domingo, 25 de junio de 2017

ENTRE LOS ARCOS DE VILLA VIOLETA | Laurel y rosas (88)

Acuarela con las golondrinas daúricas de "Villa Violeta" pintada por W. H. Riddell. Foto: Marqués de Tamarón.

JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | DIARIO DE CÁDIZ

A finales de la década de 1920, un matrimonio británico encontró en La Barrosa su “paraíso en la tierra”. Compraron en lo que entonces se conocía como Pinar de Galindo una finca de 20 hectáreas a la que pusieron por nombre “Villa Violeta”. Era el nombre de ella: Violeta Buck, mujer culta, hermosa y de armas tomar, nacida en Jerez e hija de un célebre naturalista británico, Walter J. Buck, don Gualterio, cónsul británico, exportador de vinos, propietario de la bodega Sandeman & Buck y del Recreo de las Cadenas –sede hoy de la Real Escuela de Arte Ecuestre–, que había fallecido en 1917. Antes de su boda, doña Violeta había comprado el Castillo de Arcos, en ruinas, para salvarlo del derribo y lo había convertido en su casa. Años después, aún recibía visitas con cemento y palaustre siempre a mano. “Villa Violeta” era el nombre que había elegido el marido para esa finca y esa casa en la que ambos se instalaban cada verano una vez que se casaron en 1928. El marido era un célebre pintor de “pájaros y nubes”, gran ornitólogo, amante de la arqueología, que firmaba como W. H. Riddell, aunque todo el mundo le llamaba Bill. Y él debió ser quien eligió aquel emplazamiento con de pinares, playa y dorada arena, aún naturaleza salvaje y virgen, deshabitada.

¿Por qué La Barrosa? En un tiempo en que la nobleza y la alta burguesía británica –y jerezana– acudía a Biarritz y San Sebastián cuando llegaba el verano, Bill Riddell se debió enamorar de La Barrosa inmediatamente: “Creo que tenía que ver con lo que hoy es un concepto aceptado, la Gran Doñana, por el que todos los humedales del golfo de Cádiz están interconectados. Para Riddell, estar en La Barrosa era como estar en Doñana, pero más cerca y más habitable”, explica Javier Ruiz, cabeza visible junto a Francisco Hortas del proyecto Limes Platalea de la Sociedad Gaditana de Historia Natural. Y un enamorado de Riddell y todo cuanto significa Villa Violeta y La Barrosa para la ornitología. Que es mucho. Porque, para ir paso a paso, Riddell –y doña Violeta, por supuesto– sabían perfectamente qué era Doñana: “Como un fragmento de la soledad salvaje de África, arrancado y especialmente preparado para nuestro disfrute en este remoto rincón de Europa... para nosotros, cazadores, naturalistas y amantes de agrestes desiertos, Doñana representa nada menos que un paraíso en la tierra”… 

Foto de "Villa Violeta" hacia 1955 que conserva la familia Domecq Williams y publicada en el libro "La migración intercontinental de la espátula", de la Sociedad Gaditana de Historia Natural.
Riddell y Doña Violeta habían tenido como maestros –y guías– a los dos naturalistas que mejor la conocieron, más la defendieron y aún todavía más la dieron a conocer en todo el mundo. Y lo habían tenido muy cerca. Uno era el padre de Doña Violeta, Walter J. Buck. Y el otro, uno de los grandes naturalistas británicos de todos los tiempos, también de origen bodeguero, Abel Chapman. Ambos, Chapman y Buck, escribieron dos libros extraordinarios y adelantados a su época “La España agreste” (1898) y “La España inexplorada” (1910). Y ambos formaron parte de los denominados “escriturarios” que regularon la caza en Doñana e hicieron posible que hoy sea Parque Nacional. Chapman, además, fue quien presentó a doña Violeta –a quien había prohijado tras la muerte de Buck– a Bill Riddell, que era uno de sus mejores colaboradores, porque nadie como él era capaz de captar en sus ilustraciones, en sus lienzos, el alma de la naturaleza. Riddell pintó La Barrosa y esa ornitología extraordinaria que iba descubriendo entre los arcos de Villa Violeta. Es célebre su descubrimiento de la denominada “golondrina de las mezquitas”, la golondrina daúrica (hirundo daurica), que nunca se había avistado entonces en Europa y estaban ahí, anidada en el porche de Villa Violeta. Y de lo que dejó reflejado en uno de sus magníficos guaches.

Británicos como eran, Riddell y doña Violeta, en la elección de aquella hermosa finca debió de pesar también el recuerdo de la batalla del 5 de marzo de 1811, cuyos “restos” se dedicó a recolectar rastreando la playa, los pinares, entre Torre Bermeja y Torre Barrosa, como los británicos llamaban al torreón de la Cabeza del Puerco. Y de La Barrosa era también para ellos aquella Batalla de Chiclana, como se le denominó entre nosotros. En los años 40, Violeta Buck cedió a su cuñado, don Guido Dingwall Williams Humbert la casa y la finca, que ocupaba la actual urbanización y proseguía hasta la misma orilla, incluido Los Drogos, entonces una casa de invitados. Don Guido, también bodeguero y naturalista, devoto británico, prosiguió la sacralización de La Barrosa como escenario ilustre de aquella heroica batalla ganada por los británicos a los ejércitos napoleónicos y, sobre todo, hizo de Villa Violeta lugar de peregrinación de los más ilustres ornitólogos británicos. Fueron los precursores.

