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lunes, 30 de abril de 2012

Los cumpleaños y los designios de Oscar Hahn



En estos de los cumpleaños, conforme pasan, más melancólicos nos volvemos. Encontré curiosamente este poema del gran poeta chileno Oscar Hahn (Iquique, 1938) leyendo este fin de semana "La primera oscuridad" (Fondo de Cultura Económico, 2012), que encontré en esa librería demodé que es La Buena Vida. 

En fin, a lo que voy: que los cumpleaños acaban siendo, como Hahn titula su poema, "Designios". Y me vi el sábado, a mí mismo, como ese hombre pensativo contemplando su niñez; convencido, sin duda, como dicen los versos, de que "el tiempo futuro / está contenido / en el tiempo pasado". 

Mientras que en el teléfono, en el Facebook, personalmente llovían "feliz cumpleaños", más me hacía pensar en lo que fui, en lo que soy y en lo que seré... siempre, en cualquier caso, bien rodeado por todos los que me habéis transmitido cariño y felicidad. Muchas gracias.

DESIGNIOS

Un hombre pensativo
Con los ojos cerrados
Contempla su niñez
En el recinto de la memoria

Se ve jugando
Con un tren eléctrico
Se ve armando
Un pequeño aeroplano
Se ve sentando en el suelo
Frente al televisor

Cuando ese hombre era niño
No sabía que la extraña figura
Medio oculta
Entre las sombras de la pared
Era su propia imagen
Que lo observaba desde el provenir

Porque el tiempo futuro
Está contenido
En el tiempo pasado
Y los designios del tiempo
Son inescrutables

domingo, 12 de febrero de 2012

Ante la "muerte sin exagerar" de Wislawa Szymborska


Tarde. Sí, pero había que hacerlo: homenajear a la poetisa polaca Wisława Szymborska (Poznan, 1923), premio Nobel en 1996, que se fue a la “muerte sin exagerar”[1] el 1 de febrero. Los periódicos han dado fe de ello, ninguna “primera plana”. No importa, porque no le gustaban; prefería examinar, ver, sentir, escribir la vida de primera mano en infinidad de poemas. La visión de una mujer sobresaliente que ascendió al altar de la gran poesía polaca contemporánea (piensése en Milosz, Zagajewski, Jan Twardowski, entre otros muchos) y a la que dio fama universal un Nobel que calificó de “catástrofe”.
Amante de su soledad, su sencillez y las calles de la ciudad que la vio crecer –Cracovia–, logró, como decía Care Santos, “mantener su estilo de vida a pesar de todo”. Lo sabemos por sus poemas irónicos, en donde siempre está ausente la solemnidad, cercanos, cotidianos. De ellos dijo acertadamente Elena Poniatowska: "Sus poemas nítidos, aforísticos, nada describen, ninguno se alarga demasiado. Su ironía es precisa, tajante a veces. Mas que contar grandes elegías, exalta juguetona, traviesa, las pequeñas y curiosas diferencias que nos determinan”.

Eso es: añadiría que sus versos son, y me disculpen por asumir ese lenguaje lírico que tanto le gusta a los poetas, “gracia y descubrimiento”. Es decir, la suya no era, ni mucho menos, una poesía religiosa, ni tan siquiera –aunque hay poemas que se le acercan mucho– mística, sin embargo en ella hay, no sé como escribirlo con exactitud, “revelación”, una aproximación al misterio desde la ironía.
Szymborska fue quien pronunció aquello de que “a los existencialistas no les gusta bromear”. En ella, eso sí con humor, la filosofía y la poesía son también vasos comunicantes, aunque ella se acercó a ello como cualquiera que experimenta ante la existencia y se hace preguntas. Que se declarara atea en un país católico no le impide adentrarse en los misterios del ser humano y escribir acerca de Dios y el hombre, como en su magnífico –y citado poema– sobre la mujer de Lot.
Pero nada infiere al destino con la intensidad, ahora que recordamos sus versos y su muerte, de ese epitafio que ella misma escribió para cuando la muerte le llegara. Lo hizo con 88 años, mientras dormía. Una noche en Cracovia en la que volvimos a leer lo que escribió para que se le recordara en su tumba:
Aquí yace, como la coma anticuada,
la autora de algunos versos. Descanso eterno
tuvo a bien darle la tierra, a pesar de que la muerta
con los grupos literarios no se hablaba.
Aunque tampoco en su tumba encontró nada
mejor que una lechuza, jacintos y este treno.
Transeúnte, quita a tu electrónico cerebro la cubierta
y piensa un poco en el destino de Wislaya.


