lunes, 10 de julio de 2017

POR EL RÍO IRO HASTA AMÉRICA... | Laurel y rosas (89)

Imagen del embarcadero de Bartivás, que conectaba con el río Iro antes de su desembocadura. 


JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | DIARIO DE CÁDIZ

Cuando el mundo giró entorno a Cádiz, el río Iro fue el afluente económico y, sobre todo, social que le unió a Chiclana. Hace 300 años, con el traslado desde Sevilla a Cádiz de la Casa de Contratación y del Consulado de Comerciantes de Indias, la villa de Chiclana vivió también una profunda transformación urbana, que tuvo como eje el propio río Iro, vía por la que fluían las ricas familias comerciantes y, como relata el cronista portuense Enrique Pérez Fernández, “su afamado vino, aceite, hortalizas y frutas de sus huertas y haciendas”. Era Chiclana entonces, además, “la puerta de acceso desde la Bahía a la Sierra de Cádiz y al campo de Gibraltar”, según Pérez Fernández. Y, sobre todo, “un verdadero sitio de recreo para las gentes acomodadas de Cádiz, que van a distraerse de continuo de sus tareas mercantiles”, como escribió Pascual Madoz años después. Tanto que el centro urbano se desplaza a lo largo del siglo XVIII desde la Plaza Mayor y la Corredera Alta hasta la calle La Fuente y Vega. Es decir, a la ribera del río. “Los gaditanos van a Chiclana a solazarse. Con viento y marea favorable, no se tarda más de dos horas”, según comprobó en 1785 el diplomático y viajero francés Jean-François Bourgoing. 

En esa calle de La Fuente construyeron casas de recreo y, sobre todo, pequeños embarcaderos particulares a la orilla del río, nombres más que significativos del comercio con América. En 1786, tenían muelles en el río Iro, al menos, los acaudalados Nicolás Macé Pain, Antonio Tomati y Sebastián Lasqueti Roy. Lo sabemos por la investigación del Grupo Iro XXI, que ha revelado, por ejemplo, como ese mismo año “una misteriosa y rica mujer, Doña Andrea Chacón, comienza a construir otro muelle una vez que recibe la autorización del XV duque de Medina Sidonia, señor que aún lo era de la villa de Chiclana”. Andrea Chacón había comprado la finca que hoy ocupa el número 2 de la calle La Fuente y que, al menos, entre 1703 y 1760 fue propiedad de Jerónimo Rabaschiero y Fiesco, regidor Perpetuo de Cádiz, y luego adquirida por el escribano mayor de la Casa de Contratación, Juan Antonio Montes.

El Tricentenario –los funcionarios, los propios comerciantes, de la Casa de Contratación y del Consulado de Indias– llegó a Chiclana por el río, como desde el siglo XV se viajaba –y comerciaba– con Cádiz. No había otra. “No hace muchos que llegaban por este río embarcaciones pequeñas, hasta las escalas que todavía existen dentro del pueblo”, según narró Madoz en su famoso “Diccionario geográfico, estadístico e histórico de España” (1840). Enrique Pérez Fernández, en su reciente libro “De El Puerto a Cádiz. Los barcos de pasaje en la Bahía de Cádiz. Siglos XV-XXI” (El Boletín Ediciones), cuenta como las “comunicaciones fluviales” entre Chiclana y la entonces Isla de León –y con ello hasta Cádiz– fueron “a través de los caños que se abren paso en este espacio interior de la bahía y que como eje vertebrador tienen el caño de Sancti Petri”. Y además del río Iro, por el caño de Bartivás, alternativa de viaje porque, como ya entonces advertía Madoz, al río Iro le iba faltando calado: “Las arenas que han traído las aguas que bajan de los montes lo han cegado en términos de estar seco en los alrededores del Puente Chico, distante 100 pasos del Grande, en el cual hay más o menos cantidad de agua marina, según las mareas”.

Antonio Ponz narró esa travesía en 1791: “Embarcados, pues, en el canal de Sancti Petri, inmediato a la Isla, y en el embarcadero o costa que llaman de Saporito, fuimos navegando, y durante este tránsito, que fue de una dos leguas hasta Chiclana, se redujo la conversación a cosas grandes y curiosas pertenecientes al sitio donde estábamos”. Ponz desembarcó en el muelle de Bartivás y llamó a Chiclana “desahogo y quitapesares de los vecinos ricos de Cádiz”. Así fue, sobre todo, durante el siglo XVIII y, al menos, durante las primeras décadas de 1800, cuando el capitán Juan José Lerena proyectó a fines de 1845 un canal artificial para unir con vapores de hierro Cádiz, San Fernando y Chiclana a través de la marisma. ¡Qué osadía!

El Conde de Maule volvió a hacer la travesía entre Saporito y Bartivás en un falucho en 1813 y dejó dicho del río Iro que “ya no suben los barcos tan arriba”, seguramente, “por haberse llenado de arenas”. Ya no se podía embarcar en la “Alameda de Chiclana”, como quería Francisco Solano, gobernador de Cádiz. En 1807, el propio Solano impulsó dos infraestructura que suponían una transformación para la comunicación de Chiclana con la Bahía, transformación que tardó en llegar porque lo que llegó fue la guerra, el dolor y los franceses. Antonio Alcalá Galiano las describió así: “El pueblo de Chiclana, lugar de recreo entonces preferido de los gaditanos, le debió mucho [a Solano], haciéndose para él un camino de carruajes bueno y cómodo, y estableciéndose en el caño de Zurraque, que le atravesaba, una excelente barca”. El río ya no era imprescindible. Chiclana comenzó a darle la espalda.

