miércoles, 14 de enero de 2015

Vox Clamantis, arte e historia en la Iglesia Mayor de San Juan Bautista

Fragmento de "El conde de Maule y Antonio Pizano ante un paisaje de Chiclana". Franz Xavier Riedmayer.
Óleo sobre lienzo. 1806. Colección particular. Foto. Félix Alonso del Real

“El 10 de febrero de 1776 se abrieron los cimientos de esta iglesia parroquial del Sr. S. Juan Bautista, 
colocando la primera piedra D. Andrés del Barco, Canónigo lectoral de Cádiz, comisionado por el Ylmo. 
Sr. D. Fr. Tomás del Valle, Obispo de la diócesis”.
Lápida conmemorativa de primera misa celebrada el 24 de junio de 1814. Iglesia Mayor de San Juan Bautista.


JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | Coordinador del II Centenario de la Iglesia Mayor

Doscientos años después de su apertura al culto –el 24 de junio de 1814–, la Iglesia Mayor de San Juan Bautista sigue siendo el edificio más emblemático de Chiclana. Su perfil y estampa neoclásica –junto al Arquillo del Reloj, la torre del antiguo Concejo que hoy le sirve de campanario– es visible desde cualquier punto de la ciudad y con la ermita de Santa Ana representa los dos grandes hitos de la arquitectura y de la religiosidad chiclanera.

          Su construcción fue iniciada por Torcuato Cayón de la Vega, inmediatamente después de que el arquitecto proyectara la ermita de Santa Ana. Cayón dibuja los primeros planos de la Iglesia Mayor entre 1774 y 1776, dando inicio a una épica historia en la que el hermoso templo nace como un singular proyecto arquitectónico del clero y de los ilustrados chiclaneros y gaditanos. La riqueza que en el último tercio del s. XVIII genera el comercio con América está íntimamente vinculada al ambicioso edificio que concibe Cayón y culmina su discípulo predilecto y ahijado, Torcuato José Benjumeda.

           Treinta y ocho años transcurren hasta la primera misa, pero el esplendor con el que Benjumeda rehace el proyecto inicial nunca verá al completo la luz. El edificio, erigido con piedras de La Barrosa y de la cantera del Jardal, va a quedarse para siempre incompleto. El fin del comercio de Indias, la independencias americanas y la invasión francesa imposibilitan la terminación de las obras: sin torres, sin la espléndida cúpula propuesta por Benjumeda, sin su fachada dedicada a San Juan Bautista encargada a Cosme Velázquez, sin los mármoles de jaspe negro que se incautaron los soldados napoleónicos.

          El templo, de medidas inusuales y extraordinaria presencia, simboliza el original neoclasicismo gaditano. Pero es mucho más: es testimonio de cómo una ciudad emerge de las ruinas y del fervor hacia San Juan Bautista, la voz que clama en el desierto –“Vox clamantis in deserto”–, el que habla sin ser escuchado. Un culto medieval que tiene su origen en los duques de Medina Sidonia, a los que pertenecía Chiclana, pero a lo largo de los siglos el “precursor”, el Mensajero de Cristo, es también “Patrón y Protector del pueblo por unanimidad”. Así lo reconoce el Papa Benedicto XV al declararlo en 1916 junto a la Virgen de los Remedios como Santos Patronos de Chiclana.

Vista parcial de la fachada de la Iglesia
Mayor. Foto: Pedro Leal Aragón

1. Una iglesia en el estilo neoclásico reinante en la Bahía de Cádiz
La construcción de la Iglesia Mayor es consecuencia del momento histórico que vive la provincia de Cádiz en el siglo XVIII, que es el Siglo de Oro de la Bahía. Chiclana, ante la ruina de la primitiva iglesia de San Juan Bautista –del siglo XVI–, construye un templo que sobrepasa la magnitud de la villa por el impulso del clero ilustrado. En ese momento de opulencia, los chiclaneros lo que quieren es hacer un monumento dedicado a Dios con el máximo esplendor que se podía y en el estilo reinante entonces, el Neoclásico. El nuevo templo ocupa el mismo solar de la antigua iglesia, que fue derribada una vez que al construirse en el año 1773 un panteón –cuyo proyecto se había encargado a Torcuato Cayón–, sus muros se resquebrajan. Es cuando se plantea hacer la nueva iglesia que ya demandaban el Concejo municipal y el propio Obispado de Cádiz, además de los comerciantes gaditanos que acuden a sus casas de recreo en Chiclana.

           No se han conservado la planta de la iglesia medieval ni ninguno de los planos de Cayón, afortunadamente sí los firmados por Torcuato Benjumeda en 1786 –plantas general, cortes longitudinal y transversal– y en 1805, cuando firma sus “pensamientos” para los altares que envía a la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. “Se está haciendo una Iglesia Parroquial, que es la única, con proporción al pueblo, y la dirige el arquitecto don Torcuato Benjumeda, quien ya ha dado pruebas de que sigue el buen camino del Arte”, que escribe en 1794 Antonio Ponz en su célebre Viaje de España [Tomo XVIII. Pág. 44-45].

