San Millán. Es en el Galicano, donde aparece citado, entre los monjes emilianenses el nombre de Gundisalvus Michaelis de Berceo. Es decir: “Gonzalo de Berceo, primer poeta castellano, sencillo y chispeante para narrar la vida de los santos del entorno emilianense y cantar los milagros de Nuestra Señora, ocupa un lugar privilegiado en este remanso de la historia. La biblioteca, con todo, va más allá. En el scriptorium de Suso se copiaban y confeccionaban códices; además de la producción propia los intercambiaban con otros monasterios y se adquirían los que interesaban a los monjes”. Tres de los treinta y tantos Beatos que se conservan en el mundo pertenecieron con seguridad al monasterio.

Hoy la Bilbioteca Emilianense custodia aproximadamente 11.000 libros anteriores a 1800, de ellos 20 incunables –previos a 1500– y otros 150 ejemplares raros y únicos. “Por suerte no todos los códices salieron del monasterio. Quedan, entre otros, como testigos de primer orden, el Becerro galicano, el Bulario y un Ceremonial del siglo XIV –enumera Merino–. No se contentaban los monjes con obras de contenido religioso: sagrada escritura, teología, moral, santos Padres, liturgia, historia de la iglesia o colecciones de santos. Aparte de los fondos de carácter religioso hay una presencia apreciable de ciencias profanas. De matemáticas y ciencias naturales, de historia universal, especialmente de Europa, de geografía, donde destaca una Geographia de Tolomeo, la Esfera de Sacro Bosco, el Theatrum orbis terrarum de Ortelius y la Cosmosgraphia blaviana. Lugar aparte merece la medicina teórica y práctica con 116 títulos. No hay que olvidarse de los clásicos griegos y latinos”.


Cantorales en San Millán de la Cogolla.

La riqueza y relevancia de sus fondos bibliográficos es evidente: “Otra rareza de la biblioteca es la Biblia Natalis, ‘Adnotaciones et meditationes in evangeliza quae in sacrosanta Misael sacrificio toto anno leguntur’, obra encargada por san Ignacio de Loyola a su compañero Jerónimo Nadal, que fue uno de los mejores maestros en los Ejercicios espirituales. Pensó que los dibujos debían predominar sobre el texto impreso en blanco y negro. Contó con un excelente pintor, Bernardino Passeri, a lo que se unió la pericia de grabadores excelentes, los hermanos Vierx, que culminaron la obra, que consta de 153 láminas. El texto de las anotaciones y meditaciones de Nadal se imprimió aparte en la tipografía Martin Nutius en Amberes. Contamos con la segunda edición de 1595, en la que las láminas se hallan intercaladas con el texto”.

San Millán continúa en el empeño de recuperar su fondo documental y de digitalizar sus tesoros. “Hay mucha documentación que por desgracia no está en el monasterio, sino en la Biblioteca Nacional, que guarda parte de la historia de este monasterio. No perdemos la esperanza de poder disponer un día de esos fondos”, reitera el prior, también patrono y secretario de la Fundación San Millán de la Cogolla. De los existentes en la Biblioteca, no se conforman con restaurarlos, sino también digitalizarlos y ofrecerlos a los investigadores. “Estamos intentando avanzar en la digitalización iniciada, pero reconocemos que es un proceso largo y costoso, para el que es imprescindible ayuda pública o privada. Desde aquí agradecemos todo el apoyo que hasta ahora hemos recibido. Actualmente, gracias a aportaciones de la empresa privada, estamos restaurando obras de valor singular. Poco a poco, pero sin cesar”. Casi doscientas pueden consultarse en la web de la fundación San Millán de la Cogolla. Entre ellas, por ejemplo, el impreso más antiguo, anterior a 1475, el Summa de casibus conscientiae, de Bartolomé Pisano, ejemplar rarísimo y único en España del que solo se conservan cinco ejemplares en el mundo. Un ejemplo de la biblioteca como testimonio del pasado, revitalización del presente y herramienta del futuro.

Ver en VIDA NUEVA. Nº 3.047. Especial de agosto. "Más libros" / Bibliotecas.

domingo, 20 de agosto de 2017

Antonio Colinas: “¡Son tantos los libros especiales y queridos!”



JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | VIDA NUEVA

Una biblioteca es la memoria del lector. La huella que va dejando un poeta antes de encontrarse con sus versos. El rastro de una vida: “Para mí literatura y vida van unidas siempre. En este sentido, bien puedo decir que mi biblioteca y mi vida también se hallan fundidas. En ella están los libros de mi juventud, de los días de crecimiento interior y los de la madurez plena. No es una biblioteca ‘de aluvión’ sino que mis libros responden siempre a esa experiencia de ser, de mantenerme en conciencia y en consciencia, en los limites: la literatura como iniciación”. Lo dice un poeta extraordinario, quizás el mayor poeta –o uno de los más deslumbrantes– que hoy luce la literatura española, Antonio Colinas (La Bañeza, León, 1946), premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana 2016. La biblioteca de Colinas habita los pasillos, el salón, la casa de Salamanca donde vive, escribe y lee: que son distintas caras de un mismo modo de ser.

A esa biblioteca mira Colinas, y afirma: “Está bastante ordenada. Unas veces por temas; otras, por autores. En ocasiones, por géneros literarios. En ella predominan la poesía y lo que yo reconozco como ‘el pensamiento inspirado’: la filosofía, el ensayo, pero que tienden siempre a la iniciación, al afán de trascendencia”. Esa biblioteca, esa casa, crece –caprichosa casualidad, o quizás no– sobre lo que un día fue el convento del Sanctis Spiritus, donde profesó Isabel de Osorio, la monja que pidió a Fray Luis de León que tradujera El cantar de los cantares. Y ahí es donde el poeta ha reunido manantiales de inspiración: “Destacaría en mi biblioteca el apartado y los autores que remiten a la poesía esencial; clásicos, pero también contemporáneos. Poesía con esos poemas que remiten no sólo a un sentir, sino también a un pensar: de Virgilio a Seferis, de Dante a Hölderlin y a Rilke, de Juan Ramón Jiménez a Vicente Aleixandre. También la sección de místicos de Oriente y de Occidente”.

Colinas también tiene, sobre los estantes, en los huecos junto a las puertas que dejan los libros, un reflejo de los escritores que le han marcado. Están colgados los retratos, por supuesto, de Ezra Pound, de Herman Hesse, Pablo Neruda, Miguel Ángel Asturias, Azorín, Antonio Machado, Pablo García Baena. Y hasta Mircea Eliade y Carl Gustav Jung, “dos pensadores que admiro”, aparecen en esa galería que revela –junto a los libros– la anchura, la amplitud, del poeta que canta: “Ser como olivo o estanque./ Que alguien me tenga en su mano como a un puñado de sal./ O de luz”. 

Aunque, en absoluto, se define como bibliófilo, ni nada que se le parezca: “Valoro un libro más por el autor que por la edición”, sostiene. Sin embargo, no faltan libros que irradian su propia luz: “Tengo una primera edición de Campos de Castilla de Antonio Machado. Doblemente importante para mí por dos razones: porque me la regalaron y porque he sido muy fiel a la poesía de este poeta. Aprecio también mucho una segunda edición del Cartujano, aquel libro que Teresa de Ávila recomendaba a sus monjas que siempre estuviera en sus monasterios. También aprecio mucho las Obras completas de Jung y los libros de Mircea Eliade. La Obra completa del Maestro Eckharth, que compré en Italia, los maestros taoístas y confucianos... ¡Son tantos los libros especiales y queridos!”.

Novelas hay pocas, pero imprescindibles: “De novela soy más relector que lector. Me refiero a que en mi biblioteca se encuentran esas novelas de siempre, a las que vuelvo, las que poseen ideas y un fondo humanista. Releo a Cervantes, a Dostoievski, a Stendhal, a Lampedusa...”. Si Lumbres (Universidad de Salamanca y Patrimonio Nacional) es el título de la magnífica antología editada con motivo del Premio Reina Sofía, su biblioteca, más que una casa, es el fuego del hogar, el origen, la infancia, lo sagrado: “Nunca olvidéis esa llamada honda/ del corazón que es manantial,/ la que hoy y ayer os hizo verdaderos” (Del poema La plegaria del que regresa).

Ver en VIDA NUEVA. Nº 3.047. Especial de agosto. "Más libros" / Bibliotecas.