Hoy, toda La Barrosa, con sus miles de bañistas y su ocupación urbanística, sigue siendo un “paraíso ornitológico”, gracias al descubrimiento de Javier Ruiz y Francisco Hortas hace apenas siete años. Una 15.000 espátulas con su pico redondeado y su plumaje blanco, las aves más grandes y emblemáticas de la ornitofauna europea, la cruzan entre julio y octubre destino a África. Un espectáculo único del que hay mucho que contar. 

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domingo, 11 de junio de 2017

AQUELLA FERIA, ESTE NIÑO... | Laurel y rosas (87)

La Feria de San Antonio en la barriada del Carmen.

JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | DIARIO DE CÁDIZ

Antes es una palabra que siempre suele evocar la felicidad. Aquella felicidad de cuando éramos niños. Aquella en la que la Feria era un río de gente que cruzaba el Puente Chico y en la calle Paciano del Barco encontraba la dicha en un tiovivo y todo lo que entonces podíamos querer: acaso coche-choques, una tómbola y algún puesto de escopetas donde toda puntería era vana y romper de un disparo un palillo de dientes acaso un milagro. Entonces el mundo acababa en la calle Cervantes. Porque ese era el final de la Feria y del continente, porque más allá solo había marisma. La nada. A los ojos, y el corazón, de un niño no hay recuerdo que pueda superar a aquel tiempo en el que fue feliz. Y aquella Feria en la barriada del Carmen suponía todo lo que uno entonces podía imaginar. Claro que entonces aún soñábamos en blanco y negro, como la televisión. Los que la tenían. El mundo, esta ciudad, esta feria, aún en los años setenta, hasta principios de los ochenta, es inimaginable para quienes nacieron después. Y fue ayer mismo. Era ayer mismo cuando íbamos Paciano del Barco abajo para hacernos una foto toda la familia en un estudio portátil, con una guitarra desafinada y un caballo de cartón, para recordar durante todo el año –y toda la vida– esa feria, sus colores, las luces, las sevillanas y la caseta municipal. Y aquellas otras casetas que encontraban acomodo donde podían: en algún local en obras, un garaje o un almacén, que se transformaba en vino y alegría.

Y el río. Para quienes vivíamos en el Lugar, cruzar el río era la puerta abierta a la Feria, esa feria que un día fue de ganados y compraventas, de negocios que se cerraban con vaso de vino. Desde ese 1836 en el que Chiclana recibió el privilegio de Feria –aunque ya en 1788 ya solicitaron permiso para celebrar una feria anual de Ganado– la celebración ha ido alrededor del día de San Antonio creciendo como la ciudad. Pero esa era otra feria y otra historia en la que habría que hablar de diezmos y un Portalejo que no sabe donde estuvo con exactitud, más allá del entorno de la cuesta del Matadero, que era donde se celebraba. A final de siglo XIX la Feria se inserta en el corazón mismo de la ciudad y se transforma en fiesta popular en la Alameda recién nacida junto al Iro. Y ya nunca se ha despegado del río, ya sea en La Longuera o en Urbisur, en la orilla de La Banda o en la del Lugar. Es cierto que la Feria ha ido con los años desplazándose al contorno de la ciudad, ganando terreno literalmente a la marisma, pero en aquella feria de mi infancia, la del Campo de Fútbol, cercana, entrañable y familiar, el río marcaba, como ahora, la frontera de la felicidad. Un espacio mágico, que por más años que pasen, por más ferias que vengan con su grandilocuencia y su masificación, ya no volverá. 


Aún hoy, camino a la Feria, cruzo el mismo Puente Chico, paseo por Paciano del Barco y atravieso aquella feria de mis pocos años, recreándola hasta llegar al ferial, hoy río abajo. Y así la Feria vuelve a ser un espacio simbólico. Siempre lo fue. A diferencia de otras, esta Feria de Chiclana marcaba como pocas en calendario. Fin de curso. Inicio del verano. La playa de La Barrosa reaparecía siempre después de cada feria, antes se diría que desaparecía oculta en la humedad y en el frío. Aunque hubiera –como lo hace hoy– una primavera extraordinaria, a nadie se le ocurría ir a la playa antes de la Feria. Era una de esas delimitaciones sagradas que conviven entre la ciudadanía. Lo mismo que la playa, dicha así, finalizaba con la Virgen de los Remedios y la vendimia. No había un más allá. Ni era necesario. La playa conforma con la Feria esa otra ventana donde miramos al niño que fuimos. De nuevo feliz. Y se acumulan los recuerdos. Primero, el Seat 850, con la baca repleta como si se acabara el mundo. Luego, aquella Barrosa con las casetas de madera, en donde vivíamos julio, agosto, sin volver a pisar Chiclana hasta septiembre, que había que vendimiar y llegaba el colegio. Y esa playa regresa ahora también a la memoria. Nunca supimos realmente lo afortunados que éramos de convivir con aquel paraíso, de tener tan cerca la playa. Y más aún esa playa blanca, interminable. Hasta que aprendimos que sí, que parecía mentira, pero había pueblos, ciudades, provincias sin playa, que era como decir sin verano. 