Aquí y ahora, sin embargo, prefiero ese asombro manifiesto en poemas que nos acercaban la humanidad, la felicidad de vivir, el misterio de cada día. Poemas como, por ejemplo, “Posibilidades”, del poemario "Gente en el puente" (1986), traducción de Gerardo Beltrán, en Poesía no completa (FCE, 2002):
Prefiero el cine.
Prefiero los gatos.
Prefiero los robles a orillas del Warta.

Prefiero Dickens a Dostoievski.

Prefiero que me guste la gente a amar a la humanidad.
Prefiero tener a la mano hilo y aguja.
Prefiero no afirmar que la razón es la culpable de todo.
Prefiero las excepciones.
Prefiero salir antes.
Prefiero hablar de otra cosa con los médicos.

Prefiero las viejas ilustraciones a rayas.
Prefiero lo ridículo de escribir poemas a lo ridículo de no escribirlos.

Prefiero en el amor los aniversarios no exactos que se celebran todos los días.
Prefiero a los moralistas que no me prometen nada.
Prefiero la bondad astuta que la demasiado crédula.
Prefiero la tierra vestida de civil.
Prefiero los países conquistados a los conquistadores.
Prefiero tener reservas.
Prefiero el infierno del caos al infierno del orden.
Prefiero los cuentos de Grimm a las primeras planas del periódico.
Prefiero las hojas sin flores a la flor sin hojas.
Prefiero los perros con la cola sin cortar.
Prefiero los ojos claros porque los tengo oscuros.
Prefiero los cajones.
Prefiero muchas cosas que aquí no he mencionado a muchas otras tampoco mencionadas.

Prefiero el cero solo al que hace cola en una cifra.
Prefiero el tiempo insectil al estelar.

Prefiero tocar madera.

Prefiero no preguntar cuánto me queda y cuándo.

Prefiero tomar en cuenta incluso la posibilidad de que el ser tiene su razón.



[1] “De la muerte sin exagerar” es el título de la antología que publicó, justamente, en 1996, poco antes de recibir el Nobel.

martes, 8 de noviembre de 2011

Tomás Segovia, muerte del ausente



“Indignado, pero por mi cuenta” –como va diciendo Victor Manuel aún por los escenarios y las cuencas mineras– ando esta tarde, después de ver y escuchar dos, tres, telediarios –qué decepción con TVE– y ver que la noticia es lo insípida que acostubra, pero que, aún así, ignora la muerte de Tomás Segovia (Valencia, 1927), poeta y exiliado. Por este orden. El creador va siempre con su dolor y su experiencia subidos a los hombros, eso ya se sabe, de ahí que sea innecesario separar al último exiliado del verso patrio de su cumbre poética. La palabra de Segovia encarna los valores del exilio, de esa errancia per se del hombre contemporáneo, condenado a huir de la tierra, de lo cercano, de la raíz. Pero en ese vivir lo ajeno encontró Segovia el origen de la civilización y de su propia voz poética. Escribir era también, así lo decía él, mirarles a los ojos a unos cuantos enigmas de la vida.

Novelista, traductor, dramaturgo, Segovia se ha paseado en su totalidad literaria por el sentido de la historia, por el rastro de la soledad, por el impulso del eros, por el ahondamiento en lo sagrado de vivir, por el vislumbre de lo profético, por un estar de pie en la realidad y por el punto de vista de un yo siempre desafiante. Todo ello era Segovia, aun cuando, por lo debajo, por lo subterráneo, todo ese mismo eco poético es ausencia, hasta su muerte es ausencia. “La poesía no se produce sola. Hay que descubrirla, no inventarla” (1). Esa frase no sólo retrata su modo de ser poeta, sino también su encarnación de la vida, su modo de vivir. La vivió con intensidad, con rebeldía, con una distancia hacia el poder fuera cual fuera su forma y su nacionalidad, con desobediencia – a “recetas y consignas de época”, como decía, definiendo su poesía misma– entre México y Madrid, a donde volvió silenciosamente como hijo del exilio hace ya unos años.