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sábado, 8 de julio de 2017

Berruguete imprescindible

Una reproducción del Laocoonte hallado en Roma en la exposición sobre Berruguete. Foto: Abc


El Museo Nacional de Escultura explica en “Hijo del Laocoonte. Alonso Berruguete y la Antigüedad pagana” el diálogo entre las fuentes de inspiración clásica y el repertorio cristiano en la gran figura internacional del Renacimiento español


JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | VIDA NUEVA

Manuel Arias Martínez, comisario de la exposición Hijo del Laocoonte. Alonso Berruguete y la Antigüedad pagana –que se inaugura el próximo martes en el Museo Nacional de Escultura en Valladolid–, usa un calificativo que describe el prodigioso don escultórico de Alonso Berruguete (Paredes de Nava, Palencia, 1489-Toledo, 1561): “Prometeo de la escultura”, le llama. O, en otras palabras, el “mago de la madera”. Es, indudablemente, la gran figura internacional del Renacimiento español: “Hay que poner de relieve que no solamente estamos ensalzando a un artista internacionalmente muy apreciado en un momento, además, en el que la escultura comienza a tener cada vez más eco en el panorama internacional, sino que reinterpreta, relee y adapta lo que se le encargaba en España, que fundamentalmente era escultura, y escultura en madera policromada”, según la directora del Museo Nacional de Escultura, María Bolaños. Un artista esencial que se convertiría en “el primer moderno” de la escultura española. 

Berruguete fue un precursor, un visionario que transformó la concepción del arte en España y adelantó el Renacimiento. “La exposición desvelará el diálogo entre las fuentes de inspiración clásica de Alonso Berruguete con el repertorio cristiano”, añade Bolaños. Es decir, la asimilación del clasicismo renacentista, basada en motivos y estéticas originarios de la antigua Roma, que Berruguete se trajo de Italia –vivió y trabajó durante algo más de diez años entre Roma y Florencia–, donde se codeó con Rafael, Bramante o Miguel Ángel. “La personalidad de Alonso Berruguete no se puede entender sin su soggiorno italiano”, según Arias Martínez. No hay fechas exactas, pero probablemente esa estancia italiana se extendiera desde 1504, aún adolescente e inexperto, hasta 1518, cuando ya está de vuelta en Zaragoza. El comisario y también subdirector del propio Museo Nacional de Escultura, además de uno de los mayores especialistas en Berruguete, añade: “El escultor español asumió ese clasicismo y lo incorporó a la escultura policromada imperante en la España del siglo XVI, básicamente religiosa, especialmente en los numerosos encargos que él mismo recibió de iglesias, catedrales y dignidades eclesiásticas”. Y lo cambió todo.

"Llanto sobre Cristo muerto", de Berruguete. Foto: Museo Nacional de Escultura

“Alonso Berruguete no es hijo de Pedro Berruguete, sino del Laocoonte”, escribió el pintor José Moreno Villa. Y sobre esa frase –que concentra todo el Renacimiento en unas pocas palabras– desarrolla el Museo Nacional de Escultura el discurso que sostiene la que califica sin medias tintas como la exposición que “pretende ser una de las citas culturales del año”. Argumentos no le faltan. Tablas, lienzos, dibujos, aguadas, estampas, esculturas en alabastro y madera policromada, libros y relieves en bronce o pizarra son las técnicas y materiales que conforman esta extraordinaria mirada a Berruguete, su obra revolucionaria y su mundo infinito: “Mostramos donde miró Berruguete, qué es lo que vio, cómo se inspiró en el lenguaje clásico”, describe Arias. Sesenta y siete obras, en total, procedentes del propio Museo Nacional de Escultura –que posee la mayor colección del artista palentino–, el Museo del Prado, el Museo Arqueológico Nacional o la Galería degli Ufizzi de Florencia, que ha prestado un relevante “Circuncisión de Cristo”, dibujo de Berruguete fechado entre 1526 y 1532.

Son veinte las obras maestras de Berruguete, sobre todo piezas de firme devoción religiosa a la que acompañan “un aura de vanguardismo”, como describe Arias. Tanto propias, del propio museo vallisoletano, como las dos tablas del retablo mayor de San Benito el Real, “Nacimiento de Jesús” y “Huida a Egipto”, como prestadas. Por ejemplo, las dos de la Diócesis de Palencia: el “Llanto por Cristo muerto”, de la predela de la iglesia de Fuentes de Nava, y el “Entierro de Santo Cristo”, de la iglesia de Lantadilla. Mientras que la iglesia de Santiago en Valladolid aporta un valioso relieve en madera policromada –“Natividad”– que forma parte del retablo de la Epifanía (1537). No falta el denominado “Relieve sobre la Circuncisión” del retablo del Colegio del Arzobispo Fonseca, cedido por la Universidad de Salamanca.