Reiner María Rilke –el poeta que quedó deslumbrado por Ronda– dijo aquello de que “la verdadera patria del hombre está en la infancia”. Quizás sea cierto. O puede que solo sea nostalgia, simple añoranza. Màrius Carol, más recientemente, cree que “es el estrés del porvenir el que hace que veamos la infancia como el baúl de nuestros sueños”. Podría ser. Pero no hay ninguna infancia igual a otra. Cada uno, como el verano, lo vive a su manera. Pero mi patria, pienso, es la inocencia y la felicidad. Mis padres, mis hermanos. La familia. Primos, tíos. Abuelos. La calle donde jugaba. Una playa. Aquella feria. Esta misma feria en la que vuelvo a ser niño otra vez. Pero nunca tan feliz. 

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domingo, 28 de mayo de 2017

LA SAL "MÁGICA" DE PEPE MIER | Laurel y rosas (86)

José de Mier tras la presentación de la novela en el Centro de Interpretación del Vino y la Sal

JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | DIARIO DE CÁDIZ

Según el historiador francés François Dosse, la historia es, ante todo, “una máquina para capturar escenas”. Una definición que recordé mientras leía “La sal mágica del caño de Sancti Petri” (KBA Ediciones), la primera novela de Pepe Mier. La frase de Dosse surge de modo inevitable porque este libro es, esencialmente, un canto y una reivindicación de Chiclana. Su historia y su pasado son, de modo indudable, el gran protagonista de esta novela que transpira devoción y orgullo. Pepe captura escenas fundamentales de nuestra historia, las rescata y reescribe, para dárselas al lector, como él mismo apunta, de una manera “más atractiva y accesible”. Y a través de esas escenas piensa y escribe sobre la ciudad y cómo hoy debemos verla: el templo de Melqart y la visita de Anibal Barca, la dominación romana y la excelencia del famoso “garum”, el Duque de Medina Sidonia entre almadrabas y salinas en el siglo XVI, la ocupación francesa... 

Pero todo relato necesita un río que la atraviese, que sirva para darle cohesión y sentido literario. En la novela de Pepe Mier es la sal marina: su producción, su cultivo, sus usos, en la infinita marisma que nos rodea a través de los siglos. Pero esto mismo podríamos decirlo de otros muchos modos, porque Pepe trasluce a lo largo de las casi trescientas páginas la necesidad de reivindicar a los salineros, de corresponderles con un homenaje, con un acto de justicia aunque sea literario. Y, además, desprende una innegable voluntad de descubrirle, de abrirles los ojos al neófito sobre el valor cultural, social y etnográfico de las salinas en nuestro pasado más lejano, pero, también, más cercano e inmediato. “La sal y sobre todo su extracción del agua de mar en las salinas siempre me deslumbró, desde muy pequeño me llamaban la atención los salineros que pasaban, con su capacha, por el Retortillo hacia la marisma”, confiesa en el prólogo. Y eso mismo es lo que exhibe esta novela: la historia de un deslumbramiento y, también, de la ilusión que le produce, a su vez, contagiar al lector de esa misma devoción salinera.



Esa fascinación habita en el narrador, en ese “yo testimonial” que va contando en primera persona al lector y en el que encaja el propio Pepe Mier. Pero el peso de esa narración –y de gran parte del relato– recae sobre Juanito. Es el homenajeado. El salinero que situado en la Chiclana de mediado de siglo XX cuenta, explica, muestra, revive qué, cómo, cuándo, dónde, por qué existen las salinas en Chiclana. Eso sí, siempre a pie por la salina “La imperial”, por “La Pastorista” a veces, o acodado con una copita de fino Reguera en “El Rincón” o “El 22”, en La Banda, en la misma orilla del río Iro y frente a la marisma. Esa lección de vida que va dando Juanito es biográfica en el sentido que ocupa toda su vida, desde que, con ocho años, ya fuera un “hormiguilla” yendo y viniendo del tajo al salero con una recua de bestias. “Desde entonces y hasta su final siempre le llamaron Juanito, pues los años no lograron hacerlo mucho más alto. Siempre fue pequeño como un charrancito…”. 

