sábado, 21 de febrero de 2015

Chiclana según Pérez Galdós / Laurel y rosas (29)

Galdós, según Sorolla. Foto: Casa-Museo de Pérez Galdós. Las Palmas de Gran Canarias.

JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | DIARIO DE CÁDIZ
La vida, como la literatura, es disonante, ambigua y ambivalente. Estos tres adjetivos –exactos sin duda– los enumera el filósofo Joan-Carles Mèlich es un librito extraordinario, “La lectura como plegaria” (Fragmenta Editorial). “En la literatura no hay ideas claras y distintas, no hay principios que nos digan cómo y de qué forma hay que leer, ni cuál es la forma correcta de lectura. En la literatura, como en la vida, tampoco hay señales inequívocas que nos muestren la interpretación correcta”. Para Mèlich, la literatura es, ante todo, un juego de infinitas interpretaciones. Me acordé de Mèlich por asociación con una relectura reciente de Galdós: “Misericordia”, en la magnífica edición de la Real Academia Española con un texto introductorio de Antonio Muñoz Molina. Un Galdós desengañado políticamente y que en esa novela, acabada en 1897, abandona el anticlericalismo por un misticismo en cierto modo necesario. “No hay religión sin misterio, sin angustia, sin vértigo”, dice Mèlich en su libro de aforismos. Frase muy propia para estos tiempos de cuaresma. También para concluir esta introducción de Benito Pérez Galdós (Las Palmas, 1843-Madrid, 1920), escritor portentoso como saben, y de una revisión que, desde hace tiempo, tenía pendiente a cómo Chiclana aparece en varios de sus volúmenes de los “Episodios nacionales”, al menos en cinco: en los titulados “Trafalgar”, “Cádiz”, “Mendizábal”, “De Oñate a la Granja” y “O’Donnell”. 
     La presencia de Chiclana en las 47 novelas que componen la gran serie histórica decimonónica o, para ser más concreto, es también la de personajes fundamentales de la Chiclana del XIX, siglo que ya se ha dicho que es, particularmente, nuestro siglo de Oro. “Yo soy gaditano, o lo que es lo mismo, de Chiclana, y por tener algún parentesco lejano con los Méndez y amistad con los Bertrán de Lis, no me ve usted pidiendo limosna. Soy muy corto. Aquí sólo hacen carrera los parlanchines, y yo, aunque andaluz, me callo muy buenas cosas y no tengo el despotrique que ahora se usa. Sea usted bullanguero, piense como un topo y charle como una cotorra, y verá cómo se le abren todos los caminos...”. Párrafo que Galdós pone en boca de don Fernando Galpena, protagonista de “Mendizábal” (1898), personaje de oscuro pasado y aún más extraño presente. La elección de Galpena como chiclanero nunca la explicó Galdós, pero en la novela se entiende perfectamente como un recurso para hablar de dos figuras del momento: una taurina, Paquiro; la otra, emergente, García Gutiérrez, que, como el mismo Juan de Dios Méndez Álvarez “Mendizábal” –aunque Galdós no duda en decir que es “hijo de Cádiz”–, aparecen también en “De Oñate a la Granja”, novela de la que sigue siendo protagonista el chiclanero Fernando Galpena.



      En “Mendizábal”, por ejemplo, Galpena asiste a una corrida con su mentor, el padre Pedro Hillo, para ver al “afamado” Paquiro, su paisano. Galdós llega incluso a atribuir a otro de los personajes de esta novela, a José del Milagro, compañero de Galpena en la Secretaría de Marina, la puesta en escena de “El Trovador”. Así le dice a Galperna: “Y en casa puede usted ver a una notabilidad, un chico poeta de mi pueblo, Chiclana, que aunque soldado de la última quinta, hace versos como los ángeles; sólo que es tan corto de genio y tan para poco, que cuesta Dios y ayuda hacerle leer lo que escribe. Se llama Antonio Gutiérrez, y ha compuesto un dramita que titula El Trovador o cosa así, y en casa nos ha parecido tan bueno, que yo mismo se lo he llevado a Guzmán para que lo lea, a ver si a él o a Carlos Latorre les da la ventolera de representarlo”. Galdós, ya en “De Oñate a la Granja” (1876), había insertado en la narración una carta dirigida a Fernandito Galpena por su madre: “¡Lo que te has perdido, badulaque, por meterte a politiquear en tonto! Si hubieras seguido formal y obediente, habrías asistido al estreno de El Trovador en el Príncipe. ¡Qué bonito drama, qué versos primorosos! Pocas veces ha estado nuestro gran coliseo tan brillante como aquella noche... ¡Qué selecto gentío, qué lujo, qué elegancia! La obra es de esas que hacen llorar en algunos pasajes, y en otros encienden el entusiasmo. Quizás tú la conozcas; el autor es un jovencito de Chiclana que andaba contigo y con Miguel de los Santos”.
     Chiclana aparece como parada del embustero Malespina dirección a Algeciras en “Trafalgar”, escenario de “la célebre batalla del Cerro de la cabeza del Puerco” en Cádiz, de residencia del taimado Tuste durante su adolescencia en “O’Donnell” o ciudad natal de “un tal Méndez, que en su día se las había visto más gorda, pues ni latín sabía, y se pasa el tiempo derribando vacas”, pariente de Mendizabal, al que el ministro había enchufado en “De Oñate a la Granja”. Ministro al que, por su origen gaditano, uno de los personajes, Víctor Ibraim, le llama “jormiguiya” por su origen gaditano, pero también por “su mucho moverse, mucho proyectar de fantasía, y poco chapitel”.

