miércoles, 25 de septiembre de 2013

Memoria fúnebre de Álvaro Mutis



JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | Un fabulador del lenguaje. Un creador de mundos literarios, de personajes ficticios que recorren la memoria del mundo. Ese es Álvaro Mutis (Colombia, 1923). La poética de una narrativa inteligente y emocional. 

Su poesía, su narrativa, recoge la filosofía –y las aventuras– de uno de los protagonistas más importantes de las letras hispánicas del siglo XX: Maqroll el Gaviero. Heredero de la gran literatura hispanoamericana. 

Trotamundo de culturas, viajero de la memoria, enamorado de Pollensa, monárquico tradicionalista en la corte de Felipe II, gaditano presumido, conversador desbordante. 

Novelista universal de hondas raíces poéticas, narrador de personajes trashumantes y lenguaje imaginativo, llevaba escribiendo desde 1947. Ha muerto con 90 años. Requiem por Maqroll. 

En 1953, con Los elementos del desastre, apareció el personaje que le otorgó el buen nombre, la fama y el don de los grandes. No volvió a aparecer hasta 30 años después. El Gaviero era una catedral sumergida. 

Maqroll era –es–, simplemente, el viajero que cabalgó en la imaginación, en la memoria y en las obsesiones de Álvaro Mutis, recorre los siete mares y todos los mundos desde la gavia de sus paraísos perdidos, arrastra a miles de lectores y enhebra gran parte de la aventura literaria de este escritor irreversible. 

Inmortal como Maqroll, protagonista de siete novelas, de ocho libros de poesía, ya imprescindible en las letras de aquí y de allá. Maqroll, su Ulises. El Ulises del siglo XX en busca de Ítaca. 

En La nieve del almirante, Maqroll se aleja del mar y trabaja en una posada de montaña. Ahí deja, escritas en un muro, una colección de sentencias que se resume en ésta: “Sigue a los navíos. Sigue las rutas que surcan las gastadas y tristes embarcaciones. Evita hasta el más humilde fondeadero. Niega toda orilla”.




Lo escribió hace mucho David Gistau: “La vocación errante, la soledad esteparia, la burla escéptica, la huida, la habilidad con el revólver si viene al caso, todo eso es Maqroll, personaje capaz de prolongar también al lector más allá de su propia inmediatez, de su propia ceguera de prisionero doméstico”. 

«Es un personaje creado con imaginación, pero es independiente de mí –reconoció Mutis–. Él lleva hasta el último extremo experiencias que he tenido en mi vida y que no me he atrevido a llevarlas hasta donde él las lleva. Él es otra persona, pero me acompañará toda la vida, aunque da mucha lata, una lata terrible». 

Mutis encarnaba, en sí mismo, una vida cervantina, “un entrañable, conmovedor y doloroso ejemplo de lo que es el destino humano». Y esa era su descripción de las desventuras del Manco de Lepanto. 

Mutis, como Cervantes, es un exiliado de sí mismo: infancia en Bruselas, regreso fortuito a Colombia tras la muerte temprana de su padre, inmersión en los trópicos, embarcado en mil trabajos que le llevaron por el mundo con su charlatanería y pinta de bonachón. 

Al autor de «El Quijote» le unen, incluso, turbios asuntos de «manejo caprichoso y romántico» de fondos de la ESSO -la petrolera colombiana en la que trabajó de 1954-, que acabó con su huida a México y, sin poder zafarse de la justicia, dieciséis meses de cárcel en los que descubrió la condición humana. 

La que tuvo esos otros personajes devotos: San Luis, rey de Francia; Napoleón, Felipe II. O esos otros personajes abrumadores, a la sombra de Maqroll: Ylona, Flor Estévez, «Wita», Ibn Bashur... 

En ambos, Mutis y Maqroll, existe un desencanto nacido de la certeza de la muerte, de una orfandad ante lo irremediable. Para Maqroll, como a su hacedor, solo la poesía, la escritura, palia la fugacidad, evita que todo sea en vano.




Podría elegir cualquier poema de ese poemario prodigioso que el Summa de Maqroll el Gaviero. Poesía 1948-1988 (Visor), tan releído. Pero quería despedirle con esa "Oración de Maqroll", que hoy es –así la entono– la "Oración de Mutis":

ORACIÓN DE MAQROLL 

Tu as marché par les rues de chair 
René Crevel, Babylone 


No está aquí completa la oración de Maqroll el Gaviero.
Hemos reunido sólo algunas de sus partes más salientes,
cuyo uso cotidiano recomendamos a nuestros amigos como antídoto
eficaz contra la incredulidad y la dicha inmotivada.


Decía Maqroll el Gaviero:


¡Señor, persigue a los adoradores de la blanda serpiente!
Haz que todos conciban mi cuerpo como una fuente inagotable de tu infamia.
Señor, seca los pozos que hay en mitad del mar donde los peces copulan sin lograr reproducirse.
Lava los patios de los cuarteles y vigila los negros pecados del centinela. Engendra, Señor, en los caballos la ira de tus palabras y el dolor de viejas mujeres sin piedad.
Desarticula las muñecas.
Ilumina el dormitorio del payaso, ¡Oh, Señor!
¿Por qué infundes esa impúdica sonrisa de placer a la esfinge de trapo que predica en las salas de espera?
¿Por qué quitaste a los ciegos su bastón con el cual rasgaban la densa felpa de deseo que los acosa y sorprende en las tinieblas?
¿Por qué impides a la selva entrar en los parques y devorar los caminos de arena transitados por los incestuosos, los rezagados amantes, en las tardes de fiesta?
Con tu barba de asirio y tus callosas manos, preside ¡Oh, fecundísimo! la bendición de las piscinas públicas y el subsecuente baño de los adolescentes sin pecado.
¡Oh Señor! recibe las preces de este avizor suplicante y concédele la gracia de morir envuelto en el polvo de las ciudades, recostado en las graderías de una casa infame e iluminado por todas las estrellas del firmamento.
Recuerda Señor que tu siervo ha observado pacientemente las leyes de la manada. No olvides su rostro.
Amén.

jueves, 6 de junio de 2013

En busca de García Gutiérrez



Prólogo de "Crónicas para una biografía. Antonio García Gutiérrez (1836-1884)", magnífico y necesario libro de José Luis Aragón Panés.

JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | Antonio García Gutiérrez es un enigma. Una de esas insondables incógnitas de la historia de la literatura. El poeta, dramaturgo y poeta chiclanero no solo murió en 1884 en Madrid, sino que con él pereció también su fama. Su enorme, exagerada, fama. Es un caso sin igual: si extraordinaria fue su aura y su popularidad desde el estreno de El trovador en 1836, con sólo 22 años, mayor fue aún el silencio que le siguió en el siglo XX. Es lo primero que el lector va a encontrar en estas crónicas: a un García Gutiérrez envuelto en el cortejo del poder y sometido a elogios excelsos –y reiterados– como “gloria” de la literatura española. No lo es por la voluntad del historiador, sino porque en esa ingente tarea emprendida por José Luis Aragón Panés de seguir el rastro periodístico a García Gutiérrez abundan sobre manera la loa, el elogio, el reconocimiento. 

Y no a su muerte. Lo es, ya, de inmediato en la crítica de Mariano José de Larra travestido en ese crítico magistral que fue “Fígaro” en 1836. Lo era en 1852 cuando a vuelta de América le saluda la Gaceta de Madrid: “Ha llegado a esta corte de vuelta de su viaje por las provincias el célebre poeta y aplaudido escritor dramático D. Antonio García Gutiérrez. Esperamos ver representada dentro de poco alguna obra nueva de tan fecundo ingenio, digna como todas las suyas del autor de El Trovador”[1]. Y lo seguía siendo en 1880 cuando en el Teatro Español se le homenajeó, con la presencia de Alfonso XII, con la “corona que le ofrecían gran número de escritores dramáticos y periodistas; el señor Zorrilla depositó a los pié del vate laureado la corona, en medio del silencio religioso y la profunda admiración de toda la concurrencia”[2]. En una crónica magistral de ese día, Isidoro Fernández Florez, recuerda como Zorrilla “se acercó á García Gutiérrez, abrazó su cuerpo inmoble y le besó en el rostro. El último poeta besaba la estatua de la poesía”. Y viene a concluir: “Cayó la cortina y el público quiso que García Gutiérrez se presentase sólo. Y así recibió aquella indescriptible ovación; aurora de la inmortalidad que se alzaba en los últimos términos de la vida”[3]

Una segunda evidencia de la gloria de García Gutiérrez se percibe en estas crónicas: la amplitud o, usando una palabra muy poco romántica, la “multidisciplinariedad” del genio. En cierto modo, la posteridad ha reducido a García Gutiérrez al autor de El trovador. Los breves ensayos o prólogos biográficos que giran repetidamente sobre las mismas y escasas fuentes, no han juzgado la inmensidad de referencias de García Gutiérrez en la prensa, básicamente madrileña, entre 1836 y 1884, incluso hasta 1934, año en el que el padre Salado –don Fernando Salado Olmedo, figura fundamental de la Chiclana de principios del siglo XX– ya hizo un esfuerzo egregio por recuperar la figura de García Gutiérrez y asumió el reto, incluso, de plantar un monumento en Madrid en su memoria. 






El busto que hoy ocupa la Plaza Patiño –muy cerca de su casa natal, esculpido en 1932 por el escultor palentino Pedro Frías Alejandro– tenía como destino la capital de España, escenario de sus triunfos. En singular atrevimiento, según describe el historiador y cronista de la villa de Madrid Pedro de Répide,[4] el padre Salado llegó incluso a proponer que ocupara el pedestal de Isabel II que, más adelante, legó el compositor Francisco Asenjo Barbieri, aunque tampoco llegó a instalarse su monumento. Finalmente, solicitó otra ubicación: “Existe una instancia al Concejo pidiendo como lugar posible el jardinillo de la plaza de las Salesas, próximo a la calle que lleva el nombre del poeta”, según Répide. El intento fue vano: ya el padre Salado se topó con la ignorancia a la que sucumbió la fama de García Gutiérrez: “Mucho ha tenido que luchar el entusiasta chiclanero, a quien en alguna ocasión se le ha contestado en cierta casa oficial: —He preguntado por ese García Gutiérrez y aquí no le conoce nadie. Pero ya me figuro quién es. Y ya es hora de acabar con las estatuas de los caciques”. 

Este desvío hacia el Padre Salado no tiene que ocultar la intención originaria: elogiar como Aragón Panés ha sabido tirar del hilo de ese campo virgen que era hasta ahora la hemeroteca y la presencia de García Gutiérrez en ella. Una figura literaria de tanta raigambre popular por fuerza tenía que tener un lugar de privilegio en la prensa. En un siglo –el XIX– que es, por excelencia, el siglo del periodismo[5]. Este libro contiene, en este sentido, un triple homenaje. El primero, inevitable, al propio García Gutiérrez, al que el autor le ha dedicado años de investigación con la pasión del coleccionista, con la intuición del investigador, con la devoción del lector y con la admiración del cronista. El segundo, evidente, a aquel periodismo del XIX apasionado, febril, épico y literario. El tercero, más escondido, a una profesión que en su familia se vive a fondo y que hoy en día no transita por sus mejores momentos. He aquí donde he de insistir en el García Gutiérrez periodista; sobre el que, ciertamente, las biografías al uso han pasado de puntillas por la dificultad para seguirle el rastro en artículos firmados por él, más allá de unos pocos en el Eco del Comercio, la Gaceta de Madrid o El colibrí, periódico de La Habana del que llegó a ser director. De algún modo, siempre se sintió periodista. 