Torcuato Cayón de la Vega. Anónimo. Óleo sobrelienzo. s. XVIII. Catedral de Cádiz.

2. Benjumeda, arquitecto y vecino de Chiclana
Torcuato Benjumeda tuvo una íntima vinculación con Chiclana. Aquí, en este mismo edificio –hoy sede del Museo de Chiclana– vivió, propiedad entonces de su suegro, Manuel Martínez de Pinillos, quien también perteneció a la Junta de Obras de la Iglesia Mayor en 1813. La fachada que aún vemos en este museo es posiblemente obra suya, aunque está atribuida a Miguel de Olivares. Y aquí, en la cercana iglesia de San Martín –hoy desaparecida–, también se casó. Todo esto da una idea de lo que para él significaba, del anhelo que puso en el nuevo templo, de cuyas obras estuvo al frente 42 años.

          La iglesia Mayor fue su gran obra cumbre, pero también le supuso grandes quebraderos de cabeza. En 1824 sabemos que presentó cuatro proyectos para ultimar el revestimiento de su cúpula: con ladrillos sevillanos, azulejos de Valencia, chapas de zinc o de plomo, aprobándose finalmente la primera solución. Además, no cobró gran parte de sus trabajos. Al morir, en 1836, su hijo Francisco de Paula perdonó la deuda a la Junta de Obras a cambio de que se dijeran misas en su memoria.

El arquitecto Torcuato Benjumeda. Juan Rodríguez “El
Panadero”
. Óleo sobre lienzo. 1800-1830. Museo de Cádiz.

3. Testimonio del esplendor y ruina del comercio gaditano
En la nueva iglesia, además del esplendor del siglo XVIII, también se va a reflejar la ruina de los primeros años del XIX, cuando Cádiz deja de detentar el monopolio con Indias y comienzan a independizarse, a partir de 1797, las colonias americanas. La batalla de Trafalgar (1805) y la invasión francesa durante la guerra de la Independencia (1810-1812) va a provocar, unidas a la crisis comercial, el periodo más dramático en la historia de Chiclana. La Iglesia Mayor servirá de cuartel de artillería y caballerizas de las tropas napoleónicas en pleno asedio a Cádiz y a la Isla de León. 

          Tras la marcha de los franceses, la Junta de Obras, reconstituida en febrero de 1813, decide emprender la tarea de abrir por fin la iglesia al culto gracias al empuje –y aportación económica– de dos ricos comerciantes, el chiclanero Antonio Pizano Fernández y el chileno Nicolás de la Cruz Bahamonde, Conde de Maule. El Archivo Parroquial conserva hoy parte del extraordinario patrimonio documental de la antigua Iglesia de San Juan Bautista: libros de bautismos –el primero, de 1537–, matrimonios y enterramientos desde el siglo XVI. Muchos de ellos se copiaron entre 1775 y 1776. Posee, además, la documentación de las Juntas de Obras desde 1787. “La iglesia parroquial es de bella arquitectura –escribió Nicolás de la Cruz, Conde de Maule, en su Viaje de España, Francia e Italia–. La portada tiene dos cuerpos, cada uno con cuatro columnas pareadas de orden compuesto. En la parte superior, en el frontis, se ven dos genios sosteniendo un escudo”.

Vista interior cortada por la línea A. B. a lo largo del plano
de la Iglesia Parroquial de la Villa de Chiclana de la Frontera.
Torcuato José Benjumeda. Plano. Julio, 1786. Colección Solís.

4. Testigos del templo y villa de Chiclana
Muchos son los personajes eclesiásticos vinculados a la historia de la actual Iglesia Mayor, como el canónigo magistral de la Catedral de Cádiz, el sabio botánico Antonio Cabrera y Corro –nacido en Chiclana en 1762–, que predicó en la primera misa inaugural el 24 de junio de 1814 y tuvo importante cargos religiosos y civiles en el Cádiz doceañista. Entre ellos, habría que destacar a dos insignes obispos de la diócesis de Cádiz, que mantenían en Chiclana casa de recreo, como era habitual desde que en el siglo XV ya lo hiciera el obispo Gonzalo de Venegas. Uno es Fray Félix María de Arriete y Llano (1811-1879), quien presidió la consagración de la Iglesia de San Juan Bautista en 1847 y trasladó oficialmente a la Villa su residencia –a la desaparecida Casa del Obispo–, meses antes de su muerte, cuando renuncia a la sede gaditana. Fue enterrado en la propia Iglesia Mayor y luego trasladado a la catedral de Cádiz. El otro, José María Rancés y Villanueva (1842-1917), residió en la casa de don José del Retortillo, en la plaza a la que hoy da nombre.

