lunes, 23 de marzo de 2015

Réquiem, duelo e iluminación / Laurel y rosas (31)


Recreación del paso del Santísimo Cristo Yacente, en la "Pasión" de la compañía Teatro Corsario, de Valladolid. Foto: Luis Laforga/Teatro Corsario.

JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | DIARIO DE CÁDIZ
En el umbral de la Semana Santa, en las andas mismas de pregones que van y vienen al filo de la Cuaresma, es el momento preciso para significar cómo en las calles de Chiclana vamos a ver de nuevo ese itinerario donde la divinidad de Jesús se esconde. En la Pasión, la filiación divina de Jesús irradia desde su humanidad. Dios se humaniza al vincularse al sufrimiento, que es la revelación de la Cruz. Borriquita, Humildad y Paciencia, Afligidos, Perdón, Medinaceli, Nazareno, Santo Cristo, Santo Entierro encarnan eso que Rafael Argullol, novelista y ensayista, catedrático de Estética y Teoría de las Artes en la Universidat Pompeu Fabra, llama la “pasión del Dios que quiso ser hombre”, título preciso de su último –y recomendable– libro sobre la atracción de la figura de Jesús y su íntima vinculación con la historia del arte. “La intimidad que pronto dejé de tener con el cristianismo –confiesa Argullol– la continué teniendo con Cristo. El personaje me fascinaba, por más que fuera escurridizo para toda interpretación. Si mayor poder residía, creo, en ese oscuro amor que se enroscaba alrededor de tanto tormento. Esto era, al mismo tiempo, excesivamente inquietante”.

     La vida y la muerte de Jesús ha transformado nuestras formas de ver la vida; del mismo modo que altera la cotidiana tranquilidad de las calles durante la Semana Santa. Su presencia ha marcado, también, nuestra forma de comprender la cultura –el arte y la música, básicamente– a lo largo de los siglos. Inmersos en una sociedad escéptica, enclavados en un tiempo postreligioso, creer no es fácil, pero al mismo tiempo la figura de Jesús emerge de nuevo como un modelo a imitar: el centro de mensaje de Jesús está en su vida, no en su muerte y en el posterior anuncio de su resurrección. Su Pasión –esa epopeya trágica del cuerpo– es el espejo en el que se refleja la humanidad del Dios hecho hombre. Aquello de lo que habla el filósofo Juan Antonio Estrada en “¿Qué decimos cuando hablamos de Dios? La fe en una cultura escéptica” (Editorial Trotta): “La religión tiene que humanizar, capacitar, ayudar a crecer. Dar fruto de justicia, de verdad y de solidaridad”. El hombre se diviniza al solidarizarse con el otro.


     Es indudable que la cultura tiene una atracción pendular, de idas y venidas, con el misterio de Jesús. En los últimos años, novelistas españoles –y no solo católicos– se adentran en su figura con curiosidad y profusión: el citado Rafael Argullol, Eduardo Mendoza, Ricardo Menéndez Salmón, Álvaro Pombo, Gustavo Martín Garzo, José Luis Corral. En la poesía y en el teatro figuras renovadoras como José Manuel Correidora se enfrentan a Cristo y su Pasión, como desde el renacimiento lo vuelven a hacer compañías contemporáneas como Nao d’Amores o desde el barroco la vallisoletana Teatro Corsario.

     En el escenario musical, existe una renovada pasión –sirva el juego de palabras– por programar una y otra vez réquiems, entendidos no solo como el género medieval de la misa de difuntos, o sus versiones más contemporáneas denominadas “corpus un memoriam” basadas en textos sagrados, o incluso esas “evocaciones fúnebres o lamentaciones de tema mortuorio” desprovistas de toda connotación litúrgica. La misa de réquiem es una de las mayores aportaciones de la Iglesia Católica a la música clásica. El origen de una composición concebida –más allá de su funcionalidad litúrgica– para transmitir paz y consuelo explica, indudablemente, el interés creciente que se vive por los réquiems. También como materialización coral de la Pasión de Cristo. Nunca se han programado tantos ni tan diversos.