El 15 de enero de 1854, en plena censura impuesta por el oscuro presidente del Gobierno Luis José Sartorius, García Gutiérrez se encontraba entre los abajo firmantes de un manifiesto en defensa de la libertad de prensa y rechazando los secuestros que amenazan constantemente a ediciones de El Diario Español, El Clamor Público, Las Novedades, La Nación, La Época, El Tribuno y El Oriente. “Escritores en distintas épocas de periódicos políticos, amantes de la independencia y del decoro de la imprenta, no hemos podido menos de aplaudir la noble conducta de Vds., defendiendo las instituciones del país en las presentes circunstancias. Y por si ocasiona esa conducta que no puedan Vds. seguir escribiendo con la misma decisión que hasta ahora, ofrecemos á Vds. el concurso de nuestras fuerzas, á fin de que mientras haya periódicos independientes no deje de sonar en ellos, como suena ahora, la voz de la verdad”[6]








Esa voz de la verdad es la que también ejecuta el anónimo "repporter", como se escribía entonces, con el que Aragón Panés enuncia este libro. Sí, enuncia, porque expone un conjunto de datos que facilitan la comprensión y la resolución de un problema historiográfico: el desconocimiento que campea sobre García Gutiérrez. Que esa “voz de la verdad” adopte un papel de cronista y que, en manos de la ficción literaria, envíe regularmente artículos a Chiclana narrando la epopeya del dramaturgo chiclanero debería contribuir a un mayor mérito para su autor, que ha lidiado con la necesidad de impostar ese cadencia lírica tan presente en la prensa de la época. 


La ficción, en cualquier caso, no evita o desmerece esa “verdad” que antes aludíamos, porque el lector debe tener la certeza de que cuanto se dice, se cita o se entrecomilla en estas páginas procede de un ejemplar de los numerosos periódicos decimonónicos que el autor ha consultado y añadido en la batería de notas con la que acompaña el texto. Si han de parecer muchos los artículos o noticias que se incluyen, sepa el lector que más aún son los que se han descartados y que el autor ha renunciado a la tentación de recuperar al completo muchas de las críticas teatrales o crónicas que, por su calidad literaria y por justicia con don Antonio, merecían reeditarse. En todo caso, quiero añadir, que Aragón Panés, a su cronista anónimo y a todos esos periodistas del siglo XIX que escribieron sobre García Gutiérrez les une, en casi todos los casos, una devoción denodada no solo por el poeta, sino por la humildad y por la modestia de la persona. 

No es necesario entrar más a fondo en la figura insigne de García Gutiérrez, porque en las crónicas que siguen el lector va a poder sumergirse en los viajes, las dramas, los cargos diplomáticos, los reconocimientos, las comedias, los personajes, las críticas y las pasiones... de García Gutiérrez de primera mano. Tan solo creo necesario abundar en dos aspectos que también van a encontrar en estas Crónicas para un biografía de Antonio García Gutiérrez, pero acerca de los cuales me gustaría hacer brevemente hincapié. El primero es el romanticismo que él representó durante, prácticamente, toda su vida; el segundo, de algún modo inseparable del primero, el de sus deudos políticos. Vayamos, por parte. 

En García Gutiérrez habita un romanticismo permanente. Él mismo lo encarnó. No ya en El trovador, que fue de algún modo la implosión del romanticismo en España, ciertamente tardío mirando a Francia o Alemania. Aquella obra, El trovador era la que “había de conducirle a la inmortalidad”[7], pero más allá de su éxito, encerraba todo un ideario literario y político al que García Gutiérrez nunca renunció, por más que el movimiento romántico pereciera como tal pocos años después, a mitad de siglo, de manos del realismo del teatro de Echegaray y de la novela de Pérez Galdós. Sin embargo, García Gutiérrez no renuncia, insiste una y otra vez, en esa concepción del romanticismo “caracterizada por su oposición al clasicismo y su exaltación del sentimiento y la libertad”[8]. Y que ejecuta en sus dramas históricos y en verso. Pero que también se trasluce en sus desconocidas comedias, sus escasamente leídas zarzuelas y, sobre todo, en sus irregulares poemas… De ahí que no extrañen esas palabras de José Fernández Bremón en la crónica de su funeral: “Ha muerto un gran poeta: uno de los últimos, uno de los más ilustres representantes de una época literaria que se extingue”[9]






¿Qué proponía ese romanticismo? En una frase ejemplar es posible sondear un programa político: “En un mundo sin amor, el dolor y la muerte son inevitables”. Si nos detenemos en ella, expresa mucho más de lo que parece: García Gutiérrez propugna un amor sin barreras, sin clases sociales, sin nobles y sin vasallos, sin imposiciones. No lo podemos imaginar hoy, pero en esa transgresión del amor representado en Venganza Catalana o Doña Urraca de Castilla hay todo un programa indisociable del liberalismo político que lo alentó y que pone patas arribas la tradición, la religión o la legislación: es la primera vez que en la literatura española surge en aliento en pos de la igualdad social y la libre elección del destino personal. En sí mismo, los dramas de García Gutiérrez eran llamamientos a la revolución. Pero con las armas de las letras –escribir para cambiar el mundo– y desde un “liberalismo sosegado”: el que se plantea en Simón Bocanegra, donde expone como la venganza política debe desaparecer bajo el bien común, o en Juan Lorenzo, acerca de cómo la revolución es lícita como arma política pero execrable si conlleva sangre y muerte. 

“En un país donde la literatura apenas tiene más premio que la gloria”, como escribió Larra en su crítica a El trovador, a veces hemos olvidado la pregunta fundamental: ¿de qué vivían los escritores en 1836? Los bosquejos biográficos de Antonio Ferrer del Río o de Cayetano Rosell insisten en esa penuria económica que siempre persiguió a García Gutiérrez –como a todos los de la época, el propio José Zorrilla sin ir más lejos– sobre todo en la primeras décadas de su vida madrileña. Esa razón explica, por ejemplo, su gran número de obras, dado que prácticamente hasta finales de siglo XIX, un autor dramático vendía la obra para su representación a una compañía y no volvía a recibir remuneración alguna se representara una o cien veces. De ahí, que tuviera adentrarse en el pujante periodismo o, sobre todo, en la Administración. No cabía en aquella España, por tanto, abstraerse de lo político y lo convulso, porque no otra manera había de conseguir un cargo. En Cabezas y calabazas (1864), el libro en el que los periodistas Manuel del Palacio y Luis Rivera –fundadores de la mítica revista de humor gráfico Gil Blas– pasan revista al siglo dibujando y describiendo con sátira e inquina política a todos los que eran alguien por entonces fuera o pareciera progresista. De García Gutiérrez dijeron: 

Fue Venganza catalana 
un triunfo y una desdicha, 
pues al aplaudir al vate 
me lo hicieran progresista. 