Ver en Diario de Cádiz:
http://www.diariodecadiz.es/article/opinion/1967961/chiclana/segun/perez/galdos.html

domingo, 15 de febrero de 2015

Bajo las dunas de la Loma del Puerco / Laurel y rosas (28)

La torre de la Cabeza del Puerco vista desde la Loma. Foto: Proyecto Limes Platalea
JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | DIARIO DE CÁDIZ
Hay rincones, espacios, paisajes que contagian a quien lo transita de trascendencia. De la certeza de hallarse en un lugar privilegiado, que te concede a la vez paz y euforia. Cada uno tiene el suyo, o los suyos. Ahora, cuando el frío se cierne casi irreversible sobre nosotros, es aún mayor el privilegio de pasear por una playa de La Barrosa desértica, al pie de un oleaje más voraz y sonoro que en el verano. De entre todas las posibilidades que los kilómetros de playa otorga, particularmente, la Loma del Puerco ofrece, sin duda, una de las vistas más espectaculares de la playa, que, por sí misma, explica su singularidad desde un punto de vista estratégico o de vigilancia de la costa. Aún con el desarrollo hotelero del entorno, es uno de esos parajes en el que el tiempo se detiene, entre las sabinas, los mirtos, las santolinas, las retamas, los lentiscos, las jaras y los enebros del frente litoral.
La Torre del Puerco, la abandonada casa-cuartel, el Parque Periurbano de La Barrosa forman parte de un escenario de extraordinario interés histórico, habitado y asociado a la actividad pesquera, al menos hace 1.400 años a. C. Mucho, afortunadamente, se ha escrito del capítulo fundamental en la historia de la Guerra de la Independencia, que se desarrolló en este espacio singular: la batalla de 5 de marzo de 1811. La Junta de Andalucía lo incluyó como “Sitio histórico” vinculado a la Constitución de 1812, inscrito en el Catálogo General del Patrimonio Histórico Andaluz con fecha 29 de febrero de 2012. Poco se sabe, sin embargo, de los restos que, cuando aún era la loma propiedad de Campano, seguían apareciendo: restos de caballos, de armamento… Huellas de las más de tres mil quinientas víctimas de una batalla que los británicos guardan en su historia militar con letras doradas, que dio nombre de “Barossa” a una extraordinaria región vitivinícola de Australia, entre otras múltiples reconocimientos.
El torreón ya existía cuando Luis Bravo de Laguna, comisionado por Felipe II, llegó a Andalucía en 1577 para rehacer y reorganizar las defensas de las costas y escribió al Rey que “todo esto está lleno de navíos enemigos”, en referencia a los temidos piratas berberiscos. En la construcción de la Torre del Puerco se emplearon para su construcción materiales romanos, como ladrillos, tégulas y restos de cocción de alfares del siglo I-II d. C., entre otros elementos constructivos. En el entorno inmediato de la torre-vigía se han hallado en sucesivas excavaciones, a partir de la realizada en 1991 por Francisco Giles Pacheco y Rita Benítez Mota, conjuntos líticos –tallado de piedra– del Pleistoceno Medio-Superior, un poblamiento del Cobre, una industria alfarera romana del siglo I-II d. C. y evidencias de poblamientos en diversas épocas modernas, como evidencia el hallazgo de un horno, probablemente, romano pero reconstruido en época andalusí. Incluidos en la “Base de datos del Patrimonio Inmueble de Andalucía”, todos estos elementos –además de una pequeña necrópolis datada en la Edad del Bronce, fechada por carbono 14 en el 1380 a. C.–, están hoy ocultos bajo las dunas. Y confirman que nos hallamos ante un espacio habitado desde hace más de tres mil años, sin duda, por sus características propicias para la pesca, pero también por sus peculiaridades de avistamiento de la costa.

La torre, desde su camino de acceso junto a la casa-cuartel
La Torre del Puerco se suma así a los abundantes asentamientos de época romana que jalonan el litoral gaditano, vinculada indudablemente a la rica actividad de salazones y a la privilegiada situación geográfica, que además le sitúan cerca de la vía Heráclea. Otros investigadores, como Francisco Cavilla Sánchez-Molero, han establecido una continuidad en las explotaciones pesqueras en la loma del Puerco que confirman la existencia en el periodo andalusí de una almadraba, a partir de hallazgos subacuáticos de materiales cerámicos musulmanes que se fechan desde el siglo IX al XIII.
De la casa cuartel de la Guardia Civil –que ha servido de escenario, incluso, a alguna novela, como “La fábrica de árboles”, de Miguel Gilaranz– poco se sabe, sin embargo. Es un edificio que, si bien en sí mismo tiene escaso valor arquitectónico, se adapta perfectamente a la cima del acantilado, casi camuflándose en el entorno, y es parte indisociable del paisaje que los chiclaneros de hoy hemos conocido. Construida a finales del siglo XIX o principios del siglo XX, fue destinada a alojar a las familias del Cuerpo de Carabineros de Costas y Fronteras, cuerpo armado suprimido en 1940 por Franco ante su “lealtad republicana”. Sus funciones de vigía de la costa y protección de las fronteras, las recibió entonces la Guardia Civil. Gilaranz habla en su novela de que, durante la posguerra, acogía hasta a seis familias. Lo que es indudable es que es testigo de un escenario arqueológico, histórico y medioambiental de máximo interés. Porque, además del parque periurbano, es el punto de observación más importante en Europa de la espátula común (Limes Platalea).



jueves, 12 de febrero de 2015

Houellebecq, ¿islamofobia o vuelta a la religión?