Cabe del "Patriarca" de Berruguete. Foto: Museo Nacional de Escultura
La exposición –que permanecerá abierta al público hasta el 5 de noviembre– está fundada sobre la continua comparación entre obras de la Roma clásica, el propio Berruguete y su entorno inmediato. Ordenada, eso sí, en cinco ámbitos: “La luz de la antigüedad en Roma”, “Bajo la influencia de Laocoonte”, “Sarcófagos y lecciones”, “Tomando agua de la fuente” y “A la sombra de una venera”. Precisamente, esa venera de San Benito el Real –“la concha en la que Venus viaja a través del mar, pero que Berruguete reutiliza como el coronamiento del retablo”, como la describe Bolaños– impresiona en su reconstrucción: “Una venera que ha estado guardada desde la desamortización en el siglo XIX, que nunca se ha montado y que fue como la gran novedad que Berruguete trajo a la retabilística española de ese momento”, manifiesta. Una obra “independiente, desmedida, llena de emoción y vehemencia”, como afirma el comisario, que simboliza la magnanimidad de la exposición y de la mirada de un artista total y único. Imprescindible.



Paredes de Nava, una inmersión en los orígenes familiares

Como preámbulo a la gran cita de Valladolid, la villa natal del escultor renacentista ha inaugurado Alonso Berruguete en Paredes de Nava. A propósito de una exposición. “Es un homenaje al escultor y a su familia, como representantes del arte renacentista al más alto nivel internacional desde su localidad natal”, explica Rafael Martínez, comisario de la misma junto a Manuel Arias. La muestra tiene como sede la parroquia de Santa Eulalia, con el llamativo retablo mayor de Inocencio Berruguete –también peredeño y sobrino de Alonso Berruguete–, y su cuñado, el pintor y escultor Esteban Jordán, que fue quién lo ejecutó entre 1551 y 1563. Jordán reutilizó –y repintó en algún caso– doce tablas de Pedro Berruguete (Paredes de Nava, hacia 1445-Madrid, 1503) –notable pintor influido tempranamente por el Renacimiento italiano, también conocido como Berruguete el Viejo y padre de Alonso–, que habían ocupado un retablo lateral de la misma iglesia, dedicado a San Joaquín y Santa Ana, y realizados en torno a 1490. Luego restaurado –y modificado– en el siglo XVIII, el retablo mayor de Santa Eulalia es ejemplo del arte de la familia Berruguete y es el escenario perfecto para “una muestra más didáctica y que pretende aportar el quién es quién en la familia Berruguete”, según Martínez.
Aunque se atribuyó erróneamente durante siglos al más famoso de ellos, Alonso no participó siquiera en el escultura del Calvario que lo culmina, seguramente obra de Inocencio. El escultor renacentista regresa a Paredes de Nava, no obstante, con tres obras del Museo Nacional de Escultura: una talla y dos pilastras del retablo de San Benito de Valladolid, una de sus obras más destacadas. La exposición –que permanecerá abierta hasta el 21 de septiembre– se completa con otras nueves obras, pero de autores coetáneos de Alonso Berruguete y discípulos como Manuel Álvarez y Francisco Giralte. Entre ellas, una de Juan de Viloldo, procedente de la parroquia de Alba de Cerrato. “La muestra recoge una serie de piezas originales, fotografías, y paneles informativos que dan cuenta junto al impresionante retablo de la parroquia-museo de Santa Eulalia, donde se ubican los retratos de los Reyes de Pedro Berruguete, de la importancia de la familia Berruguete en el arte y la historia del Renacimiento, dentro y fuera de nuestras fronteras nacionales”, añade el comisario. Y es posible por la colaboración entre el Museo Nacional de Escultura de Valladolid, la Diputación de Palencia, la Diócesis de Palencia –el Museo Diocesano aporta dos obras–, el Ayuntamiento y la parroquia de Santa Eulalia. Los Berruguete regresan a casa.
Ver VIDA NUEVA. Nº 3.042.

domingo, 25 de junio de 2017

ENTRE LOS ARCOS DE VILLA VIOLETA | Laurel y rosas (88)

Acuarela con las golondrinas daúricas de "Villa Violeta" pintada por W. H. Riddell. Foto: Marqués de Tamarón.

JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | DIARIO DE CÁDIZ

A finales de la década de 1920, un matrimonio británico encontró en La Barrosa su “paraíso en la tierra”. Compraron en lo que entonces se conocía como Pinar de Galindo una finca de 20 hectáreas a la que pusieron por nombre “Villa Violeta”. Era el nombre de ella: Violeta Buck, mujer culta, hermosa y de armas tomar, nacida en Jerez e hija de un célebre naturalista británico, Walter J. Buck, don Gualterio, cónsul británico, exportador de vinos, propietario de la bodega Sandeman & Buck y del Recreo de las Cadenas –sede hoy de la Real Escuela de Arte Ecuestre–, que había fallecido en 1917. Antes de su boda, doña Violeta había comprado el Castillo de Arcos, en ruinas, para salvarlo del derribo y lo había convertido en su casa. Años después, aún recibía visitas con cemento y palaustre siempre a mano. “Villa Violeta” era el nombre que había elegido el marido para esa finca y esa casa en la que ambos se instalaban cada verano una vez que se casaron en 1928. El marido era un célebre pintor de “pájaros y nubes”, gran ornitólogo, amante de la arqueología, que firmaba como W. H. Riddell, aunque todo el mundo le llamaba Bill. Y él debió ser quien eligió aquel emplazamiento con de pinares, playa y dorada arena, aún naturaleza salvaje y virgen, deshabitada.