      El próximo día 28 –sábado de Pasión– la Iglesia Mayor de San Juan Bautista, inmersa en su conmemoración del II Centenario de su apertura al culto, será escenario a las 21,30 horas de uno de los más singulares y contemporáneos: el estrenado en 1985 por el legendario Andrew Lloyd Webber, uno de los grandes compositores del siglo XX, conocido por sus musicales: “Jesucristo Supertar”, “Cats”, “El Fantasma de la Ópera” o “El mago de Oz”. Webber escribió su “Misa de Requiem” en memoria de su padre, y la representó por primera vez en la iglesia episcopaliana de Santo Tomás, en Nueva York, hace justamente 30 años. 

     Es la partitura –incluido el famoso Pie Jesu, el single que interpretado por la soprano Sarah Brightman llegó a estar entre los más vendidos en todo el mundo– que ahora recupera la Orquesta Sinfónica del Aljarafe, dirigida por Pedro Vázquez Marín. Esta joven orquesta tiene en su catálogo otros réquiem famosos representados en Chiclana en los últimos años –Mozart, Cherubini–, pero también más desconocidos como el que interpretaron el pasado año de Franz Von Suppé, compositor autrohúngaro que lo estrenó en 1855. El impresionante “Descendimiento” (1435) de Rogier van der Weyden –al que el Museo del Prado dedica ahora una excepcional exposición– sirve un año más de cartel al réquiem que programa el Ayuntamiento de Chiclana. Réquiem, duelo, consuelo e iluminación.


Leer en Diario de Cádiz: 
http://www.diariodecadiz.es/article/opinion/1989915/requiem/duelo/e/iluminacion.html

P.D. Recomendabílisma esta grabación de 2010 del programa "Al margen-La última luz", de RNE, dedicado en 2010 al Réquiem de Lloyd Webber:

http://www.rtve.es/alacarta/audios/al-margen/margen-ultima-luz-requiem-andrew-lloyd-webber-22-01-10/665340/

domingo, 8 de marzo de 2015

Ya llegó la primavera (en el siglo XVIII) / Laurel y rosas (30)

La primavera ya llegó a Sancti Petri. Foto: Karen Neller

JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | DIARIO DE CÁDIZ
El absolutista Juan Bautista Arriaza y Superviela (Madrid, 1770-1837) fue un poeta menor que se dio a conocer en la Guerra de la Independencia por una serie de versos en honor de Fernando VII y por su poema extenso erótico-festivo sobre la danza, “Terpsícore o las gracias del baile”. A nosotros nos interesa por sus “Poesías líricas”, publicadas en 1822, en donde incluye el poema “Anacreóntica”, sobre, como él mismo explica, “a las primeras partidas de campo que se hicieron a Chiclana después del largo sitio de Cádiz, y acabados de destruir los campamentos franceses”. Sus primeros versos dicen así: “La primavera alegre/ llama con dulce risa/ al campo de Chiclana./ Las gaditanas Ninfas,/ tras los aciagos tiempos/ en que la guerra impía/ las tuvo entre murallas/ medrosas y afligidas./ Vedlas correr ansiosas,/ y ocupar a porfia/ las deleznables lanchas,/ las ruidosas berlinas”. 