José Jiménez Lozano: “Nunca he llamado biblioteca a mi depósito de libros”


JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | VIDA NUEVA

José Jiménez Lozano (Langa, Ávila, 1930) es uno de los grandes autores de la literatura española. Premio Cervantes (2002), no tiene en su casa de Alcazarén (Valladolid), propiamente, una “biblioteca”, al menos se niega a llamarla así. “Nunca he llamado con este nombre, a mi depósito de libros que, todos juntos, no tienen nada que ver con algo que pudiera llamarse biblioteca, de manera que poca descripción tengo que hacer”, afirma. El autor vallisoletano, galardonado en la última Feria del Libro con el premio “Libros con valores” de la Fundación Troa por su novela Se llamaba Carolina, no sabe ni cuántos ni, a veces, dónde tiene esos libros que guarda: “No tengo ningún orden. Cualquier libro puede estar en cualquier lugar, o no encontrarlo en ninguno, y ocurre con alguna frecuencia, pero no pasa nada”. 

Su “depósito de libros” es heterogéneo: “Ya le digo que no tengo nada que puede llamarse biblioteca, sino que se trata de un lugar donde están unos libros, y donde se va a buscarlos”, insiste. En una “biblioteca ideal”, según la define, deben estar los “libros fundamentales” a los que es necesario volver siempre: “Y no solamente del pensamiento y la literatura clásicos, sino libros de geografía e historia, o ciencia, diccionarios…”. Luego, una “segunda sección” que alguna vez ha definido como de “lectura diversa” o de “intereses variados” y, en tercer lugar, “los libros con los que tenemos una relación de complicidad y que nos acompañan”. Los leídos y releídos, según ha confesado en alguna ocasión: Eurípides, Erasmo, Spinoza, Shakespeare, Santa Teresa, Cervantes –“un humanista más”, lo definió–, Pascal, Dostoievski, Tolstoi, Pirandello y Giovanni Verga, Azorín

“Los libros que tenemos se instalan en los estantes por mil razones que no son personales, sino casuales e imprevistas y utilitarias –manifiesta–; y mucho menos pueden revelar una complicidad intelectual, moral o sentimental entre libro y propietario”. El autor de Los cementerios civiles y la heterodoxia española (1978) sabe muy bien de qué habla. “En asuntos históricos se han sacado gratuitas conclusiones sobre la posesión de un libro, pongamos por caso de Erasmo o de D´Alembert en algunas bibliotecas. El juicio sobre este hecho es casi siempre hablar por hablar”. Y, aún advierte, quizás pensando en Pablo de Olavide y el proceso inquisitorial al que dedicó una de sus primeras novelas: El sambenito (1972): “Pero hubo aventuras de lectores que terminaron mucho peor a cuenta de apresuradas identificaciones de un pensamiento personal a partir de los libros de su librería”. 

Por ello, sostiene: “Las bibliotecas no demuestran mucho. Ni siquiera que se ha leído lo que hay en ellas, y no nos dicen lo que su dueño ha leído y no está en ellas, y puede haber sido lo más importante para él. Esto importante, y aun decisivo, puede haber sido incluso un asunto que pertenece a una conversación”. Y, en consecuencia, no otra puede ser su respuesta ante la cuestión de cuáles son los “tesoros” de lo que él denomina su “depósito de libros” en Alcazarén: “Los tesoros son los libros que uno ama, aunque no los tenga. Y no tengo, desde luego, tesoros bibliográficos, libros valiosos, raros; ni tampoco soy cazador de ellos, aunque fueran baratísimos. Me resultan indiferentes las bibliofilias, aunque materialmente me gustan más los libros de fines del XIX y de principios del XX, de los que no tengo ninguno, y tampoco he hecho nada por tenerlos”. 

Al fin y al cabo, como él mismo ha dicho alguna vez: “La lectura que no es estudio o búsqueda de conocimiento histórico o de otra clase no tiene más finalidad que el placer, en cualquier tiempo, sobre todo si es una lectura literaria”. Y en esa definición encierra el misterio de una biblioteca o de un “depósito de libros” más bien: libros para el estudio, para la búsqueda de conocimiento y para el placer de leer.


