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jueves, 23 de abril de 2015

Van der Weyden y la perfección estética

El Descendimiento, en su nueva ubicación en la exposición del Prado. Foto: Museo del Prado.

El Museo del Prado dedica una histórica exposición al pintor flamenco reuniendo, por vez primera, sus tres grandes obras maestras: el Descendimiento, el Tríptico de Miraflores y el Calvario, recién restaurado.

JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | VIDA NUEVA

Rogier van der Weyden (Tournai, h. 1399-Bruselas, 1464) fue uno de los más grandes pintores de la historia. “Es uno de los artistas más audaces e influyentes de todos los tiempos”, le define Miguel Zugaza, director del Museo del Prado. Sus obras “engalanaron las cortes de todos los reyes”, según el cardenal Jouffroy, obispo de Albi. No firmó ninguna. “Solo tres pueden atribuírsele, en función de evidencias documentales fiables y tempranas, con absoluta seguridad. Las tres forman parte de la presente exposición en el Museo del Prado. Nunca antes se habían visto juntas y ni siquiera las vio así el propio artista”, explica Lorne Campbell, el mayor especialista en el pintor flamenco y comisario de la primera muestra que se le dedica a Van der Weyden en España. “Es un acontecimiento histórico artístico de primer orden”, describe Zugaza.

     No había mejor escenario para esta excepcional exposición que la pinacoteca madrileña, que custodia El Descendimiento, absoluta obra maestra del pintor afincado en Bruselas y una de las más famosas de todo el Prado, creada en el culmen de su carrera –antes de 1443– para la iglesia de Nuestra Señora Extramuros de Lovaina. Felipe II, “el más ferviente de todos los admiradores que Van der Weyden tuvo en la península”, según Campbell, la trajo a España para su capilla-oratorio del Pardo, en donde ya colgaba con la inmensidad de su desconsuelo en 1564. “Para mí –afirma– es la pintura más bella del mundo”.

     El pretexto para la exposición –abierta hasta el 28 de junio– ha sido la exquisita restauración en los talleres de la pinacoteca madrileña de la otra gran joya de Van der Weyden en España, el Calvario, obra propiedad de Patrimonio Nacional, esencial de las colecciones de pintura del monasterio de San Lorenzo de El Escorial desde que en 1574 lo llevara allí el propio Felipe II; quien lo colgó junto al Descendimiento –trasladado en 1566–, aunque este último ingresó en el Prado en 1939. “La presencia de Van der Weyden en la corte española se reforzó gracias a la devoción por el pintor de Felipe II, quien en 1555 logró adquirir el Calvario, la última de sus obras, que había sido donada por el propio artista a la cartuja de Scheut, cerca de Bruselas”, añade Zugaza. 

   
El Calvario en la exposición. Foto: Museo del Prado.

  
     La tabla, pintada entre 1457 y 1464, luce ahora iluminada, pulcra y fascinante, espléndida en cada detalle: “Aunque Cristo está muerto, con la cabeza baja y los ojos cerrados, llora: una lágrima resbala del ojo derecho, y dos del izquierdo –la enseña Campbell–. Es tanto una imagen como un cuerpo humano; es a un tiempo un cadáver y un hombre vivo que llora”. Regresa a España, además, el llamado Tríptico de Miraflores, denominado así por la burgalesa cartuja de Miraflores, cenobio al que Juan II de Castilla lo había regalado en 1445. Es por tanto la primera obra que llegó del artista a España, aún en vida de Van der Weyden. Deslumbrante y con la Virgen María como protagonista, el Tríptico reúne las escenas del Nacimiento de Jesús, el Descendimiento de la Cruz y la Aparición de Cristo a la Virgen. Fue expoliado por el general napoleónico Jean Darmagnac durante la Guerra de Independencia y se expone en el Prado procedente de la Gemäldegalerie de Berlín.

      “Aunque de escalas muy distintas, estas tres obras tienen muchas cosas en común –describe Campbell–. Las tres son de tema religioso y las tres producen una intensa impresión de vida. Van der Weyden pinta con asombrosa fidelidad detalles como las lágrimas, la sangre, los hilos con los que están tejidas las telas y con los que están cosidas las prendas”. La exposición del Prado, difícilmente repetible, reúne también el deslumbrante Tríptico de los Siete Sacramentos que conserva el Koninklijk Museum de Amberes y atribuido al pintor flamenco. “Es una de las más sofisticadas y exquisitas invenciones –afirma Zugaza– entre las diversas versiones del asunto iconográfico del Calvario que pintó el propio Van der Weyden”, y cuyos logros compositivos influyen, entre muchos otros artistas, en la versión realizada por uno de sus discípulos directos, el llamado Maestro de la Redención del Prado, denominado así por su obra cumbre, el Tríptico de la Redención, cuya tabla central, la Crucifixión, puede admirarse en la muestra.