El cómico Salvador M. Granés, que firmaba como Moscatel, respondió a Palacio y Rivera con otro libro titulado de forma viceversa: Calabazas y cabezas[10](1879), en el que en muchos casos corregía a los anteriores. Es es el dibujante Perea quien caricaturiza a un García Gutiérrez de pies endebles, como su salud. Escribió Moscatel: 

Buen poeta y buen prosista, 
aún en su ocaso conquista 
laureles para su nombre. 
¡Lástima que tan gran hombre 
haya sido progresista! 

El verso satírico de Moscatel, es más preciso con García Gutiérrez, sin duda, pero ambas sátiras dan pie a explicar como el poeta chiclanero tuvo el respeto de unos y otros, de progresistas y conservadores, de liberales y demócratas. Nada explica mejor, a veces la realidad, que el humor. Otra caricatura expresa, por un lado, la servidumbre política inherente a la clase literaria del XIX y, por otro, que en aquella España, aún siendo “gloria de las letras”, era difícil vivir, como decía Larra, de dramas, comedias y zarzuelas. Sin ser diplomático, García Gutiérrez había aceptado cargos de gobiernos liberales en la embajada de Londres y como cónsul en Bayona y Génova. Sin ser arqueólogo –o anticuario, como aún se decía entonces–, aceptó más tarde del mismísimo Amadeo de Saboya el cargo de director del Museo Arqueológico Nacional y jefe de la Sección de Museos del Cuerpo de Archiveros, Bibliotecarios y Anticuarios. 






Para satisfacer el capricho de Emilio Arrieta –su habitual compositor en las zarzuelas por aquellos años–, García Gutiérrez le puso letra al Himno de la Gloriosa, la revolución de 1868 –el famoso ¡Abajo los Borbones!– con el mismo ímpetu que solo tres años después puso en halagar al futuro rey en la Oda a Amadeo de Saboya. Poema, gracias al que García Gutiérrez por fin recibe, más allá de la fama y el laurel, un cargo político que le hará olvidar esa pobreza incauta que recayó sobre nuestros poetas románticos y autores decimonónicos. Esta caricatura a plumilla aparece en el periódico Madrid Cómico, en 1880, que retrata en la portada a García Gutiérrez, según el dibujo de Cilla, en su serie de “Poetas célebres”. Junto al dibujo de Cilla, unos versos al pie a modo de diálogo resume los avatares de aquellos autores atrapados aún en la maraña económica de unos derechos de autor aún sin suficiente desarrollo: 


–Fama le dio El Trovador, 
y pues honra á España, es lógico 
que viva bien este autor 
por sus obras. 

–No, señor; 
por el Museo Arqueológico. 

El escritor construye una imagen a través de la escritura, pero no construye una biografía, construye un personaje que coincide esencialmente con el autor. El biógrafo ha de ir completando esa visión, llenando el vacío –el enigma, si quieren– con datos, citas, fuentes, cartas, prensa, documentos oficiales. García Gutiérrez, como bien sabe José Luis Aragón Panés y su quehacer investigador, tiene aún muchos vacíos, quizás porque su biografía está aún por escribir. La imagen que tenemos de él básicamente es su obra y esos esbozos literarios de sus contemporáneos que se repiten una y otra vez. Aún desconocemos mucho: sobre su mujer –que aparece y desaparece en su vida sin que sepamos por qué aunque lo imaginemos–; de sus dos hijos: de Eduardo y de Magdalena, la mayor que nació mientras él ya estaba en la Habana; de su vida privada, siempre solo y al viento… 

Sí sabemos, en cambio, que esos versos que García Gutiérrez hace decir a don Guillén de Sesé en El trovador quizá los escribió pensando en sí mismo: “Honrado nací en mi casa, / y a la tumba de mis padres / bajará mi honor sin mancha”. Estas crónicas son la contribución de José Luis Aragón Panés a la gloria de García Gutiérrez y, por supuesto, a una biografía que habrá que escribir algún día. Uno podría dar muchas razones de por qué García Gutiérrez interesa: acaso basta decir que en él, en su vida y en su obra, aún aguardan muchas sorpresas. Que en este poeta, en este dramaturgo, diplomático, viajero, católico, progresista, periodista, patriota, maestro… admirado por sus contemporáneos, popular y entrañable, está el siglo XIX en su esencia. Y, somos, del XIX más hijo de lo que pensamos. De momento, doscientos años después de su nacimiento en la calle Corredera, en Chiclana, este hombre esencialmente bueno protagoniza este libro gracias a la devoción de otro romántico, aunque contemporáneo, como es José Luis Aragón Panés.




Quiero acabar con dos citas, breves, que avanzan otras razones que el lector ha de encontrarse en estas páginas. La primera redunda en la imagen de un García Gutiérrez absolutamente grande, con motivo del estreno de Un grano de arena, su última obra dramántica, a finales de 1880: “García Gutiérrez, el patriarca de los autores dramáticos; el maestro cuyas obras ofrecen siempre ejemplo admirable de originalidad y de elegancia; el poeta inspirado en cuya lira hay notas para todos los sentimientos, desde el más trágico y sublime hasta el más delicado y tierno; el anciano venerable; la modestia y el genio con cabellos blancos, gafas azules y cánticos de trovador, que resonarán en nuestro teatro eternamente”[11].

Si aún resuena, si somos consecuentes, es por otro romántico como Giussepe Verdi, al que impresionó “la novedad y extravagancia del drama español”. Y adaptó con su espléndida música dos de las obras maestras de García Gutiérrez que hoy recorren todo el mundo –Il trovatore y Simon Boccanegra–, ajenos prácticamente, en cuanto su conocimiento por el público, al escritor que concibió esos dramas insignes. No es algo nuevo, en el periódico El Entreacto, en 1870 ya se pedía: “La generación presente necesita que se asocien Verdi y Shakespeare en Macbeth, Víctor Hugo y Verdi en Ernani y Rigoletto, Verdi y Schiller en Luisa Miller, Scribe y Meyerbeer en Roberto, García Gutiérrez y Verdi en II Trovatore. ¡Qué mayor triunfo para la literatura romántica que este comercio obligado en la manifestación del drama lírico!”. Lo mismo seguimos necesitando. Shakespeare, Victor Hugo, Schiller y García Gutiérrez unidos por Verdi. Ahí es nada. Pasen y vean. García Gutiérrez está aquí, leamos para conocerle mejor, pero sobre todo para reivindicarle debidamente. 