La polémica en Francia por la nueva novela de Michel Houellebecq va más allá de un Palacio Eliseo ocupado por un presidente musulmán.
JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | VIDA NUEVA
Islamofobia –o no– es el debate que ha seguido los asesinatos perpetratos contra la redacción de la revista “Charlie Hebdo”. Un debate que, más allá de discutirse en el ámbito de la propia sociedad francesa, tiene además otro campo de juego: la novela. El atentado de París coincidía, y no deja singularmente de resultar curioso, con la publicación y promoción de la última novela de Michel Houellebecq (La Réunion, 1958), indudablemente el narrador francés más leído de la última década y, también, el más polémico, atrevido y visionario. 
      El nuevo libro de Houellebecq  se titula Soumission (“Sumisión”, que Anagrama no publicará en España hasta octubre de 2015) y plantea un escenario político en el que un musulmán gana las elecciones generales de 2022 y, por tanto, es elegido presidente de la República Francesa. La novela, que se puso a la venta el 7 de enero, el mismo día del asalto yihadista a la revista satírica –una de las doce víctimas fue el economista Bernard Maris, amigo personal de Houellebecq–, lleva ya vendido casi 200.000 ejemplares. Es el libro más vendido y, por supuesto, ha desatado un escándalo que está en todas las conversaciones, aunque no se haya leído la novela publicada por la editorial Flammarion. 
      El planteamiento del Palacio del Elíseo habitado por Mohammed Ben Abbes, líder de un ficticio partido islámico, Fraternidad Musulmana –que, además, en la sexta novela de Houellebecq vence a Marine Le Pen, la gran favorita– ha irritado a muchos franceses; mientras, otros han acusado al escritor de incitar al odio contra los musulmanes. Mientras Houellebecq intenta defenderse pidiendo, primero, que se lea la novela: “Sumisión es todo salvo islamófoba, y racista aún menos. Espero que consigamos salir de ahí”.


      La ficción no se detiene en la victoria electoral de Ben Abbes –con el apoyo, por cierto, del actual presidente, François Hollande, y del partido conservador, UMP, que lidera Nicolas Sarkozy, para evitar el triunfo del Frente Nacional– si no que va más allá en las consecuencias. Houellebecq imagina cómo las mujeres se ven obligadas a vestir túnicas sobre su “vestimenta occidental” o, animada por las subvenciones públicas, abandonan en masa el mercado laboral. En consecuencia, baja el paro, la violencia urbana desaparece… Las universidades, por ejemplo, se vuelven islámicas. Y así.

NECESIDAD DE DIOS
“Lo he escrito por varias razones. En primer lugar, creo, es mi trabajo, aunque la palabra no me guste. Percibí unos grandes cambios cuando volví a instalarme en Francia, aunque estos cambios no sean específicamente franceses, sino más bien de occidente en general. Creo que la segunda razón es que mi ateísmo no ha sobrevivido del todo a la cantidad de muertes a las que me he tenido que enfrentar. De hecho, empezó a parecerme insostenible”. Detrás de la polémica y el debate ante un escenario político que el propio autor califica de “improbable”, hay una cuestión nuclear para la lectura de Sumisión y, en cierta manera, comprender a Houellebecq: “Creo que existe una necesidad de Dios real y que el regreso de la religión no es un eslogan sino una realidad, y que está claramente en ascenso”.
      La alusión a lo religioso –durante las entrevistas de promoción ha declarado que “nunca fui del todo un ateo, era un agnóstico”, dejando en el aire su acercamiento al catolicismo– está, si queremos creer al novelista, en el germen de la novela: “En el fondo es sobre la idea de que alguna religión es necesaria”. O, dicho de otro modo por el propio autor: “En muchos sentidos sigo siendo un comtiano, y no creo que una sociedad pueda sobrevivir sin religión”. Tema que ya ocupó su hasta ahora última novela: La posibilidad de una isla (Alfaguara, 2005), aunque Houellebecq –Daniel, su personaje, evidentemente– imagina en un escenario de ciencia ficción una religión propia, futurista y sesgada, a partir de su abominación a todo lo que entendemos por sagrado. Y, por supuesto, la necesidad de creer en “algo más allá” está en su novela más famosa, Las partículas elementales (Anagrama, 1999). 
      Después publicó Plataforma (Anagrama, 2001), en donde los grandes temas son muy similares a Sumisión –un protagonista perdido en la soledad, el sexo, la falta de amor que anhela un mundo muy distinto–, novela donde en su desenlace imagina un gran atentado en la costa tailandesa, a donde el protagonista decide establecerse. La bomba causa “117 muertos, el más mortífero conocido en Asia” y Houellebecq lo atribuye en su ficción a un grupo de yihadistas. Un año después, en 2002, un atentado muy similar tuvo lugar en Bali con más de 190 muertos reivindicado por Al Qaeda. Las opiniones de Houellebecq entonces: “El Islam es la religión más idiota del mundo”. Y “la más peligrosa”, según afirmó en una entrevista a la revista “Lire” en septiembre de 2001, hicieron llover querellas por injuria racial e incitación al odio, acusaciones de las que fue absuelto por el Tribunal Correccional de París.