En ese mismo Juanito, en ese personaje construido de testimonios reales, en el manejo y análisis de los datos etnográficos e históricos que aporta, en esa manera de descubrir lo importante en lo menudo, en restituir los marcos históricos y sociales, en abordar una antropología entendida como un modo de ver y de estar en el mundo, recae la atracción del relato construido por Pepe Mier. Y a partir de él podemos afirmar que “La sal mágica del caño de Sancti Petri” es un extraordinario –por lo poco frecuente y lo rápido que hemos olvidado– homenaje a los últimos salineros, los que nacieron y murieron sobre la marisma durante el siglo XX. Una raza, si podemos llamarla así, de sal, sol, brisa y viento, como Juanito y su abuelo Antonio, ya desaparecida. Y, sin la vida, no podríamos leer ni fantasear historias, como dijo Vargas Llosa.

Pepe Mier ha creído conveniente para narrar esta historia de la sal de Chiclana usar ciertas herramientas de la ficción. La historia se convierte así en una estructura sobre la que se escribe una ficción y para ello se sirve de lo anecdótico. La novela traza un relato –al fin y al cabo, nuestra historia– que alienta a través de esa “sal mágica”, ese filtro de amor, esas lágrimas de Adriana –la amante ibera de Aníbal que inventa el autor– que caen sobre la sal en el Coto de la Isleta y que a lo largo de los siglos algunos de los personajes ficticios –y reales– van recolectando sobre el mismo caño de Sancti Petri. Ya había ofrecido algún breve adelanto en libros de Navarro Editorial, como “Fantasmas y Monstruos de Chiclana” o “19 huellas”. Es esa “sal mágica” la que provoca amores fieles –ciertamente imposibles sin su ayuda– y sirve para darle a la novela páginas ciertamente sentimentales, pero sobre todo para sazonar un mito a través del cual se cuenta la Historia, con mayúsculas. Y, como colofón, sirve para mostrar un tesoro gastronómico, como es la Sal Marina Virgen y, en concreto, la ahora tan valorada –y recomendable– “flor de sal” que no debería faltar en ninguna casa. Como el libro.

Leer en Diario de Cádiz:
http://www.diariodecadiz.es/opinion/analisis/sal-magica-Pepe-Mier_0_1139886421.html


domingo, 14 de mayo de 2017

A LA BARROSA... POR ATUNES | Laurel y rosas (85)

Vista de Cádiz, con representación en primer término de una almadraba, en la Obra "Civitates Orbis Terrarum" (1564-1578).

JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | DIARIO DE CÁDIZ

Hace justamente un siglo en “El Correo de Cádiz”, con fecha 22 de agosto de 1917, apareció la siguiente información: “Ha ordenado el alcalde de Chiclana se convoque al Ayuntamiento y a los mayores contribuyentes de la población para estudiar la forma de terminar cuanto antes el camino vecinal que conduce a la playa La Barrosa, obra que es de gran interés para este vecindario”. El “camino vecinal a La Barrosa”, que así se llamó, sumaba ya seis años prácticamente baldíos: desde 1911, cuando el Ayuntamiento solicitó al gobernador civil la declaración de “utilidad pública”. Por aquel entonces la ciudad comenzaba a extenderse hacia lo que había sido “El Mayorazgo” fundado por el Conde del Pinar en 1732. Tanto que en 1912, el periodista Pedro Tejera escribió en el periódico “La información” que ya existían, al menos, “veinte posiciones de recreo”. Si recorremos aquella suscripción popular del camino de La Barrosa y su trazado desde aquel Mayorazgo, vemos también que el encanto de la playa y su “pintoresco pinar” ya era extraordinario hace cien años. “Reciban, pues, nuestras felicitaciones más entusiastas el Sr. Fernández Caro –decía “El Correo de Cádiz”, en referencia al alcalde Juan Fernández Caro y su “suscripción voluntaria”– y cuantos con él han colaborado para la realización del proyecto, y muy efusiva también para el pueblo de Chiclana, que con la construcción del camino a la playa de La Barrosa, verá aumentarse considerablemente el contingente de bañistas, pues muchas familias vendrán a disfrutar de las aguas del salutífero manantial de Fuente Amarga, como a la magnífica y deliciosa playa de La Barrosa, la playa más limpia, más tranquila, más hermosa y mejor que hay en el mundo”.

El alcalde Juan Fernández Caro convocó en la sala capitular del Excmo. Ayuntamiento –y que apenas unos meses antes se había trasladado ya a su actual ubicación– a esos “mayores contribuyentes”, la mayoría reconocidos bodegueros, contando con “el más noble y desinteresado patriotismo”, dice la crónica de “El Correo de Cádiz”. Los señores Cañizares y Gómez de Humarán habían anunciado la cesión de los terrenos que continuaban el camino de la Barca, que era como entonces se llamaba al que acababa en Sancti Petri. Consta lo que aportaron unos y otros: José Vélez Sánchez dio 500 pesetas, Joaquín de Mier y del Río dijo 300 pesetas, Manuel Romero Pérez que 100 pesetas… Había que reunir casi cuarenta mil, que era el presupuesto hasta la playa: “La más limpia, la más tranquila y mejor situada que se conoce; la que a juicio de todo el mundo, es superior a las de San Sebastián y Biarritz”, dijo aquella tarde el alcalde Fernández Caro.