      Llega la primavera y las familias ricas de Cádiz se echaban a la mar hacia Chiclana, hacia sus acaudaladas casas de campo, antes que nadie esas “gaditanas ninfas”, como la propia hermana de Antonio Alcalá Galiano, que confiesa en sus “Memorias”: “Mi hermana vestía con mucho rumbo, y quiso tener casa de campo en Chiclana, lo cual se llevó á efecto, porque así lo hacen las gentes de tono”. Arriaza prosigue sus versos festivamente describiendo esas barcazas en la mar hacia el embarcadero del Arenal: “¡Cuál por llegar se afanan/ y con jocosa grita/ al más ligero aplauden/y al perezoso animan!/ Bulle en placer Chiclana/ al verse acometida/ por mar y tierra a un tiempo/ de tropas tan festivas”.
Juan Bautista Arriaza
     En una fecha un tanto tardía, en 1867, el dramaturgo Juan Eugenio Hartzenbusch –el mismo que había recopilado años antes las “Obras escogidas” de Antonio García Gutiérrez– recopiló, editó y publicó el segundo tomo de las “Obras póstumas” de Leandro Fernández de Moratín (Madrid, 1760-París, 1820), el célebre autor de “El sí de las niñas”. En ellas se incluye los autógrafos de su “Viaje a Italia”, libro que el había quedado inconcluso. Más bien, a Moratín no le dio tiempo de estructurar ni concebir esa obra, sino que dejó cuadernos sueltos con apuntes escritos a vuela pluma durante su presencia en Italia en 1796. 

     Al regreso a España, embarca en Génova hasta Mahón, de la isla balear prosigue hasta Málaga. Ya en carruaje, con Madrid como destino final, enfila el camino de Algeciras a Cádiz. Es entonces cuando pasa por Chiclana y escribe, según nos dice Hartzenbusch, “en un cuadernos de pocas hojas, igual que los anteriores, bien que sin título ni numeración” lo siguiente: “Chiclana es el lugar de delicias de las gentes ricas de Cádiz, y aquí vienen a divertirse en la buena estación las damas gaditanas, acompañadas de sus amantes, y seguidas de todo el lujo y aparato de la ciudad. Lo que se gasta y destroza con este motivo es incalculable. Aquí son los rompimientos, los celos, la tibieza, los nuevos amores, los enredos y graciosas aventuras, que alimentan en lo restante del año la curiosidad pública. Chiclana es el retrato de tales fábulas. Los maridos se quedan en Cádiz con sus cálculos y especulaciones mercantiles, envían dinero a Chiclana cuando es menester, y así conservan el inviolable amor de sus fieles esposas”.



      Ay. La primavera. Frasquita Larrea, por cierto, juzgaba insulso y aburrido el teatro de Moratín. De “El sí de las niñas”, obra que debió ver en Chiclana hacia 1806, llegó a decirle por carta a su esposo, Nicolás Bölh de Faber: “Te aburrirá, no tiene más mérito que su buen lenguaje”. Esta mujer que superó todas las convenciones que aún enclaustraban a la mujer escribió en su amplio epistolario una descripción de Chiclana, que nos interesa, precisamente porque insiste en esa asociación romántica entre nuestra ciudad y la primavera: “Era un dulce rincón. Rincón alegre y festivo de la hermosa Andalucía que alguna vez la risueña primavera señaló por suyo”. Palabras que luego el verano y toda su prosopopeya turística ha escondido. 

     “A lo lejos podéis divisar este ameno valle –sigue escribiendo Larrea a su corresponsal–. La blanca población de Chiclana resalta entre el perpetuo verdor de sus bosques de pinos”. Y en esa misma carta, más adelante añade: “¡Días de paz, fiestas de flores y frutas, celebradas al son de guitarras, panderos y castañuelas, en los campos de Santa Ana!”. Es curiosa la evolución de los gustos y placeres con los siglos. El jurista del Consejo de Indias, Rafael Antúnez y Acevedo, describió en sus “Memorias históricas”, recopiladas por Antonio García-Baquero González, a Chiclana en 1797 como “lugar de recreo y delicias para los habitantes de Cádiz”, sí, pero añade: “Allí tienen muchos comerciantes gaditanos casas de recreo. Las han embellecido y decorado con rincones a la sombra tan ansiados en estos lugares. Hay sobre todo dos estaciones, la primavera y el otoño en la que la estancia en Chiclana resulta maravillosa”.

sábado, 21 de febrero de 2015

Chiclana según Pérez Galdós / Laurel y rosas (29)

Galdós, según Sorolla. Foto: Casa-Museo de Pérez Galdós. Las Palmas de Gran Canarias.

JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | DIARIO DE CÁDIZ
La vida, como la literatura, es disonante, ambigua y ambivalente. Estos tres adjetivos –exactos sin duda– los enumera el filósofo Joan-Carles Mèlich es un librito extraordinario, “La lectura como plegaria” (Fragmenta Editorial). “En la literatura no hay ideas claras y distintas, no hay principios que nos digan cómo y de qué forma hay que leer, ni cuál es la forma correcta de lectura. En la literatura, como en la vida, tampoco hay señales inequívocas que nos muestren la interpretación correcta”. Para Mèlich, la literatura es, ante todo, un juego de infinitas interpretaciones. Me acordé de Mèlich por asociación con una relectura reciente de Galdós: “Misericordia”, en la magnífica edición de la Real Academia Española con un texto introductorio de Antonio Muñoz Molina. Un Galdós desengañado políticamente y que en esa novela, acabada en 1897, abandona el anticlericalismo por un misticismo en cierto modo necesario. “No hay religión sin misterio, sin angustia, sin vértigo”, dice Mèlich en su libro de aforismos. Frase muy propia para estos tiempos de cuaresma. También para concluir esta introducción de Benito Pérez Galdós (Las Palmas, 1843-Madrid, 1920), escritor portentoso como saben, y de una revisión que, desde hace tiempo, tenía pendiente a cómo Chiclana aparece en varios de sus volúmenes de los “Episodios nacionales”, al menos en cinco: en los titulados “Trafalgar”, “Cádiz”, “Mendizábal”, “De Oñate a la Granja” y “O’Donnell”. 
     La presencia de Chiclana en las 47 novelas que componen la gran serie histórica decimonónica o, para ser más concreto, es también la de personajes fundamentales de la Chiclana del XIX, siglo que ya se ha dicho que es, particularmente, nuestro siglo de Oro. “Yo soy gaditano, o lo que es lo mismo, de Chiclana, y por tener algún parentesco lejano con los Méndez y amistad con los Bertrán de Lis, no me ve usted pidiendo limosna. Soy muy corto. Aquí sólo hacen carrera los parlanchines, y yo, aunque andaluz, me callo muy buenas cosas y no tengo el despotrique que ahora se usa. Sea usted bullanguero, piense como un topo y charle como una cotorra, y verá cómo se le abren todos los caminos...”. Párrafo que Galdós pone en boca de don Fernando Galpena, protagonista de “Mendizábal” (1898), personaje de oscuro pasado y aún más extraño presente. La elección de Galpena como chiclanero nunca la explicó Galdós, pero en la novela se entiende perfectamente como un recurso para hablar de dos figuras del momento: una taurina, Paquiro; la otra, emergente, García Gutiérrez, que, como el mismo Juan de Dios Méndez Álvarez “Mendizábal” –aunque Galdós no duda en decir que es “hijo de Cádiz”–, aparecen también en “De Oñate a la Granja”, novela de la que sigue siendo protagonista el chiclanero Fernando Galpena.