Viajó recientemente a México, a donde nunca dejó de ir, y allí en DF le sorprendió una muerte que no esperaba antes de regresar a España. Sin telediario, pero con la pasión de los lectores, Segovia estará siempre en las dos orillas del Atlántico. Un poeta errante, del Sol y la Luz, que quizá quiso morirse en México, donde era figura, referente, intelectual y lúcido. Aquí, no se le trató con la desmesura que merecía, independiente de todo y de todos. En “Partida”, un poema de Partición, que reunió poemas de entre 1976 y 1982, escritos en su mayoría tras regresar a España por primera vez, hay tres versos que resuenan de modo especial hoy día de adiós y luto como hoy:

Me voy libre de peso
Contento de no ir a ningún lado
De no ser el ausente en ningún lado.

Le recuerdo por muchos poemas. Por “Atardecer”, por ejemplo, un poema de La voz turbada (1943), presente en la precisa antología que Fondo de Cultura Económica publicó en su colección Tierra Firme, publicada en 1998.

ATARDECER
Qué solo se está el mundo cuando cae la tarde, 
cuando la hora y la luz hacen posible 
la llegada de un reposo que no existe. 
Qué triste es el mundo cuando cae la tarde 
y quedo a solas con él en el silencio. 
Nada tengo puesto en el mundo 
pero él ha puesto en mí su tristeza 
como el mar ancha y salobre. 
Nada tengo puesto en el mundo 
si no es mi origen en su tierra oscura 
y me separa de él toda la fuerza 
de mi esperanza. 
Pero lo llevo dentro, vasto y punzante, 
y amo su tristeza cuando cae la tarde, 
cuando mi alma busca en el silencio 
un reposo que bien sabe que no existe.

(1) En una entrevista mantenida con Mónica Mateos sostenía Tomás Segovia: “La poesía es crear sentido. Pero no utilizo el crear como aquello de ‘Dios creó’, sino como descubrir y así es una responsabilidad. La poesía no se produce sola, no hay una ley inexorable que la produce. Hay que descubrirla, no inventarla”. 



viernes, 28 de octubre de 2011

El homenaje al padre muerto: "Noche de navidad", de Diego Jesús Jiménez


El poeta durante una entrevista en 1997 / Bernardo Díaz (El Mundo)

"Diego Jesús Jiménez nos dejó en septiembre de 2009 y queó un vacío en nuestros corazones, pero también en el panorama de la poesía española contemporánea, porque en él había un lugar que solo su obra ocupaba, inolvidable e imprescindible". Iba a escribirlo cuando me acordé de la cita de Ángel Luis Luján y Martín Muelas, que así describen la ausencia del poeta en el número 121 de Leer y entender la poesía, dedicado por completo a su figura y su obra. Diego Jesús Jiménez con un poema formidable que indaga en la experiencia del regreso al pueblo de la infancia en Navidad para encontrarse con el inmenso hueco del padre muerto, que fue médico en Priego de Córdoba. Este poema pertenece al libro con que en 1968 ganó el Nacional de Poesía, Coro de ánimas. Aunque escrito con la nostalgia de la nochebuena, sirve, y tanto, para los días de Tosantos y Difuntos, tan encima:

NOCHE DE NAVIDAD
Te veo vivo
y sin consuelo,
padre. Aun a pesar de todo. Viendo
la vieja calma
del tilo, la fresca sombra
del ciprés, la senda
de la hormiga.
Tú, padre, cómplice 
del mal,
no salgas; no saques ya
la oreja y la nariz, que luego
corres por estos campos
del trigo, se te hace el paso loco, y tu mala
memoria, pisa la siembra
y cantas.
¡Que aún pertenece
a todas estas cosas 
tu dolor!
¡Padre, padre! ¿Otra vez?
Vuelve a esconderte. Vaya, vaya... No hay que sacarlo
de su agujero, porque no ve
y se ciega
con las cosas; y alborota, y le hace mucho ruido
la bebida, y el coñac
le hace ir hasta el pueblo,
y lo denuncian, y no quiere, en esta Navidad,
salirse de las casas. Y entra, remueve los baúles,
las alacenas, saca viejos papeles,
canela, perejil, y huele, huele... 
cada garrafa, cada orza
sin vida.
Y es invierno,
y él se mete en el río, y su catarro
tiembla
junto a los juncos
y la buena hierba. Padre, pero por qué ahora
bailas, ¡qué bien te veo!,
con qué pareja,
en este amanecer, va tu resaca; que filtro vas a darle
sin precaución, qué beso en sus encías
o en su enagua
sin sangre, o dentro
del sostén.
¡Padre! ¡Padre!,
a qué este escándalo; ¿no ves...?, ¿no ves?
Si ya te lo decía, y no haces caso
nunca.
Ven, ven, si tú estás muerto
ya. Hala, hala...,
no beses más aquí, ¡no le tires del pelo! Padre...
Si hace seis años de tu muerte. Pero cómo decírtelo si saltas, si no oyes, si va tu boca
casi al alba, y llegas a la alcoba, entras al dormitorio,
nos despiertas, te vas...
¡Qué amor habrá encontrado, si su aire
es de cansancio, y su camino es de tijeras y algodones
y gasas!