La Barrosa, años 50. 
La fascinación por La Barrosa, pues, era hace un siglo ya mucho mayor de lo que creíamos. Antes de que aquel matrimonio británico, el pintor y naturalista William Ridell y su esposa, Violetta Buck, construyera a finales de la década de 1920 la que fue la primera residencia de verano en pleno pinar, que llamaron “Villa Violeta”, y en 1940 vendieran a otro británico y bodeguero, Don Guido Dingwall-Williams. Antes todavía de aquellos paisajes idílicos que pintó Felipe Arbazuza –“Playa de la Barrosa” (1925) o “Pinos y tierras rojas” (1928)–, que se exponen en el Museo de Cádiz. Y antes aún que aquella playa viera extinguirse la última de las dos almadrabas que había mantenido frente a su orilla, al menos desde el siglo XVI y, seguramente, desde época romana. José Ruiz Rodríguez pierde la demanda contra la Administración General del Estado contra la rescisión del contrato de arrendamiento de la almadraba de Torre del Puerco en 1916. La Compañía Almadrabera Española la seguiría calando aún en 1923. En 1928, año de la creación del Consorcio Nacional Almadrabero, ya había desaparecido. 

En numerosas publicaciones del siglo XIX se describen las dos almadrabas de La Barrosa –además de la citada como “Punta de la Isla”, que luego sería Sancti Petri–, incluso en el “Reglamento” de 1866 que ordena el empleo de la técnica llamada de “tiro” frente a la de “buche”. Una Real Orden de 1843 enumeran las almadrabas de la costa de Cádiz y cita la denominada oficialmente como “Torre del Puerco”, creada en 1816, a cuyo pie, no obstante, hay un yacimiento con industria alfarera romana del siglo I-II d. C. –aunque la datación del yacimiento es muy anterior– destinada a la actividad pesquera y de salazones, junto a restos cerámicos almohades destinado al trasiego comercial. La otra, llamada “La Barrosa”, y fechada en 1813, estaba a la altura de la 2ª Pista: “Cerca de dos millas al Norte de la torre del Puerco se encuentra la Casa de la Barrosa, que es un gran caserón blanco asentado en la orilla de la playa destinada a la salazón del atún y a guardar los aparejos y demás utensilios de la almadraba que anualmente se calan allí”, dice el “Derrotero de las costas de España y Portugal” (1867), escrito por el capitán de fragata Pedro Riudavets. Frente al caserón había un fondeadero: “Las embarcaciones de pesca y también las de cabotaje –afirma Riudavets– encuentran un excelente abrigo para levante por enfrente de la Barrosa”.

Leer en Diario de Cádiz:
http://www.diariodecadiz.es/opinion/analisis/Camino-Barrosa-atunes_0_1135686688.html

domingo, 30 de abril de 2017

MASONES EN LA CHICLANA DEL SIGLO XIX | Laurel y rosas (84)


El ex director del IES Poeta García Gutiérrez, al recoger el premio a la Investigación Histórica de la Fundación Viprén. Foto: Revista Puente Chico.
JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | DIARIO DE CÁDIZ

Entre las tareas fundamentales de un historiador, quizás la más sobresaliente sea arrojar luz entre la oscuridad y la confusión: hacernos abrir los ojos ante lo que el tiempo y el poder nos ha ocultado de nuestro pasado. El profesor Joaquín García Contreras, felizmente jubilado de las aulas del I. E. S. Poeta García Gutiérrez, nos alumbra por fin con un libro largamente concebido: “La masonería en Chiclana de la Frontera (1888-1893)”. La masonería, sí, un tema que le ha interesado desde hace décadas, desde sus años universitarios y que, afincado ya en Chiclana, se ha ocupado de investigar apasionadamente. Con el hallazgo en el Archivo Histórico Nacional, en la sección Guerra Civil y Masonería –con sede en Salamanca–, de una logia afincada en Chiclana durante, al menos, seis años –entre ese 1888 y el 1893 en el que desaparece la documentación–, García Contreras ha escrito un libro imprescindible para comprender nuestra ciudad a finales del siglo XIX. 

“La logia de Chiclana sobre la que hay documentación en Salamanca es la que se denomina Hijos del Trabajo. Todas tenían un título y un número de adscripción, que en este caso era el 37. Pertenecía al Gran Oriente Nacional de España, que era la que se tenía por regular”, afirma. “En Chiclana hubo otra logia en esa época –aclara a continuación–, y que estaba supeditada a otra obediencia más orientalizante y era, por tanto, más esotérica. Pero de ellas no tenemos datos. Solo que hubo un intento de fusión entre las dos y las actas de los Hijos del Trabajo hablan de que fue imposible dada las diferencias que tenían”.