      En “Mendizábal”, por ejemplo, Galpena asiste a una corrida con su mentor, el padre Pedro Hillo, para ver al “afamado” Paquiro, su paisano. Galdós llega incluso a atribuir a otro de los personajes de esta novela, a José del Milagro, compañero de Galpena en la Secretaría de Marina, la puesta en escena de “El Trovador”. Así le dice a Galperna: “Y en casa puede usted ver a una notabilidad, un chico poeta de mi pueblo, Chiclana, que aunque soldado de la última quinta, hace versos como los ángeles; sólo que es tan corto de genio y tan para poco, que cuesta Dios y ayuda hacerle leer lo que escribe. Se llama Antonio Gutiérrez, y ha compuesto un dramita que titula El Trovador o cosa así, y en casa nos ha parecido tan bueno, que yo mismo se lo he llevado a Guzmán para que lo lea, a ver si a él o a Carlos Latorre les da la ventolera de representarlo”. Galdós, ya en “De Oñate a la Granja” (1876), había insertado en la narración una carta dirigida a Fernandito Galpena por su madre: “¡Lo que te has perdido, badulaque, por meterte a politiquear en tonto! Si hubieras seguido formal y obediente, habrías asistido al estreno de El Trovador en el Príncipe. ¡Qué bonito drama, qué versos primorosos! Pocas veces ha estado nuestro gran coliseo tan brillante como aquella noche... ¡Qué selecto gentío, qué lujo, qué elegancia! La obra es de esas que hacen llorar en algunos pasajes, y en otros encienden el entusiasmo. Quizás tú la conozcas; el autor es un jovencito de Chiclana que andaba contigo y con Miguel de los Santos”.
     Chiclana aparece como parada del embustero Malespina dirección a Algeciras en “Trafalgar”, escenario de “la célebre batalla del Cerro de la cabeza del Puerco” en Cádiz, de residencia del taimado Tuste durante su adolescencia en “O’Donnell” o ciudad natal de “un tal Méndez, que en su día se las había visto más gorda, pues ni latín sabía, y se pasa el tiempo derribando vacas”, pariente de Mendizabal, al que el ministro había enchufado en “De Oñate a la Granja”. Ministro al que, por su origen gaditano, uno de los personajes, Víctor Ibraim, le llama “jormiguiya” por su origen gaditano, pero también por “su mucho moverse, mucho proyectar de fantasía, y poco chapitel”.

Ver en Diario de Cádiz:
http://www.diariodecadiz.es/article/opinion/1967961/chiclana/segun/perez/galdos.html

domingo, 15 de febrero de 2015

Bajo las dunas de la Loma del Puerco / Laurel y rosas (28)

La torre de la Cabeza del Puerco vista desde la Loma. Foto: Proyecto Limes Platalea
JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | DIARIO DE CÁDIZ
Hay rincones, espacios, paisajes que contagian a quien lo transita de trascendencia. De la certeza de hallarse en un lugar privilegiado, que te concede a la vez paz y euforia. Cada uno tiene el suyo, o los suyos. Ahora, cuando el frío se cierne casi irreversible sobre nosotros, es aún mayor el privilegio de pasear por una playa de La Barrosa desértica, al pie de un oleaje más voraz y sonoro que en el verano. De entre todas las posibilidades que los kilómetros de playa otorga, particularmente, la Loma del Puerco ofrece, sin duda, una de las vistas más espectaculares de la playa, que, por sí misma, explica su singularidad desde un punto de vista estratégico o de vigilancia de la costa. Aún con el desarrollo hotelero del entorno, es uno de esos parajes en el que el tiempo se detiene, entre las sabinas, los mirtos, las santolinas, las retamas, los lentiscos, las jaras y los enebros del frente litoral.
La Torre del Puerco, la abandonada casa-cuartel, el Parque Periurbano de La Barrosa forman parte de un escenario de extraordinario interés histórico, habitado y asociado a la actividad pesquera, al menos hace 1.400 años a. C. Mucho, afortunadamente, se ha escrito del capítulo fundamental en la historia de la Guerra de la Independencia, que se desarrolló en este espacio singular: la batalla de 5 de marzo de 1811. La Junta de Andalucía lo incluyó como “Sitio histórico” vinculado a la Constitución de 1812, inscrito en el Catálogo General del Patrimonio Histórico Andaluz con fecha 29 de febrero de 2012. Poco se sabe, sin embargo, de los restos que, cuando aún era la loma propiedad de Campano, seguían apareciendo: restos de caballos, de armamento… Huellas de las más de tres mil quinientas víctimas de una batalla que los británicos guardan en su historia militar con letras doradas, que dio nombre de “Barossa” a una extraordinaria región vitivinícola de Australia, entre otras múltiples reconocimientos.
El torreón ya existía cuando Luis Bravo de Laguna, comisionado por Felipe II, llegó a Andalucía en 1577 para rehacer y reorganizar las defensas de las costas y escribió al Rey que “todo esto está lleno de navíos enemigos”, en referencia a los temidos piratas berberiscos. En la construcción de la Torre del Puerco se emplearon para su construcción materiales romanos, como ladrillos, tégulas y restos de cocción de alfares del siglo I-II d. C., entre otros elementos constructivos. En el entorno inmediato de la torre-vigía se han hallado en sucesivas excavaciones, a partir de la realizada en 1991 por Francisco Giles Pacheco y Rita Benítez Mota, conjuntos líticos –tallado de piedra– del Pleistoceno Medio-Superior, un poblamiento del Cobre, una industria alfarera romana del siglo I-II d. C. y evidencias de poblamientos en diversas épocas modernas, como evidencia el hallazgo de un horno, probablemente, romano pero reconstruido en época andalusí. Incluidos en la “Base de datos del Patrimonio Inmueble de Andalucía”, todos estos elementos –además de una pequeña necrópolis datada en la Edad del Bronce, fechada por carbono 14 en el 1380 a. C.–, están hoy ocultos bajo las dunas. Y confirman que nos hallamos ante un espacio habitado desde hace más de tres mil años, sin duda, por sus características propicias para la pesca, pero también por sus peculiaridades de avistamiento de la costa.