Tríptico de Miraflores. Foto: Museo del Prado.

     Van der Wayden renovó el lenguaje pictórico con una “inconfundible personalidad artística” que tuvo fama en toda Europa como, dice Campbell, “el mejor y más importante pintor de temas religiosos de su tiempo”. El comisario destaca, asimismo, el notable diálogo que hay en su obra con la escultura –esa fabulosa sensación de tridimensionalidad de sus figuras, por ejemplo– y la arquitectura, así como la seguridad y rapidez de su técnica, llena de osadía y modernidad. “A menudo me parece que Van der Weyden tiene más que ver con Matisse y con el Picasso del Guernica que con sus contemporáneos como Van Eyck”, llega a afirmar. “Todas son imágenes de una perfección estética aparentemente inmutable”, prosigue Campbell. Otro de los “más bellos originales” atribuidos a Van der Weyden, según Miguel Zugaza, es la Virgen con el Niño (h. 1435-38), conocida como La Madonna Durán, “que probablemente llegó a España en el siglo XV, aunque su primer propietario conocido fue el infante don Luis, hijo menor de Felipe V”, según añade Campbell. Pertenece al Prado desde que Pedro Fernández Durán (1846-1930) legara su colección a la pinacoteca.

TALLAS, ESCULTURAS Y TAPICES     
Además de las cinco obras de Van der Weyden y la Crucifixión del Maestro de la Redención, la exposición del Prado exhibe dos obras atribuidas al taller del pintor: el Retrato de Isabel de Borgoña (Paul Getty Museum de Los Ángeles) y La Piedad del Museo del Prado, ambos datados entre 1440 y 1450. Expone junto a ellas doce copias y versiones de obras del pintor flamenco, “que fueron también muy apreciadas en la península Ibérica desde fecha muy temprana”, como apunta Zugaza, ya sean pinturas, esculturas, tapices o dibujos. Así, por ejemplo, se exhibe La Crucifixión del Retablo de la Virgen de Belén, de la iglesia de Santa María de la Asunción de Laredo (Santander), obra de escultores de Bruselas hacia 1440 según modelos de Van der Weyden y su taller. O el magnífico tapiz conocido como Episodio de la historia de Jefté conservado en el Museo de los Tapices de la Seo de Zaragoza, que igualmente parte de diseños de Van der Weyden y que pudo pertenecer tanto al condestable Pedro de Portugal como a Juana Enríquez, madre de Fernando el Católico. La espectacular escultura funeraria del obispo Barrientos del Museo de las Ferias de Medina del Campo, también presente, es asimismo “una de las joyas de la estética rogieriana en la Castilla del siglo XV”.


      Lorne Campbell destaca, además, la versión que el llamado Maestro de don Álvaro de Luna hizo de la Madonna Durán y catalogada como La Virgen de la Leche, al igual que La aparición del Cristo a la Virgen, tabla lateral derecha de la copia que Juan de Flandes hizo del Tríptico de Miraflores por encargo de Isabel la Católica, en préstamo por el Metropolitan Museum de Nueva York. También ha incluido La Crucifixión del anónimo pintor conocido como el Maestro de la Leyenda de santa Catalina, de la colección del Prado, que imita la Crucifixión con santos y donantes atribuida a Van der Weyden y conservada en Viena. O el Retrato de un hombre robusto (h. 1435), atribuido a Robert Campin, realizado a partir del José de Arimatea que Van der Weyden pinta en el Descendimiento. “Cada una de las obras expuestas: tallas, esculturas, dibujos, pinturas o tapices, tienen como denominador común la originalidad de la obra del maestro flamenco –resume el director del Prado–, ya sea en el excepcional grupo de obras autógrafas reunidas como en las copias directas, las traducciones de sus diseños o las plasmaciones de sus ideales estéticos”.