Ver en VIDA NUEVA. Nº 3.047. Especial de agosto. "Más libros" / Bibliotecas.

sábado, 5 de agosto de 2017

Bill Viola, un místico contemporáneo

El artista norteamericano durante su visita a Bilbao para inaugurar la exposición "Retrospectiva". Foto: Deia

El Museo Guggenheim Bilbao dedica una completa y sugestiva "Retrospectiva" a uno de los pioneros del videoarte y “vínculo entre lo sagrado y lo trascendente” en el arte contemporáneo actual


JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | VIDA NUEVA

En Bill Viola (Nueva York, 1951) todo sorprende. Continuamente. Comenzó a experimentar con el videoarte a principios de la década de 1970, pero, sobre todo, a partir de la explosión tecnológica de los año 90 se retó a sí mismo a “devolver al arte tanto su potencial transformador como su vínculo con lo sagrado y lo trascendente”, como señala el director general del Museo Guggenheim Bilbao, Juan Ignacio Vidarte. Y lo ha conseguido. Enfrentarse a sus instalaciones –“una fusión única y radical de tecnología”, según Vidarte– es encontrarse con “lo telúrico y lo espiritual, una combinación que muchos habrían juzgado imposible”, continúa el director general del Guggenheim Bilbao, museo que acaba de inaugurar la sugestiva exposición Bill Viola. Retrospectiva. “Viola se sirve de lo visible para hablar de aquello que no vemos y adentrarse en el misterio –manifiesta–. A través de un gran despliegue de imágenes en movimiento nos sumerge en escenas hipnóticas que nos aproximan a la vía meditativa y contemplativa”.
Velos (The Veiling), 1995. Foto: Museo Guggenheim    


Kira Perov, la esposa y colaboradora imprescindible de Bill Viola desde 1978, denomina con acierto su producción artística como “visiones interiores”. Y, sí, la mística, la poesía, lo espiritual, directamente la historia de la religión, también la filosofía, son los campos de exploración de un artista extrañamente contemporáneo. Tanto que John G. Hanhardt, el historiador y comisario de arte, autor de la primera monografía que recorre íntegra la carrera del artista –recién publicada a modo de catálogo y titulada simplemente Bill Viola (La Fábrica y Museo Guggenheim Bilbao)–, afirma: “En su producción, se reflejan los poetas y místicos visionarios que manifiestan su creencia en la trascendencia y cuyos textos constituyen la biblioteca personal del artista”. Santa Teresa y, sobre todo, San Juan de la Cruz, a quien le dedicó una instalación monumental, Habitación para san Juan de la Cruz (1983), con la cual Viola reflejó –y transmitió– la “extrema conmoción” que le supuso el fraile carmelita.

Hanhardt va más allá, sin embargo, de la mística. Hasta el punto que reordena toda la trayectoria de Viola como reflexiones “humanísticas y teológicas”, siempre en torno a “ideas claves” que ha ido reiterando en los últimos cuarenta años. Por un lado, “el cuerpo humano, la espiritualidad y la trascendencia”. De otro, “las fuerzas y ciclos de la naturaleza, el nacimiento, la vida, la muerte y la memoria”. Pero estos grandes temas confluyen a veces, por ejemplo, en una obra que refleja el pensamiento, la reflexión y la creencia de Bill Viola como pocas: Mártires (tierra, aire, fuego, agua), videoinstalación que en 2014 colocó en un altar de Saint Paul, la catedral anglicana de Londres. “Le sirve para ahondar en la redención del mártir lograda por medio de la fuerza de sus creencias, y que nos hace pensar en el poder redentor de la propia estética de la creencia de Viola, verdaderamente extraordinaria”, según la define Hanhardt. En ella está muy presente la figura de Jesús. su sufrimiento ante la muerte, pero también su esperanza, su vida y su testimonio. Ahora, precisamente, en Saint Paul se exhibe también Mary, impresionante videoinstalación sobre la vida de la Virgen que Viola tardó más de trece años en recrear. 



Velos (The Veiling), 1995. Foto: Museo Guggenheim


Esta es la propia visión artística de Viola, compartida con Kira Perov: “Reconocer la belleza y lo espiritual en su búsqueda por ofrecer esperanza en un tiempo de crecientes desafíos para la coexistencia y la vida en el planeta”, añade Hanhardt. Es también lo que describe Vidarte con otras palabras, pero con la misma sensación de estar no solo ante “uno de los creadores más importantes de la historia del videoarte”, sino frente a un artista que “ha recuperado la emoción y los ideales del humanismo en el arte”. El director general del Guggenheim Bilbao lo justifica con argumentos que surgen de las propias obras de Bill Viola, como Cielo y Tierra (1992) o Una historia que gira lentamente (1992), ambas en la galería 205 del Guggenheim: “A partir de un interés inicial en las posibilidades y características técnicas del vídeo, la trayectoria de Viola avanza hasta convertirse en una búsqueda de lo espiritual. En este camino hacia una dimensión más profunda, el artista aborda temas tan complejos como el cuerpo humano y su vinculación con la temporalidad; la percepción; el nacimiento y la muerte; y los procesos de cambio, renacimiento y transfiguración”. 