La torre, desde su camino de acceso junto a la casa-cuartel
La Torre del Puerco se suma así a los abundantes asentamientos de época romana que jalonan el litoral gaditano, vinculada indudablemente a la rica actividad de salazones y a la privilegiada situación geográfica, que además le sitúan cerca de la vía Heráclea. Otros investigadores, como Francisco Cavilla Sánchez-Molero, han establecido una continuidad en las explotaciones pesqueras en la loma del Puerco que confirman la existencia en el periodo andalusí de una almadraba, a partir de hallazgos subacuáticos de materiales cerámicos musulmanes que se fechan desde el siglo IX al XIII.
De la casa cuartel de la Guardia Civil –que ha servido de escenario, incluso, a alguna novela, como “La fábrica de árboles”, de Miguel Gilaranz– poco se sabe, sin embargo. Es un edificio que, si bien en sí mismo tiene escaso valor arquitectónico, se adapta perfectamente a la cima del acantilado, casi camuflándose en el entorno, y es parte indisociable del paisaje que los chiclaneros de hoy hemos conocido. Construida a finales del siglo XIX o principios del siglo XX, fue destinada a alojar a las familias del Cuerpo de Carabineros de Costas y Fronteras, cuerpo armado suprimido en 1940 por Franco ante su “lealtad republicana”. Sus funciones de vigía de la costa y protección de las fronteras, las recibió entonces la Guardia Civil. Gilaranz habla en su novela de que, durante la posguerra, acogía hasta a seis familias. Lo que es indudable es que es testigo de un escenario arqueológico, histórico y medioambiental de máximo interés. Porque, además del parque periurbano, es el punto de observación más importante en Europa de la espátula común (Limes Platalea).



jueves, 12 de febrero de 2015

Houellebecq, ¿islamofobia o vuelta a la religión?