A veces, los nombres dicen mucho: “Hijos del Trabajo”, el que denominaba a aquellos masones de Chiclana, da muchas pistas de la logia. Quino García traza un relato muy documentado, muy riguroso, sorprendente también, en el que revela el nombre, profesiones y contribución, entre otros datos, de 54 miembros: “Si yo fuera descendiente de un masón de Chiclana en esa época estaría orgulloso”, manifiesta. “He intentado poner en evidencia –apunta además–, acabar con esa negra máscara que tuvo la masonería, al menos en aquella época y en Chiclana. Era gente que lo que buscaba era la filantropía, el altruismo, y que defendían la libertad, la igualdad, la educación”. Desagravio con nombres y apellidos en el que el contexto es importante –y Quino se detiene en el mismo conveniente y muy didácticamente–, fundamental para comprender esa masonería finisecular, utópica y progresista, que arraigó no solo en Chiclana, sino particularmente en Andalucía y también alcanzó a todo el país. Leandro Álvarez Rey, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Sevilla, ha dado, según cita el propio García Contreras, una “perfecta definición” de lo que era esta masonería a finales del siglo XIX: “Él decía que la logia no eran sectas al servicio de unos poderes secretos y ocultos que nadie conocía, sino que eran centros de progreso, que eran escuela de ciudadanos. Porque en esa época lo que proponían era una cosa muy sencilla: llegar a la perfección moral”.


En ello insiste Quino y reincide a lo largo de todo su libro, en que también desvela sus sedes: “Se basaban en una serie de principios que hoy entendemos básicos en una sociedad moderna: el respeto a uno mismo, al próximo, la igualdad y, sobre todo, la libertad de pensamiento. Eran ilustrados, librepensadores. Y ese era el caso de los de Chiclana”. Una Chiclana marcada –como toda aquella España de la Restauración y el “turnismo” de liberales y conservadores– por el caciquismo y el clientelismo. Una Chiclana en la que el poder económico, los grandes bodegueros, coparon a su vez el poder político. “Desde mi 1880 a 1900 todos los alcaldes de Chiclana fueron bodegueros y almacenistas, fabricantes de aguardientes. Por algo sería”. 

El caciquismo era una vía abierta hacia una realidad social que Quino describe con detalle y que también contenía otros problemas: “Chiclana tenía entonces una soprepoblación por la alta natalidad y la nula emigración. En 1889 llegó a tener el censo de población más alto, 12.660 habitantes. ¿Eso que consecuencia tuvo? La falta de trabajo, la desnutrición, una pobreza enorme y que provocó que se acrecentara más las diferencias entre el señorito y la clase trabajadora. Es una de las razones que explica la presencia en Chiclana de la masonería”. Aquella Chiclana –y esa logia de “Hijos del Trabajo”, legal desde 1888– se lee, se entiende y se explica en poco más de 170 páginas de un libro que se presenta el próximo jueves, 4 de mayo, a las 20,00 horas en la Casa de la Cultura: “La logia de Chiclana era más doctrinal e ideológica que política, y su actividad era cien por cien filantrópica”, insiste García Contreras. Sus 54 miembros gozaron de reconocimiento social: “Yo lo pienso así, por su comportamiento eran ejemplares. Algunos fueron gratificados por su trabajo en el Ayuntamiento, aún siendo masones. Fueron un modelo para la sociedad, para la ciudad, donde había tanta injusticia y desigualdad, y donde había tantos que vivían bien a costa de los demás”.

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http://www.diariodecadiz.es/opinion/analisis/Masones-Chiclana_0_1131487222.html

lunes, 17 de abril de 2017

EN LA FRONTERA DE LA "BANDA MORISCA" | Laurel y rosas (83)

Imagen de la Torre de Guzmán, en Conil de la Frontera, a la que debía parecerse el torreón del Cerro del Castillo reconstruido por Guzmán el Bueno en el siglo XIV.

JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | DIARIO DE CÁDIZ

La Frontera es más que un apellido para una villa, para una ciudad. Es también memoria e identidad. Es más que sabido que esa alusión etimológica a la Frontera que acompaña a Chiclana –a la Caeciliana romana– desde el siglo XIV, probablemente desde 1380; que es la fecha en la que “de la Frontera” pasa oficialmente a denominar a otras poblaciones de esa misma frontera nazarí, de la denominada “banda morisca”, como Jerez y Arcos. Una frontera con el aún existente Reino de Granada, que es amplía y compleja, que alcanza desde Cartagena a Tarifa, que venía a ser lo que se conocía como “Terra Nullius”, la “Tierra de nadie”. Más concretamente, ese apelativo fronterizo sigue dando nombre a las poblaciones que se asentaban entre Morón de la Frontera y Tarifa, con Jerez y Arcos como principales asentamientos. “Una dislocación geográfica plagada de sinuosidades que dio cobijo a numerosos castillos y aldeas que aunque distantes políticamente, debían aceptar las imposiciones de una necesaria vecindad”, como la ha descrito el profesor José Rodríguez Molina. Una tierra donde “la paz y la guerra –según añade Rodríguez Molina– no era asunto de Estado, sino de cada señorío fronterizo”.