 Aquí, si cada nochevieja
vengo, si en el bolsillo, junto a la voz de tu cader 
pongo 
serpentinas, si traigo varias copas de más, y una botella 
para ti. ¡Con qué cuidado 
se la bebe! Y bromas, trucos, monjas sin cuerpo, ángeles, disfraces 
de papel, hadas borrachas 
y alegría al andar; si traigo 
mi ronquera y mi vino, la cal 
de la pared de casa aún en el hombro; y echo de la garrafa 
como ladrón devoto 
mi caridad. 
Si así te sirvo. ¡Pero 
qué juerga, 
piensas! ¡Padre! 
Y nada, 
nada, no se da cuenta de que está muerto 
y crece.

jueves, 6 de octubre de 2011

“No te avergüences de ser humano, ¡enorgullécete!" (Tomas Tranströmer, Nobel de Literatura 2011)


Ya está. Tomas Tranströmer es el Premio Nobel de Literatura. Por fin un poeta. Un gran poeta místico, profundo y secular. No hay otro modo de ser poeta, con Nobel o sin él. Ahora, a leerlo. Que es lo que necesita Tranströmer y todos los poetas. Siempre pensé que cómo en la era del blog y de Twitter no hagamos de sus versos un constante recuento de amor, de vida, de gozo, de furia, de pasión, de dolor, de reflexión... En fin, a leer a Tranströmer... 

ARCOS ROMANOS

En la grandiosa iglesia romana los turistas se aprietan
en la penumbra.
Arco tras arco y sin panorámica.
Algunas llamas de cirios titilan.
Un ángel sin rostro me envuelve
Y me susurra a través de todo el cuerpo:
“No te avergüences de ser humano, ¡enorgullécete!
Dentro de ti se abren arco tras arco infinitamente
Nunca serás perfecto, y así es como debe ser.”
Me cegaron las lágrimas.
Y fui empujado a la plaza ardiente de sol
junto a Mr. y Mrs. Jones, Herr Tanaka y Signora Sabatini
Y dentro de todos ellos se abrieron también arco tras arco infinitamente.

(Del poemario "Para vivos y muertos", Hiperión, 1992. Traducción corregida).

martes, 4 de octubre de 2011

Pensando en Nueva York y sus desencantados. Una invitación al poema "Nueva York" de Manuel Vilas...

La policía de Nueva York frena a los indignados en el Puente de Brooklyn- (REUTERS)
Entre lectura y lectura, atrapado entre la explosión de los desencantados –la verdad, que usar “indignados” me cansa y me pesa en el corazón— de Nueva York y su conquista americana, a la vez que me asalta en twitter la nueva campaña de expansión de McDonalds en España (comida basura para tiempos de basura), tuve que volver a Manuel Vilas y ese poema suyo, largo, maravilloso, ya casi legendario, que se titula “Nueva York” y que incluyó en su poemario Resurrección (2005). Tan sólo reproduzco un mínimo párrafo, que no elijo al azar, pero del que no me apetece ahora mismo entrar en explicaciones. En fin, pensando en Nueva York y sus desencantados:
Y ponía mucho hielo en la cubitera y miraba el Hudson, 
y allí estaba, al lado del aparato de refrigeración, un aparato viejo
del que me enamoré porque estaba lleno de encanto y de aire frío.
Me gusta el aire frío y me gusta el encanto y me gusta este poema
y me gustas tú y me gusta Nueva York y me gusta este billete de cien
Feliz a todas horas, como los perros bajo el sol del verano, enardecidos,
cansados, arrastrando la lengua, a punto de ser dioses norenos.
Enamorado de la suciedad de las aguas atlánticas,
de la suciedad del Metro,
de la suciedad de las almas,
de la suciedad de las papeleras gigantescas,
de MacDonald’s,
de la suciedad de las manos
de las cajeras chinas.