         Solo un obispo permanece enterrado en la Iglesia Mayor. Su tumba ocupa el crucero bajo un epitafio que le oculta como “Pedro José/ Obispo Pecador”. Aunque gaditano, Pedro José Chaves de la Rosa fue rector de la Universidad de Osuna, obispo de Arequipa (Perú) y nombrado en 1813 Pro-Capellán de Palacio, Limosnero Mayor del Rey y Patriarca de las Indias, aunque Fernando VII, al volver de Francia, rechaza su nombramiento, ordenando su destierro a Chiclana, donde ya había residido desde su vuelta de América. Destacan también sacerdotes chiclaneros fundamentales en el paso del siglo XIX al XX, como los piadosos Francisco de Paula Fernández-Caro Pareja y Manuel Añeto Guijarro. Además del padre Fernando Salado Olmedo, que presidió la conmemoración de I Centenario de la Iglesia Mayor.

Libro de bautismos nº 5. Portada Ilustrada. Manuscrito. 1745 [Copia del original de 1552-1558]. Archivo
Parroquial. Iglesia Mayor de San Juan Bautista.

5. Un legado arquitectónico y patrimonial vivo
La Iglesia Mayor es una obra inacabada. El templo se abre al culto con una cúpula provisional de madera, que años después se construye con menores proporciones y materiales muy pobres, y sin su linterna, nada que ver con el esplendor imaginado por Benjumeda. Los altares dibujados por el arquitecto tampoco se pueden construir en mármol, sino que se realizan también en madera policromada. Décadas más adelante se reconstruirán inspirándose en los modelos de 1805. No se pueden rematar las torres ni se puede concluir la serie escultórica prevista en la fachada, con un San Juan Bautista como imagen titular, para la que se había contratado a Cosme Velázquez. 

          El famoso escultor academicista tan solo pudo erigir el conjunto heráldico del frontón. Entre los daños causados por el ejército napoleónico, se incluye el expolio de los mármoles labrados para el altar mayor y para el podio de los pilares. Pero, a pesar de todo, la Iglesia Mayor ha podido conservar testimonios de su historia artística y eclesiástica –como la rica orfebrería y ornamentos litúrgicos de los siglos XVIII y XIX–, que es un legado patrimonial aún en uso y, por tanto, vivo.



6. El año 1814 y el resurgir económico de Chiclana
La inauguración de la Iglesia Mayor tiene lugar el 24 de junio de 1814, cuando se dice en ella la primera misa. Esa ceremonia de apertura al culto del templo dedicado a San Juan Bautista no solo pone fin a un largo periodo de infortunios y pesares económicos, sino que también simboliza el renacer de Chiclana. Ningún momento histórico tiene la significación que este año de 1814. La fecha tiene la mayor de las importancias. Tanto en lo espiritual como en lo arquitectónico, por lo que significó abrir al culto una Iglesia Mayor que, aunque se terminó como bien se pudo, aún hoy es, sin duda, la construcción más importante de su historia.

           “El día 23 de Junio de 1814 se trasladó la Majestad de Nuestro Dios a la nueva parroquia del Sr. San Juan Bautista de la iglesia de San Martín que estuvo sirviendo de parroquia desde el día 3 de octubre de 1778”, se puede leer en el Libro de entierros nº 14 [Folio 290. 1814-1817], conservado en el Archivo Parroquial de la Iglesia Mayor de San Juan Bautista. Nunca el pueblo chiclanero –y su clero– pusieron tanto anhelo en una obra de tanta envergadura como ésta.

           La nueva iglesia simboliza, además, la íntima vinculación de Chiclana con la capital gaditana, con su arquitectura y con su economía. Seguirá siendo, por supuesto, ciudad de recreo de las familias ricas de Cádiz. En lo económico y en lo social, es también el año en el que de nuevo se pudo comenzar a labrar las tierras o a reponerse las viñas, aunque desaparecieron para siempre los olivares.

San Juan Bautista. Franz Xavier Riedmayer. Óleo
sobre lienzo. 1817. Iglesia Mayor de San Juan Bautista

7. ¿Por qué San Juan Bautista?
La tradición nos dice que el templo principal de un municipio suele estar dedicado a su santo patrón. En muchas ciudades el patronazgo, además, está vinculado a una aparición o plegaria satisfecha, como es el caso de la Virgen de los Remedios. Pero, ¿por qué San Juan Bautista? Para identificar el origen del culto al “Precursor” en Chiclana debemos remontarnos al siglo XVI. Encontramos la primera referencia a la primitiva iglesia de “Sant Juan” en la Crónica de Pedro de Medina (1561), aunque también habla de una pequeña iglesia anterior dedicada a San Martín. Es muy probable que, al aumentar la población de la entonces aldea, el Duque de Medina Sidonia, señor de la villa de Chiclana, contribuyese con la edificación de una iglesia más digna. La titularidad de San Juan Bautista podría deberse a la onomástica habitual de la Casa de Medina Sidonia, cuyos duques alternaban con frecuencia el nombre de Alonso y Juan Alonso. Entre 1445 y 1615 se sucedieron hasta cuatro duques con el nombre de Juan. 

          La iglesia primitiva se construyó durante el gobierno del VI Duque de Medina Sidonia, Juan Alonso Pérez de Guzmán y Zúñiga –casado con Ana de Aragón y Gurrea, nieta del rey Fernando el Católico–, familiar directo de Antonio de Zúñiga y Guzmán (1480-1533), prior de la Orden de San Juan de Jerusalén (posteriormente Orden de Malta), el cual, a su vez, era nieto del primer Duque de Medina Sidonia, Juan Alonso de Guzmán. La duquesa Ana de Aragón mandó construir en Chiclana las ermitas de Santa Ana y San Sebastián. Y ella fue quien, probablemente, decidiera en honor de su esposo la advocación de San Juan Bautista a la primera parroquia de la villa de Chiclana.