      Ante Sumisión, Houellebecq se desdice: “En el fondo, después de leerlo, el Corán es mejor de lo que pensaba. La conclusión más evidente es que los yihadistas son malos musulmanes –ha argumentado– y que la guerra santa de agresión no está autorizada en principio, sólo es válida la predicación”. La trama, sin embargo, tiene un eco mucho mayor. Houellebecq –y evidentemente no es la primera vez que lo hace, aunque ahora parece que se le lee mejor– describe un mundo sin arraigos ni valores morales ni atributos éticos. Ese es su verdadero escenario-presagio. Es el escenario en el que vive y se mueve su protagonista, un profesor de la Universidad de la Sorbona, especialista en el escritor decadentista Joris Karl Huysmans –luego convertido al catolicismo–, soltero, alcohólico y mujeriego que va a acabar haciéndose musulmán, en pleno marco de islamización emprendida por el presidente Ben Abbes, que incluye la propia Sorbona. En cierto sentido –reduciendo la novela a la limitación de condesar sus múltiples lecturas, algo siempre injusto– busca en la sumisión a la religión una certidumbre que la libertad le niega.

ACERCAMIENTO A LA FE       
“Al principio mi proyecto era muy diferente –ha afirmado Houellebecq en varias entrevistas–. No se iba a llamar Sumisión; el primer título era La Conversión. Y en mi proyecto original el narrador también se convertía, pero al catolicismo. Lo que quiere decir que siguió los pasos de Huysmans un siglo después, abandonado el naturalismo para hacerse católico. Y yo no fui capaz de hacerlo”. El autor explica esa imposibilidad por una mera cuestión de credibilidad narrativa: la Francia de Ben Abbes, entre otras cuestiones, pero también porque el personaje de François, con tanto en común con Des Esseintes –el gran personaje decadentista de la literatura de Joris-Karl Huysmans (París, 1848-1907)–, no es ni mucho menos el propio Huysmans, que en 1900 evolucionó hacia un cristianismo místico. El tema central de la novela de Houellebecq, pese a que no tenga el eco de la presunta islamofobia, es el acercamiento a la fe, el papel preponderante que la religión –y no precisamente por la violencia que genera desde la aberración de la Yihad– está llamada a jugar en un escenario donde el regreso al credo o la conversión serás significativo. Por ejemplo, estos días ha dicho Houellebecq: “Que la gente se convierta es una señal de esperanza, no una amenaza. Dicho esto, no creo que la gente se convierta por razones sociales, las razones de su conversión son más profundas, incluso aunque mi libro me contradiga ligeramente, siendo el de Huysmans el caso clásico de un hombre que se convierte por razones que son puramente estéticas”.
      Como “ficción política”, lo que rodea a todo este escenario en Sumisión tiene un indudable lugar para el debate. Es decir, Ben Abbes y la Fraternidad Musulmana, con su política de islamización. Incluso también si, según algunos analistas, como el director de "Libération", Laurent Joffrin, la novela favorece la expansión del Frente Nacional al seguir la “táctica del miedo”. La cuestión de fondo es otra, con todos los matices que habría que hacer a Houellebecq, que son  muchos. El tema de Houellebecq –quien también ha denunciado como “el catolicismo, ciertamente, ha sido más o menos marginado” en Francia– es, aquí también, la necesidad de creer en Dios.

Leer en la revista Vida Nueva (nº 2.928):

lunes, 26 de enero de 2015

Magistral Cabrera, hombre de fe y ciencia / Laurel y rosas (27)

Retrato del Magistral Cabrera expuesto en el Museo de la Catedral de Cádiz.


JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | DIARIO DE CÁDIZ

A pesar de los esfuerzos de antaño y de ahora, hay figura esenciales en la historia de Chiclana que pasan de puntillas. Uno de ellos es quizás el más ilustre sabio nacido entre nosotros: Antonio Cabrera y Corro (1763-1827), que, entre el corolario amplísimo de responsabilidades civiles -Interventor de Hacienda, Comisario de Guerra, Examinador Sindical y Profesor-, ha quedado para la historia como "canónigo magistral" de la Catedral de Cádiz, cargo que obtuvo en oposición a José María Blanco White, aunque "el Cabildo había hecho ya su elección -afirma el escritor y sacerdote sevillano en su autobiografía- antes de convocarlas, según sabía muy bien el candidato triunfador". No le faltaban méritos sin embargo a don Antonio. Ahí está esa referencia afortunada que es la biografía de Paz Martín Ferrero, "El Magistral Cabrera, una naturalista ilustrado" (Diputación de Cádiz-Ayuntamiento de Chiclana, 1997), que, particularmente, nos abrió -con la necesaria profundidad- el conocimiento de entre quien mejor luce entre los hijos de esta ciudad ese adjetivo notorio, distinguido y distintivo que es "insigne". Si hoy la figura del Magistral Cabrera sigue siendo una referencia actualísima es como botánico, aún como ictiólogo, pero indudablemente como ficólogo, es decir, como verdadero precursor del estudio de las algas. En el Real Jardín Botánico de Madrid existe aún un "herbario" enviado por Cabrera con especies de la marisma de Chiclana a Sancti Petri. Entre ellas, como simple curiosidad, una conocida como "Suhria vittata", rarísima en cuanto es habitual solo en los mares fríos del Hesmiferio Sur. 