Y otro día me fui a Ellis Island
y miré fotos de emigrantes de hace ochenta años
verdad que alguno se me parecía y miré las maletas de la exposición
y alguna de esas maletas podría haber sido de mi bisabuelo, pero es imposible,
ojalá hubiera sido así, ojalá, y maldije a mi bisabuelo
por no haber venido aquí hace cien años, y luego salí del museo
y me comí un hot dog.
Y me pasé la tarde comiendo porque de repente estaba triste.
Comí sushi portatil, y una cake de un Starbucks que no sabía a nada,
y uva y un plátano, y fideos chinos con verdura cruda,
me gusta morder la hierba recién cogida del campo.
Y me fui a ver mujeres, como hacía todos los atardeceres, y las besaba
en los sitios insensatos, y dormía con ellas
y les quitaba el pelo de los ojos.

martes, 30 de agosto de 2011

A propósito de Carlos Carnicero, el 15-M, Rubalcaba y Prisa

En plena lectura de Carlos Carnicero –“El 15-M, Rubalcaba y PRISA: La crisis de la intermediación y la imprescindible transformación de los medios”, segunda parte de “Rubalcaba, Prisa y el 15-M”, en su blog recordé, a propósito de los periódicos, de la reforma de la Constitución, de las próximas elecciones, de los indignados y todo aquello que entendamos hoy por "representación", –recordé, decía– un viejo poema de José Ángel Valente: “Acuérdate del hombre que suspira” (Obra Poética 1, pág. 63). Sin entrar en ten con ten de Carnicero para náufragos de la izquierda –que cada cual, lo juzgue– prefiero rescatar completo esos versos de Valente, publicados por primera vez en 1955. Denuncia de la mentira, del falso discurso de los poderosos, más de 55 años después (y en qué circunstancias lo escribió) este poema del gran poeta español de la segunda mitad del siglo XX sigue estando vigente. Hoy más que nunca. Sirva también, como pretendía Valente, como homenaje al hombre sencillo que sólo quiere amar la vida; aunque dice mucho más que eso. Lean:

José Ángel Valente

ACUÉRDATE DEL HOMBRE QUE SUSPIRA…

En el centro de la ciudad o del mundo,
en su jadeante corazón,
en sus plazas
en las brillantes avenidas
de Nueva York o de París,
pulidos escuadrones
se suceden, discuten, empapelan
el destino del mundo.

También hablan de mí;
en ruso o en inglés
hablan de mí,
de mi miseria o de la guerra, dicen
que no quiero morir.

Yo muerdo una manzana,
escupo, estoy tranquilo,
allí me representan,
saben que no quiero morir.

En las asambleas, en los
congresos,
en las reuniones periódicas,
en la primavera o el otoño
los oradores se levantan.
No son hombres,
son los representantes
de América, el Polo Norte o la ciudad de Saint-Louis.

En las plazas,
en el centro de la ciudad o del mundo,
sobre su fragante corazón fatigado,
el reino de la voz que no descansa:
los que hablan en representación
de la tierra,
de la cultura occidental,
del Pacto Atlántico,
de los que tienen un solo ojo
o de los que tienen tres.

Allí y aquí me representan.
Todos me representan.
Soy feliz.
Muerdo mi breve fruto
o mi importante vida; ya no sé.
Estoy tranquilo.
Sueño.
Hay que salvar al hombre.

Me parcelan. Dividen mis derechos
y los defienden por igual.
Ellos, los poderosos
o los santos
o los profesores
o los arzobispos
o los políticos,
los que suelen hablar
en representación de todo el mundo
o quién sabe de quién.
En representación de mí,
Que tengo hambre o como
o lloro (¿en representación de quién?),
de mí tan singular, tan oscuro y diario
que me toco, río o muero a la vez
y en representación de mí mismo solamente
amo la vida así.


martes, 23 de agosto de 2011

Sobre España y un poema de Manuel Vilas

Playa de La Barrosa al amanecer


Leía, de nuevo, a Manuel Vilas (Barbastro, 1962), un poeta que siembra reflexiones y recoge admiración. Siempre es nuevo, pero siempre es —a la vez— reconocible. Seguramente su mejor libro sea Resurrección (Visor, 2005), aunque Calor (Visor, 2008) le siga cercano en originalidad, voz y talento. Vilas proclama en un poema memorable como “Micheaud” que “No me gusta España porque la libertad aquí es una suposición / Me gusta España porque el verano es aquí una resurrección”. No cabe un retrato mejor en dos versos de este país que se apresta a dos meses —aunque quién puede decir que no llevamos ya otros tantos y más— de guillotinas y mandobles. Mata la imaginación, mata las palabras. Nos salva la poesía. 