          El Libro de bautismos nº 41 [1810-1816. Folio 155] del Archivo Parroquial recoge cómo “el día del Sr. San Juan Bautista, Patrono del pueblo y titular de la iglesia, cantó el Sr. Vicario capitular de la ciudad de Cádiz, D. Mariano Martín de Esperanza, la primera misa y en ella predicó el Magistral D. Antonio Cabrera natural de esta villa”. La crónica la escribe el párroco Nicolás Martínez, sin embargo es en el Libro de entierros nº 14 [1814-1817. Folio 290], donde otro sacerdote, Montero de Espinosa según firma, anota la “inscripción que se ha de poner en la puerta de la Iglesia”, pendiente aún desde hace doscientos años:

A JESUCRISTO
DIOS UNO Y VERDADERO
BAJO LA TUTELA DEL
PRECURSOR
FUE DEDICADO ESTE TEMPLO
VENCIDO LOS FRANCESES
REINANDO EL REY
FERNANDO VII
EN EL AÑO DEL SEÑOR
MDCCCXlV.



* Texto incluido en el catálogo de la exposición "Vox Clamantis. Arte e historia en la Iglesia Mayor de San Juan Bautista. 1814-2014", editado por el Ayuntamiento de Chiclana, dentro de los actos del II Centenario de la Iglesia Mayor de San Juan Bautista. © Ayuntamiento de Chiclana. Todas las imágenes incluidas en este artículo pertenecen al catálogo de la exposición. 

** Este texto se ha escrito con la contribución y la colaboración inestimable de Jesús Romero Montalbán y Carmen Arias Guerrero, a los que agradezco todas sus aportaciones y sabiduría.  

Más información: http://www.museodechiclana.es/es/voxclamantis

domingo, 11 de enero de 2015

Una travesía espiritual / Laurel y rosas (26)

Vista de la sala 2 de la exposición "Vox Clamantis" en el Museo de Chiclana. Foto: Félix Alonso del Real

JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | DIARIO DE CÁDIZ

Hoy cierra al público en el Museo de Chiclana la exposición “Vox Clamantis. Arte e historia en la Iglesia de San Juan Bautista. 1814-2014”, acto nuclear de la conmemoración del II Centenario del templo erigido por los arquitectos Torcuato Cayón y Torcuato Benjumeda. La muestra, inaugurada el 6 de noviembre, ha culminado el aumento en un 30 por ciento del número de visitantes del museo de la Casa Briones, que a lo largo de 2014 han sumado 10.350 visitantes. Más de 1.700 de ellos han acudido a ver esta exposición, de la que el Ayuntamiento de Chiclana, junto con la complicidad de las empresas locales –Hierros Montalbán y Sánchez, Transportes Belizón y Rodríguez y Clínica Novo Sancti Petri– han permitido publicar un catálogo de 48 páginas que ahonda en las razones de una conmemoración que, ante todo, ha querido ser, como afirma en el mismo el padre Francisco José Aragón Calderón, “un monumento espiritual”. Con textos, además, del alcalde, Ernesto Marín; el catedrático de Historia del Arte Teodoro Falcón Márquez; el investigador Jesús Romero Montalbán –comisario del II Centenario–; la restauradora Carmen Arias Guerrero, y el que suscribe, pienso que, modestamente, el catálogo queda como un imprescindible testimonio para que, ahora que toca la despedida de la exposición, permanezca como una publicación que nos permita “reflexionar sobre la Iglesia Mayor desde diferentes ópticas: como monumento artístico, como lugar de culto religioso y como ejemplo de obra colectiva y participativa”, que escribe Carmen Arias.

          Las fotografías de Félix Alonso del Real ilustran, además, las más de 75 piezas con las que ha contado la muestra, que ha sido posible gracias a la confluencia de un amplísimo número de instituciones, comenzando por el propio Ayuntamiento, la empresa municipal Emsisa –que gestiona el Museo de Chiclana–, la propia parroquia de San Juan Bautista o el Obispado de Cádiz y Ceuta, amén de una notable participación de chiclaneros –treinta, redondeando la cifra– sin los que hubiera sido imposible y cuya relación desafortunadamente no cabe en esta ventana de opinión, aunque sí debo nombrar a Pedro Torres, de Modas África, y a Rafael Morales, de Modas Morvel. Y a otros muchos que, incluso en la relación de participantes del catálogo, no aparecen tampoco porque han querido permanecer anónimos. Casi todos son coleccionistas de “amor y pasión por Chiclana”, sin los que en muchos casos no tendríamos al alcance de la mano obras de arte fundamentales para entender la ciudad y nuestra historia, como ha sido tener el privilegio de exponer el magnífico paisaje romántico de Franz Xavier Riedmayer, pintado en 1806, “El conde de Maule y Antonio Pizano ante un paisaje de Chiclana”. Todas estas instituciones, todos estos chiclaneros, merecen –y así debe ser consignado– laureles y rosas con el adiós de la muestra del Museo de Chiclana.