¿Por qué La Barrosa? En un tiempo en que la nobleza y la alta burguesía británica –y jerezana– acudía a Biarritz y San Sebastián cuando llegaba el verano, Bill Riddell se debió enamorar de La Barrosa inmediatamente: “Creo que tenía que ver con lo que hoy es un concepto aceptado, la Gran Doñana, por el que todos los humedales del golfo de Cádiz están interconectados. Para Riddell, estar en La Barrosa era como estar en Doñana, pero más cerca y más habitable”, explica Javier Ruiz, cabeza visible junto a Francisco Hortas del proyecto Limes Platalea de la Sociedad Gaditana de Historia Natural. Y un enamorado de Riddell y todo cuanto significa Villa Violeta y La Barrosa para la ornitología. Que es mucho. Porque, para ir paso a paso, Riddell –y doña Violeta, por supuesto– sabían perfectamente qué era Doñana: “Como un fragmento de la soledad salvaje de África, arrancado y especialmente preparado para nuestro disfrute en este remoto rincón de Europa... para nosotros, cazadores, naturalistas y amantes de agrestes desiertos, Doñana representa nada menos que un paraíso en la tierra”… 

Foto de "Villa Violeta" hacia 1955 que conserva la familia Domecq Williams y publicada en el libro "La migración intercontinental de la espátula", de la Sociedad Gaditana de Historia Natural.
Riddell y Doña Violeta habían tenido como maestros –y guías– a los dos naturalistas que mejor la conocieron, más la defendieron y aún todavía más la dieron a conocer en todo el mundo. Y lo habían tenido muy cerca. Uno era el padre de Doña Violeta, Walter J. Buck. Y el otro, uno de los grandes naturalistas británicos de todos los tiempos, también de origen bodeguero, Abel Chapman. Ambos, Chapman y Buck, escribieron dos libros extraordinarios y adelantados a su época “La España agreste” (1898) y “La España inexplorada” (1910). Y ambos formaron parte de los denominados “escriturarios” que regularon la caza en Doñana e hicieron posible que hoy sea Parque Nacional. Chapman, además, fue quien presentó a doña Violeta –a quien había prohijado tras la muerte de Buck– a Bill Riddell, que era uno de sus mejores colaboradores, porque nadie como él era capaz de captar en sus ilustraciones, en sus lienzos, el alma de la naturaleza. Riddell pintó La Barrosa y esa ornitología extraordinaria que iba descubriendo entre los arcos de Villa Violeta. Es célebre su descubrimiento de la denominada “golondrina de las mezquitas”, la golondrina daúrica (hirundo daurica), que nunca se había avistado entonces en Europa y estaban ahí, anidada en el porche de Villa Violeta. Y de lo que dejó reflejado en uno de sus magníficos guaches.

Británicos como eran, Riddell y doña Violeta, en la elección de aquella hermosa finca debió de pesar también el recuerdo de la batalla del 5 de marzo de 1811, cuyos “restos” se dedicó a recolectar rastreando la playa, los pinares, entre Torre Bermeja y Torre Barrosa, como los británicos llamaban al torreón de la Cabeza del Puerco. Y de La Barrosa era también para ellos aquella Batalla de Chiclana, como se le denominó entre nosotros. En los años 40, Violeta Buck cedió a su cuñado, don Guido Dingwall Williams Humbert la casa y la finca, que ocupaba la actual urbanización y proseguía hasta la misma orilla, incluido Los Drogos, entonces una casa de invitados. Don Guido, también bodeguero y naturalista, devoto británico, prosiguió la sacralización de La Barrosa como escenario ilustre de aquella heroica batalla ganada por los británicos a los ejércitos napoleónicos y, sobre todo, hizo de Villa Violeta lugar de peregrinación de los más ilustres ornitólogos británicos. Fueron los precursores.

Hoy, toda La Barrosa, con sus miles de bañistas y su ocupación urbanística, sigue siendo un “paraíso ornitológico”, gracias al descubrimiento de Javier Ruiz y Francisco Hortas hace apenas siete años. Una 15.000 espátulas con su pico redondeado y su plumaje blanco, las aves más grandes y emblemáticas de la ornitofauna europea, la cruzan entre julio y octubre destino a África. Un espectáculo único del que hay mucho que contar. 

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domingo, 11 de junio de 2017

AQUELLA FERIA, ESTE NIÑO... | Laurel y rosas (87)

La Feria de San Antonio en la barriada del Carmen.

JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | DIARIO DE CÁDIZ

Antes es una palabra que siempre suele evocar la felicidad. Aquella felicidad de cuando éramos niños. Aquella en la que la Feria era un río de gente que cruzaba el Puente Chico y en la calle Paciano del Barco encontraba la dicha en un tiovivo y todo lo que entonces podíamos querer: acaso coche-choques, una tómbola y algún puesto de escopetas donde toda puntería era vana y romper de un disparo un palillo de dientes acaso un milagro. Entonces el mundo acababa en la calle Cervantes. Porque ese era el final de la Feria y del continente, porque más allá solo había marisma. La nada. A los ojos, y el corazón, de un niño no hay recuerdo que pueda superar a aquel tiempo en el que fue feliz. Y aquella Feria en la barriada del Carmen suponía todo lo que uno entonces podía imaginar. Claro que entonces aún soñábamos en blanco y negro, como la televisión. Los que la tenían. El mundo, esta ciudad, esta feria, aún en los años setenta, hasta principios de los ochenta, es inimaginable para quienes nacieron después. Y fue ayer mismo. Era ayer mismo cuando íbamos Paciano del Barco abajo para hacernos una foto toda la familia en un estudio portátil, con una guitarra desafinada y un caballo de cartón, para recordar durante todo el año –y toda la vida– esa feria, sus colores, las luces, las sevillanas y la caseta municipal. Y aquellas otras casetas que encontraban acomodo donde podían: en algún local en obras, un garaje o un almacén, que se transformaba en vino y alegría.