En la exposición "Vox Clamantis" se pudo ver un ejemplar del libro "Breve noticia histórica del ficólogo español D. Antonio Cabrera" (1925), escrito por Luis Pardo, gentilmente cedido por el director del Archivo Diocesano del Obispado de Cádiz y Ceuta, el padre Luis Palomino Millán. Ese libro -en el que se incluye una lámina con una imagen de un retrato del Magistral Cabrera existente entonces en la Iglesia Mayor de San Juan Bautista y lamentablemente desaparecido- ha dado pie a que, de una vez, podamos saldar una deuda pendiente con el padre Palomino Millán, que es quién mejor conoce la figura extraordinaria del Magistral Cabrera, del que ha dado en los últimos años sugerentes conferencias destacando el notable papel del sacerdote chiclanero en el Cádiz de las Cortes, en donde jugó una gran influencia. Predicó, por ejemplo, en el Te Deum que se celebró en la Iglesia del Carmen tras la jura del texto constitucional. Ramón Solis recogió un anónimo "Soneto a la Constitución" que deja muy claro el papel preponderante del Magistral Cabrera, y en sus tres últimos versos afirma: "Tus leyes regirán la edad postrera/ si hay ministros del culto santo y puro/ como el insigne magistral Cabrera".




Evidentemente, en la apertura al culto de la Iglesia Mayor de San Juan Bautista la presencia -y el protagonismo- del ilustre magistral era inevitable: "El día del Sr. San Juan Bautista, Patrono del pueblo y titular de la iglesia, cantó el Sr. Vicario capitular de la ciudad de Cádiz, D. Mariano Martín de Esperanza, la primera misa y en ella predicó el Magistral D. Antonio Cabrera natural de esta villa", como se lee en el Libro de bautismos nº 41. Aunque nacido en la calle Jardines, Cabrera creció muy cerca de la Iglesia Mayor, en lo que eran las Cuatro Esquinas -según Jesús Romero Montalbán no era la que ahora conocemos, sino justamente más abajo, en el cruce de Padre Añeto con Corredera, la antigua calle de los Mesones-, en donde su familia regentaba una panadería. El padre Palomino Millán no solo va a recrearnos su figura esencial, sino que también va a sorprendernos con sus revelaciones como hombre de ciencia. Pero el próximo viernes, 30 de enero, a las 20,30 horas, en la propia Iglesia Mayor de San Juan Bautista, el director del Archivo Diocesano también va a mostrarnos esa otra fama de hombre santo que hizo del Magistral un personaje "popular, querido, entregado, desprendido y dadivoso, afable y jocoso". 

Es cierto, como se ha escrito, que la cualidad más brillante del Magistral Cabrera no era ciertamente su talento, ni su sabiduría, ni su elocuencia, sino el constante ejercicio de las dos primeras virtudes cristianas: la humildad y la caridad. "Héroe de la caridad", lo llamó el agustino Domingo Peña de San José, primer Superior del convento de San Telmo en 1949, según nos ha alumbrado Romero Montalbán. En el libro "19 huellas" (Navarro Editorial, 2013) se lee un extraordinario relato escrito por Julián Mª Cano Villanueva, "Escultura para una encrucijada (Una mirada al Magistral Cabrera)". Ahí, don Antonio se encuentra con su ángel de la muerte, lo que fue su vida y su ejemplo; que a Cano Villanueva, en un íntimo colofón, le sirve para afirmar: "He comprendido que no se puede ser maestro de verdad si la sabiduría y la paz no inunda el espíritu de pies a cabeza".

http://www.diariodecadiz.es/article/opinion/1947070/magistral/cabrera/hombre/fe/y/ciencia.html

miércoles, 14 de enero de 2015

Vox Clamantis, arte e historia en la Iglesia Mayor de San Juan Bautista

Fragmento de "El conde de Maule y Antonio Pizano ante un paisaje de Chiclana". Franz Xavier Riedmayer.
Óleo sobre lienzo. 1806. Colección particular. Foto. Félix Alonso del Real

“El 10 de febrero de 1776 se abrieron los cimientos de esta iglesia parroquial del Sr. S. Juan Bautista, 
colocando la primera piedra D. Andrés del Barco, Canónigo lectoral de Cádiz, comisionado por el Ylmo. 
Sr. D. Fr. Tomás del Valle, Obispo de la diócesis”.
Lápida conmemorativa de primera misa celebrada el 24 de junio de 1814. Iglesia Mayor de San Juan Bautista.


JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | Coordinador del II Centenario de la Iglesia Mayor

Doscientos años después de su apertura al culto –el 24 de junio de 1814–, la Iglesia Mayor de San Juan Bautista sigue siendo el edificio más emblemático de Chiclana. Su perfil y estampa neoclásica –junto al Arquillo del Reloj, la torre del antiguo Concejo que hoy le sirve de campanario– es visible desde cualquier punto de la ciudad y con la ermita de Santa Ana representa los dos grandes hitos de la arquitectura y de la religiosidad chiclanera.