Portada del catálogo de "Vox Clamantis".

          La exposición –y el catálogo como testigo– ha sido una aventura singular para construir, ante todo, un debido homenaje a todos esos otros chiclaneros, del clero y de la ciudadanía, así como a muchos gaditanos, hombres del comercio, la arquitectura y la Iglesia, que desde 1874 soñaron con un gran templo que, a la vez que una gran ofrenda a Dios, fuera símbolo del poder económico de una Chiclana que vivió en primera línea el comercio de Indias y el gran desarrollo burgués de la segunda mitad del siglo XVIII. Los “Torcuatos” Cayón y Benjumeda, con su poderosa concepción de una arquitectura neoclásica de cambio y transformación, pero también Manuel Espinosa, “cantero, profesor de arquitectura y aparejador”, y Pedro Ovando, “maestro albañil de la Villa”. O a Nicolás de la Cruz Bahamonde, Conde de Maule, o Antonio Pizano, a los que nunca el pueblo de Chiclana podrá agradecer suficientemente que, tras el desastre de la invasión francesa, se propusieran, con su propio dinero por delante, que la hermosa iglesia se inaugurara por fin hace doscientos años. “Entre todos ellos –dice Romero Montalbán en el magnífico texto que firma en el catálogo– nos legaron este providencial templo neoclásico que contemplamos como el más monumental de los edificios de nuestra ciudad, testigo en sí mismo de los avatares de toda nuestra historia contemporánea”. Así lo dice también el alcalde: “Todos estamos obligados a difundir el entrañable y valioso legado cultural e histórico vinculado con la Iglesia Mayor. Conocerlo es, sin duda, conocer mejor nuestra ciudad y quienes somos hoy. Esta iglesia de la que presumimos los chiclaneros es uno de los más bellos ejemplos de la rica arquitectura neoclásica gaditana, de nuestro pasado y de nuestra capacidad de emprendimiento”.

           “Vox Clamantis” ha llegado a su fin, pero, afortunadamente, con el catálogo en mano y a disposición de los chiclaneros en el Museo de Chiclana, no la olvidaremos. El II Centenario de la Iglesia Mayor tiene aún seis meses por delante, pero ahora prosigue, al menos, con la certeza de que, como San Juan Bautista, homenajes y conmemoraciones no se diluyen en la inmensidad del desierto, que se oyen y se aprecian. Aunque, más allá de la fe, con la bandera de la cultura y la historia, nunca tenemos que dejar, como San Juan Bautista,  de predicar en el desierto. Siempre hay alguien que escucha.

http://www.diariodecadiz.es/article/opinion/1936969/una/travesia/espiritual.html

domingo, 28 de diciembre de 2014

De Asiria a Iberia / Laurel y Rosas (25)

Entrada a la exposición en el Metropolitan Museum of the Arts. Foto: The National Herald

JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | DIARIO DE CÁDIZ
En “Desvío a Santiago” (Siruela, 1993), el gran novelista y viajero Cees Nooteboom escribe: “No se puede demostrar y, sin embargo, lo creo; en algunos lugares del mundo tu llegada o salida se amplían de un modo misterioso por las emociones de todos aquellos que han salido o llegado antes que tú”. El escritor holandés nombra, por ejemplo, la Torre de las Lágrimas (Schreierstoren) de Ámsterdam o la catedral de Santiago de Compostela, como dos de esos lugares emocionales donde “quien tenga un alma lo suficientemente visionaria sentirá una suave resistencia en el aire”. En el primero flota toda la pena de todos aquellos que se despidieron ante un viaje del que no sabían si iban a volver. Toda la energía de los peregrinos que durante un milenio llegan a Santiago se nota en el pórtico de la Gloria tallado por el maestro Mateo y todos los que siguen tocando –y puliendo– su columna central día a día. Es la emoción del fin del camino. Llego a Nueva York y, sí, de algún modo inexplicable también sopla en su viento helado la emoción –y la angustia– de todos los que antes desembarcaron en la tierra prometida del siglo XX: “Es increíble. El puerto y los rascacielos iluminan confundiéndose con las estrellas, las miles de luces y los ríos de autos ofrecen un espectáculo único en la tierra. París y Londres son dos pueblecitos si se comparan con esta Babilonia trepidante y enloquecedora”, escribió Federico García Lorca en 1929 en una carta a sus padres, antes de concluir su libro más extraordinario, “Poeta en Nueva York”. Lo recoge el profesor Julio Neira en una antología espléndida: “Geometría y angustia. Poetas españoles en Nueva York” (Fundación José Manuel Lara, 2012).