Y el río. Para quienes vivíamos en el Lugar, cruzar el río era la puerta abierta a la Feria, esa feria que un día fue de ganados y compraventas, de negocios que se cerraban con vaso de vino. Desde ese 1836 en el que Chiclana recibió el privilegio de Feria –aunque ya en 1788 ya solicitaron permiso para celebrar una feria anual de Ganado– la celebración ha ido alrededor del día de San Antonio creciendo como la ciudad. Pero esa era otra feria y otra historia en la que habría que hablar de diezmos y un Portalejo que no sabe donde estuvo con exactitud, más allá del entorno de la cuesta del Matadero, que era donde se celebraba. A final de siglo XIX la Feria se inserta en el corazón mismo de la ciudad y se transforma en fiesta popular en la Alameda recién nacida junto al Iro. Y ya nunca se ha despegado del río, ya sea en La Longuera o en Urbisur, en la orilla de La Banda o en la del Lugar. Es cierto que la Feria ha ido con los años desplazándose al contorno de la ciudad, ganando terreno literalmente a la marisma, pero en aquella feria de mi infancia, la del Campo de Fútbol, cercana, entrañable y familiar, el río marcaba, como ahora, la frontera de la felicidad. Un espacio mágico, que por más años que pasen, por más ferias que vengan con su grandilocuencia y su masificación, ya no volverá. 


Aún hoy, camino a la Feria, cruzo el mismo Puente Chico, paseo por Paciano del Barco y atravieso aquella feria de mis pocos años, recreándola hasta llegar al ferial, hoy río abajo. Y así la Feria vuelve a ser un espacio simbólico. Siempre lo fue. A diferencia de otras, esta Feria de Chiclana marcaba como pocas en calendario. Fin de curso. Inicio del verano. La playa de La Barrosa reaparecía siempre después de cada feria, antes se diría que desaparecía oculta en la humedad y en el frío. Aunque hubiera –como lo hace hoy– una primavera extraordinaria, a nadie se le ocurría ir a la playa antes de la Feria. Era una de esas delimitaciones sagradas que conviven entre la ciudadanía. Lo mismo que la playa, dicha así, finalizaba con la Virgen de los Remedios y la vendimia. No había un más allá. Ni era necesario. La playa conforma con la Feria esa otra ventana donde miramos al niño que fuimos. De nuevo feliz. Y se acumulan los recuerdos. Primero, el Seat 850, con la baca repleta como si se acabara el mundo. Luego, aquella Barrosa con las casetas de madera, en donde vivíamos julio, agosto, sin volver a pisar Chiclana hasta septiembre, que había que vendimiar y llegaba el colegio. Y esa playa regresa ahora también a la memoria. Nunca supimos realmente lo afortunados que éramos de convivir con aquel paraíso, de tener tan cerca la playa. Y más aún esa playa blanca, interminable. Hasta que aprendimos que sí, que parecía mentira, pero había pueblos, ciudades, provincias sin playa, que era como decir sin verano. 

Reiner María Rilke –el poeta que quedó deslumbrado por Ronda– dijo aquello de que “la verdadera patria del hombre está en la infancia”. Quizás sea cierto. O puede que solo sea nostalgia, simple añoranza. Màrius Carol, más recientemente, cree que “es el estrés del porvenir el que hace que veamos la infancia como el baúl de nuestros sueños”. Podría ser. Pero no hay ninguna infancia igual a otra. Cada uno, como el verano, lo vive a su manera. Pero mi patria, pienso, es la inocencia y la felicidad. Mis padres, mis hermanos. La familia. Primos, tíos. Abuelos. La calle donde jugaba. Una playa. Aquella feria. Esta misma feria en la que vuelvo a ser niño otra vez. Pero nunca tan feliz. 

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domingo, 28 de mayo de 2017

LA SAL "MÁGICA" DE PEPE MIER | Laurel y rosas (86)

José de Mier tras la presentación de la novela en el Centro de Interpretación del Vino y la Sal

JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | DIARIO DE CÁDIZ

Según el historiador francés François Dosse, la historia es, ante todo, “una máquina para capturar escenas”. Una definición que recordé mientras leía “La sal mágica del caño de Sancti Petri” (KBA Ediciones), la primera novela de Pepe Mier. La frase de Dosse surge de modo inevitable porque este libro es, esencialmente, un canto y una reivindicación de Chiclana. Su historia y su pasado son, de modo indudable, el gran protagonista de esta novela que transpira devoción y orgullo. Pepe captura escenas fundamentales de nuestra historia, las rescata y reescribe, para dárselas al lector, como él mismo apunta, de una manera “más atractiva y accesible”. Y a través de esas escenas piensa y escribe sobre la ciudad y cómo hoy debemos verla: el templo de Melqart y la visita de Anibal Barca, la dominación romana y la excelencia del famoso “garum”, el Duque de Medina Sidonia entre almadrabas y salinas en el siglo XVI, la ocupación francesa... 