La polémica en Francia por la nueva novela de Michel Houellebecq va más allá de un Palacio Eliseo ocupado por un presidente musulmán.
JUAN CARLOS RODRÍGUEZ | VIDA NUEVA
Islamofobia –o no– es el debate que ha seguido los asesinatos perpetratos contra la redacción de la revista “Charlie Hebdo”. Un debate que, más allá de discutirse en el ámbito de la propia sociedad francesa, tiene además otro campo de juego: la novela. El atentado de París coincidía, y no deja singularmente de resultar curioso, con la publicación y promoción de la última novela de Michel Houellebecq (La Réunion, 1958), indudablemente el narrador francés más leído de la última década y, también, el más polémico, atrevido y visionario. 
      El nuevo libro de Houellebecq  se titula Soumission (“Sumisión”, que Anagrama no publicará en España hasta octubre de 2015) y plantea un escenario político en el que un musulmán gana las elecciones generales de 2022 y, por tanto, es elegido presidente de la República Francesa. La novela, que se puso a la venta el 7 de enero, el mismo día del asalto yihadista a la revista satírica –una de las doce víctimas fue el economista Bernard Maris, amigo personal de Houellebecq–, lleva ya vendido casi 200.000 ejemplares. Es el libro más vendido y, por supuesto, ha desatado un escándalo que está en todas las conversaciones, aunque no se haya leído la novela publicada por la editorial Flammarion. 
      El planteamiento del Palacio del Elíseo habitado por Mohammed Ben Abbes, líder de un ficticio partido islámico, Fraternidad Musulmana –que, además, en la sexta novela de Houellebecq vence a Marine Le Pen, la gran favorita– ha irritado a muchos franceses; mientras, otros han acusado al escritor de incitar al odio contra los musulmanes. Mientras Houellebecq intenta defenderse pidiendo, primero, que se lea la novela: “Sumisión es todo salvo islamófoba, y racista aún menos. Espero que consigamos salir de ahí”.


      La ficción no se detiene en la victoria electoral de Ben Abbes –con el apoyo, por cierto, del actual presidente, François Hollande, y del partido conservador, UMP, que lidera Nicolas Sarkozy, para evitar el triunfo del Frente Nacional– si no que va más allá en las consecuencias. Houellebecq imagina cómo las mujeres se ven obligadas a vestir túnicas sobre su “vestimenta occidental” o, animada por las subvenciones públicas, abandonan en masa el mercado laboral. En consecuencia, baja el paro, la violencia urbana desaparece… Las universidades, por ejemplo, se vuelven islámicas. Y así.

NECESIDAD DE DIOS
“Lo he escrito por varias razones. En primer lugar, creo, es mi trabajo, aunque la palabra no me guste. Percibí unos grandes cambios cuando volví a instalarme en Francia, aunque estos cambios no sean específicamente franceses, sino más bien de occidente en general. Creo que la segunda razón es que mi ateísmo no ha sobrevivido del todo a la cantidad de muertes a las que me he tenido que enfrentar. De hecho, empezó a parecerme insostenible”. Detrás de la polémica y el debate ante un escenario político que el propio autor califica de “improbable”, hay una cuestión nuclear para la lectura de Sumisión y, en cierta manera, comprender a Houellebecq: “Creo que existe una necesidad de Dios real y que el regreso de la religión no es un eslogan sino una realidad, y que está claramente en ascenso”.
      La alusión a lo religioso –durante las entrevistas de promoción ha declarado que “nunca fui del todo un ateo, era un agnóstico”, dejando en el aire su acercamiento al catolicismo– está, si queremos creer al novelista, en el germen de la novela: “En el fondo es sobre la idea de que alguna religión es necesaria”. O, dicho de otro modo por el propio autor: “En muchos sentidos sigo siendo un comtiano, y no creo que una sociedad pueda sobrevivir sin religión”. Tema que ya ocupó su hasta ahora última novela: La posibilidad de una isla (Alfaguara, 2005), aunque Houellebecq –Daniel, su personaje, evidentemente– imagina en un escenario de ciencia ficción una religión propia, futurista y sesgada, a partir de su abominación a todo lo que entendemos por sagrado. Y, por supuesto, la necesidad de creer en “algo más allá” está en su novela más famosa, Las partículas elementales (Anagrama, 1999). 
      Después publicó Plataforma (Anagrama, 2001), en donde los grandes temas son muy similares a Sumisión –un protagonista perdido en la soledad, el sexo, la falta de amor que anhela un mundo muy distinto–, novela donde en su desenlace imagina un gran atentado en la costa tailandesa, a donde el protagonista decide establecerse. La bomba causa “117 muertos, el más mortífero conocido en Asia” y Houellebecq lo atribuye en su ficción a un grupo de yihadistas. Un año después, en 2002, un atentado muy similar tuvo lugar en Bali con más de 190 muertos reivindicado por Al Qaeda. Las opiniones de Houellebecq entonces: “El Islam es la religión más idiota del mundo”. Y “la más peligrosa”, según afirmó en una entrevista a la revista “Lire” en septiembre de 2001, hicieron llover querellas por injuria racial e incitación al odio, acusaciones de las que fue absuelto por el Tribunal Correccional de París.