Leer en la revista Vida Nueva (nº 2.937):

jueves, 8 de noviembre de 2012

W. R. Hearst, el gran expoliador


Una investigación académica detalla “La destrucción del patrimonio artístico español” entre 1800 y 1950, con el gran magnate norteamericano como gran protagonista.

JUAN CARLOS RODRÍGUEZ 
“La historia de un tiempo realmente ambiguo, incluso contradictorio, en el que un personaje avalado por una fortuna extraordinaria trató de rodearse de cuantos tesoros históricos deseó y fue capaz de atesorar. Con ello propició despojos hasta entonces difíciles de imaginar, a fin de materializar proyectos arquitectónicos sólo posibles de soñar, a la vez que procuró, a su paso, vacíos a duras penas disimulables en el catálogo histórico-artístico español”.

Es la historia del magnate W. R. Hearst, al que Orson Welles retrató en Ciudadano Kane, y protagonista del mayor expolio cometido contra el patrimonio artístico español. También es el gran protagonista de la profusa y sorprendente investigación publicada por José Miguel Merino de Cáceres y María José Martínez: La destrucción del patrimonio artístico español: W.R. Hearst, el gran acaparador (Cátedra).

Setecientas páginas apasionantes que Merino de Cáceres, catedrático de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid, y Martínez Ruiz, profesora de Historia del Arte de la Universidad de Valladolid, han escrito para describir la “perniciosa asociación de ignorancia, desidia, codicia y una mal interpretada modernidad” que se extendió, al menos, durante siglo y medio, entre 1800 y 1950, en una combinación de expolio artístico y negocio que, de algún modo, tuvo su origen en el despojo indiscriminado de las tropas francesas durante la Guerra de Independencia.

El comedor de San Simeón, la mansión de Hearst en California
 “Una vez perdida esa especie de inviolabilidad de las obras sagradas, o de aquellas que se encontraban en la órbita de las clases poderosas, éstas quedaron a merced de cualquier desmán cometido bajo el signo de las más variadas razones”. La cuestión es que, como enumeran los autores, “avispados agentes traspasaron nuestras fronteras durante el siglo XIX con carretas repletas de obras de arte, y a lo largo de la primera mitad del XX se permitieron completar barcos con obras de todo tipo con destino a los mercados más prósperos”. El principal destino tenía por nombre William R. Hearst, el todopoderoso “Ciudadano Kane”. 

Voracidad coleccionista

Los objetivos fueron iglesias y monasterios –que particularmente padecieron una desamortización en 1836 que si bien “nacionalizó” numerosos bienes artísticos pero también arrojó a muchos inmuebles a la destrucción absoluta– y también palacios, casas nobles, castillos. La rapiña llegó, según Merino y Martínez Ruiz, con “la voracidad del coleccionismo estadounidense” durante finales del siglo XIX y las primeras décadas del XX.

“La potente burguesía norteamericana era capaz de comprar todo cuanto en España se deseara vender”. Ambos autores apuntan directamente a los hispanistas Arthur Byne y su esposa, Mildred Stapley, como “los protagonistas fundamentales del negocio clandestino de venta y exportación de obras de arte del país”. Es decir, los marchantes que se encargaron de abastecer a Hearst y a todos cuantos nuevos ricos quisieron hacerse con un trozo de Historia de España, entre los que se citan a los J.P. Morgan, Henry S. Frick, Andrew Mellow o John D. Rockefeller, Jr. 

Montaje del monasterio de Sacramenia en Miami en 1952
Sólo a partir de 1922, coincidiendo con la denuncia en las Cortes del despojo de San Baudelio de Berlanga, y especialmente con la legislación de 1933, el expolio pasó a ser un negocio clandestino. Hearst, el primer gran magnate de la prensa, fue “el mayor comprador de arte español” y un verdadero especialista en armas, armaduras, tapices y cerámica hispanomorisca, sus piezas favoritas. Con Byne de agente, “no dudó en vulnerar todo tupo de obstáculos legales a fin de satisfacer su insaciable apetito como coleccionista”. Las piezas catalogadas procedentes de España –y hoy esparcidas por museos norteamericanos y de medio mundo– que acaparó entre 1912 y 1951 son miles y miles. 

Buena parte para decorar su impresionante mansión de San Simeón en California y su apartamento de Nueva York –cinco plantas y un ático del Clarendon Building de la calle 86, en donde colgaba, por ejemplo, El credo de los apóstoles, tapiz del siglo XVI procedente de la catedral de Toledo–, entre otra decena de inmensas residencias a lo largo de todo Estados Unidos, además de castillos en Irlanda y Escocia.