Pero todo relato necesita un río que la atraviese, que sirva para darle cohesión y sentido literario. En la novela de Pepe Mier es la sal marina: su producción, su cultivo, sus usos, en la infinita marisma que nos rodea a través de los siglos. Pero esto mismo podríamos decirlo de otros muchos modos, porque Pepe trasluce a lo largo de las casi trescientas páginas la necesidad de reivindicar a los salineros, de corresponderles con un homenaje, con un acto de justicia aunque sea literario. Y, además, desprende una innegable voluntad de descubrirle, de abrirles los ojos al neófito sobre el valor cultural, social y etnográfico de las salinas en nuestro pasado más lejano, pero, también, más cercano e inmediato. “La sal y sobre todo su extracción del agua de mar en las salinas siempre me deslumbró, desde muy pequeño me llamaban la atención los salineros que pasaban, con su capacha, por el Retortillo hacia la marisma”, confiesa en el prólogo. Y eso mismo es lo que exhibe esta novela: la historia de un deslumbramiento y, también, de la ilusión que le produce, a su vez, contagiar al lector de esa misma devoción salinera.



Esa fascinación habita en el narrador, en ese “yo testimonial” que va contando en primera persona al lector y en el que encaja el propio Pepe Mier. Pero el peso de esa narración –y de gran parte del relato– recae sobre Juanito. Es el homenajeado. El salinero que situado en la Chiclana de mediado de siglo XX cuenta, explica, muestra, revive qué, cómo, cuándo, dónde, por qué existen las salinas en Chiclana. Eso sí, siempre a pie por la salina “La imperial”, por “La Pastorista” a veces, o acodado con una copita de fino Reguera en “El Rincón” o “El 22”, en La Banda, en la misma orilla del río Iro y frente a la marisma. Esa lección de vida que va dando Juanito es biográfica en el sentido que ocupa toda su vida, desde que, con ocho años, ya fuera un “hormiguilla” yendo y viniendo del tajo al salero con una recua de bestias. “Desde entonces y hasta su final siempre le llamaron Juanito, pues los años no lograron hacerlo mucho más alto. Siempre fue pequeño como un charrancito…”. 

En ese mismo Juanito, en ese personaje construido de testimonios reales, en el manejo y análisis de los datos etnográficos e históricos que aporta, en esa manera de descubrir lo importante en lo menudo, en restituir los marcos históricos y sociales, en abordar una antropología entendida como un modo de ver y de estar en el mundo, recae la atracción del relato construido por Pepe Mier. Y a partir de él podemos afirmar que “La sal mágica del caño de Sancti Petri” es un extraordinario –por lo poco frecuente y lo rápido que hemos olvidado– homenaje a los últimos salineros, los que nacieron y murieron sobre la marisma durante el siglo XX. Una raza, si podemos llamarla así, de sal, sol, brisa y viento, como Juanito y su abuelo Antonio, ya desaparecida. Y, sin la vida, no podríamos leer ni fantasear historias, como dijo Vargas Llosa.

Pepe Mier ha creído conveniente para narrar esta historia de la sal de Chiclana usar ciertas herramientas de la ficción. La historia se convierte así en una estructura sobre la que se escribe una ficción y para ello se sirve de lo anecdótico. La novela traza un relato –al fin y al cabo, nuestra historia– que alienta a través de esa “sal mágica”, ese filtro de amor, esas lágrimas de Adriana –la amante ibera de Aníbal que inventa el autor– que caen sobre la sal en el Coto de la Isleta y que a lo largo de los siglos algunos de los personajes ficticios –y reales– van recolectando sobre el mismo caño de Sancti Petri. Ya había ofrecido algún breve adelanto en libros de Navarro Editorial, como “Fantasmas y Monstruos de Chiclana” o “19 huellas”. Es esa “sal mágica” la que provoca amores fieles –ciertamente imposibles sin su ayuda– y sirve para darle a la novela páginas ciertamente sentimentales, pero sobre todo para sazonar un mito a través del cual se cuenta la Historia, con mayúsculas. Y, como colofón, sirve para mostrar un tesoro gastronómico, como es la Sal Marina Virgen y, en concreto, la ahora tan valorada –y recomendable– “flor de sal” que no debería faltar en ninguna casa. Como el libro.

Leer en Diario de Cádiz:
http://www.diariodecadiz.es/opinion/analisis/sal-magica-Pepe-Mier_0_1139886421.html


domingo, 14 de mayo de 2017

A LA BARROSA... POR ATUNES | Laurel y rosas (85)

Vista de Cádiz, con representación en primer término de una almadraba, en la Obra "Civitates Orbis Terrarum" (1564-1578).

JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | DIARIO DE CÁDIZ

Hace justamente un siglo en “El Correo de Cádiz”, con fecha 22 de agosto de 1917, apareció la siguiente información: “Ha ordenado el alcalde de Chiclana se convoque al Ayuntamiento y a los mayores contribuyentes de la población para estudiar la forma de terminar cuanto antes el camino vecinal que conduce a la playa La Barrosa, obra que es de gran interés para este vecindario”. El “camino vecinal a La Barrosa”, que así se llamó, sumaba ya seis años prácticamente baldíos: desde 1911, cuando el Ayuntamiento solicitó al gobernador civil la declaración de “utilidad pública”. Por aquel entonces la ciudad comenzaba a extenderse hacia lo que había sido “El Mayorazgo” fundado por el Conde del Pinar en 1732. Tanto que en 1912, el periodista Pedro Tejera escribió en el periódico “La información” que ya existían, al menos, “veinte posiciones de recreo”. Si recorremos aquella suscripción popular del camino de La Barrosa y su trazado desde aquel Mayorazgo, vemos también que el encanto de la playa y su “pintoresco pinar” ya era extraordinario hace cien años. “Reciban, pues, nuestras felicitaciones más entusiastas el Sr. Fernández Caro –decía “El Correo de Cádiz”, en referencia al alcalde Juan Fernández Caro y su “suscripción voluntaria”– y cuantos con él han colaborado para la realización del proyecto, y muy efusiva también para el pueblo de Chiclana, que con la construcción del camino a la playa de La Barrosa, verá aumentarse considerablemente el contingente de bañistas, pues muchas familias vendrán a disfrutar de las aguas del salutífero manantial de Fuente Amarga, como a la magnífica y deliciosa playa de La Barrosa, la playa más limpia, más tranquila, más hermosa y mejor que hay en el mundo”.

El alcalde Juan Fernández Caro convocó en la sala capitular del Excmo. Ayuntamiento –y que apenas unos meses antes se había trasladado ya a su actual ubicación– a esos “mayores contribuyentes”, la mayoría reconocidos bodegueros, contando con “el más noble y desinteresado patriotismo”, dice la crónica de “El Correo de Cádiz”. Los señores Cañizares y Gómez de Humarán habían anunciado la cesión de los terrenos que continuaban el camino de la Barca, que era como entonces se llamaba al que acababa en Sancti Petri. Consta lo que aportaron unos y otros: José Vélez Sánchez dio 500 pesetas, Joaquín de Mier y del Río dijo 300 pesetas, Manuel Romero Pérez que 100 pesetas… Había que reunir casi cuarenta mil, que era el presupuesto hasta la playa: “La más limpia, la más tranquila y mejor situada que se conoce; la que a juicio de todo el mundo, es superior a las de San Sebastián y Biarritz”, dijo aquella tarde el alcalde Fernández Caro.

La Barrosa, años 50. 
La fascinación por La Barrosa, pues, era hace un siglo ya mucho mayor de lo que creíamos. Antes de que aquel matrimonio británico, el pintor y naturalista William Ridell y su esposa, Violetta Buck, construyera a finales de la década de 1920 la que fue la primera residencia de verano en pleno pinar, que llamaron “Villa Violeta”, y en 1940 vendieran a otro británico y bodeguero, Don Guido Dingwall-Williams. Antes todavía de aquellos paisajes idílicos que pintó Felipe Arbazuza –“Playa de la Barrosa” (1925) o “Pinos y tierras rojas” (1928)–, que se exponen en el Museo de Cádiz. Y antes aún que aquella playa viera extinguirse la última de las dos almadrabas que había mantenido frente a su orilla, al menos desde el siglo XVI y, seguramente, desde época romana. José Ruiz Rodríguez pierde la demanda contra la Administración General del Estado contra la rescisión del contrato de arrendamiento de la almadraba de Torre del Puerco en 1916. La Compañía Almadrabera Española la seguiría calando aún en 1923. En 1928, año de la creación del Consorcio Nacional Almadrabero, ya había desaparecido. 

En numerosas publicaciones del siglo XIX se describen las dos almadrabas de La Barrosa –además de la citada como “Punta de la Isla”, que luego sería Sancti Petri–, incluso en el “Reglamento” de 1866 que ordena el empleo de la técnica llamada de “tiro” frente a la de “buche”. Una Real Orden de 1843 enumeran las almadrabas de la costa de Cádiz y cita la denominada oficialmente como “Torre del Puerco”, creada en 1816, a cuyo pie, no obstante, hay un yacimiento con industria alfarera romana del siglo I-II d. C. –aunque la datación del yacimiento es muy anterior– destinada a la actividad pesquera y de salazones, junto a restos cerámicos almohades destinado al trasiego comercial. La otra, llamada “La Barrosa”, y fechada en 1813, estaba a la altura de la 2ª Pista: “Cerca de dos millas al Norte de la torre del Puerco se encuentra la Casa de la Barrosa, que es un gran caserón blanco asentado en la orilla de la playa destinada a la salazón del atún y a guardar los aparejos y demás utensilios de la almadraba que anualmente se calan allí”, dice el “Derrotero de las costas de España y Portugal” (1867), escrito por el capitán de fragata Pedro Riudavets. Frente al caserón había un fondeadero: “Las embarcaciones de pesca y también las de cabotaje –afirma Riudavets– encuentran un excelente abrigo para levante por enfrente de la Barrosa”.