          Su construcción fue iniciada por Torcuato Cayón de la Vega, inmediatamente después de que el arquitecto proyectara la ermita de Santa Ana. Cayón dibuja los primeros planos de la Iglesia Mayor entre 1774 y 1776, dando inicio a una épica historia en la que el hermoso templo nace como un singular proyecto arquitectónico del clero y de los ilustrados chiclaneros y gaditanos. La riqueza que en el último tercio del s. XVIII genera el comercio con América está íntimamente vinculada al ambicioso edificio que concibe Cayón y culmina su discípulo predilecto y ahijado, Torcuato José Benjumeda.

           Treinta y ocho años transcurren hasta la primera misa, pero el esplendor con el que Benjumeda rehace el proyecto inicial nunca verá al completo la luz. El edificio, erigido con piedras de La Barrosa y de la cantera del Jardal, va a quedarse para siempre incompleto. El fin del comercio de Indias, la independencias americanas y la invasión francesa imposibilitan la terminación de las obras: sin torres, sin la espléndida cúpula propuesta por Benjumeda, sin su fachada dedicada a San Juan Bautista encargada a Cosme Velázquez, sin los mármoles de jaspe negro que se incautaron los soldados napoleónicos.

          El templo, de medidas inusuales y extraordinaria presencia, simboliza el original neoclasicismo gaditano. Pero es mucho más: es testimonio de cómo una ciudad emerge de las ruinas y del fervor hacia San Juan Bautista, la voz que clama en el desierto –“Vox clamantis in deserto”–, el que habla sin ser escuchado. Un culto medieval que tiene su origen en los duques de Medina Sidonia, a los que pertenecía Chiclana, pero a lo largo de los siglos el “precursor”, el Mensajero de Cristo, es también “Patrón y Protector del pueblo por unanimidad”. Así lo reconoce el Papa Benedicto XV al declararlo en 1916 junto a la Virgen de los Remedios como Santos Patronos de Chiclana.

Vista parcial de la fachada de la Iglesia
Mayor. Foto: Pedro Leal Aragón

1. Una iglesia en el estilo neoclásico reinante en la Bahía de Cádiz
La construcción de la Iglesia Mayor es consecuencia del momento histórico que vive la provincia de Cádiz en el siglo XVIII, que es el Siglo de Oro de la Bahía. Chiclana, ante la ruina de la primitiva iglesia de San Juan Bautista –del siglo XVI–, construye un templo que sobrepasa la magnitud de la villa por el impulso del clero ilustrado. En ese momento de opulencia, los chiclaneros lo que quieren es hacer un monumento dedicado a Dios con el máximo esplendor que se podía y en el estilo reinante entonces, el Neoclásico. El nuevo templo ocupa el mismo solar de la antigua iglesia, que fue derribada una vez que al construirse en el año 1773 un panteón –cuyo proyecto se había encargado a Torcuato Cayón–, sus muros se resquebrajan. Es cuando se plantea hacer la nueva iglesia que ya demandaban el Concejo municipal y el propio Obispado de Cádiz, además de los comerciantes gaditanos que acuden a sus casas de recreo en Chiclana.

           No se han conservado la planta de la iglesia medieval ni ninguno de los planos de Cayón, afortunadamente sí los firmados por Torcuato Benjumeda en 1786 –plantas general, cortes longitudinal y transversal– y en 1805, cuando firma sus “pensamientos” para los altares que envía a la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. “Se está haciendo una Iglesia Parroquial, que es la única, con proporción al pueblo, y la dirige el arquitecto don Torcuato Benjumeda, quien ya ha dado pruebas de que sigue el buen camino del Arte”, que escribe en 1794 Antonio Ponz en su célebre Viaje de España [Tomo XVIII. Pág. 44-45].

Torcuato Cayón de la Vega. Anónimo. Óleo sobrelienzo. s. XVIII. Catedral de Cádiz.

2. Benjumeda, arquitecto y vecino de Chiclana
Torcuato Benjumeda tuvo una íntima vinculación con Chiclana. Aquí, en este mismo edificio –hoy sede del Museo de Chiclana– vivió, propiedad entonces de su suegro, Manuel Martínez de Pinillos, quien también perteneció a la Junta de Obras de la Iglesia Mayor en 1813. La fachada que aún vemos en este museo es posiblemente obra suya, aunque está atribuida a Miguel de Olivares. Y aquí, en la cercana iglesia de San Martín –hoy desaparecida–, también se casó. Todo esto da una idea de lo que para él significaba, del anhelo que puso en el nuevo templo, de cuyas obras estuvo al frente 42 años.

          La iglesia Mayor fue su gran obra cumbre, pero también le supuso grandes quebraderos de cabeza. En 1824 sabemos que presentó cuatro proyectos para ultimar el revestimiento de su cúpula: con ladrillos sevillanos, azulejos de Valencia, chapas de zinc o de plomo, aprobándose finalmente la primera solución. Además, no cobró gran parte de sus trabajos. Al morir, en 1836, su hijo Francisco de Paula perdonó la deuda a la Junta de Obras a cambio de que se dijeran misas en su memoria.

El arquitecto Torcuato Benjumeda. Juan Rodríguez “El
Panadero”
. Óleo sobre lienzo. 1800-1830. Museo de Cádiz.