Y ahí estaba Chiclana. Una tierra de nadie, de conflicto, de ataques, de saqueos. En 1410, por ejemplo, cuando el rey de Castilla, Juan II, dicta una orden a los concejos de Jerez, Vejer, Alcalá de los Gazules y Tarifa –y también a Chiclana– para que retiren todos los ganados de la frontera. Una tierra de continuas refriegas con almogáraves, almocadenes y alfaqueques, que al catedrático Rafael Sánchez Saus –uno de los que mejor ha estudiado esos siglos entre musulmanes y cristianos– le ha dado en comparar con el “far west” del mundo islámico. Una tierra donde no era fácil vivir a partir de la reconquista de Sevilla (1248) y de Cádiz (1249), aunque la entonces Qadis fue pasando de mano en mano, conquistada y nuevamente recoquistada una y otra vez, entre 1235 y 1264. Lo propio en la frontera. Aunque Yazirat Qadis, entonces una especie de recinto militar amurallado, no era ni mucho menos la principal ciudad de la Cora de Sïduna (Sidonia), la provincia andalusí: lo había sido la desconocida Qalsena, luego Sïduna, Medina, hasta el siglo X –aunque la identificación de la actual Medina con Sïduna está en duda– y lo era Saris, la capital. Jerez.

El cronista Pedro de Medina (1493-1597) –un verdadero renacentista, que fue matemático, geógrafo, astrónomo y autor de un pionero “Arte de navegar”, publicado en 1545– ya afirma que cuando Fernando IV entrega Chiclana a Alonso Pérez de Guzmán en 1303 era una “tierra despoblada que solía ser aldea”, “que estaba yerma” y “que era término de la Puente de Cádiz”. Dice, además, que el rey la da a merced a Guzmán el Bueno para que “la poblase y hiciese allí un castillo”. En el documento de donación, en concreto, Fernando IV precisa “para que faga y puebla e fortaleza qual él quisiere”. Es decir, si era “tierra despoblada que solía ser aldea” y “estaba yerma” –y necesitaba de un torreón defensivo–, lo era porque, precisamente, ese carácter de frontera motivó una guerra continua, total, en primera línea de batalla. Por ejemplo, entre 1275 y 1285 vivió, tras el desembarco de los meriníes desde el norte de África, un saqueo constante, con enfrentamientos y andanadas sucesivas, que se extendieron a todas las áreas de Jerez, Medina y Vejer. 

Si se lee con detalle a Pedro de Medina se observa un matiz interesante acerca de ese castillo que dice debió construir Guzmán el Bueno. Dice concretamente el cronista que lo “comenzó a hacer en derredor de la fortaleza, una barbacana con sus cubos, y sácola de los cimientos, la cual dejó como hoy parece”. Es decir, ya existía una fortaleza, seguramente ruinosa, que reconstruyó y amplió con un torreón. Ese “castillo” es, sin duda, el que existió en el cerro del Castillo, en el mismo lugar donde los fenicios siglos antes habían erigido un recinto amurallado. Inevitable volver sobre esa cita, ya en el siglo XIX, de Fernán Caballero en “No transige la conciencia” y que decía: “Dominaban el pueblo de Chiclana sobre dos alturas, una torre morisca ruinosa, como imagen de lo pasado la una; y una lindísima capilla, como imagen de lo presente, en la otra”. De aquella frontera, esta Chiclana.

De aquel documento de enajenación señorial por el cual Fernando IV le concede Chiclana a Guzmán el Bueno, hemos pasado muy de puntilla sobre la afirmación –como insiste Pedro de Medina– de que Chiclana pertenecía el “término de la Puente de Cádiz”. Ese término, que solo se mantuvo durante los siglos XIII y XIV, comprendía “el territorio insular de San Fernando y las áreas continentales de Chiclana y parte de Puerto Real con sus alquerías correspondientes”, según los historiadores Antonio Sáez Espligares y Antonio M. Sáez Romero. El llamado islote de Sant Batar (Sancti Petri), con su iglesia dedicada a San Pedro y el caño, pertenecía aún al alfoz de Cádiz. Pero seguía siendo un núcleo de comunicación imprescindible para la aldea de Chiclana a través del río Besilo. 

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domingo, 2 de abril de 2017

DEL NOMBRE ROMANO DE CHICLANA | Laurel y rosas (82)