La reflexión –la del artista y la que provoca en el espectador– es la vía de entrada a cada uno de esos temas, junto a la ralentización del tiempo que continuamente plasma Viola en sus obras, toda una invitación a la meditación. Su modelo son los artistas medievales y renacentistas. La habitación de Catalina (2001) –inspirada en las predelas que Andre di Bartolo Cini dedica en el siglo XV a Santa Catalina de Siena–, presente en el Guggenheim (galería 207), es paradigmática. Porque lo que Viola persigue y busca difundir es lo que él denomina la “llama de la cognición”. Es decir, la conciencia humana, perdida en el virtual y mecanizado mundo actual. “Emprende una búsqueda espiritual inspirada en la historia del arte para explorar cómo nos comprendemos a nosotros mismos y el mundo que nos rodea”, manifiesta Hanhardt. En los estudios sobre las religiones del mundo que Viola inició en los años 90 es donde está la clave de toda su trayectoria artística: el “anhelo espiritual” para vivir, para crear y para compartir. 


Espiritualidad, trascendencia, conciencia humana

Bill Viola. Retrospectiva es un “recorrido temático y cronológico por la trayectoria de uno de los artistas más importantes de nuestro tiempo y pionero en el desarrollo del videoarte”, como lo define en primera instancia Lucía Aguirre, comisaria de la exposición que permanecerá abierta hasta el 9 de noviembre. A través de 27 instalaciones, muy representativas de su evolución en sus cuarenta años de trayectoria artística, aborda “cuestiones tan importantes en su obra como la noción del tiempo, el significado de nuestra existencia y nuestro lugar en el mundo”, explica la comisaria. “Creo que es un artista que en cierta manera el público religioso, el que ha dedicado su vida a Dios y a los otros, encuentra afín –añade–. Ese es un espectador que se ha hecho preguntas a lo largo de su carrera, de su vida, y son preguntas que son inherentes a la condición humana, pero que el día a día que nosotros llevamos hacen que se nos olviden. Y la obra de Bill Viola parte de estas mismas preguntas”. 
Lucía Aguirre afirma a Vida Nueva: “Viola siempre dice que su trabajo no es el resultado de la búsqueda de respuestas, sino de las preguntas que nos hacemos. Y es un artista que trata temas, además, como la vida, la muerte, el nacimiento, los ciclos que se producen en nuestra vida, y, sobre todo, un artista que en este tiempo en el que vivimos considera que la vida es un regalo muy grande”. Esa exploración sobre los temas fundamentales de nuestra existencia —vida, muerte, nacimiento, renacimiento, transformación, transfiguración—, han dado sentido a toda su obra creativa. “La exposición no necesita ningún soporte ni de textos ni de guías, porque las obras tratan de espiritualidad, de trascendencia, de conciencia humana, que son temas que van unidos a la condición del hombre, y nos permiten reflexionar sobre ello. Muchas veces en nuestro día a día no lo hacemos. Bill Viola lo toma, lo usa de base para su obra y crea una obra estéticamente muy bella pero muy poderosa y muy natural, muy trascendente desde el punto de vista conceptual”, expone Aguirre.

Es lo que dice el director general del Museo Guggenheim Bilbao, Juan Ignacio Vidarte: “Bill Viola recupera la emoción y la inocencia de una visión primigenia, que parece contemplar las cosas en su esencia. Lo real y lo simbólico se funden en sus cintas de vídeo y videoinstalaciones, que llevan más de cuatro décadas fascinando a multitud de espectadores”. El Palacio Strozzi de Florencia acaba de cerrar las puertas de la gran exposición Renacimiento Electrónico, ahora abre el Guggenheim la imponente Retrospectiva. Bill Viola tiene aún mucho que contarnos. Y que sorprender.

Ver en VIDA NUEVA. Nº 3.046.