© Juan Carlos Rodríguez.
© de la edición de "Crónicas para una biografía. Antonio 
García Gutiérrez (1836-1884)", José Luis Aragón Panés.





[1] Gaceta de Madrid, 14/1/1852, nº 6404, página 4. 

[2] La Correspondencia de España. Diario universal de noticias. 25/2/1880, Año XXXI, nº 8009, sin numerar.

[3] El Liberal, 25/2/1880, página 5.

[4] La libertad, 10/8/1934, Año XVI, nº 4488, página 1, “El cincuentenario de García Gutiérrez”.

[5] Seoane, María Cruz: Historia del periodismo en España. 2. El siglo XIX. Alianza Universidad, Madrid, 1992, Pág. 11

[6] El Clamor público. 15/1/1854, página 1.

[7] La Época. 21/12/1935, nº 29.956, página 5.

[8] Definición de Manuel Seco en su Diccionario del español actual. Aguilar, Madrid, 1999. Pág. 3.973

[9] La Ilustración Española y americana. 30/08/1884, nª XXXII, página 114.

[10] Debido al juego del título, algunos autores han confundido ambos libros. Cabezas y calabazas, de Manuel de Palacio y Luis Rivera, fue publicado en 1864 bajo el subtítulo de “Retratos al vuelo de las notabilidades en política, en armas, en literatura, en artes, en toreo y en los demás ramos del saber y de la brutalidad humana, seguido de varios cuadros de costumbres más o menos políticas”. En la primera edición, publicada por Miguel Guijarro Editor, consultada en la Biblioteca Nacional de España, los versos de García Gutiérrez aparecen en la página 73. El segundo de los libros, Calabazas y cabezas, fue editado en 1879 e impreso en Madrid por M. Romero. Todas las “semblanzas de personajes, personas y personillas que figuran o quieren figurar en política, literatura, armas, ciencias o tauromaquia”, incluida la del poeta de Chiclana, están escritas en verso por Salvador M. Granés, Moscatel. La caricatura de García Gutiérrez, firmada por Perea, aparece junto a los versos en la página 172.

[11] La América (Madrid. 1857). 28/12/1880, página 2.





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lunes, 22 de abril de 2013

García Gutiérrez, doscientos años después




JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | Antonio García Gutiérrez (Chiclana, 5 de julio de 1813-Madrid, 26 de agosto de 1884) no fue sólo un famoso autor dramático, sino un ejemplo del ideal y vida romántica. Un hombre, un poeta, que en sí mismo representó como pocos el siglo XIX español. Más allá de que llevara el drama romántico a su máxima expresión de belleza lírica, estructura teatral y compromiso político, García Gutiérrez encarnó la misma modernidad que su teatro propugnaba.

El poeta de Chiclana era ya en 1836, con solo 22 años, el indudable referente del Romanticismo español, junto al Duque de Rivas y José Zorrilla. En ese año, el 1 de marzo, protagonizó uno de los estrenos más asombrosos del teatro contemporáneo: El Trovador, en el que un público entusiasmado al grito de “¡El autor, el autor!” obligó a saludar al joven dramaturgo –por entonces soldado en las milicias de Mendizábal– desde el proscenio. Era la primera vez que sucedía en España, inaugurando una costumbre que aún permanece. 

Aún en 1880, ya en el declive de su salud y de su trayectoria dramática, García Gutiérrez seguía representando el ímpetu romántico y liberal –aunque se había ido atemperando– cuando en el ya Teatro Español se le homenajea como “gloria de la literatura española”. Sin duda lo era. Y lo sigue siendo, aunque permanezca en un estado de “semiolvido” que en el Bicentenario de su nacimiento tenemos la obligación de rescatar. 

Apunte manuscrito de la versión de El Trovador de 1850

Insuperable poeta dramático, su obra va mucho más de El trovador y Simón Bocanegra, sus dos grandes éxitos convertidos en famosas óperas por Giussepe Verdi y aún representadas alrededor de todo el mundo. García Gutiérrez escribió más de 90 libretos, entre dramas –la gran mayoría en verso y algunos de triunfal estreno como Venganza catalana o Doña Urraca de Castilla–, comedias y zarzuelas, además de varios poemarios e innumerables versos publicados en la prensa periódica. Hasta su muerte en 1884, fue considerado, entre ellos por el mismísimo Mariano José de Larra, entre los más grandes autores españoles. 

Fue, sin embargo, mucho más que un escritor, aspecto sobre el que no se ha profundizado como se debería: traductor que introdujo el romanticismo francés en España, periodista en México y Cuba, cónsul en Génova y Bayona, comisario de la Deuda Española en Londres, miembro de la Real Academia Española, director del Museo Arqueológico Nacional, jefe del Cuerpo de Bibliotecarios, Archiveros y Anticuarios del Ministerio de Fomento, caballero de la Orden de Isabel la Católica… y un liberal convencido. Muy popular, fue, junto a Zorrilla y Espronceda, el poeta más recitado de la segunda mitad del siglo XIX. Y, sin duda, un andaluz universal.

martes, 9 de abril de 2013

Y José Luis Sampedro se fue con "La vieja sirena"




JUAN CARLOS RODRÍGUEZ
Ha muerto José Luis Sampedro. Y rompo este silencio de meses, para despedirle con honores, revuelto si cabe porque en los papeles y las pantallas se le loa como un estandarte, como un indignado, como un economista, como un intelectual del desencanto. Lo era, lo seguirá siendo. Pero, aún apreciando su humanismo y su rebeldía, quiero decirle adiós al novelista. 