3. Testimonio del esplendor y ruina del comercio gaditano
En la nueva iglesia, además del esplendor del siglo XVIII, también se va a reflejar la ruina de los primeros años del XIX, cuando Cádiz deja de detentar el monopolio con Indias y comienzan a independizarse, a partir de 1797, las colonias americanas. La batalla de Trafalgar (1805) y la invasión francesa durante la guerra de la Independencia (1810-1812) va a provocar, unidas a la crisis comercial, el periodo más dramático en la historia de Chiclana. La Iglesia Mayor servirá de cuartel de artillería y caballerizas de las tropas napoleónicas en pleno asedio a Cádiz y a la Isla de León. 

          Tras la marcha de los franceses, la Junta de Obras, reconstituida en febrero de 1813, decide emprender la tarea de abrir por fin la iglesia al culto gracias al empuje –y aportación económica– de dos ricos comerciantes, el chiclanero Antonio Pizano Fernández y el chileno Nicolás de la Cruz Bahamonde, Conde de Maule. El Archivo Parroquial conserva hoy parte del extraordinario patrimonio documental de la antigua Iglesia de San Juan Bautista: libros de bautismos –el primero, de 1537–, matrimonios y enterramientos desde el siglo XVI. Muchos de ellos se copiaron entre 1775 y 1776. Posee, además, la documentación de las Juntas de Obras desde 1787. “La iglesia parroquial es de bella arquitectura –escribió Nicolás de la Cruz, Conde de Maule, en su Viaje de España, Francia e Italia–. La portada tiene dos cuerpos, cada uno con cuatro columnas pareadas de orden compuesto. En la parte superior, en el frontis, se ven dos genios sosteniendo un escudo”.

Vista interior cortada por la línea A. B. a lo largo del plano
de la Iglesia Parroquial de la Villa de Chiclana de la Frontera.
Torcuato José Benjumeda. Plano. Julio, 1786. Colección Solís.

4. Testigos del templo y villa de Chiclana
Muchos son los personajes eclesiásticos vinculados a la historia de la actual Iglesia Mayor, como el canónigo magistral de la Catedral de Cádiz, el sabio botánico Antonio Cabrera y Corro –nacido en Chiclana en 1762–, que predicó en la primera misa inaugural el 24 de junio de 1814 y tuvo importante cargos religiosos y civiles en el Cádiz doceañista. Entre ellos, habría que destacar a dos insignes obispos de la diócesis de Cádiz, que mantenían en Chiclana casa de recreo, como era habitual desde que en el siglo XV ya lo hiciera el obispo Gonzalo de Venegas. Uno es Fray Félix María de Arriete y Llano (1811-1879), quien presidió la consagración de la Iglesia de San Juan Bautista en 1847 y trasladó oficialmente a la Villa su residencia –a la desaparecida Casa del Obispo–, meses antes de su muerte, cuando renuncia a la sede gaditana. Fue enterrado en la propia Iglesia Mayor y luego trasladado a la catedral de Cádiz. El otro, José María Rancés y Villanueva (1842-1917), residió en la casa de don José del Retortillo, en la plaza a la que hoy da nombre.

         Solo un obispo permanece enterrado en la Iglesia Mayor. Su tumba ocupa el crucero bajo un epitafio que le oculta como “Pedro José/ Obispo Pecador”. Aunque gaditano, Pedro José Chaves de la Rosa fue rector de la Universidad de Osuna, obispo de Arequipa (Perú) y nombrado en 1813 Pro-Capellán de Palacio, Limosnero Mayor del Rey y Patriarca de las Indias, aunque Fernando VII, al volver de Francia, rechaza su nombramiento, ordenando su destierro a Chiclana, donde ya había residido desde su vuelta de América. Destacan también sacerdotes chiclaneros fundamentales en el paso del siglo XIX al XX, como los piadosos Francisco de Paula Fernández-Caro Pareja y Manuel Añeto Guijarro. Además del padre Fernando Salado Olmedo, que presidió la conmemoración de I Centenario de la Iglesia Mayor.

Libro de bautismos nº 5. Portada Ilustrada. Manuscrito. 1745 [Copia del original de 1552-1558]. Archivo
Parroquial. Iglesia Mayor de San Juan Bautista.

5. Un legado arquitectónico y patrimonial vivo
La Iglesia Mayor es una obra inacabada. El templo se abre al culto con una cúpula provisional de madera, que años después se construye con menores proporciones y materiales muy pobres, y sin su linterna, nada que ver con el esplendor imaginado por Benjumeda. Los altares dibujados por el arquitecto tampoco se pueden construir en mármol, sino que se realizan también en madera policromada. Décadas más adelante se reconstruirán inspirándose en los modelos de 1805. No se pueden rematar las torres ni se puede concluir la serie escultórica prevista en la fachada, con un San Juan Bautista como imagen titular, para la que se había contratado a Cosme Velázquez. 

          El famoso escultor academicista tan solo pudo erigir el conjunto heráldico del frontón. Entre los daños causados por el ejército napoleónico, se incluye el expolio de los mármoles labrados para el altar mayor y para el podio de los pilares. Pero, a pesar de todo, la Iglesia Mayor ha podido conservar testimonios de su historia artística y eclesiástica –como la rica orfebrería y ornamentos litúrgicos de los siglos XVIII y XIX–, que es un legado patrimonial aún en uso y, por tanto, vivo.