“Llevo la corte de los Austrias a pleno corazón de Manhattan o a lo alto de una loma en California. El gran magnate de la comunicación convirtió en posible lo aparentemente imposible –escriben los autores–, procuró para sí una puesta en escena que mucho debía a la historia y la cultura europeas, si bien interpretadas de una manera tan excéntrica y personal que sólo una personalidad como la suya podía imaginar”. 

Foto actual del claustro del Monasterio de Sacramenia en Miami
Como inimaginable fueron sus compras, entre ellas, el claustro, sala capitular y refectorio del desamortizado monasterio románico de Santa María la Real de Sacramenia (Segovia), así como heraldos del convento de San Francisco de Cuéllar (Segovia) que se instalaron, a partir de 1925, en Sacramenia, reconstruido piedra a piedra en Miami. 

Hearst también adquirió del monasterio cisterciense de Óvila (Guadalajara), vendido por Fernando Beloso, director del Banco Español de Crédito en 1931, su claustro, sala capitular, refectorio, dormitorio de novicios y portada manierista de la iglesia, cuyas piedras están dispersas hoy en el Golden Gate Park de San Francisco. [...]


José Miguel Merino de Cáceres y María José Martínez: La destrucción del patrimonio artístico español: W. R. Hearst, el gran acaparador (Cátedra), 736 páginas. En papel (Tapa blanda): 32,00 €

En el nº 2.822 de Vida Nueva, Hearst, el gran expoliador, íntegro solo para suscriptores.


viernes, 19 de agosto de 2011

Un Vía Crucis con obras maestras del Barroco


Hay ejemplos cumbres de la imaginería del Barroco, como los que abren y cierran el Vía Crucis. La última cena (1763), de Francisco Salzillo, perteneciente a la Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno (Murcia), que ocupa en la 1ª estación de penitencia, frente a la Biblioteca Nacional. Del gran Gregorio Fernández (1576-1636) se puede ver frente a la Casa de América La Quinta Angustia (13ª estación. Cofradía de la Piedad, Valladolid) y el Cristo yacente (14ª estación. Catedral de Segovia), antes de que la Virgen de Regla (siglo XVII) de La Roldana cierre el Vía Crucis frente al Banco de España en su paso de palio de la Hermandad de los Panaderos (Sevilla), única representación mariana y dolorosa.
Entre ellas, también se han podido ver dos tallas anónimas del siglo XVII y de gran fervor: el Medinaceli (4ª Estación) de la  Archicofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno (Madrid) y el Jesús Nazareno (7ª Estación) de Cofradía del Dulce Nombre (León). Otras nueve cofradías han estado presentes con sus titulares, todas tallas de entre finales del siglo XIX y mediados del XX, incluido el Jesús de la Caída (6ª Estación, Úbeda), de Mariano Benlliure, y el Cristo de la Buena Muerte (11ª Estación, Málaga), la recreación de Francisco Palma Burgos del desaparecido Cristo de Mena. Una cita única en la historia.

martes, 16 de agosto de 2011

Encuentros con la Palabra hecha imagen

El Museo del Prado se suma a la JMJ con un itinerario de 14 obras maestras que representa la vida, muerte y resurrección de Cristo. El Thyssen, por su parte, recibe a los peregrinos con una exposición gratuita con nueve escenas evangélicas de entre los siglos XIV y XVIII. Son otros dos modos de buscar el significado de la visita de Benedicto XVI a Madrid y de vivir el significado de lo religioso a través de la pintura y los siglos. Podéis leer sobre las grandes citas culturales de la JMJ en en mi sección de la revista Vida Nueva.



Por cierto, que la primera obra que se expone en la sala de exposiciones Contexto, en el Balcón-Mirador de la primera planta del Thyssen, es Jesús entre los doctores (1506), ejemplo de cómo Durero logró fundir hábilmente dos mundos renacentistas, el alemán y el italiano. Considerada una de las obras maestras de la colección del museo, en ella seis doctores forman un círculo en cuyo centro emerge la figura y la maestría de Jesús. Las manos del rabino de rostro deformado y caricaturesco posadas sobre las del Mesías constituyen, por su simbolismo, el foco de atención de la escena. Toda una obra llena de significados y de actualidad. Durero, por supuesto, en su máxima expresión.