Sí, Sampedro era amplio, poliédrico e icónico, pero para mí –para ese lector juvenil que aún soy de vez en cuando– se va el mago, esa voz legendaria, ese genio capaz de atravesar el tiempo y la literatura de “La vieja sirena” (1990).

Ese portentoso narrador del alma y sus alegrías, de sus quebrantos y miserias, de su amor inextinguible. Ese maravilloso trovador de la valentía, de la justicia, del amor que aún es Glauka con sus ojos verdes, personaje inolvidable y sustancial de la novela española del siglo XX. Esa Glauka, sirena entre los siglos, que es la humanidad misma, inocente, que aprende y se corrompe al mezclarse con los hombres, con los humanos, con sus ambiciones, con su afán de poder y de poseer, con su miedo a la muerte... y a la vida.





Glauka, como Krito, es sabiduría y sensualidad, nostalgia y felicidad nunca ausente de dolor. Pasaron los años, y “La vieja sirena” nunca se ha ido. Ni ahora que creo que Sampedro se reencarnará en algún lugar como Glauka. O estará junto a ella.

Porque puede que lo haga en Salvatore Roncone, su otro gran personaje, el protagonista de “La sonrisa etrusca” (1985), esa otra gran novela –misericorde, lúcida, sentimental– en el haber de Sampedro. Imprescindible, por supuesto. Con ella y con “La vieja sirena”, dicho ya queda, me hubiera bastado rendir honores a José Luis Sampedro, escritor, novelista y nostálgico.

Este mismo Sampedro que es Malvina, el caballero D’Eon, Ernesto Ribalta y hasta el dios Narciso en “Real sitio” (1993), la novela con la que cerró esa trilogía que denominó “Los círculos de los tiempos”, que inauguró con “Octubre, octubre” (1981), retrato eficaz de un tiempo que no acaba de irse y prosiguió con “La vieja sirena”, insuperable testimonio de todo lo que Sampedro es y será. 

jueves, 27 de diciembre de 2012

El año de la reinvención de la cultura

Una de las bóvedas de la catedral de Tarazona.

2012 ha sido el año de Ecce Homo de Borja, de la reaparición del Códice Calixtino, la recuperación de María Blanchard y la pasión renacida por las catedrales, como la de Tarragona y la de Tarazona. La industria cultural afronta con imaginación y creatividad los recortes presupuestarios de las administraciones públicas. 


JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | “En tiempos de crisis salen cosas interesantes porque el cerebro tiene que moverse más. Tengo clara una cosa: el dinero no hace cultura; ayuda, pero no la hace. Hay que seguir y salir adelante”. La frase es de la actriz Asunción Balaguer, reiventada a sí misma en El tiempo es un sueño, un monólogo autobiográfico firmado por Rafael Álvarez, El Brujo.

En La Coruña ha surgido un grupúsculo destinado, según propia confesión, a “apoyar a la cultura para rescatar a la sociedad”. Nacen con el nombre de eLefante 330 y su primera acción ha sido una exposición según el modelo One Day Exhibicion. Es decir: un único día de exposición y grabación documental que, desde el 14 de diciembre, se exhibe en la Red. La muestra llevó por título Plan de rescate, tuvo como escenario un local comercial en alquiler y participaron en ella veinte artistas gallegos u oriundos de Galicia. 

“Vivimos rodeados de elefantes inmobiliarios e ideológicos, pero nuestro paquidermo, nuestro proyecto, cree en la cultura como salida a la jungla económica que nos rodea e impide avanzar”, dicen. La crisis reinventa la cultura. La está transformando, para bien o para mal. 


Adiós al “gratis total” 

La ausencia de la Administración pública como mecenas cultural –escenario al que nos habían llevado los años de bonanza– ha conducido, en algunos casos, a estimular la imaginación y la creatividad: crecen las producciones de exposiciones, por ejemplo, de colaboración entre fundaciones e instituciones culturales públicas. 

Como la que la Fundación Botín y el Reina Sofía le dedican a la gran María Blanchard. O como la que la Fundación BBVA y el Museo del Prado han inaugurado de El joven Van Dyck. 

El Ecce Homo de Borja y su polémica restauración.

Pero la falta de dinero público, a otros los paralaliza. Es el ejemplo de múltiples programaciones suspendidas, aplazadas o reducidas a su mínima expresión. Que, además, cobran sin excepción. El “gratis total” ha desaparecido para el espectador y se impone un modelo en el que la financiación pública supondrá una mínima parte del gasto. El resto: taquilla, acuerdos con entidades privadas y la imaginación de los gestores para diversificar los ingresos en conceptos como el merchandising. Hacia ello vamos. 


Bajan las ventas 

El cine, los teatros, las librerías, las exposiciones –menos en los días de entrada gratis– son páramos comparados con 2011. La venta de entradas en los espectáculos, musicales, teatros o exposiciones se han reducido hasta en un 15%, incluyendo al público escolar. 

Las librerías –atenazadas por el crecimiento del libro electrónico, que crece en paralelo con el de la pujante piratería digital de novelas y libros técnicos– van reduciendo su negocio paulatinamente, mientras que, en las grandes superficies, los espacios dedicados a libros igualan ya al de la música, que ha tocado fondo e intenta emerger con un descenso de precios nunca visto. 

Paradójico es, siguiendo con la lectura, que las bibliotecas están viviendo un boom. El lector, obligado por las circunstancias, está dejando de comprar y de acudir a ellas. Sirvan, por ejemplo, las cifras de las bibliotecas municipales de Málaga: en el primer semestre de 2012, sus usuarios aumentaron en un 27,8% respecto a 2011, y un 40% comparado con 2010. A la vez, las bibliotecas públicas, en toda España, han sufrido unos de los mayores recortes en la adquisición de nuevos fondos. 


El patrimonio eclesial 

Contemplada a vista de pájaro la simbiosis entre cultura y religión, 2012 ha sido el año del Ecce Homo de Borja, de la reaparición del Códice Calixtino, la recuperación de María Blanchard y la pasión renacida por las catedrales –son numerosos los libros aparecidos en torno a ellas, sobre todo las góticas–, como la de Tarragona, rehabilitada y luminosa, o la de Tarazona, reabierta al culto después de casi treinta años cerrada. 