      Ante Sumisión, Houellebecq se desdice: “En el fondo, después de leerlo, el Corán es mejor de lo que pensaba. La conclusión más evidente es que los yihadistas son malos musulmanes –ha argumentado– y que la guerra santa de agresión no está autorizada en principio, sólo es válida la predicación”. La trama, sin embargo, tiene un eco mucho mayor. Houellebecq –y evidentemente no es la primera vez que lo hace, aunque ahora parece que se le lee mejor– describe un mundo sin arraigos ni valores morales ni atributos éticos. Ese es su verdadero escenario-presagio. Es el escenario en el que vive y se mueve su protagonista, un profesor de la Universidad de la Sorbona, especialista en el escritor decadentista Joris Karl Huysmans –luego convertido al catolicismo–, soltero, alcohólico y mujeriego que va a acabar haciéndose musulmán, en pleno marco de islamización emprendida por el presidente Ben Abbes, que incluye la propia Sorbona. En cierto sentido –reduciendo la novela a la limitación de condesar sus múltiples lecturas, algo siempre injusto– busca en la sumisión a la religión una certidumbre que la libertad le niega.

ACERCAMIENTO A LA FE       
“Al principio mi proyecto era muy diferente –ha afirmado Houellebecq en varias entrevistas–. No se iba a llamar Sumisión; el primer título era La Conversión. Y en mi proyecto original el narrador también se convertía, pero al catolicismo. Lo que quiere decir que siguió los pasos de Huysmans un siglo después, abandonado el naturalismo para hacerse católico. Y yo no fui capaz de hacerlo”. El autor explica esa imposibilidad por una mera cuestión de credibilidad narrativa: la Francia de Ben Abbes, entre otras cuestiones, pero también porque el personaje de François, con tanto en común con Des Esseintes –el gran personaje decadentista de la literatura de Joris-Karl Huysmans (París, 1848-1907)–, no es ni mucho menos el propio Huysmans, que en 1900 evolucionó hacia un cristianismo místico. El tema central de la novela de Houellebecq, pese a que no tenga el eco de la presunta islamofobia, es el acercamiento a la fe, el papel preponderante que la religión –y no precisamente por la violencia que genera desde la aberración de la Yihad– está llamada a jugar en un escenario donde el regreso al credo o la conversión serás significativo. Por ejemplo, estos días ha dicho Houellebecq: “Que la gente se convierta es una señal de esperanza, no una amenaza. Dicho esto, no creo que la gente se convierta por razones sociales, las razones de su conversión son más profundas, incluso aunque mi libro me contradiga ligeramente, siendo el de Huysmans el caso clásico de un hombre que se convierte por razones que son puramente estéticas”.
      Como “ficción política”, lo que rodea a todo este escenario en Sumisión tiene un indudable lugar para el debate. Es decir, Ben Abbes y la Fraternidad Musulmana, con su política de islamización. Incluso también si, según algunos analistas, como el director de "Libération", Laurent Joffrin, la novela favorece la expansión del Frente Nacional al seguir la “táctica del miedo”. La cuestión de fondo es otra, con todos los matices que habría que hacer a Houellebecq, que son  muchos. El tema de Houellebecq –quien también ha denunciado como “el catolicismo, ciertamente, ha sido más o menos marginado” en Francia– es, aquí también, la necesidad de creer en Dios.

Leer en la revista Vida Nueva (nº 2.928):