6. El año 1814 y el resurgir económico de Chiclana
La inauguración de la Iglesia Mayor tiene lugar el 24 de junio de 1814, cuando se dice en ella la primera misa. Esa ceremonia de apertura al culto del templo dedicado a San Juan Bautista no solo pone fin a un largo periodo de infortunios y pesares económicos, sino que también simboliza el renacer de Chiclana. Ningún momento histórico tiene la significación que este año de 1814. La fecha tiene la mayor de las importancias. Tanto en lo espiritual como en lo arquitectónico, por lo que significó abrir al culto una Iglesia Mayor que, aunque se terminó como bien se pudo, aún hoy es, sin duda, la construcción más importante de su historia.

           “El día 23 de Junio de 1814 se trasladó la Majestad de Nuestro Dios a la nueva parroquia del Sr. San Juan Bautista de la iglesia de San Martín que estuvo sirviendo de parroquia desde el día 3 de octubre de 1778”, se puede leer en el Libro de entierros nº 14 [Folio 290. 1814-1817], conservado en el Archivo Parroquial de la Iglesia Mayor de San Juan Bautista. Nunca el pueblo chiclanero –y su clero– pusieron tanto anhelo en una obra de tanta envergadura como ésta.

           La nueva iglesia simboliza, además, la íntima vinculación de Chiclana con la capital gaditana, con su arquitectura y con su economía. Seguirá siendo, por supuesto, ciudad de recreo de las familias ricas de Cádiz. En lo económico y en lo social, es también el año en el que de nuevo se pudo comenzar a labrar las tierras o a reponerse las viñas, aunque desaparecieron para siempre los olivares.

San Juan Bautista. Franz Xavier Riedmayer. Óleo
sobre lienzo. 1817. Iglesia Mayor de San Juan Bautista

7. ¿Por qué San Juan Bautista?
La tradición nos dice que el templo principal de un municipio suele estar dedicado a su santo patrón. En muchas ciudades el patronazgo, además, está vinculado a una aparición o plegaria satisfecha, como es el caso de la Virgen de los Remedios. Pero, ¿por qué San Juan Bautista? Para identificar el origen del culto al “Precursor” en Chiclana debemos remontarnos al siglo XVI. Encontramos la primera referencia a la primitiva iglesia de “Sant Juan” en la Crónica de Pedro de Medina (1561), aunque también habla de una pequeña iglesia anterior dedicada a San Martín. Es muy probable que, al aumentar la población de la entonces aldea, el Duque de Medina Sidonia, señor de la villa de Chiclana, contribuyese con la edificación de una iglesia más digna. La titularidad de San Juan Bautista podría deberse a la onomástica habitual de la Casa de Medina Sidonia, cuyos duques alternaban con frecuencia el nombre de Alonso y Juan Alonso. Entre 1445 y 1615 se sucedieron hasta cuatro duques con el nombre de Juan. 

          La iglesia primitiva se construyó durante el gobierno del VI Duque de Medina Sidonia, Juan Alonso Pérez de Guzmán y Zúñiga –casado con Ana de Aragón y Gurrea, nieta del rey Fernando el Católico–, familiar directo de Antonio de Zúñiga y Guzmán (1480-1533), prior de la Orden de San Juan de Jerusalén (posteriormente Orden de Malta), el cual, a su vez, era nieto del primer Duque de Medina Sidonia, Juan Alonso de Guzmán. La duquesa Ana de Aragón mandó construir en Chiclana las ermitas de Santa Ana y San Sebastián. Y ella fue quien, probablemente, decidiera en honor de su esposo la advocación de San Juan Bautista a la primera parroquia de la villa de Chiclana.

          El Libro de bautismos nº 41 [1810-1816. Folio 155] del Archivo Parroquial recoge cómo “el día del Sr. San Juan Bautista, Patrono del pueblo y titular de la iglesia, cantó el Sr. Vicario capitular de la ciudad de Cádiz, D. Mariano Martín de Esperanza, la primera misa y en ella predicó el Magistral D. Antonio Cabrera natural de esta villa”. La crónica la escribe el párroco Nicolás Martínez, sin embargo es en el Libro de entierros nº 14 [1814-1817. Folio 290], donde otro sacerdote, Montero de Espinosa según firma, anota la “inscripción que se ha de poner en la puerta de la Iglesia”, pendiente aún desde hace doscientos años:

A JESUCRISTO
DIOS UNO Y VERDADERO
BAJO LA TUTELA DEL
PRECURSOR
FUE DEDICADO ESTE TEMPLO
VENCIDO LOS FRANCESES
REINANDO EL REY
FERNANDO VII
EN EL AÑO DEL SEÑOR
MDCCCXlV.



* Texto incluido en el catálogo de la exposición "Vox Clamantis. Arte e historia en la Iglesia Mayor de San Juan Bautista. 1814-2014", editado por el Ayuntamiento de Chiclana, dentro de los actos del II Centenario de la Iglesia Mayor de San Juan Bautista. © Ayuntamiento de Chiclana. Todas las imágenes incluidas en este artículo pertenecen al catálogo de la exposición. 

** Este texto se ha escrito con la contribución y la colaboración inestimable de Jesús Romero Montalbán y Carmen Arias Guerrero, a los que agradezco todas sus aportaciones y sabiduría.  

Más información: http://www.museodechiclana.es/es/voxclamantis