           Aquí, en Nueva York, tomo conciencia –no sé si decir, definitiva; la sensación, no es ni mucho nueva: es, de algún modo, innata– de que también tenemos la fortuna de vivir en un espacio de peregrinaje y de emoción que tiene en Sancti Petri, en el templo de Melkart, su propio eje telúrico y el eco de los siglos. Muchos lo hemos sentido –¿verdad Fran Toledo?– sobre el mismo castillo oteando la costa, imaginando ese templo magníficamente recreado por Antonio Vela en el Museo de Chiclana. Lo escribo después de recorrer la magnífica exposición “De Asiria a Iberia. En los albores de la Época Clásica”, en la segunda planta del Metropolitan Museum of Art. Ahí, entre las 260 piezas arqueológicas que narran el génesis del mundo tal como lo concebimos –el desarrollo de la escritura, la navegación y el comercio, entre otros–, desde los reinados de Asurbanipal II (883–859 a. C.) en Asiria y Salmanasar III (858–824 a. C.) en Tiro al del mismísimo Midas (740-696 a. C.) en Frigia y Nabucodonosor (630-562 a. C) en Babilonia. Los fenicios ampliaron el horizonte de Oriente Próximo con la conquista de Iberia a bordo los llamados "hippoi", por las cabezas de caballo que lucían en popa y proa. Y sí, llegaron a Iberia, fundaron Gadir y en el entorno entre el islote de Sancti Petri y la punta del Boquerón erigieron ese templo dedicado a Melkart, romanizado después en Hércules, en el que Julio César lloró de humildad ante la estatua de Alejandro Magno, según narra Suetonio, y el mismísimo Anibal partió para la conquista de Italia.

Vitrina con las piezas de Sancti Petri


          Dos de las seis estatuillas halladas bajos las aguas de Sancti Petri –en préstamo por el Museo de Cádiz– sirven de testigo de aquella magnificencia y de las profundas raíces entre las tradiciones artísticas y comerciales que se desarrollaron en Oriente Próximo y en todo el Mediterráneo. La estatuilla de bronce del dios Melkart –ERA Cultura comercializa para esta campaña de Reyes una extraordinaria réplica tallada por José Antonio Barberá– y otra de menor tamaño del dios Baal se exhiben en Nueva York, junto a tres piezas del tesoro del Carambolo hallado en Camas (Sevilla), además de otras de procedencia ibérica. Seguramente exagero, es probable que no sea más que un ataque de chovinismo, pero ahí, en las salas “Iris and B. Gerald Cantor” del mismísimo Metropolitan, pensé con orgullo en Sancti Petri, en el importante rastro fenicio en Chiclana –hoy gracias al Ayuntamiento incluida en la Ruta de Ciudades Fenicias– y, también, que de algún modo, sin embargo, aún no hemos sabido explicar –no ya al turismo, sino a nosotros mismos– que formamos parte con derecho propio del espacio fundacional del mundo contemporáneo. 

          De ahí la importancia singular de la musealización y de la ampliación de las excavaciones del yacimiento fenicio del cerro del Castillo –una de las prioridades del delegado de Fomento y Cultura, José Manuel Lechuga– e, incluso, de un centro de interpretación que, durante todo el año, aborde el espléndido pasado de Sancti Petri y esa “suave resistencia en el aire”, como diría Nooteboom, en el futuro “Bosque pesquero”. Porque sí, porque Gadir, porque Sancti Petri, porque Chiclana, formó parte de ese eje fundacional del mundo de hoy que iba “De Asiria a Iberia”. Y aún –repito– no hemos sabido cómo presumir de ello.

http://www.diariodecadiz.es/article/opinion/1929079/asiria/iberia.html

domingo, 14 de diciembre de 2014

Chaves de la Rosa, obispo pecador (y 2) / Laurel y rosas (24)

Fotografía del epitafio de este Obispo en el crucero de la
Iglesia Mayor de San Juan Bautista (Chiclana).

JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | DIARIO DE CÁDIZ
A su vuelta del castillo de Valençay en 1814 –donde había permanecido retenido por Napoleón desde 1808– Fernando VII llega a Valencia el 16 de abril dispuesto a aceptar el famoso “Manifiesto de los Persas”. La restauración de la Monarquía absolutista toma cuerpo el 4 de mayo, cuando firma el decreto que deja sin efecto la Constitución de Cádiz y el rey pasa de ser el “deseado” a “felón”. Tal decisión, marcará el futuro de España y también el de un Pedro Chaves de la Rosa que, ya con 74 años, había acabado de prestar en las Cortes de Cádiz su último servicio a la Corona, a la patria y al liberalismo. Había sido nombrado meses antes, aún en plena guerra de la Independencia, nada más y nada menos, que Pro-Capellán de Palacio, Limosnero Mayor del Rey, Patriarca de las Indias y Vicario General de los Ejércitos y la Armada por Luis de Borbón y Villabriga, cardenal arzobispo de Toledo y presidente de la Regencia, sobrino de Carlos III, el único Borbón que hizo frente a Napoleón y permaneció fiel a los liberales y a la Constitución de 1812. La biografía del sabio ilustrado enterrado en la Iglesia Mayor de San Juan Bautista se bifurca como dos ríos en este preciso instante, justo ante su encuentro con Fernando VII, que debía de confirmarle en el cargo. Nunca lo hizo. Fernando VII tenía ya una primera víctima para su taimada represión liberal…
Mariano de Cateriano sostiene que Chaves de la Rosa fue “confinado” en Chiclana por orden del Rey, quien le negó además la pensión: “Vive en el destierro y en la miseria”, escribe. Sin embargo, duda de una escena que algunos historiadores sitúan en Burgos, otros –como el peruano Andrés Martínez– en Valencia, recién llegado Fernando VII del cautiverio francés. Por su alto cargo, Chaves de la Rosa acompañó al Regente al encuentro del rey. El general Manuel de Mendiburu narra la escena en su “Diccionario Histórico Biográfico del Perú”. Y dice: “Como Patriarca fue a recibir a Fernando VII en Burgos cuando regresó de Francia, y le tocó bendecir la mesa. El Rey no lo convidó a ella, y dejó que estuviese de pie todo el tiempo que él tardó en comer: en seguida lo confinó a Chiclana. Fue tal su indigencia, que en su última enfermedad tuvo que vender un cáliz que era lo único de algún valor que le quedaba”. Aunque Cateriano niega el desplante –duda incluso ante la falta de testimonios históricos que Fernando VII pisara Burgos– y también Cambiaso, entre otros.
El testimonio de Joaquín Lorenzo Villanueva, liberal, diputado en las Cortes de Cádiz e inspirador de gran parte de las nuevas políticas religiosas que se pusieron en marcha en aquellas sesiones, difiere del general Mendiburu. En sus memorias –tituladas “Vida literaria” y publicada en Londres en 1825– afirma: “En esta jornada acompañé en calidad de cura de palacio al nuevo patriarca de las indias, obispo de Arequipa don Pedro Chaves de la Rosa prelado anciano, sabio y virtuoso, que hallándose en Cádiz retirado en el oratorio de san Felipe Neri, después que renunció su obispado, fue estrechado por razones prudentes á admitir aquella dignidad, de la cual hizo dimisión hallándose en Madrid gravemente enfermo, poco días antes de llegar el rey a aquélla capital; y luego se retiró a Chiclana”.

Es lo que también sostiene Cambiaso: que “dejó” su cargo de patriarca de Indias para “venirse a Chiclana”, en donde, sigue afirmando, “coronado de dignidad, honor y honestidad, frutos correspondientes á una vejez adquirida en los caminos de la honra y de la justicia, aguardó que las leyes de la naturaleza, y la caduca suerte de los mortales, pusiese fin á su respetable ancianidad”. Falleció, según todas las fuentes, el día 26 de octubre de 1819, teniendo la edad de setenta y nueve años, cuatro meses y dos días. “Sin pompa, ni capilla ardiente, ni castrum dolores, ni cámaras regias, ni hayas enlutadas –dice Cambiaso–, fueron sus funerales y entierro”. Cateriano añade que “pocas, pero muy distinguidas personas, formaron su cortejo fúnebre”. El propio Chaves de la Rosa dispuso ser enterrado en su amada Iglesia Mayor, recién finalizada la cúpula que hoy le cobija, privilegio que debió aprobarse por el aura de hombre sabio y santo. Él mismo, según Cambiaso, dictó los dos primeros versos de su epitafio: “Pedro José/ Obispo pecador…”. Humilde y sencillo vivió, y así murió. La historia ha borrado su actividad a favor de los más desfavorecidos –que debió ser amplia– en Chiclana, en donde debió cultivar además su amor por la literatura y por las ciencias. Aún es recordado, afortunadamente, como gran impulsor de la educación, de las artes y de la beneficencia durante su brillante paso como obispo por Arequipa. En el Archivo Histórico Nacional duerme una petición de un sobrino –Francisco de Paula Narváez Cabeza de Vaca, “vecino de Chiclana”– fechada en 1820 para que se le concediera póstumamente la Cruz de la Real y Muy Distinguida Orden de Carlos III. Ese documento nos arrojará nueva luz –convenientemente examinado y transcrito– sobre un gaditano, un chiclanero más, que ha de salir de las sombras e iluminarnos con su sabiduría y su ejemplo.

domingo, 30 de noviembre de 2014

Chaves de la Rosa, obispo pecador (1) / Laurel y rosas (23)

El obispo Chaves de la Rosa. Anónimo. Fundación de Estudios Universitarios “Francisco
Maldonado”  [Antigua 
Universidad de Osuna]. Ayuntamiento de Osuna.

JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | DIARIO DE CÁDIZ
Al pie de las gradas del presbiterio, bajo la cúpula de la Iglesia Mayor de San Juan Bautista, hay una sepultura que todos hemos pisado: “Pedro José/ Obispo Pecador/ Pide sufragios./ Falleció el 26 de/ Octubre de 1819/ a los 79 años de edad.// Este Ilustrísimo/ Sabio dispuso ocul/tarse al mundo/ bajo este humilde/ Epitafio”. La exposición “Vox Clamantis. Arte e Historia en la Iglesia Mayor de San Juan Bautista. 1814-2014” –que aún pueden ver en el Museo de Chiclana– ha permitido exponer por primera vez el retrato del “ilustrísimo sabio” Pedro José Chaves de la Rosa Galván y Amado (Cádiz, 1740-Chiclana, 1819). En ella se apuntan brevísimos trazos biográficos de una figura esencial –y desconocida– en la historia de América y también de España. Le debía particularmente el siguiente bosquejo, con la esperanza de que el padre José María Alcedo o el Dr. Mario Velarde Zevallos puedan, próximamente, mostrarnos la vida y obra de un personaje ante el que –así he de proclamarlo– uno no puede más que fascinarse cuando investiga y lee acerca de él. “Del varón mas prominente que, tal vez, de los reinos de España, haya visitado las playas de América”, como lo describió en 1888 uno de sus biógrafos, Mariano de Cateriano.