La apertura del Museo Diocesano de Zamora da pie a un nuevo modelo museístico del patrimonio eclesiástico, que apunta a pocos metros expositivos –acorde con un menor coste– y un discurso de hondo contenido didáctico y teológico. 

San Benito, en la exposición Monacatus.

El modo de exponer el rico patrimonio eclesiástico también se reinventa a sí mismo. El 2012 ha sido el año en el que más se han notado los efectos de los recortes presupuestarios públicos sobre el patrimonio histórico-artístico de la Iglesia. El Plan de Catedrales está prácticamente paralizado y la anécdota del Ecce Homo de la iglesia del santuario de la Misericordia de Borja (Zaragoza), más allá de la difusión iconográfica dentro y fuera de España de la fracasada repintura, ha reavivado el debate sobre los riesgos de hasta dónde puede conducir el intento de poner parches –más si se realizan sin una mínima profesionalidad y preparación técnica– en la rehabilitación de iglesias y catedrales. Y retrata el drama de muchos párrocos, obligados a hacer malabarismos para preservar sus iglesias. 

Pese a todo, ha sido importante el mantenimiento –aunque indefectiblemente ajustados presupuestariamente a los nuevos tiempos por la Junta de Castilla y León– de programas expositivos tan fundamentales como Las Edades del Hombre, que alcanzó su 17ª exposición en el monasterio de San Salvador de Oña, precisamente, con el título de Monacatus. 

Como homenaje al milenario del monasterio burgalés, se eligió como tema el arte en torno a la Vida Consagrada. Y cerró el pasado mes de noviembre con un total de 175.000 visitantes y el calificativo de “éxito colectivo”. 

Esperando una nueva edición de La Luz de las Imágenes –la Generalitat valenciana prepara la muestra dedicada a las comarcas del Maestrazgo en Castellón para el próximo año–, sin embargo ha sido significativa la muestra Hoc Hic Mysterium… El esplendor de la Presencia, una exposición de exquisito montaje y valiosa selección de piezas que resaltó la identificación entre arte, fe y territorio en la catedral de Lugo. A la vez que, como en el Museo Diocesano de Zamora, inaugura una tendencia expositiva con poca obra y de gran calidad, cuidado diseño y mensaje evangélico directo. 

Fuera de los espacios consagrados, destacó la exposición Catalunya 1400. El gótico internacional, con el que el MNAC de Barcelona prosigue la difusión de su valiosísima colección sacra y, como siempre, marcando tendencia. 

Portada de Jesús me quiere.


La figura de Jesús, moda literaria 

En medio del escenario de la crisis, en el 2012 también hemos asistido a una moda literaria que excede lo evangélico y se encarama a veces a la apostasía. Sea como fuera, las novelas protagonizadas por Jesús de Nazaret –con sus distintos modos y respetos de lo católico– se han convertido en una moda. 

El peso como mito cultural de Jesús siempre ha sido evidente, pero estos últimos tiempos ha dado pie a una innumerable relación de títulos, como los de James Frey –El último testamento (Mondadori)–, David Safier –Jesús me quiere (Seix Barral)– o la segunda novela de Jesús Bastante Liébana, Y resucité entre los muertos (Ediciones B), relato en primera persona del propio Jesús resucitado. 

Incomparable con todos ellos, en este escenario de necesidad de lecturas más introspectivas y espirituales, es donde se inserta, aunque no sea una novela, La infancia de Jesús, de Benedicto XVI, porque el fenómeno salta de nuevo al ensayo. La crisis demanda más Jesús que nunca. 

En el nº 2.829 de Vida Nueva. 

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Javier Cercas: Las leyes de la frontera



Javier Cercas (Ibahernando, Cáceres, 1962) sintió la necesidad de completar esa gran crónica del 23-F que fue Anatomia de un instante –publicada en 2009– con esta otra novela, Las leyes de la frontera, que de algún modo le da su contexto social.

El autor de Soldados de Salamina ha querido darle protagonismo al Zarco, trasunto literario de aquellos “Vaquilla” y “Torete” que inmortalizó en el cine José Antonio de la Loma o Eloy de la Iglesia. Y, en consecuencia, nos regala en esta novela la radiografía de una España que a finales de los 70 era testigo de quinquis atracadores de bancos sometidos al drama de la heroína y la ley de la selva en un paisaje ciertamente de miseria. 

La mirada la posa Cercas en Girona, la ciudad en la que vivió en esos años y en las que a pocos metros de su propia puerta convivió con aquellos perros callejeros que resumidos en el Zarco el autor eleva a la categoría de héroes recogiendo el guante de la leyenda urbana para, ya avanzada la novela, someterlo a una pudorosa desmitificación.



Javier Cercas: Las leyes de la frontera (Mondadori), Barcelona, septiembre de 2012, 284 páginas. En papel (Tapa blanda): 21,90€. En ebook (ePub): 11,99€

En el nº 2.818 de Vida Nueva.

jueves, 20 de diciembre de 2012

El arte oculto de la Casa de Alba


Una exposición exhibe en Madrid 150 piezas del "mecenazgo al servicio del arte" desde el primer duque de Alba hasta la actualidad, con "La Virgen de la Granada" de Fra Angélico como gran protagonista.

JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | La Casa de Alba exhibe sus tesoros artísticos. Algunos, al menos, de los más significativos. 150 obras, entre pinturas, esculturas, documentos históricos y manuscritos, piezas arqueológicas, joyas, mobiliario o trajes, que conforman la exposición “más completa” de una colección que comenzó a formarse hace más de 500 años. 

El legado Casa de Alba. Mecenazgo al servicio del arte ocupa el denominado CentroCentro, el complejo cultural creado por el Ayuntamiento de Madrid en su sede del Palacio de Cibeles. 

“Nuestra intención es compartir las obras y piezas que componen la colección con un público cada vez más entendido y más interesado por la cultura y la historia. Esta muestra nos permite dar a conocer diferentes obras y documentos que han sobrevivido a los avatares de la historia y que conforman el mayor tesoro del legado de nuestra familia”, según Carlos Fitz-James Stuart y Martínez de Irujo, duque de Huéscar. 