Sí, España. Dejemos a los políticos y sus secuaces perderse en los paredones del poder, y quedémosnos con los poéticos. Leía a Vilas, su poema “España” y pensaba que no hay escritor contemporáneo que haya retratado esta España nuestra como él desde los poetas del 27. Exagerado o no, lean, encontrarán raíces de la crisis, pero también morderán el polvo de sentirse reconocidos. Es lo que tienen los poetas, por eso a veces no nos gustan nada. Otro día volveremos, por ejemplo, a un poema genial que es “El inmaduro”, radiografía del hombre contemporáneo. El poema ahora es en prosa y se titula, ya lo saben, “España”, décimo de los reunidos en el capítulo “Vida Española” de, naturalmente, el poemario Resurrección:

ESPAÑA
El frío se largó. Con el frío se fue el siglo XX. Ahora reina el fuego. El calor en España es muy salvaje. La gente quiere tomar el sol, beber cerveza helada, mirar el mar. Como casi todo se ha muerto, sólo nos queda lo que siempre estuvo allí desde el principio: el cuerpo. Nos dedicamos a darle placer al cuerpo. Somos helénicos, griegos, mediterráneos. Platón ha vuelto. Queremos el lujo, casas frente al mar, ocio, largos viajes por el mundo, el conocimiento, la gravedad, la posesión, el escrutinio. No queremos un coche barato, queremos un Mercedes 600, ¿te enteras ya? No queremos acudir en cola rusa a piscinas municipales, queremos el lago de Garda a nuestros pies. No queremos un apartamento de o metros en Salou. Queremos una villa en el Adriático. Lo demás no puede importarnos. Por eso nos hemos hecho absolutamente modernos. Sólo los antiguos aún hablan de a pobreza, del sacrificio, del trabajo, del fútbol, de la redención, de madrugar todos los días, de ir a votar para que alguien haga posible el gran milagro de que puedas seguir madrugando todos los días. Hemos progresado filosóficamente. Hasta los vascos nos son indiferentes. Del Rey os importa saber quién le cuida las enormes rosas abiertas para pocos del palacio de Marivent. Sólo la riqueza extrema y el ocio metafísico hacen interesante este mundo. Disfruta este enorme paraíso, este mar, este calor español. Lo queremos todo. Estamos preparados para la felicidad.

sábado, 13 de agosto de 2011

Un poema bucólico de Blanca Andreu: “En el sitio de agosto crecen las esperanzas”…



En esta diacronía de agosto, recupero Los archivos griegos (Fundación Lara) de Blanca Andreu (La Coruña, 1959), una de las autoras más singulares, prestigiosas y leídas de su generación. Con este poemario, me reencuentro con ella después de algunos años sin leerla. Habitan poemas, en su mayoría, homenaje a esa "Grecia que llevo en el alma", como ella afirma. Pero no se trata hoy de crítica literaria, sino de ofrecer un poema dedicado a estos días infinitos de agosto y lo que tienen de borrón y cuenta nueva:

BUCÓLICA
Agosto, país de oro
como una carta escrita desde mayo
agosto, ojos de trigo y pelo de maíz.

En el sitio de agosto crecen las esperanzas
como lo hacen las hojas, en secreto, sin ruido.

Parece un libro lleno de pastores
una égloga abierta por la página tres
allí donde se dice Elisa, vida mía
–quién me dijera Elisa, vida mía–
una furtiva página de un poema
como una golondrina
o un velero.

viernes, 12 de agosto de 2011

Un poema de Manuel Vilas: La noche del lento verano


Advirtamos primero de Manuel Vilas (Barbastro, 1962), uno de los grandes poetas de hoy. Singular, provocador y humanista, hay en sus poemarios un febril retrato del hombre contemporáneo, como quizás no se había hecho –en su tiempo y en su lugar, claro está– desde la Generación del 98, peso sin límites lingüísticos ni, cabría decir, morales. Pero no: el Vilas está presente está vigente el hombre en medio del abismo. Le iremos descubriendo -si es que hace falta- pero aquí, por ejemplo, un simple poema temprano, incluido en su antología Amor (Visor, 2010) entre sus "Primeros poemas" (1988-1998):

LA NOCHE DEL LENTO VERANO
Nada hay en el mundo que importe mucho.
Y si lo hubiera, qué pronto se apartó de mí.
Toda la noche del lento verano así la pasa.
El lento verano que le lleva al lento morir.