Leer en Diario de Cádiz:
http://www.diariodecadiz.es/opinion/analisis/Camino-Barrosa-atunes_0_1135686688.html

domingo, 30 de abril de 2017

MASONES EN LA CHICLANA DEL SIGLO XIX | Laurel y rosas (84)


El ex director del IES Poeta García Gutiérrez, al recoger el premio a la Investigación Histórica de la Fundación Viprén. Foto: Revista Puente Chico.
JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | DIARIO DE CÁDIZ

Entre las tareas fundamentales de un historiador, quizás la más sobresaliente sea arrojar luz entre la oscuridad y la confusión: hacernos abrir los ojos ante lo que el tiempo y el poder nos ha ocultado de nuestro pasado. El profesor Joaquín García Contreras, felizmente jubilado de las aulas del I. E. S. Poeta García Gutiérrez, nos alumbra por fin con un libro largamente concebido: “La masonería en Chiclana de la Frontera (1888-1893)”. La masonería, sí, un tema que le ha interesado desde hace décadas, desde sus años universitarios y que, afincado ya en Chiclana, se ha ocupado de investigar apasionadamente. Con el hallazgo en el Archivo Histórico Nacional, en la sección Guerra Civil y Masonería –con sede en Salamanca–, de una logia afincada en Chiclana durante, al menos, seis años –entre ese 1888 y el 1893 en el que desaparece la documentación–, García Contreras ha escrito un libro imprescindible para comprender nuestra ciudad a finales del siglo XIX. 

“La logia de Chiclana sobre la que hay documentación en Salamanca es la que se denomina Hijos del Trabajo. Todas tenían un título y un número de adscripción, que en este caso era el 37. Pertenecía al Gran Oriente Nacional de España, que era la que se tenía por regular”, afirma. “En Chiclana hubo otra logia en esa época –aclara a continuación–, y que estaba supeditada a otra obediencia más orientalizante y era, por tanto, más esotérica. Pero de ellas no tenemos datos. Solo que hubo un intento de fusión entre las dos y las actas de los Hijos del Trabajo hablan de que fue imposible dada las diferencias que tenían”.

A veces, los nombres dicen mucho: “Hijos del Trabajo”, el que denominaba a aquellos masones de Chiclana, da muchas pistas de la logia. Quino García traza un relato muy documentado, muy riguroso, sorprendente también, en el que revela el nombre, profesiones y contribución, entre otros datos, de 54 miembros: “Si yo fuera descendiente de un masón de Chiclana en esa época estaría orgulloso”, manifiesta. “He intentado poner en evidencia –apunta además–, acabar con esa negra máscara que tuvo la masonería, al menos en aquella época y en Chiclana. Era gente que lo que buscaba era la filantropía, el altruismo, y que defendían la libertad, la igualdad, la educación”. Desagravio con nombres y apellidos en el que el contexto es importante –y Quino se detiene en el mismo conveniente y muy didácticamente–, fundamental para comprender esa masonería finisecular, utópica y progresista, que arraigó no solo en Chiclana, sino particularmente en Andalucía y también alcanzó a todo el país. Leandro Álvarez Rey, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Sevilla, ha dado, según cita el propio García Contreras, una “perfecta definición” de lo que era esta masonería a finales del siglo XIX: “Él decía que la logia no eran sectas al servicio de unos poderes secretos y ocultos que nadie conocía, sino que eran centros de progreso, que eran escuela de ciudadanos. Porque en esa época lo que proponían era una cosa muy sencilla: llegar a la perfección moral”.


En ello insiste Quino y reincide a lo largo de todo su libro, en que también desvela sus sedes: “Se basaban en una serie de principios que hoy entendemos básicos en una sociedad moderna: el respeto a uno mismo, al próximo, la igualdad y, sobre todo, la libertad de pensamiento. Eran ilustrados, librepensadores. Y ese era el caso de los de Chiclana”. Una Chiclana marcada –como toda aquella España de la Restauración y el “turnismo” de liberales y conservadores– por el caciquismo y el clientelismo. Una Chiclana en la que el poder económico, los grandes bodegueros, coparon a su vez el poder político. “Desde mi 1880 a 1900 todos los alcaldes de Chiclana fueron bodegueros y almacenistas, fabricantes de aguardientes. Por algo sería”. 

El caciquismo era una vía abierta hacia una realidad social que Quino describe con detalle y que también contenía otros problemas: “Chiclana tenía entonces una soprepoblación por la alta natalidad y la nula emigración. En 1889 llegó a tener el censo de población más alto, 12.660 habitantes. ¿Eso que consecuencia tuvo? La falta de trabajo, la desnutrición, una pobreza enorme y que provocó que se acrecentara más las diferencias entre el señorito y la clase trabajadora. Es una de las razones que explica la presencia en Chiclana de la masonería”. Aquella Chiclana –y esa logia de “Hijos del Trabajo”, legal desde 1888– se lee, se entiende y se explica en poco más de 170 páginas de un libro que se presenta el próximo jueves, 4 de mayo, a las 20,00 horas en la Casa de la Cultura: “La logia de Chiclana era más doctrinal e ideológica que política, y su actividad era cien por cien filantrópica”, insiste García Contreras. Sus 54 miembros gozaron de reconocimiento social: “Yo lo pienso así, por su comportamiento eran ejemplares. Algunos fueron gratificados por su trabajo en el Ayuntamiento, aún siendo masones. Fueron un modelo para la sociedad, para la ciudad, donde había tanta injusticia y desigualdad, y donde había tantos que vivían bien a costa de los demás”.

Leer en Diario de Cádiz:
http://www.diariodecadiz.es/opinion/analisis/Masones-Chiclana_0_1131487222.html