Las breves biografías existentes de Chaves de la Rosa –cuyo primer apellido es, a veces, escrito en América como “Chávez de la Rosa”– proceden todas de Arequipa (Perú), tierra natal del Dr. Velarde, del nobel Mario Vargas Llosa y del novelista Jorge Eduardo Benavides, que lo cita en varias ocasiones en su magnífica novela “El enigma del convento” (Alfaguara). Con Chiclana, Chaves de la Rosa tiene una íntima vinculación más allá de que esté enterrado aquí, dado que mantuvo residencia entre nosotros entre 1814 y 1819, aunque ya desde 1805 debió de pasar largos periodos en la villa por lazos familiares. Pero es Arequipa, ciudad en la que fue obispo entre 1787 y 1804, donde desplegó una incesante actividad liberal y de beneficencia, que aún hoy permanece viva. “Una exitosa reforma en la educación impartida en el Seminario Conciliar de San Jerónimo, asimismo contribuye a la divulgación de las ideas ilustradas y a una gran actividad a favor de los más necesitados”, como resume Nicolás María Cambiaso y Verdes en su Diccionario de personas célebres de Cádiz, 1830. El testimonio de Cambiaso es el único –cinco páginas subyugantes– escrito desde España. 

Imposible, ya lo confieso, encerrar en unas pocas líneas la extraordinaria vida de este obispo que, en su humildad, se reconoció pecador. Fue, dice Cambiaso, “hijo de don Salvador y doña Rosa Violante Galván, nació el 24 de junio de 1740, en la calle de San Pedro”, en Cádiz. La borla de teología –sigue afirmando Cambiaso– la recibió en la universidad de Osuna en 1761. Universidad de la que llegó a ser rector tres veces: en los años 1861, 1864 y 1866. Tras pasar por la catedral de Cádiz, por la capilla del Pópulo, es nombrado canónigo lectoral de la catedral de Córdoba. Pío VI –con la le nombra obispo de Arequipa, a donde viaja en 1788 acompañado de siete sacerdotes, pajes y criados que portan una prodigiosa biblioteca. Su labor intelectual debió ser pródiga y contagiosa. Aún este mismo año, ha visto la luz el ensayo “Tradición y modernidad: la biblioteca del obispo Pedro Chávez de la Rosa” (Pontificia Universidad Católica del Perú/Instituto Riva-Agüero, 2014), que explica por qué en la novela de Benavides –editada solo hace unos meses– un personaje en la Arequipa de Chaves de la Rosa llega a alabar de otro “el amor por las pugnas dialécticas y un encendido espíritu crítico y libertario, muy probablemente azuzado por los buenos libros que el obispo donó al seminario”. Pero en Arequipa fue mucho más: “Su palacio no parecía sino el domicilio de la piedad –escribe Cambiaso de su paso por Perú–, su traje era siempre el más modesto, su conversación grata, edificante, e instructiva; su régimen serio, religioso, e invariable: en todo cuanto le era propio respiraba cristianismo”.

Chaves de la Rosa regresa a Cádiz a finales de 1804. “Se retiró a vivir de particular en el oratorio de san Felipe Neri –añade Cambiaso–, habiéndose dignado S. M. asignarle cinco mil duros anuales de pensión sobre la mitra, para su decente manutención, y se puede decir con verdad que esto mas tenían los pobres de Cádiz y Chiclana, porque todo lo daba de limosna, y apenas tenía para pasar con un solo familiar”. Pero no pudo mirar a otro lado durante la Guerra de Independencia. “Su amplio espíritu liberal fue puesto de manifiesto en todo momento y en todo lugar”, como afirma el historiador peruano José del Carpio y Neira. Cautivo Fernando VII en Francia, en 1808 es nombrado miembro del Supremo Consejo de Estado. En Madrid, a juicio de Mariano A. Cateriano, “despliega todo el poder de su genio y esa portentosa actividad de otros tiempos”. Las Cortes de 1810, ya en Cádiz, le nombran presidente de la Junta Suprema de Censura desde donde promueve la eliminación de la Inquisición. La Junta de Regencia, aun con Fernando VII retenido por Napoleón en Valençay, le otorga en 1813 el título de Pro-Capellán de Palacio, Limosnero Mayor del Rey y Patriarca de las Indias, e igualmente Vicario General de los Ejércitos y la Armada. Tiene 73 años. Pero Chiclana le espera de vuelta.