Horno romano del Fontanar, junto a la autovía A-48. Foto: Era Cultura

JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | DIARIO DE CÁDIZ

Ninguno de los historiadores –ni filólogos– que se han interesado por el origen del nombre de Chiclana ha gozado de unanimidad. La fundación de Chiclana, lo demuestran las excavaciones del Cerro del Castillo, es fenicia. Nació como un recinto amurallado a orillas del río Iro vinculado como satélite –o asentamiento civil– al Templo de Melqart. Su nombre no ha llegado hasta hoy, seguramente porque formaba parte de la propia colonia de Gadir. ¿De dónde viene entonces el nombre de Chiclana, que aparece documentado por primera vez en 1232? Algunas derivaciones ya fueron descartadas por el propio Domingo Bohórquez, quien rechazó, por ejemplo, la extendida de José Guillermo Autrán a finales del siglo XIX que la vinculaba a “Sicania”. Lo mismo la que la asociaba a “Ituci”, como sugirió el Marqués Santa Cruz de Iguanzo. Nada tiene que ver tampoco con el árabe, a partir del diágrafo “Ch” –falla o acantilado– o de la sílaba “Chiq” –pequeña–, como apareció en 1897 en una “Guía de la provincia de Cádiz”. El historiador jerezano Agustín Muñoz Gómez fue el primero que introdujo la hipótesis –muy común en España– de que Chiclana deriva de un antropónimo latino al que se le añade el sufijo -ana o -ena que significan simplemente “relativo a” o “perteneciente a”. El nombre que Muñoz Gómez cita, luego recogido también por Ceán Bermúdez, es Cippianus, del que derivaría Cippiana y, de ahí, Chiclana. 

Muñoz Gómez partía de una lápida romana que fray Gerónimo de la Concepción describía en el siglo XVII en una casa de la plaza Mayor de la que se hablaba de un tal “Victor Cippianus”. Autrán ya desoyó esta explicación al no hallar referencia bibliográfica alguna al tal Cippianus. Pero en los últimos años han surgido dos interesantes hipótesis que vinculan la etimología de Chiclana con un origen romano. En su “Breve diccionario de topónimos españoles” (1997), el profesor Emilio Nieto Ballester es tajante. Incluye entre sus 7.000 topónimos la entrada “Chiclana de la Frontera” y dice de ella: “Nombre de una antigua hacienda romana, con sufijación en -ana (Villa Siculana) a partir del nombre personal Sicculus”. Es decir, simplemente, una evolución desde “Siculana”, que sería el nombre de una villa que perteneció al tal Sicculus. “La evolución de la silbante ha de ser atribuida a la pronunciación árabe o mozárabe y a la adaptación castellana del fonema resultante”, es lo único que añade el Nieto Ballester, profesor titular de Filología Clásica de la Universidad Autónoma de Madrid acerca de la evolución de la /s/ romana en /č/ o <ch> castellana. 

Estela funeraria hallada en la calle Huertas.
Actualmente, en el Museo de Cádiz. Foto: Museo de Cádiz

Pero no podía ser tan fácil. El catedrático de Filología Latina de la Universidad de Cádiz, Joaquín Pascual-Barea, mostró su desacuerdo en una crítica publicada en la revista “Excerpta Philologic” (7-8, 1998) en la que reprocha a Nieto Ballester un error que impide aceptar su teoría: “Aunque no se conserva referencia alguna a Chiclana hasta que la antigua aldea musulmana volvió a ser poblada en el siglo XIV; el nombre tiene en efecto el aspecto de uno de los muchos topónimos derivados mediante el sufijo -ana o -ena de un antropónimo latino. Pero si fuera así, éste nombre no sería un extraño Siculus, pues el resultado del inexistente Sicculana habría sido Jiclana o Jijana”. Pero el profesor Pascual-Barea no se limita a rechazar la hipótesis de Sicculana, sino que añade una interesante aportación, que bien podríamos tomar como definitiva. Según las investigaciones del catedrático de la UCA, Chiclana derivaría de Caeciliana, es decir, de otro antropónimo latino: Caecilius, “nombre de una rica e importante familia de la Bética ligada al comercio marítimo y documentada entre otros lugares en varias inscripciones gaditanas”. Pero añade, concluyente: “Chiclana sí es el resultado esperado de la forma muy común de Caeciliana, documentada ya en la Antigüedad como topónimo en Extremadura y como nombre de una hortaliza, lo que también hay que tener en cuenta”. Pascual-Barea defiende, además, su teoría desde el punto de vista etimológico, dado que, entiende, es más razonable la evolución de la /c/ inicial latina a /č/ o <ch> castellana. Y, además, como dice: “El grupo consonántico /cl/ pudo conservarse en posición interior por ser sílaba tónica, lo que exige una pronunciación más intensa que en posición interior átona, al igual que en inicio de palabra donde también se conserva”.

La hipótesis de Joaquín Pascual-Barea por el que el nombre de Chiclana viene de Caeciliana, y esta a su vez del antropónimo Caecilius –equivaldría, hoy, al nombre de Cecilio–, es más que interesante por esa adscripción a la familia que es la de Quinto Caecilius Metellus Pius, procónsul romano en Hispania en el 80, quien provenía de una de las familias principales de la República Romana, los gens Cecilia. Es el Metelo que combatió a Sertorio y que dejó tras sus victorias ciudades bautizadas como Caeciliana, cerca de Setubal, o Castra Caeciliana y Vicus Caecilius, ya en tierras cacereñas. Y, a su vez, un comerciante relacionado con los Cornelii Balbi, los Balbo, “oligarquía gaditana cuyo núcleo tradicional estaba sin duda alguna ligada por viejos linajes fenicios”. La incógnita siempre será por qué se reproduce, ya en el siglo XIII, en Chiclana de Segura. Porque del denominativo de la Frontera… 

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