Gran parte de las obras exhibidas proceden del Palacio de Liria, en Madrid, entre ellas La duquesa de Alba de blanco, pintada por Francisco de Goya en 1795 y que apenas se ha podido ver en público, así como obras maestras de Tiziano, Murillo, Ingres, Renoir, Rubens, Ribera, Zurbarán y Zuloaga. Pero, entre unos y otros, destacan también la obra religiosa. 

El mecenazgo de los Alba está también dirigido a la propagación de la fe. En el legado expuesto en Madrid aún hay pintura religiosa de primerísimo nivel, como la Virgen de la granada, la única tabla de Fra Angélico (1390-1455) en manos privadas y que pertenece a la colección del Palacio de Liria en Madrid. 

La Virgen de la Granada.

Una obra que Philippe Montebello, director del museo Metropolitan de Nueva York, considera la “mejor conservada” de las existentes del maestro italiano. La Casa de Alba, precisamente, negó hace cuatro años su inclusión en una muestra centrada exclusivamente en el cuatrocentista italiano. Por fin se puede ver en Madrid. 


Un capítulo de la Historia de España 

“Es la primera vez que se expone al público”, afirma el comisario de El legado Casa de Alba, Pablo Melendo, quien detalla, de hecho, algunas obras maestras imprescindibles de arte religioso en la muestra madrileña: “En lo que se refiere a obras pictóricas, algunas de las piezas más significativas de la colección de la Casa de Alba tienen también un marcado componente religioso. También podemos disfrutar en esta exposición de La Crucifixión, de El Greco; La última cena, de Tiziano; o la Virgen del maestro de la Virgo inter Virgenes”. 

Esta obra, del maestro holandés anónimo por su famoso cuadro denominado Virgen entre santas, del Rijksmuseum de Amsterdam, es una de las pocas obras que procede de la colección del primer duque de Alba, título otorgado por el rey Enrique IV de Castilla a García Álvarez de Toledo al convertir el condado de Alba de Tormes en un ducado en 1472. 

Melendo, como el patrimonio artístico de los sucesivos duques de Alba, va más allá. “El legado cultural de los Alba es, en este aspecto, representativo de la historia del arte, en España y en el mundo. El peso de lo religioso, especialmente en los siglos XV a XVII en España, tiene también su reflejo en la colección de la Fundación Casa de Alba. Desde la Anunciación, con el primer duque de Alba, obra del maestro de la Virgo inter Virgines, del último cuarto del siglo XV, al Santo Domingo de Zurbarán (obra de alrededor de 1635), la muestra recoge algunas piezas muy señaladas de esta relación entre el arte y la religión”. 

Y no solamente de la pintura, pues en el patrimonio de la Casa de Alba abundan las obras religiosas de otros muchos géneros”, afirma a Vida Nueva. 

“Una de las más emblemáticas es la afamada Biblia de Alba, traducida del hebreo al romance por el judío Moisés Arragel de Guadalajara en el siglo XV, con la ayuda de dos monjes encargados de evitar cualquier sesgo”, señala el comisario. También se pueden ver otras piezas procedentes de las donaciones de la Casa de Alba a monasterios bajo su protectorado a lo largo de los siglos. 

“La historia del arte en España no puede entenderse al margen de lo religioso. En este ámbito, la Casa de Alba ha tenido también una vinculación muy importante con determinadas órdenes. Especial mención merecen las donaciones al Convento de las Agustinas de Salamanca y al Colegio del Cardenal de Monforte de Lemos”, explica Melendo. 


Tres ámbitos, un itinerario 

La exposición sigue un itinerario marcado por tres ámbitos que se complementan e interrelacionan: la Casa de Alba en la historia de España, su mecenazgo artístico y, en tercer lugar, la colección procedente de relaciones diplomáticas, familiares o personales de los sucesivos duques de Alba. Melendo los recorre también de uno en uno. 

Una de las salas de la exposición.

En el primero, la Casa de Alba en la historia de España, se han incluido, por ejemplo, los retratos más significativos protagonizados por miembros de la Casa de Alba. “Entre ellos cabe destacar –enumera– el retrato del Gran Duque de Alba por Tiziano; el retrato de Carlos V e Isabel de Portugal, versión de Rubens del cuadro de Tiziano del Museo del Prado; el retrato de la reina María Estuardo, de la escuela inglesa del siglo XVII; los retratos del XII Duque de Alba y la Duquesa de Huéscar de Mengs, que se muestran por primera vez fuera del Palacio de Liria; el busto de la XIII Duquesa de Alba de Juan Adán y el retrato de la XV Duquesa de Alba, por Franz Xavier Winterhalter; el retrato de la Marquesa de Lazán de Goya y los retratos de Zuloaga de los XVII Duques de Alba y su hija la Duquesa Cayetana, así como los bustos de los mismos realizados por Mariano Benlluire”. Junto a ellos, también se exhiben otras obras que relatan la propia biografía de los Alba. 

El capítulo segundo de El Legado Casa de Alba destaca la labor de mecenazgo en la sociedad española, europea y americana a lo largo de los siglos. “Se trata de una importante y complicada labor de creación, formación, recuperación, protección, conservación y mecenazgo que ha llevado a formar la excelente colección que podemos disfrutar hoy”, manifiesta Melendo. 

Asimismo, destaca en este espacio la fuerte presencia de la pintura: el Camino al mercado de Rubens; Barcos en calma, de Wilhem Van de Velde, y la Artemisa de Daniel Seghers, obra recuperada por el duque Carlos Miguel, después de que saliera de la colección del Marqués del Carpio. 

El último apartado recrea “el arte y la cultura como parte de la vida cotidiana, recuerdos y regalos, que son ejemplos de una importante y refinada vida social y familiar”, explica el comisario de la muestra. 

Entre las obras que se muestran están, por ejemplo, “los jarrones de Sevres, regalo de bodas de los Emperadores de Francia a los XVI Duques, así como dos tapices de gobelinos retratos de los Emperadores basados en los cuadros de Winterhalter que se conservan en el Museo del Louvre y diversos objetos de artes decorativas”. 

En el nº 2.828 de Vida Nueva